Los hijos perdidos de Valnidan Seguir historia

homali ALBERT SUREDA

Eric es trasladado a un exclusivo orfanato cuyos habitantes esconden mucho más de lo que en un principio parece. Niños con habilidades sobrenaturales, severos profesores que intentan anular dichos dones, una estricta rutina de aprendizaje y los secretos ocultos de la fortaleza son solo algunas de las situaciones con las que Eric tendrá que lidiar para descubrir su verdadera identidad.


Fantasía Épico Todo público.

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El viaje

Eric empezaba a pensar que aquel enigmático hombre le había engañado. Habían abandonado el centro de Madrid cuatro horas antes. Ningún lugar dentro de las fronteras españolas podía estar tan lejos, y mucho menos teniendo en cuenta la velocidad a la que se desplazaban. “Vamos a Asturias”, le había dicho mientras abría la puerta trasera del coche. Poco más había salido de su boca durante el trayecto. A medio camino había tenido la consideración de preguntarle si tenía hambre, a lo que Eric respondió negativamente. Más tarde se habían detenido en una estación de servicio para aliviar sus necesidades y, al ver las estanterías repletas de comestibles, el niño no había podido contenerse.

-Quizás sí que tengo un poco de hambre.

El individuo se había reído entre dientes y le había dado a escoger entre todo lo que viera a su alrededor. Eric no estaba acostumbrado a aquello. En el San Clemente, los internos no solían tener la oportunidad de elegir un plato a su gusto. Desde aquel momento su opinión respecto al carácter arisco del chófer se había suavizado, pero aún así dudaba de su palabra. Habría dado por sentado que ya estaban en Francia si no fuera porque, una hora antes, habían pasado por debajo de una señalización que indicaba su paso por las inmediaciones de León. Luego se internaron por caminos de grava, entre bosques y lomas, que poco tenían que ver con la ancha autopista por la que habían transitado hasta ese momento.

Llevaban más de una hora de travesía por esas sendas. Ni un letrero que les indicase dónde estaban, ni otro vehículo que les hiciera compañía. Eric estuvo tentado a preguntar en varias ocasiones, pero tenía miedo a la respuesta. Por su parte, el discreto individuo se limitó a asegurar que faltaba poco durante cuarenta minutos de reloj, hasta el punto que Eric llegó a pensar que se lo estaba repitiendo a sí mismo a modo de consuelo.

El muchacho pensó que se alegraría al llegar a su destino bajo cualquier circunstancia. Sin embargo, en cuanto el coche se detuvo y abrió los ojos, se le cayó el alma a los pies. El camino de tierra se ensanchaba durante unos metros mientras avanzaba por una zona despejada de árboles, pero no tardaba en internarse de nuevo en la espesura. Justo en ese tramo les estaba esperando otro hombre, apoyado sobre la puerta del copiloto de una sencilla camioneta, mientras daba cuenta del contenido de una pipa de grandes dimensiones. Evidentemente, pensó Eric, aquel no podía ser el final del trayecto; solo una parada antes de retomarlo, y al parecer en nueva compañía.

-Buenas tardes -les saludó en cuanto se apearon del vehículo. Enseguida dirigió su atención hacia Eric-. Nuestro nuevo amigo, ¿verdad? Soy el instructor Amadeus Goulert.

Se había dirigido a él en inglés. Ya le habían advertido que en el nuevo orfanato hablaría esa lengua, pues los internos procedían de distintos países de Europa. Eric se había preparado para ello, aunque el acento de aquel señor se le antojó cuanto menos peculiar.

Se trataba de un hombre maduro, pero no mayor de cincuenta años. Contrarrestaba su avanzado estado de calvicie gracias a que el restante de su cabello aún no había perdido la pigmentación marrón oscura. Eric observó que tenía unas ojeras muy marcadas, que de alguna manera deslucían la vivacidad de unos ojos pequeños e inquietos. La barba, muy cuidada, repeinada hasta el alisado, y que sobresalía con gracia dos o tres dedos por debajo de la barbilla, le daba el último toque de identidad a un rostro risueño y que destilaba amabilidad a primera vista.

Su atuendo consistía en una camisa sin planchar, una americana que había depositado sobre el capó de cualquier manera, y unos pantalones negros a juego. Un uniforme que, sobre la percha y la actitud adecuadas, sin duda infundiría respeto.

-El señor Goulert me tomará el relevo y te acompañará hasta el orfanato -le explicó el hombre con el que había compartido las últimas horas, y de quien ni siquiera conocía el nombre-. Quizás nos volvamos a ver, o quizás no.

Le tendió la mano y Eric se la estrechó con firmeza, tal como le habían enseñado.

-Gracias por la comida.

Sin prodigarse más en palabras, entre todos colocaron el equipaje de Eric en la parte trasera de la camioneta y cada cual montó en el vehículo que le correspondía. El señor Goulert le indicó al muchacho que se sentara en el asiento del copiloto y realizó un breve gesto de despedida antes de arrancar el motor y seguir en dirección norte. Eric observó por el espejo retrovisor cómo el individuo sin nombre daba media vuelta, y se apiadó de él por el largo camino de regreso que le esperaba. Luego se acordó de que él tampoco sabía qué distancia les separaba de su nuevo hogar.

-Tardaremos unos diez minutos-anunció el señor Goulert.

Eric sintió cierto alivio, pero fue rápidamente sustituido por un cosquilleo molesto e irrefrenable, producto de los nervios. No sabía qué esperar. Si hubiera sido por él no habría abandonado el San Clemente; allí había dejado amigos, una rutina que le satisfacía y un ambiente en el que se sentía cómodo y bien posicionado. Sin embargo, y a pesar de sus protestas, la señora Bernabeu había sido tajante al respecto: Eric debía ingresar en el orfanato asturiano a la mayor brevedad posible y continuar allí su formación. Las razones, como era habitual en esos casos, estaban “reservadas para los responsables de su educación, que somos los que mejor sabemos lo que te conviene”. Eric no estaba seguro de que aquello fuera así, pero ni siquiera le dieron la oportunidad de rebatir los argumentos de la directora. Así pues, optó por convertir sus últimas semanas en el San Clemente en un periodo de preparación para lo que estaba por llegar; un nuevo capítulo que, no dejaba de repetírselo a sí mismo, supondría la llegada de inéditas y gratificantes experiencias.

-¿Cómo se llama el orfanato? -le preguntó al señor Goulert, pues no recordaba mención alguna al respecto.

-No tiene un nombre propio -respondió después de unos segundos. Se encogió de hombros-. Para todos los que vivimos allí es sencillamente, El Orfanato. No hay muchos más en los alrededores con los que nos puedan confundir, ¿sabes?

-¿Usted vive siempre allí?

-Yo, y cualquier persona con la que te puedas encontrar de ahora en adelante -Rió para sus adentros-. Como puedes apreciar, estamos en mitad de ninguna parte. Nos resulta más cómodo permanecer en El Orfanato.

-Pero, ¿y su familia? ¿No le echan de menos?

El señor Goulert suspiró y esbozó una media sonrisa que mezclaba dosis de distintas emociones.

-En estos momentos mi familia la forman el resto de instructores…y vosotros, los niños, por descontado. Tú mejor que nadie sabrás de lo que hablo.

-Sí, pero yo no pude elegir.

-Yo tampoco.

-Pero no creo que a usted le abandonaran a las afueras de Madrid.

El instructor se volvió hacia él, desviando durante unos segundos su atención del camino. Eric se sintió objeto de un rápido examen que, a juzgar por cómo finalmente sonrió y le revolvió el pelo, pareció satisfacer a su autor. A pesar de todo, el señor Goulert consideró finalizada esa línea de conversación y, en su lugar, dio paso a un estudiado discurso, claramente orientado a tranquilizar los nervios de los nuevos internos. El traqueteo de la camioneta acompañó las palabras del señor Goulert, que versaban sobre la afabilidad de los otros niños y el idílico entorno en el que desarrollaría su día a día. Eric se mostró escéptico al respecto de esto último, pero no lo expresó en voz alta por miedo a molestar a su nuevo instructor, que parecía encantado de vivir rodeado únicamente de árboles y montañas. Eric empezó a sentirse cómodo en presencia del señor Goulert.

El bosque por el que serpenteaba el camino se espesó a medida que transcurrían los minutos. Robles y hayas se disputaban el dominio de la zona, pero aquella era una batalla que ninguna de las dos especies ganaría. El sol había comenzado su declive hacía un rato, de modo que la luz que conseguía filtrarse entre el ramaje dibujaba trazos anaranjados sobre el sendero y de vez en cuando les cegaba.

Eric no apartaba la mirada del frente, esperando atisbar en cualquier momento un edificio similar a los orfanatos que él conocía. Una verja de entrada precedería a un jardín bien cuidado, a una fachada de piedra blanca y altos ventanales, y a balcones bien decorados en cada uno de los pisos.

Sin embargo, cuando finalmente dejaron el abrigo del bosque y salieron a un enorme claro, el muchacho se encontró frente a un escenario que poco o nada tenía que ver con el que había construido en su imaginación.


26 de Agosto de 2018 a las 09:13 7 Reporte Insertar 5
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Nochan Gomez Nochan Gomez
Muy buen comienzo. Enganchado.
12 de Septiembre de 2018 a las 07:04

  • ALBERT SUREDA ALBERT SUREDA
    Muchas gracias y bienvenido! 12 de Septiembre de 2018 a las 08:47
Carly Ron Carly Ron
¡Hola, Albert! ¿Qué tal estás? Espero que muy bien :) ¡QUÉ FINAL! Es decir, mi vena paranoica me tenía para la mitad del fic pensando "cuándo va a terminar", pero, ahora que he leído el final, quedé al borde de la silla esperando por más. Supongo que es lo que querías lograr con ello, así que, ¡felicitaciones! Honestamente, es muy pronto (que solo estamos en el primer capítulo, por Merlín), para hacer suposiciones sobre cualquier cosa aquí, sin embargo decir tres cosas: No me confío en la actitud "amable y cariñosa" de Goulert, no me convence, no lo sé... supongo que se debe a los años de ser lectora que me hacen desconfiada, pero tiene un no-sé-qué que no termina de gustarme... aunque también puede deberse a la sinopsis que pusiste X'D Segundo, me encantó como relataste todo el asunto del traslado de Eric, es decir, él lo narra de forma muy normal, ¡pero se lee como algo extraño! No lo sé, entrelineas se entrevé algo peculiar. Y, por último, me imagino lo difícil que debe ser para Erci el traslado; porque en San Cemente (que a medida que lo leía mi cerebro me obligaba a leer: "San Clement", ¡mi cerebro está americanizado! X'D), ya tenía cierta familiaridad brindad por la rutina y sus amigos, ser arrancado de ello debe sentirse muy mal, que, al Eric ser un huérfano, debe estar acostumbrado, pero no es la idea (? En fin. Como primer capítulo me gustó mucho y debo decir que ADMIRO el que lo hayas sacado de la nada, sin dar muchas explicaciones de por qué Eric es huérfano o por qué iba en ese coche o... el montón de cosas que yo tengo que poner porque NO puedo sacarme una escena de la nada, es casi como si sangrara en las letras cuando lo hago .-. Besos, Carly. Espero ansiosa el domingo :)
30 de Agosto de 2018 a las 23:51

  • r e ruben estrada
    Gracias por tus comentarios Carly, me alegra recibir este feedback y, sobre todo, que te haya gustado. Este es solo el comienzo de algo que cada vez se hará más grande! Un beso. 31 de Agosto de 2018 a las 14:55
  • ALBERT SUREDA ALBERT SUREDA
    Hola Carly! (hola rubén estrada, te pido que no contestes en mi nombre, gracias, un saludo). Es un gusto leer tus palabras. Eric se encuentra en este momento al mismo nivel que el lector: no sabe qué se va a encontrar y, por el momento, está a la expectativa. Esa era mi intención a la hora de iniciar la novel de esta forma. El domingo conocerá a los primeros habitantes del orfanato. Gracias por leerlo y por tus comentarios. 31 de Agosto de 2018 a las 15:06
Carmen Allende Carmen Allende
Escribe usted bien. le sigo, esperando lo próximo :))
26 de Agosto de 2018 a las 14:50

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