Bajo la sombra de la zarza Seguir historia

sanjorge99 Jorge Luis Calero Cedeño

Esta pequeña novela, concebida bajo el recuerdo imborrable de apreciar los lugares y paisajes que se mencionan, busca llevar al lector a sentir de una manera simple pero clara, la experiencia del contacto real con la naturaleza, lugares que actualmente todavía se dibujan en le perfil costero ecuatoriano, desde Rocafuerte hacia Bahía de Caraquez entre montañas y laderas y luego mas adentro en el corazón del golfo de Guayaquil, para luego subir por la cordillera de los Andes hacia la ciudad de Riobamba. Es una historia adaptada en un siglo pasado, donde el hombre empezaba a conocer su poder tecnológico pero sin olvidar su verdadera naturaleza, esta novela trata de llegar a la gran respuesta filosófica existencial, sobre la presencia de Dios en nuestras vidas, y tal vez hallar otras respuestas difíciles, he querido plasmar en esta pequeña novela, las respuestas de Dios, por medio de un mensajero, Il poverello d´ Assisi (San Francisco) muy cerca de la celebración de su fiesta patronal, Francisco lleva el mensaje de Dios...


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SU VOCACION

Prologo.- Esta pequeña novela, concebida bajo el recuerdo imborrable de apreciar los lugares y paisajes que se mencionan, busca llevar al lector a sentir de una manera simple pero clara, la experiencia del contacto real con la naturaleza, lugares que actualmente todavía se dibujan en le perfil costero ecuatoriano, desde Rocafuerte hacia Bahía de Caraquez entre montañas y laderas y luego mas adentro en el corazón del golfo de Guayaquil, para luego subir por la cordillera de los Andes hacia la ciudad de Riobamba. Es una historia adaptada en un siglo pasado, donde el hombre empezaba a conocer su poder tecnológico pero sin olvidar su verdadera naturaleza, esta novela trata de llegar a la gran respuesta filosófica existencial, sobre la presencia de Dios en nuestras vidas, y tal vez hallar otras respuestas difíciles, he querido plasmar en esta pequeña novela, las respuestas de Dios, por medio de un mensajero, Il poverello d´ Assisi (San Francisco) muy cerca de la celebración de su fiesta patronal, Francisco lleva el mensaje de Dios... 

Nota: Es una pequeña novela no editada, y ficticia, por lo tanto pido disculpas por algún error de edición e histórico, así también debo mencionar que algunas lineas del ultimo capitulo  fueron basadas del libro "Cruzando el umbral de la Eperanza" Juan Pablo II.




Agradecimiento

A Dios, mi Padre Celestial porque siempre me muestra su rostro de amor en todo lo creado.





Lo cual entendido por Joatan, subió al monte de Garizim, y puesto sobre la cumbre clamo a voz de grito, y dijo: Ciudadanos de Siquem, oídme; así os dice Dios:

Juntáronse los árboles para ungir un rey sobre ellos, y dijeron al olivo:

Reina sobre nosotros.

El cual respondió: ¿Cómo puedo yo desamparar mi pingüe licor de que se sirven los dioses y los hombres, por ir a ser superior entre los árboles?

…………………………………………………………………………






Su vocación.-

Los soldados romanos gritaban enérgicamente a los condenados a muerte para que continúen la marcha sin que puedan en algún momento calmar un poco su agobiante respiración, la muchedumbre se acercaba curiosa y generaba más desorden y confusión en aquella angosta ruta de piedra labrada. Jesús se encontraba entre los condenados y junto a Él, un soldado romano con despiadada actitud pedía se le entregue el látigo para infringir mayor tortura.

No muy lejos de allí otro soldado romano se escondía en una humilde vivienda, mientras miraba por una pequeña ventana y temblaba de miedo, entre sus manos escondía el látigo del dolor, sabía que al esconderse se condenaba a muerte pero también sabía que su corazón había reconocido a Jesús como su salvador, no podía impedir su muerte pero por lo menos podía impedir la flagelación de su Señor…

Ricardo despertó por el fuerte silbato del tren que hacía eco entre las montañas andinas de aquella noche fría y lluviosa, apenas había podido dormir un par de horas a pesar de la fricción de los ejes del tren con los rieles, ruido que había desaparecido producto de su extenuante cansancio, el frío invadía a aquel vagón de clase colectiva, pero Ricardo sentía sudorosa la frente y las manos, mientras su cuerpo temblaba, claramente recordaba aquel sueño en que se veía como un soldado romano que se escondía con un látigo, pero ahora entre sus manos llevaba un simple rosario y no recordaba la última cuenta rezada.

Ricardo poseía la presencia de un hombre no mayor de treinta y seis años, había heredado de su madre la firmeza de carácter y un atractivo especial para poder relacionarse fácilmente con las personas, de su padre heredó la sabiduría que le ayudó a gobernarse en todas las circunstancias de su vida con inteligencia.

Sus recuerdos más profundos lo llevaban siempre a aquel paraje de casas incrustado entre verdes campos y palmeras que expedían el olor inconfundible a tierra laboriosamente trabajada que proveía de sustento a animales y hombres de corazón indomable que en ella vivían.

Rocafuerte era el nombre de la pequeña vereda de casas que rodeaban la plaza central donde de manera armoniosa se levantaba la iglesia y el convento de madres religiosas.

Las pequeñas calles alrededor de la plaza eran de trazado simple que a veces se desdibujaban con cada lluvia copiosa que caía y las transformaba en suelo lodoso y sin forma, las cuales lucían agolpadas por el comercio informal de cada domingo donde los campesinos en sus mulas y caballos llevaban a comerciar sus productos.

Su niñez transcurrió en estas simples calles acompañada por sus tres hermanos menores, Antonio, Esther y Olga, jugaba entre los soportales y zaguanes, deleitándose con inocencia por algunas melodías clásicas que tocadas en piano salían soberbias entre los tablones de alguna casa, rompiendo así la monotonía de aquellas dulces tardes. 

Su padre era un hombre culto conocedor de su tiempo, de estirpe modesta, comerciaba con la tagua y el café, sus viajes por trabajo iban semanalmente de Rocafuerte a Portoviejo o Bahía de Caráquez, puerto por donde se distribuían los productos al mundo.

Su madre en cambio, mujer de hogar, dedicada a complementar la educación de sus hijos llevaba como herencia la religión católica, su devoción y su fe trascendían lo común, parecía que entre sus oraciones mas intimas guardaba una petición especial.

Ricardo desde muy pequeño acompañó a la mayoría de oraciones y junto a ella participo de las misas más importantes que se celebraban, memorizaba cada acto con cada palabra que se decía, no conocía su sacramental significado, pero en la devoción que mostraban las personas que lo acompañaban, su pequeña alma descubría un nexo espiritual inexplicable que sus sentidos trataban de entender pero que en realidad lo confundían.

Fue en una noche templada de verano, cuando él aún era adolescente, en un sueño muy profundo, descubrió entre escenas sin sentido la más bella visión jamás vista por sus ojos ni imaginada alguna vez. En la penetrante oscuridad y vacío una magnífica luz que abarcaba todo, apareció en el fondo más profundo de una escena y lo irradio penetrando su alma, logrando que el percibiera la alegría mas in imaginada por sus sentidos, un regocijo único de éxtasis y contemplación ante la sencilla luz que veía y que no le decía nada, pero que en esa nada absoluta contemplaba y sentía el más bello amor y se dejaba poseer, en el fondo de esa luz apareció el rostro de Jesús que le sonrió y le dijo:

-Ricardo, Ricardo…

Desde aquel sueño sus días y noches siguieron siendo comunes y sencillos, pero en los momentos de mucha paz y relajación, aquel sueño invadía su humilde alma y lo hacía recordar tratando de volver a percibir la candidez del amor de aquella luz y de aquel llamado que no entendía pero que le hablaba de una realidad superior, de un sentimiento que no era terrenal del cual había sido partícipe por unos instantes en un sueño inolvidable.

La educación básica de Ricardo había sido completada con éxito y tutoreada por el Padre José, el cual siempre percibió en Ricardo un apego especial hacia la vida seglar, por lo que propone a sus padres que permitan a su hijo continuar con sus estudios en el seminario mayor de la ciudad de Riobamba y así poder reafirmar una vocación espiritual que había sido reconocida muy cautelosamente por el Padre José.

El Padre José había llegado hace quince años atrás a Rocafuerte y llevaba diez años como párroco del pueblo, uno de sus mayores retos era la evangelización del sector y en sus tiempos libres ayudaba a completar la educación de algunos jóvenes y niños de la parroquia, sus estudios los había realizado en las ciudades de Guayaquil, Riobamba y Lima, sus pasos en este sector del Ecuador habían sido muy firmes y constructivos, era reconocido como importante representante de la Iglesia y a la vez muy querido por los pueblos de este sector.

Para Ricardo los treinta días que sucedieron después de esta decisión fueron muy tristes, cada rincón de su pequeño pueblo, cada brillo de sol sobre los sembríos de arroz y palmas de coco, cada aroma de campo quemado o brisa de mar que llegaba, era llevado hacia su mente y refugiado en su corazón como los más bellos recuerdos de una tierra, de un lugar bendecido, de su humilde hogar, así también cada gesto amoroso de su madre, cada palabra de aliento y de esperanza, desgarraba su corazón de nostalgia por aquellos días del futuro que no compartiría de su bello amor ni con sus hermanos.

Pero dentro de su corazón encontró respuestas y su nostalgia se transformó en valor y con el ejemplo de su padre logro descubrir que los sentimientos cuando son tristes producen un dolor íntimo que sólo es reconocido por quien lo sufre, solo al racionalizar este sentimiento mediante la búsqueda más profunda del inicio de la tristeza se logra cambiar este sentimiento por un pensamiento que no produce dolor y que nos lleva a cumplir metas de realización, supo convencerse a si mismo dejando a un lado los sentimientos, entendiendo que el camino hacia sus estudios lo llevaría a descubrir y conocer las respuestas a muchas preguntas inquietantes que estaban empezando a formarse en su alma.

Aquel amanecer no fue muy diferente a los que solía vivir siempre Ricardo, el gallo de lejos entonaba aquel canto desprendido que marcaba el inicio del alba, para Ricardo cantaba el comienzo a una nueva vida, mientras ligeramente se estremecían sus entrañas debilitándose su ánimo.

Encontró fuerzas para levantarse de su cama cuando escuchó los pasos de su madre que venía de rezar en el pequeño altar que poseían en aquel rincón íntimo de la casa, al verla al pie de la entrada de su cuarto, Ricardo se mostró en actitud de lucha, en actitud de entrega hacia aquel camino que había decidido seguir.

Su padre también había despertado y juntos tomaron un desayuno rápido pero reconfortante para iniciar el viaje, en aquella mesa simple de madera rústica con vetas de árbol colorado, se sentaron acompañados por el inconfundible aroma a café y leche recién traída del campo y junto a ella varios tiernos verdes asados al carbón que al partirlos se untaban con masa de maní.

Sus hermanos a pesar de lo muy temprano del desayuno se levantaron a mirar y a despedirse de Ricardo, Olga la más pequeña lo abrazo mucho, no decía nada, solo lo miraba y lo abrazaba, Antonio en cambio compartió con él una broma, un juego en la comida y Esther sonreía con las bromas que Antonio decía.

A bajo en el portal llego el guía con los tres caballos como había sido contratado días atrás, Ricardo y Antonio bajaron el poco equipaje que llevaban, el guía lo acomodo en el caballo más fuerte, ahora sólo quedaba subir por aquellas gradas de madera que llevaban a su casa para despedirse de los suyos.

Con incontenibles lágrimas subió y alcanzo primero a su madre con un abrazo tierno y unas palabras ciertas, cobijo su alma escuchando y diciendo:

-madre es un hasta luego, dentro de algunos meses nos volveremos a ver.

Y a sus hermanos un abrazo a cada uno. Sin mirar atrás, bajó sintiendo que su hermano Antonio lo seguía, subió a su caballo y junto a su padre y el guía cabalgaron hacia la ruta que los llevaría a Bahía de Caráquez.

Una ruta de un día entre pequeños pueblos y cruzando parte de la cordillera que esconde entre sus bosques y valles la cuenca del río Chone, donde los ojos de cada viajante quedan repetidamente extasiados por la diversidad de su fauna y colores que componen su paisaje.

El trayecto fue provechoso y al atardecer, cuando el sol empieza a caer tocando con sus rayos inclinados las montañas que componen el paisaje y estas a su vez se reflejan también en el agua dulce del río y salobre, al comienzo del mar, haciendo que éste reflejo llegue hasta el cielo con unos matices de hermosos colores, componiendo un atardecer único, un atardecer celestial, Bahía se dibujaba a lo lejos como una joya en bruto que brotaba de la montaña y el sol del atardecer la quemaba, haciéndola dorada para los ojos que la contemplaban, acompañando su belleza los barcos con sus velas completaban aquel bello paisaje, que Ricardo guardaría por siempre en su memoria.

Luego de pasar la noche en casa de familiares, muy temprano en la mañana su padre lo llevo hasta el muelle, donde lo estaba esperando un pequeño barco.

La despedida entre padre e hijo fue emotiva, el padre sentía que una parte de su vida se desprendía de su ser pero también sabía que era necesario que la vida continúe en todas sus expresiones aunque algunas parezcan dolorosas siempre las interpretaba como un avance hacia el fin de un camino, hacia el encuentro de verdades todavía no reconocibles, en cambio para Ricardo la despedida provocaba una diversidad de emociones que escondía, la más fuerte de todas el miedo hacia lo desconocido, en el desconocido mundo que a partir de aquella despedida estaba por conocer quería abrigarse en el calor del seno de su padre y sentir su protección, pero a este sentimiento pesaba aquella decisión de descubrir por sus propios medios la aventura de un camino sin trazar, donde no existen lugares conocidos y donde las personas se muestran con rostros indefinidos para su adolescente estado emocional.

Su padre recomendó al capitán y al ayudante principal del barco la estadía de Ricardo, el capitán miró con agrado el rostro de Ricardo y lo adoptó sentimentalmente en lo que duraría el viaje, y aprovechando la marea alta del mar, con un movimiento lento pero seguro empezó a sentirse el deslizamiento del barco golpeado por las leves olas.

Las olas junto con el viento y la ligera brisa que se formaban producían un sutil eco que Ricardo empezó a escuchar, a medida que el viaje se introducía en la inmensidad de la geografía que le rodeaba empezó a descubrir en ese pequeño eco una voz que le hablaba directamente a su corazón.

Siempre en las largas horas del trayecto no hacía más que perderse mirando al horizonte infinito que el mar mostraba, parecía que quería descubrir algo que estaba guardado en su interior ayudado por la apacible calma que brillaba delicadamente por los pequeños rayos de sol que lograban escapar de un cielo nublado típico del atardecer frío y templado de un mes de verano ecuatorial.

Luego de hacer la escala respectiva en el puerto de Manta el viaje continúo ahora sin escalas con rumbo directo hacia el puerto de Guayaquil.

En la monotonía visual de esplendidos tonos grises y azulados que componían el paisaje marítimo, a lo lejos en el punto límite que alcanzaba su visión, descubrió el vuelo seguro y templado pero apresurado de varias gaviotas que planeaban a ras del mar, las veía persiguiendo pequeñas olas que se formaban delante de ellas, su asombro alarmó al capitán, quien al mirar hacia aquel punto distante y gracias a sus años de experiencia logro interpretar rápidamente de que se trataba aquel agitado vuelo de las aves al ras del mar y decide compartir su experiencia dándoles a todos los tripulantes la alegría de mirar la vida natural en una de sus expresiones más claras y desvía un poco el curso trazado para toparse directamente con el vuelo de las aves, Ricardo miraba sin perder ni un instante el acercamiento oportuno que realizaba el capitán y poco a poco, en la medida en que se acercaba, sus ojos descubrían detalles que ahora lograba ver y entender.

Debajo de aquellas aves, hermosas en su vuelo, en su canto y en su sutil pureza blanca, pequeños delfines saltaban y nadaban apresurados como queriendo ganar a el vuelo de las aves y juntos componían armoniosamente una fuerza de vida que luchaba por alcanzar algo que nuestros ojos no podían ver y que se encontraba oculto entre las olas del mar.


-¡el atún!, comento el capitán, 

-¡van detrás del atún!


Muy cerca de ellos Ricardo pudo ver como los delfines se detuvieron para verlos y entre ellos había pequeños delfines a lado de sus madres que curiosos en el agua miraban. Ricardo pudo percibir en aquel contacto visual, una comunicación especial entre aquella criatura inocente en su naturaleza y su ser consciente, dándole un sentimiento de compasión y gracia, despertando su conciencia hacia la creación y con esto sintiendo a Dios por primera vez en sus criaturas.

El viaje continuo y durante las siguientes horas la noche los cubrió, mirando hacia la profunda oscuridad del firmamento pudo ver el ligero brillo resplandeciente de alguna estrella lejana que lo invitó a descubrir muchas más de ellas en el firmamento, con el brillo de las estrellas jugaba formando figuras y durmió.

El día llego con su claridad habitual y ahora el profundo horizonte sin fin del mar había desaparecido transformándose en árboles grandes plantados al borde de ríos o canales que estaban sobre cualquier dirección a la que Ricardo mirase, asombrado no perdía el detalle de la forma de estos árboles, sorprendido veía que estaban sumergidos en el agua con sus raíces brotadas como dedos de manos y en sus ramas anidaban todo tipo de aves que al paso de la embarcación producían cantos y sonidos de una belleza particular, Ricardo se preguntaba cómo estos árboles de imponente tamaño podían resistir la constante humedad en la que estaban inmersos y sobre todo sabía que el agua que los rodeaba no era dulce, supo entonces su nombre eran arboles de manglar tan nobles que se habían adaptado a su medio y absorbían del agua salada y el fango, los nutrientes necesarios para sobrevivir y así dar sombra y hogar a los animales e insectos de este lugar.

En el trayecto Ricardo vio como los canales por donde navegaba se iban ensanchando y disminuyendo.    

Manteniendo la vista hacia la dirección en que iba su asombro, éste aumentaba por la belleza natural que descubría y por la pericia del capitán, que en aquel laberinto vegetal y de agua, conocía perfectamente la ruta sin titubear, pregunto curiosamente al asistente del capitán y él le refirió que la experiencia del capitán venía por los años de trayectos navegados y por las señales que la misma naturaleza había dejado en este espacio de tiempo para guiarse y le dijo:

-mira hacia el horizonte más alejado, atrás de aquellos arboles gigantes que cubren el firmamento ¿que ves entre el cielo azul y lo mas alto de los arboles? -le pregunto el asistente.

Ricardo miro atento hacia el final del horizonte, donde el asistente lo invitaba a mirar y descubrió una mancha horizontal azul uniforme de gran profundidad que se dibujaba a lo largo del firmamento y supo comprender que no se trataba de una nube, era un cerro que a medida que viajaban introduciéndose en el laberinto de canales en el golfo se visualizaba en un sector como guiando la trayectoria del viaje.


-sí, -le dijo el asistente.

-es el cerro Azul, hermoso e imponente nos indica en silencio de que estamos yendo bien y que nos acercamos a Guayaquil.


Perplejo ante la inmensidad silenciosa de aquel majestuoso cerro que se abría paso entre los canales de agua salobre, mas el constante y rítmico canto de las diferentes aves con lo tupido de la vegetación que lo abrazaba dándole infinidad de brillos y juegos de luz y sombra sobre las olas, Ricardo se sintió vulnerable y frágil, por primera vez sintió temor por su pequeñez, en aquel medio natural que lo rodeaba.

Sintiendo ese temor una tenue brisa lo rodeo y sosegó su espíritu, haciéndolo comprender la naturaleza de su ser en todo lo creado, haciendo que de sus labios brotara suavemente estas palabras que llenaron toda su alma:


-Yo Soy tu Dios, regocija tu espíritu en todo lo que he creado y *reconoce pues en este día y quede grabado en tu corazón, que Yo Soy el único Dios desde lo más alto del cielo hasta lo más profundo de la tierra y que no hay otro sino Yo.

(Deuteronomio Cap. IV – vers.39)


Navegando de canal en canal acompañados de otras embarcaciones cercanas, llegaron a un extenso y amplio rio donde la brisa era dulce. Los tripulantes festejaron el inicio de la parte final del viaje gritando

-¡hemos llegado al manso río guayas, en muy pocos minutos veremos la ciudad de Guayaquil.

En la orilla derecha Ricardo logro divisar pequeñas viviendas con todo tipo de embarcaciones atracadas en diferentes muelles construidos rústicamente, siguiendo el trayecto aparecieron edificaciones de mayor tamaño muchas de dos pisos de alto en donde la aglomeración de gente, carretas, postes, cables tendidos, tiendas y productos iban transformando aquel sencillo paisaje natural, dejado atrás, en un ambiente de ciudad comercial y activa.

El barco atraco en el muelle en dirección de la calle Colon y Malecón, entre el ir y venir de personas. Algunas de estas personas llevaban sacos en sus espaldas, se veían carretas llenas de productos, se escuchaban gritos de los operadores con apuro para bajar cajas de madera de los barcos. La confusión se presentaba en todo momento y circunstancia, pero en tanta algarabía, Ricardo escuchó su nombre, alguien había gritado su nombre.



Miró hacia el lugar donde escucho pronunciar su nombre y vio a un hombre de semblante pasivo que usaba lentes, supo que era Don Luis, amigo del Padre José, el cual lo hospedaría en Guayaquil una noche para luego dirigirlo en su camino hacia su destino final Riobamba.

Ricardo supo ganarse la amistad de Don Luis, la sencillez de su semblante, con sus aires de niño de campo, humilde y sencillo, despertaron en Don Luis el deseo incondicional de dirigirlo y ayudarlo.

Don Luis Alfonso Hidalgo, era un hombre de mediana edad, poseía un cuerpo robusto, no delgado, llevaba barba algo mal formada, constantemente secaba su cara del sudor con su pañuelo, era guayaquileño de nacimiento, había vivido y crecido en las calles de su ciudad y con ella hacia visto venir el progreso con sus adelantos innovadores, entre ellos el tren, el telégrafo.

Hace muchos años atrás, en su juventud sus padres le auspiciaron sus estudios en la ciudad de Lima, en la facultad de filosofía y letras, fue allí, en una de sus aulas que conoció al Padre José, y juntos se formaron en algunas materias logrando consolidar una gran amistad que perduraría toda una vida.

Luego de sus estudios Don Luis regresa a la ciudad de Guayaquil y por medio de influencias familiares consigue un puesto laboral en la redacción y edición de noticias del diario El Telégrafo, en su típico día laboral después de haber cumplido su horario de trabajo, gustaba en las tardes departir con amigos en alguna esquina cercana de su casa y sostenía conversaciones sobre algún tema social, político o cultural, con sus trajes desacomodados y sus mangas recogidas, sentados en pequeños bancos de madera improvisados y sus tostadas colgadas en alguna pared cercana.

Don Luis le pregunto a Ricardo mientras salían del muelle.

- Ricardo, ¿Cómo estuvo el viaje?

- ¿Tuviste alguna dificultad?

Ricardo le contesto:

- El viaje estuvo muy bien, he quedado maravillado con las cosas que he podido ver y contemplar, nos topamos con algunos delfines que perseguían el atún, para luego, entrar en un laberinto de canales con árboles y aves gigantes.

Don Luis le respondió:

- Ese laberinto de canales es el Golfo de Guayaquil, pocas veces he podido estar ahí, pero se que crecen arboles hermosos a la orilla de los canales salobres y ahí viven aves que entonan sonidos muy especiales.

- Si, le respondió Ricardo.

- Vi muchas de ellas con sus colores y formas, en la noche ya casi al amanecer vi como volaban más arriba de los arboles, volaban en grupo, su canto era como si conversaran entre ellas.

Don Luis escucho atento lo que Ricardo le contaba y pudo medir su gran entusiasmo y le pregunto:

- ¿Te gusta la ciudad de Guayaquil?

- Si, respondió rápidamente Ricardo sin dudar.

- Me gustan mucho los edificios, nunca había visto casas tan grandes y tan altas, hay gente muy bien arreglada con señoras de traje elegante y los caballos tiran cajas también elegantes.

Don Luis sonrió, sabía que Ricardo hablaba de los carruajes y le dijo:

- Si Ricardo, son muy elegantes algunos, esas cajas como tú dices se llaman carruajes y son de gente muy importante de la ciudad.

- ¿usted tiene uno?, le pregunto Ricardo.

Don Luis sonrió y le pregunto:

- ¿Tienes hambre Ricardo?

- Si Don Luis, tengo hambre, le respondió Ricardo.

Don Luis le comunico que a pocas cuadras de allí quedaba la casa donde el vivía y que pronto se servirían el almuerzo, Ricardo no dejaba de ver asombrado la gran multitud de carretas, gente de todo tipo descubriendo en cada portal tiendas de abastos con olores de diferentes productos traídos de todos lados llenando sus ojos. Le explico que al día siguiente muy temprano lo llevaría hacia un muelle cercano al cerro Santa Ana, allí por medio de una embarcación cruzarían el río Guayas hasta llegar al muelle de Duran, lugar donde tomaría el tren para llevarlo hacia su destino final que era la ciudad de Riobamba.

2 de Septiembre de 2018 a las 13:27 0 Reporte Insertar 3
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