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Daniela Hy


La historia de una escritora que decide contar sus años de adolescencia junto a su hermana. ¿Qué clase de final tendrá su relato?


Cuento Todo público.

#morir #promesas #escritora #hermanas #dolor
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Un final para mi recuerdo

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La escritora tamborileó los dedos en el escritorio blanco; este se encontraba frente a la ventana que daba al patio trasero de su casa. Pasó el dedo por el mueble y comprobó que no lo habían limpiado. Fue a la cocina en busca de un trapo húmedo.

―Tengo que limpiar esta casa mugrienta yo misma ―se repetía con rabia, ya que todos los días pagaba a una señora para que limpiara y sin embargo, la casa se encontraba igual.

Limpió con cuidado el escritorio, tomándose su tiempo, retrasando cada segundo.

Esta vez le estaba costando. Con sus anteriores libros, las ideas habían surgido sin ningún problema. No había necesitado mayor concentración para sus novelas, ni para empezarlas, desarrollarlas o terminarlas. Y esta falta de esfuerzo era lo que impedía su éxito. Al menos, eso era lo que pensaba.

Nadie podía negar su talento, porque no era nada más que la verdad. Escribía con una narrativa decente, el argumento era creíble y el desarrollo del tema estaba prolijamente planificado. El problema radicaba en que no ponía la esencia de su alma, no sentía, ni intentaba sentir sus historias. Y eso se traducía en las novelas. Por esa causa, si bien era admirada por la escritura, no muchos leían sus novelas más de una vez, porque no lograba conmover a nadie.

Así había sucedido los últimos diez años, desde que publicó su primera obra, hasta ese día.

Diez años, nueve novelas, dos casas, un departamento, miles de supuestos fanáticos, un marido trabajador que la quería. No se quejaba, es más, se sentía satisfecha, plena y feliz. Trabajaba de lo que le gustaba, no todos podían decir lo mismo. Sí, quizás no tenía el éxito previsto, pero no era eso lo que más le importaba. Su único lamento siempre había sido su escritura, no por sus colegas, su editorial, o sus fanáticos, sino porque a ella misma le molestaba. Pero no sabía exactamente qué era lo que le faltaba y nadie le daba una crítica constructiva.

Quería escribir algo que importara, algo que tuviera un significado especial, y eso se lo expresaba a su marido, que también era su mejor amigo y estaba siempre dispuesto a ayudarla, a escucharla.

En fin, a esa rutina se había acostumbrado. Pero ese décimo año y décima novela algo había cambiado. No venía a su mente ninguna idea que sirviera para escribir un libro. Y eso la molestaba muchísimo, odiaba los bloqueos. Por esta razón retrasaba el horario de escritura ―desde las nueve de la mañana hasta las doce, y luego retomaba de las tres hasta las seis de la tarde― para dedicarse a banalidades y distraerse de la rabia y el fastidio que sentía por tener un bloqueo.

― Necesito una inspiración ―murmuraba en voz baja mientras iba a la cocina a lavar el trapo. Cambió la lista de reproducción, a una lenta sin letras, para relajarse. Se sentó en el sofá del living, respiró profundamente y con los ojos cerrados, esperó.

Y esperó.

Y esperó.

Finalmente, perdió la paciencia y salió disparada al comedor. Empezó a dar vueltas alrededor de una mesa, sin darse cuenta de que el mantel de la misma, se había enganchado en el cinturón de su pantalón y se estaba deslizando junto con las fuentes de porcelana que había sobre él.

Entonces sucedió.

La vajilla se estrelló contra el suelo y se rompió en pequeños pedazos. Siempre había reprendido al marido, para que tuviera cuidado con ésta, ya que era su preferida. Pero en ese instante no estaba pensando en la porcelana. El ruido atronador de la vajilla rompiéndose la había enfrascado en su propio embotamiento. Miró los trozos esparcidos en el suelo, como si se encontrara en trance, totalmente fuera de sí. Se agachó para observar de cerca el desastre.

Una frase, un recuerdo, una persona vino a su mente.

Risas, conversaciones y bailes se reprodujeron a la velocidad de la luz en su mente y la escritora sufrió un escalofrío, tan pero tan profundo que su cuerpo se estremeció durante largos instantes y se le puso la piel de gallina.

Corrió hasta su escritorio y se sentó precipitadamente frente a él, en su silla acolchonada. Observó su computadora con detenimiento, como si esperara que el aparato comenzara una conversación.

― ¿Cómo empiezo? ¿Cómo empiezo? ¿Cómo empiezo?

Cerró los ojos hasta llegó una idea de cómo iniciarlo.

Circunscribiendo las fronteras de su memoria y evocando imágenes, abrió los ojos, exaltada y comenzó a mecanografiar en la notebook.

La escritora tenía que concentrarse y tomarse su tiempo para pegar los trozos rotos de ese pasado turbulento, del que ella había sido partícipe y en parte testigo. Sabía que los detalles se olvidaban y que si no se apresuraba a ponerlos en papel, el tiempo terminaría por borrarlos por completo.

Escribió unas cuantas oraciones. Pero luego de tipear las últimas palabras, dejó de escribir y arrugó la frente durante unos instantes, consumida por la preocupación y la tristeza. Releyó los párrafos y los borró enseguida.

―No ―dijo para sí misma.

No, ¿qué? ―respondió uno de sus recuerdos, que había aparecido delante de su persona. Ella la observaba y esa mirada era tan intensa que era capaz de atravesar las paredes.

―No puedo hacerlo ―le contestó la escritora al recuerdo― no puedo profanar tu vida.

―¿Alguna vez escuchaste el dicho "los escritores se benefician de la adversidad"? ―retrucó el recuerdo, insistente.

―Sí ― susurró la escritora con desgano.

Entonces no me rompas la paciencia y hacelo ―reprochó el recuerdo. Los ojos de la escritora brillaron por las lágrimas, decididas a abrirse paso.

"Ese día estaba lloviendo y Sofía golpeó la pelota de básquet contra la pared del inquilino. Sabía que no se encontraba en su casa y por lo tanto no se molestaría con los revotes de la misma.

La lluvia era refrescante y calmaba sus frágiles nervios. Había discutido con su madre porque no la dejaba quedarse a dormir en casa de sus amigas. A veces se enervaba con la neurosis de esa mujer, que primero la instaba a hacer alguna cosa, pero cuando Sofía le hacía caso, cambiaba de opinión y la desanimaba de la tarea. Por ejemplo, con el tema de las amistades.

―Me molestó durante meses para que tuviera amigas....se quejaba mientras picaba la pelotaahora que las tengo, no me deja salir nunca con ellas. Al final no sabes qué hacer para tenerla contenta...

Su hermana mayor salió con el paraguas. Se paró a su lado, sin abrir la boca.

No voy a pedir perdón se adelantó Sofíayo no hice nada malo... la sonrisa en el rostro de su hermana hizo que se interrumpiera y pusiera cara de perro. Pero solo consiguió que su hermana riera a carcajadas como una loca¡¿Qué?!

Tu cara, es graciosísimaexplicó riendo.

Sofía se enojó más allá de la locura, pero empezó a reírse de ella misma. Había aprendido que la mejor manera de combatir las burlas, era la risa propia. Funcionó, su hermana calló.

Vamos arriba, ya fuedijo Sofía, rindiéndose.

La escritora relató en unos veinte capítulos, las divertidas vivencias entre esas hermanas, pero centrándose, especialmente en Sofía. Era una novela juvenil a simple vista.

"Si hubiera podido resumir su joven vida la habría separado en dos partes, dos chicos. Un amor correspondido y otro no.

Recordaba a primero con cariño, nostalgia e incluso algunas lágrimas. Se avergonzaba de ello, pero era la pura verdad. Su primer amor. Había sido platónico, pero lo llevaba en su corazón. El había sido su completo opuesto y esa era la principal atracción entre los dos. Como dos imanes.

El final de la escuela primaria había significado el final de ese amor escolar. Pero la había dejado profundamente impresionada. Los sentimientos podían ser fuertes e incontrolables.

Ahora le tocaba olvidarlo, pero no era tarea sencilla. Así que decidió fijar su atención en otro chico, uno que era exactamente igual a ella. Solo lo había hecho por la distracción, para tener algo que mirar y lo consiguió. No le importó que el chico no le correspondiera, Sofía había logrado su objetivo, olvidarse del primero."

La escritora escribió con una sonrisa en el rostro, recordando la situación.

También describió los gustos de las hermanas, sus obsesiones.

"Westlife.

An empty street, an empty house... Daniela cantó en una punta de la habitación.

A hole inside my heart le siguió Sofía.

Estas hermanas sentían perdición por uno de los cantantes. Fangirleaban a los gritos como si se encontraran frente a él.

MARKKKgritó Daniela.

Me encanta ―concordó Sofía.

También eran amantes de la cultura coreana, les encantaban los programas de variedades y el K-pop (pop coreano). Les molestaban las niñitas que hablaban de ellos como si los conocieran, como si no les gustaran por simple moda. En verdad las odiaban.

Por otro lado, se la pasaban fantaseando con viajar al lugar de sus sueños.

Me encantaría ir alguna vez... a Corea.

Pero no tenemos ni diez pesos, Sofi.

Daniela y Sofía también adoraban los libros y las películas de romance.

¿Tan bueno va a ser?—declaraba Sofía con sarcasmo, ante a cursilería que la empalagaba, pero al mismo tiempo le encantaba.

Y a todo esto se les sumaba la pasión que compartían por la escritura. A Sofía al principio no la convencía mucho, pero con el tiempo había descubierto lo terapéutico que resultaba escribir, era un completo descargue y ayudaba a pensar con claridad.

Las hermanas tenían una buena relación, una que iba más allá de la sangre. Su cercanía provocaba la envidia de muchos. Pero ellas se mantenían juntas, sin dejar que nada, ni nadie les afectara.

Pero a veces, eso no es suficiente."

La escritora tragó el nudo de su garganta y se esforzó por mantener la compostura. No todo era feliz en la vida, y ella lo sabía por experiencia propia.

Empezó a escribir, con pesadumbre de espíritu, el último capítulo de la historia. Y aunque sabía que no era cierto, se sentía como el último capítulo de su vida.

En un principio, ese día no fue especial para nadie. Sofía había vuelto de la escuela y luego de comer se dirigió a la computadora.

¿A qué hora tendría que llegar tu hermana?—preguntó la madre preocupada.

Sofía rodó los ojos, su madre solía preocuparse en demasía. La exageración la caracterizaba.

Dentro de un rato, ma —espetó impaciente—, recién salió del trabajo —añadió mientras miraba el reloj.

Pero pasó una hora y Daniela seguía sin aparecer. Así que Sofía tranquilizó a su madre, diciendo que capaz se había quedado en el centro mirando vidrieras, o quizás había ido a pagar alguna deuda.

Y luego pasó otra hora, y Sofía empezó a preocuparse.

Uy, ya es hora de que vuelva —decía malhumorada mientras miraba el reloj.

Y las horas avanzaron de manera inevitable hacia adelante y al mismo tiempo dolorosa y lentamente. Y ella seguía sin regresar.

Sus padres llamaron a la familia y a todos sus conocidos, por si alguien la había visto. Pero nadie sabía nada.

Nada.

Llamaron a la policía y salieron a hacer la denuncia y a buscarla.

Sofía sentía sus sentidos embotados, pero a la vez estaba consciente de cada movimiento que sucedía a su alrededor.

¿Qué había pasado?

¿Por qué no llegaba a casa de una vez?

¿Por qué preocupaba así a todo el mundo con su conducta imprudente?

Se formuló estas preguntas una y otra vez, hasta que sus padres llegaron.

Nada.

¿Nada?

La desesperación de sus padres se coló lenta y fría por sus huesos, provocando los más espeluznantes escalofríos.

No....n...n...no —su voz apenas era audible, y cada palabra dolía como si un cuchillo le abriera un corte en la garganta. Sus padres lloraban, sin abrazarse, como si el mero contacto con calor humano fuera suficiente para destruirlos.

Un millón de escenarios terroríficos se cruzaron por su mente. Todas las posibilidades de lo que podría haberle pasado y ninguna de ellas era buena.

Se fue a acostar con un sabor amargo en la boca. No pudo dormir.

Eran la 6 de la mañana según el reloj del celular. Todavía faltaba una hora para levantarse, aunque no pensaba ir a la escuela.

Mientras se revolvía entre sus sabanas sonó el teléfono. Ring... Alguno de sus padres contestó. Sofía se levantó de un salto y fue a la habitación de sus progenitores.

Su padre estaba al teléfono. Se aferraba a la cómoda con fuerza. Su madre estaba en la cama con la mirada perdida, paralizada por el miedo, presintiendo las noticias que estaban recibiendo.

No eran buenas.

Un auto. Un hombre ebrio. Un choque. El miedo de ir preso. Una zanja. Una consciencia culpable. Una confesión.

Los hechos eran fríos. No, no eran fríos, eran escalofriantes.

Era el final. No había vuelta atrás, todo había acabado.

Tendrían que ir a reconocer el cuerpo. Sus padres irían, ella no. Nunca.

Escuchaba todo como si fueran sonidos de fondo... los gritos, el llanto desconsolado, pero se encontraba fuera de sí.

Pasó el funeral, pasó el entierro. Pasó.

Su muerte se fue asentando paulatinamente. Al principio, le parecía imposible que hubiera sucedido y se imaginaba que era solo un mal sueño del que tarde o temprano despertaría. Pero luego se hizo patente que no volvería a verla, el transcurso del tiempo solo confirmaba lo innegable.

No volvería a verla.

No volvería a escucharla.

Nunca jamás volvería a sentir el calor de su abrazo.

Su habitación se sentía solitaria y vacía como si faltara algo, Alguien.

Ella.

De repente, otros vacíos cruzaron su mente. Ella no estaría en su graduación, ni la aconsejaría con su primer trabajo, ni viajaría con ella, ni la ayudaría con su primer novio.

No la vería casarse, no conocería a sus hijos, no iría a visitarla a su casa.

No haría nada.

Nada de nada.

Ya....ya no existía.

El reconocimiento de esta realidad la golpeó en el centro de su cuerpo y ella se desplomó en el suelo apoyando las palmas de las manos, las rodillas y la frente en la madera áspera, mientras sufría los sollozos que sacudían su cuerpo y la hundían en la más insoportable agonía.

Se levantó y abrió el cuaderno donde ella y su hermana escribían. Leyó su interior y se sumergió en las ideas de su Daniela, en su mente. Se sintió desamparada, odiando la vida. Se la habían arrebatado. ¡Era tan injusto!

Lloró, su corazón doliendo pero todavía latiendo. ¿Por qué ella?, ¿Por qué de todas las hermanas, la de ella?

Entonces sus ojos encontraron una frase escrita por Daniela, de puño y letra.

"Morir no es nada. No vivir es insoportable"

Fin.

(Aclaración: Todavía no es el verdadero final, este es el final de libro de la escritora)

La escritora terminó el relato después de tres meses de trabajo arduo. Finalmente, colocó las últimas palabras. Lágrimas bajaban por su rostro sin que ella pudiera evitarlas.

No me gusta la gente que llora—reprochó el recuerdo, tan claro, tan pero tan nítido, que parecía estar allí con ella.

—No me importa tu opinión—rezongó la escritora— de todas maneras esto es por tu culpa.

El recuerdo se rió de su cara de enojada y ella automáticamente empezó a reírse. El recuerdo calló y desapareció.

La escritora no pudo evitar sollozar ante el inmenso vacío que se extendía en su pecho. El dolor se abalanzó sobre ella hundiéndola en la más profunda de las tristezas.

Ella era solo eso.

Un recuerdo. Solo un recuerdo.

Releyó el final, aquel odioso y devastador final. Tragó para deshacer, aunque fuera solo un poco el nudo que se formaba en su destrozada garganta.

Y luego lo borró.

"El despertador sonó implacable en la esquina de la habitación.

Sofía abrió un ojo a la vez. Tenía los ojos pegados debido a las lágrimas derramadas en su sueño.

¡Sueño! ¡Era un sueño!

Se levantó de un salto para asegurarse de que no estaba sola en el cuarto. Prendió la luz y la vio. Su cabeza estaba pegada a la almohada, mientras dormía. Se acercó para escuchar su respiración y le pareció el sonido más maravilloso del mundo.

Fin"

La escritora llamó a su editor para informarle que ya había terminado su novela. El hombre contestó que enhorabuena que lo hubiera logrado y que seguramente sería un maravilloso relato como todos los anteriores.

Luego de cortar llamó a su marido, quien se encontraba emocionado y al mismo tiempo, preocupado por su esposa. No le entusiasmaba mucho la carga emocional que ella había tenido que sobrellevar por escribir aquella dichosa novela. Había sufrido de frecuentes pesadillas y silenciosos llantos, de los que solo se había enterado por notar el rostro enrojecido de su esposa al salir del baño.

Le prometió salir más temprano del trabajo para leer el trabajo terminado. Y eso fue lo que hizo.

Antes de leer siempre tomaban una taza de café con unos bizcochitos. Luego su esposa se iba a amasar pizza y él se dedicaba a la lectura.

Se le cayó el alma a los pies cuando vio de qué se trataba la novela, pero se mantuvo callado y fijó su entera atención a la lectura. Ni siquiera notó que su esposa lo observaba mientras leía, acusando cada una de sus reacciones, cada gesto, cada expresión.

El marido suspiraba, apesadumbrado en algunos momentos, como si le doliera leer. En otros momentos se masajeaba el pecho o se agarraba la garganta e intentaba tragar.

Era la primera vez que le afectaba tanto una novela y no estaba seguro de si era porque conocía muy bien la historia y a todos los protagonistas personalmente, o si era el hecho de que sentía cada pedazo del alma de su amada y rota esposa en las líneas. Quizás era un poco de ambas.

Tuvo que interrumpir la lectura para comer. Pero al terminar la retomó urgente. Leyó y leyó y leyó. Como si su vida dependiese de ello. Estuvo toda la noche leyendo. Amaneció y sonó el despertador, ante lo cual se levantó su esposa, quien lo encontró mirándola. Sus ojos estaban enrojecidos por el esfuerzo, su frente arrugada por la preocupación.

—Le cambiaste el final—dijo, después de unos minutos en silencio.

—No me gustan los finales tristes—replicó con un largo suspiro.

—¿Estás segura de que lo querés dejar así?

—Sí, me...me hubiera gustado que eso hubiera pasado...que solo fuera un mal sueño, que solo hiciera falta despertarme y acabar con la pesadilla—su voz se rompió en una dolorosa congoja naciendo desde su estómago y extendiéndose a través de su pecho, para terminar atascada en su garganta. El marido sintió dolor de solo verla, se acercó y la abrazó. Acarició su pelo y ella empezó a llorar.

—Shh, Sofi, todo va a salir bien—su voz era un susurro, mientras la mecía de un lado al otro—va a ser un éxito.

—¿Te parece?

—No podría estar más seguro.

Once meses habían pasado desde que el libro se había publicado y aún le resultaba irreal el éxito arrasador que había tenido. Incluso a pesar de que modificó algunas secciones que eran incompatibles con el final, eso solo había mejorado la calidad del trabajo y parecía que lo había planeado desde el principio.

Su agenda se había apaciguado solo para que ella tuviera el nacimiento de su primer hijo en paz.

Si bien, todavía recordaba la última entrevista con cierto estremecimiento:

<<—Tengo entendido que el libro se basa en su propia historia y hace referencia directa, a una tragedia que vivió su familia en lo que respecta a su hermana mayor.

—Sí—se le secó la garganta, se carraspeó.

—Pero de todas maneras no fue del todo fiel a la historia, ¿verdad? —A la escritora le ardieron los ojos ante esas palabras. No podía creer que le estuvieran preguntando semejante cuestión. Su editor vio la incomodidad de ella y se dispuso a interrumpir la entrevista. Pero ella lo frenó.

—¿No conoce la definición de "Basado en hechos reales"?—replicó con la lengua afilada. No esperó la respuesta—Significa que en parte es real. No necesariamente todo. Además yo soy la escritora —enfatizó la palabra yo— y por lo tanto soy yo quien decide qué poner y qué no poner en mi libro —su tono era abrupto e insolente.

El periodista tenía los ojos como platos, claramente lo había asustado. Suspiró. No quería, pero tendría que aclarar este asunto y superarlo.

—Disculpe, eh... yo no quise incomodarla—empezó el periodista, arrepentido. Pero ella levantó una mano, frenándolo.

—No importa—cortó, mientras cerraba los ojos y se masajeaba las sienes para mitigar aunque sea un poco el creciente dolor de cabeza—. Supongo que se merecen una explicación, tanto usted como el resto de a gente.

—Solo si usted quiere proporcionarla.

—Por supuesto y será solo esta vez —aclaró, luego tragó saliva y suspiró con cansancio—. La memoria es terrible, nos engaña constantemente, haciéndonos creer que sufrimos más que nadie ante algo triste o fuimos imposiblemente felices en cierta circunstancia; sí, nuestra mente se las arregla para exagerar los acontecimientos para que nos creamos mejor de lo que en realidad somos. Pero la verdad es que, mientras estábamos viviendo esas situaciones, apenas nos dábamos cuenta de lo que pasaba a nuestro alrededor y solo hacíamos lo mejor que podíamos para enfrentar lo que teníamos por delante. Yo, personalmente, tengo una pésima memoria. Y aunque antes me importaba un comino si me olvidaba o no, la muerte de mi hermana lo cambió todo. Por muchos años tuve terror de olvidar y quizás es por eso que recuerdo todos y cada uno de los detalles de ella, como si los hubiera grabado a fuego. Pero estaba segura que tarde o temprano mi mente comenzaría a engañarme y sería imposible para mí, recrearla. Por eso escribí sobre ella. Pero su final me atormentaba, en lo personal, odio los finales tristes. Sentí que ella se merecía algo mejor y aunque no pude hacer nada para salvarla en la vida real... por lo menos podría hacerla vivir en el libro, allí ella podría existir para siempre. Y con esto también quise transmitirle a mis lectores que tienen que apreciar la vida y no dar nada por sentado. Sí, sean felices con la gente que quieren, disfrútenlos, porque hoy los tienen, pero mañana no saben. >>

La entrevista había sido hace meses, pero aún estaba fresca en su memoria.

La escritora miraba por la ventana, mientras su marido manejaba y su hijo recién nacido dormía en el asiento de atrás. Tarareó una melodía, que le recordaba a sus dulces dieciséis. La dulce e inocente vida que llevaba antes...

Al entrar, lo primero que hizo fue acostar al bebé.

Daniel.

Si ella hubiera estado el día de su casamiento habría visto como lloraba. Había perdido la apuesta que habían hecho.

Estoy segura de que vas a llorar cuando te cases.

No, yo creo que no voy a llorar.

¿Apostamos?

¿Qué cosa?

Tu primer hijo.

No digas estupideces como esas.

Ponele mi nombre a tu primer hijo, si es nene Daniel y si es nena Daniela.

Entonces si no lloro, vos le pones mi nombre a tu hijo.

Trato.

Luego de acomodarse, se sentó en el sillón junto a su marido y abrió su libro. Él leyó la frase introductoria en voz alta, sin saber que en la primera versión era la frase final.

"Morir no es nada. No vivir es terrible"

Fin

18 de Mayo de 2022 a las 19:14 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Daniela Hy Quiero seguir creando mundos

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