Un negocio benévolo Seguir historia

flavii_mb Flavia M.

En medio de una crisis existencial, Elliot decide visitar un negocio que le promete revivir sus recuerdos. Lo que no sabe es lo peligroso que puede llegar a ser vivir de recuerdos y lo poco que le importa a los dueños...


Ciencia ficción Todo público.

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Exceso de nostalgia

Elliot no podía explicar como, entre tantas idas y venidas, había quedado parado frente a aquel edificio. Pensaba que lo había hecho a propósito, después de todo no era la primera vez.

Sin duda a los dueños les iba bien en el negocio. Hacía poco que había sido testigo de la decadencia de la infraestructura que lo precedía, hasta que, en una de sus idas al trabajo, no la pudo ver más desde la ventana del tren. De un día para otro fue derrumbada, y en su lugar se erigió otra estructura que desentonaba, ostentosamente, del humilde vecindario gris que lo rodeaba. Estaba hecho principalmente de vidrio y robaba la atención de todos los rayos de sol, que solo parecían centrarse en él, como un foco que ilumina el centro del espectáculo. Si no fuera por eso de seguro era el edificio más feo de la ciudad y Elliot estaba convencido que quien lo diseñó no tenía mucha imaginación.

Tomó aire. Al exhalarlo, deseó que cualquier rastro de duda desapareciera. Tenía que hacerlo. De otra forma jamás podría avanzar y regresaría una y otra vez al edificio, como lo había hecho hasta el momento. Logró encontrar impulso y caminó tambaleante. La puerta se abrió para él y en seguida se topó con una mujer de sonrisa un tanto forzada.

"Es una vendedora nata" pensó Elliot mientras le explicaba los beneficios del procedimiento y le preguntaba que lo motivaba a realizarlo.

Con cada respuesta le mostraba los distintos packs y promociones que más se ajustaban a él y cubría con inteligencia lo caro del servicio recordándole que era una promoción limitada.

"Una mujer de negocios definitivamente", se dijo.

Lo había convencido en menos de veinte minutos. Cuando Elliot escogió lo que deseaba estrecharon las manos y sin mediar palabra se encaminaron al ascensor.

No era necesario hacer más preguntas, ni tampoco mantener la sonrisa forzada. Elliot era consciente, aunque no lo había mencionado en la apresurada entrevista, de que sus razones para entrar en el edificio eran de una simpleza complicada. No encontraba razones para vivir. Convivía con un eterno hastío y lo embargaba la extraña necesidad de cambiar algo. Toda su rutina se resumía en levantarse, ir a trabajar, volver a casa y dormir, alternado con algún partido o programa de televisión que lo desvelara o lo acompañara en su insomnio. Fue a mitad de una de esas noches cuando el anuncio saltó de la televisión y captó su atención. Era imposible no notarlo, lleno de colores vibrantes, caras sonrientes y frases cursis como

“Desea revivir momentos felices (...) Nosotros tenemos la forma”.

Al principio no dio crédito a lo que veía, pensó que se trataba de otro producto inútil, que intentaba convencer a las personas de lo necesario e indispensables que pueden llegar a ser. Pero pronto, la propaganda comenzó a encender una llama obsesiva, que lo consumía todo y no le dejaba pensar en otra cosa. Quería volver a experimentar la felicidad aunque fuera por una hora y aunque le costara todo el sueldo del mes.

Entraron en una pequeña habitación cuyo ventanal daba hacia el lado de la ciudad por donde pasaba las vías del tren. Se rió ante el cambio de perspectiva. En el centro había una silla reclinable que le daba la espalda a la vista y se posicionaba frente a un espejo, que Elliot sospechó que era falso. En efecto, la vendedora minutos después le explicó que atrás estaba la sala de operaciones y monitoreo.

Lo que más sobresalía era el casco que colgaba del techo, al cual lo rodeaban cables de muchos colores que, cómo tentáculos, se esparcían por el piso hacia las paredes.

La mujer le pidió que se sentara al tiempo que dos enfermeras, vestidas de blanco, entraban para prepararlo. Elliot observó en silencio. Los cables comenzaban a invadir su cuerpo, en el pecho pegaron unos cuadraditos para monitorear los signos vitales, le colocaron un brazalete que controlaba la presión arterial y el casco ajustado en su cabeza. Procedieron a ponerles unas gotas en los ojos y una inyección en el brazo derecho, para luego atarlo de pies y manos a la silla. Cierta parte de él comenzaba a arrepentirse de estar ahí, no le gustaba la sensación de estar preso. Quizá debía irse, pero era muy tarde para dar marcha atrás.

Cuando estuvo todo listo abandonaron la habitación y lo dejaron solo. El sistema comenzó a funcionar casi de inmediato y no le dio tiempo a prepararse. El zumbido que escuchó cuando se apagaron las luces lo sorprendió. Al principio no sintió nada, luego su estómago dio un vuelco. En medio de una confusión de colores una imagen se formaba ante él. Era la de un tren. Podía jurar que se trataba del mismo que tomaba a diario para ir al trabajo, pero esta vez se dirigía hacia un lugar más lejano a una velocidad imposible que desdibujaba los contornos de los objetos de afuera.

Se detuvo de golpe empujándolo hacia un costado por lo que tuvo que aferrarse a una baranda metálica mientras se abrían las compuertas. Se sentía muy real. Demasiado real.

Estaba parado en el patio de su antigua casa, imposible no reconocerlo. Todo estaba como en sus vagos recuerdos; la churrasquera bajo la sombra de las glicinas y campanitas violetas; los árboles en flor de los cítricos que emanaban un aroma inconfundible, mezcla de dulce y ácido. Hacia un lado los colores de las flores de su madre vibraban, hacia el otro crecían majestuosamente los verdes de la quinta de su padre. Estaba sorprendido de la claridad con la que percibía esos detalles, pensaba que los había perdido con los años.

—Dile a papá que quiero tomates —dijo su madre, a sus espaldas.

Contuvo las lágrimas al darse vuelta para mirarla. Estaba joven y ágil aunque notó que sus ojos estaban cansados por trabajar mucho.

Observó la escena con más detenimiento, todos las cosas eran más grandes que él, casi inalcanzables, por lo que supuso que era un niño muy pequeño. ¡Había vuelto en el tiempo! Aquel sistema le estaba haciendo revivir el momento, la propaganda era literal. Quería saltar y abrazarla pero ella ya se había dado media vuelta para seguir con su tarea. Corrió con dificultad por entre las hileras de la huerta, su padre estaba allí batallando contra los caracoles que la amenazaban.

Farfulló unas cuantas palabras, entre las que se podían entender “mamá” y “tomate”, no podía hablar muy bien aunque también cabía la posibilidad que fuera efecto de la emoción. Pero el hombre sonrió, no necesitaba decir más porque había entendido el pedido. Apenas si se acordaba de aquella sonrisa, la enfermedad se la había arrebatado por completo. Le dijo que tomara su balde de playa y recogiera algunas para su madre. Así lo hizo. A propósito intentaba arrancar las que estaban verdes solo para que el hombre se riera y le repitiera que buscara los rojos. El balde se llenó con apenas tres, pero aún así sentía la satisfacción del trabajo cumplido. Tampoco recordaba ese sentimiento ¿de eso se trataba la felicidad?

La escena siguió moviéndose, por momentos demasiado rápido. Su madre terminó de cocinar y sirvió la comida. Ahora estaban todos en la mesa. Él en una silla más alta con un platito humeante. Comenzó a comer con dificultad, a veces agarrando la cuchara bien, otras al revés. De vez en cuando la comida llegaba a destino, otras caía antes. Pero eso hacía reír a sus padres y también a él, que por primera vez en mucho tiempo se sentía tranquilo.

Quería pasar todo el rato solo en esa memoria pero la imagen se esfumó. Todo se tornó negro, como un océano que se lo tragaba. Intentó luchar, patalear, gritar, nadar pero no logró retornar. Buscaba aferrarse a cualquier cosa, encontrar los ojos de su madre o la sonrisa de su padre, pero sentía que era arrastrado de nuevo a la consciencia. Otra vez la ansiedad y la desesperación lo embargaba.

—Señor... Señor... ¡Cálmese! Ya terminó su tiempo... No es bueno que luche...¡SEÑOR!

Abrió los ojos. Le costó enfocar la mirada y entender que las dos mujeres de blanco lo sujetaban con fuerza y luchaban por mantenerlo quieto. Estaba sudoroso y agitado por lo que comprendió que sus intentos desesperados por mantenerse en el recuerdo habían sido de verdad.

—No... —alcanzó a decir —. Aún no... por favor... Pagaré una hora más... déjenme volver...por favor

—Excelente —dijo la mujer de negocios. Al parecer estuvo ahí todo el tiempo—. Solo tiene que firmar aquí. —Y le entregó un formulario similar al que había firmado antes de ir.

— Pero señora — comentó una de las enfermeras, que aún no lo soltaba— eso no está bien, una hora es suficiente... conoce los riesgos...

Se silenció con los ojos amenazantes de la Jefa y bajó la cabeza.

No dijo nada mientras Elliot firmaba el papel con manos temblorosas y cubiertas de sudor, pero se notaba en el rostro su disconformidad. La sonrisa forzada de la mujer de negocios era cada vez más genuina. El proceso comenzaba de nuevo.

En las habitaciones contiguas varias personas también repetían la experiencia. Incluso había quienes hacía días que no salían del trance de sus recuerdos. Hubiese sido mejor para Elliot haber escuchado las palabras de la enfermera, o quizá debió leer con atención los riesgos descritos en el formulario, pero ahora era un niño pequeño que no podía leer.

No quedaba duda alguna, a los dueños les iba bien con el Negocio.

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7 de Septiembre de 2018 a las 12:10 2 Reporte Insertar 6
Continuará…

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Sr Snob Molinos Sr Snob Molinos
Me resulta curioso que por lo general la gente tiende a relacionar la felicidad con su infancia o momentos del pasado. Buena historia, me gustó, sobre todo el momento en que llega al patio de su antigua casa.
9 de Septiembre de 2018 a las 22:34

  • Flavia M. Flavia M.
    ¡Gracias por comentar! Si tienes razón, en el caso de mi personaje me pareció que buscaría retroceder tan atrás porque eran momentos en los que "la felicidad" no era algo que dependía de él mismo sino que venía dada por la propia ingenuidad de ser niño. Me parece que ahí está la razón por lo que la mayoría añora su infancia, todo es mas simple, incluso estar feliz. Me alegro que te gustará la historia. Saludos 10 de Septiembre de 2018 a las 08:27
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