El revolotear de los cuervos Seguir historia

ariaravelo Aria Ravelo

Justine, una niña de dulce apariencia es el camuflaje perfecto para una asesina. ¿Quién podría pensar algo así de una inocente niña? Resultando el blanco perfecto para las burlas de sus compañeros, la pequeña Justine se refugia en sus obscuros dibujos que, de alguna manera, la hacen sentir un poco más libre, a pesar de no poder descifrarlos. Sin embargo, no solo tiene que lidiar con el desprecio de quienes la rodean, incluyendo a su propia madre, sino que, dentro de su propia mente tiene que enfrentarse con una voz mordaz que siempre le dice qué hacer y cada día parece más fuerte, más viva y más controladora. No recuerda con exactitud cuándo comenzó a escucharla, mucho menos el motivo por el que está ahí, en sus adentros; Justine solo quiere ser como cualquier otra niña, y lo intenta al hacer caso omiso de las sugerencias de esa vocecilla chillona. Hasta que un día, todo se le escapa de las manos haciendo que sus amorfos bosquejos tomen forma y vida propia ante sus ojos con la nueva apariencia de cuervos. Cuervos que reflejan sus propios demonios internos, cuervos que revolotean en su mente, cuervos que la atormentan sin cesar y la convierten en un monstruo. Pero… ¿quién en esta historia no es un monstruo?


Suspenso/Misterio Todo público.

#sangre #Justine #NiñaAsesina
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I

Justine no veía la hora en la que el reloj marcara las dos de la tarde y diera fin a ese espantoso día. Escuchaba el tic-tac de las manecillas que parecían moverse cada vez más lento en el reloj de pared situado justo encima de la cabellera rubia de su profesora. Era como si aquel ruido taladrara su cerebro en un intermitente zumbido que no sabía si era peor que la voz chillona de su maestra con las tablas de multiplicar.

«Es demasiado, tiene que parar».

Los niños farfullaban desde la tabla del dos hasta la del nueve, repitiendo una y otra vez la misma letanía, a fin de memorizarla. Pronto, aquella cancioncilla de mal gusto, cuya directora de orquesta, rubia, descompasada y perezosa; comenzó a aturdirle hasta el punto de no soportarlo más. Ruido, no eran más que ruido saturando sus oídos, repicando despacio, provocando eco entre el largo túnel que eran las paredes de su subconsciente. Tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, y de nuevo las tablas de multiplicar. Tic-tac, tic-tac, tic-tac

—Ma-ma-maestra Pa-paulette, ¿pu-pu-puedo ir al baño?

A pesar de tener tan solo ocho años, Justine era muy inteligente. Sabía leer, escribir, multiplicar y dividir. Era capaz de leer libros completos o realizar operaciones matemáticas complejas; aunque se mostraba tan tímida y reservada para con los demás, que ni siquiera la señorita Paulette lograba notarlo.

Por tal motivo, la mayoría de las clases le parecían por completo aburridas, a excepción de una, que esperaba con ansias cada viernes a primera hora, como lo único bueno de tener que asistir a esa escuela: la clase de dibujo.

Adoraba pintar desde que tenía memoria, por alguna razón se sentía libre al hacerlo, aunque también tenía que reconocer que en ocasiones, ni siquiera ella misma sabía lo que dibujaba. Era como si alguien más tomara el control del pincel e hiciera con sus manos manchas amorfas sobre el papel, cuyo significado era difuso y desconocido.

—¿Otra vez al baño? —preguntó Ximena, la niña que odiaba sin razón alguna a Justine desde el mismísimo primer día de clases—. Parece que estuviera enferma del estómago.

—Justine ve al baño, pero no tardes —indicó la profesora en tono meloso al regalarle una sonrisa forzada.

—Sí, debe tener vomito o diarrea, vive en un basurero, seguro que come cosas podridas ahí —añadió Luca, el mejor amigo de Ximena.

—¿Cuántas veces les tengo que decir que respeten a su compañera?

Justine se puso de pie, si había algo peor que las tablas de multiplicar eran sus compañeros y sus bromas pesadas; caminó con decisión hasta la puerta tratando ignorarlos a todos y pasar desapercibida, pero no lo consiguió.

—¡Si no hay papel, lleva hojas de tu cuaderno nuevo! —gritó Axel.

Al instante todos en el salón estallaron a carcajadas. La maestra trató de controlarlos, de controlarse a ella misma, disimulando una risita, no dejándole a Justine otra opción que salir corriendo hacia el baño.

Esas escenas se repetían constantemente en las clases, y por eso las odiaba, ella era el tipo de niña de la que podían burlarse con facilidad, un blanco fácil. Todos en la escuela sabían que su papá trabajaba recogiendo basura, todos en el salón sabían que el cuaderno que llevaba al colegio era reciclado, algunos de sus compañeros imaginaban que Justine se encerraba de vez en cuando en el baño para llorar, pero no podían evitar hacerle esas bromas. Era Justine.

«Hazlos callar a todos, hazlos callar a todos».

De nuevo esa vocecita merodeando por los pasillos de su mente le provocó un respingo.

«Deberías cortarles la lengua, solo así dejarán de hablar mal de ti».

Cerró los ojos apretando los parpados con fuerza y se tapó los oídos tras la puerta de uno de los baños; algo bastante inútil considerando que la voz que escuchaba provenía de sus adentros. Permaneció en cuclillas algunos minutos, muy quieta, con la firme intención de desdeñar aquello que creía, era producto de su desmesurada imaginación hasta que comenzó a llorar. Siempre era así, todo se repetía de manera constante en su pequeño mundo y no podía hacer nada para que todo eso acabe.

A pesar de todos sus esfuerzos, parecía que nada valía la pena. Todos los días se levantaba muy temprano para llegar a tiempo a la escuela, pues tenía que hacer el viaje caminando. Por lo general sola, pues su padre se iba a trabajar desde muy temprano en esos malolientes camiones que transitaban por todo el pueblo recolectando los desechos de la gente. Un trabajo imprescindible para la sociedad, asqueroso para muchos y mezquino para la gente pudiente, pero al final, tan digno como cualquier otro.

Su ropa era bastante amarillenta, ya que su papá la conseguía de segunda mano; pero ella se esmeraba por tenerla lo mejor presentable que podía, para que, al usarla nadie notara que era ropa vieja. Por las tardes, vendía periódicos, para poder comprar las cosas que le pedían en la escuela. Se exigía demasiado para ser tan solo una niña. Sin considerar la lucha interior en su mente, algo que no podía permitir que alguien más supiera, algo que debía seguir oculto en su pequeña cabecita y que la atormentaba la mayor parte del tiempo, sin saber a ciencia cierta cuando había comenzado.

El silencio se vio interrumpido por tres golpecitos en la puerta que la hicieron reaccionar.

—Justine, ¿estás aquí? —preguntó la maestra Paulette.

«Es tu oportunidad, tú y la maestra solas en el baño, deberías…»

—A-a-aquí e-estoy ma-maestra —susurró la pequeña al tiempo en que abría la puerta del baño y se secaba las lágrimas de los ojos con el dorso de su mano.

Odiaba esa voz que le ordenaba cosas todo el tiempo, diciéndole qué hacer; la mayoría de veces eran cosas horribles. Sabía que no era normal escuchar a un ente parlanchín en sus adentros, mucho menos seguirle la corriente. Así que, lo único que podía hacer era no decirle a nadie, ignorar a la voz y tratar de comportarse como si no escuchara nada.

Dio unos pasitos fuera del baño, la imagen era demasiado conmovedora, incluso la maestra pensó por un instante en abrazarla, pero al mirar su ropa percudida y su cabello suelto, considerando que unos niños habían dicho que tenía piojos, se lo pensó dos veces y se retractó. Justine se dio cuenta de ello, era como si decodificara a las personas con solo mirarlas.

—Solo regresa al salón, pequeña. No les hagas caso.

«Si ella misma estaba conteniendo las ganas de reírse cuando todos se burlaron de tu cuaderno, ¿recuerdas? No le creas nada, ella es como todos».

Justine miró a su maestra con detenimiento, le calculaba unos treinta años. Observó su delicado cabello rubio y ondulado que le llegaba hasta el hombro, detalló sus ojos claros, y se preguntó si era factible confiar en esa mirada tan cristalina. Luego miró su atuendo lleno de contrastes, falda y saco color beige, blusa color verde neón y sus característicos converse del mismo color.

Pero Justine no analizó la imagen pintoresca de la maestra para criticarla, al contrario, a ella no le gustaba etiquetar a las personas por su apariencia. Era la vocecilla que imaginaba cosas desagradables con los brillantes colores en la vestimenta de la mujer.

«Sería un contraste estupendo de colores, el rojo carmesí salpicando un poco al beige y al verde de su blusa».

Negó con la cabeza en un movimiento casi imperceptible.

—Va-va-vámonos de aquí maestra —concluyó la pequeña. Lo que menos quería era hacerle caso a las disparatadas ideas que de repente cruzaban por su mente.

«Algún día escucharás Justine y eso te hará sentir tan bien, que jamás dejarás de hacerlo».

El resto de las clases transcurrieron igual de tediosas que siempre. Lo único que Justine pudo encontrar agradable fue la hora que les había dado su maestra, al finalizar labores, para hacer un dibujo. Eso, hasta que Victoria tomó la hoja de papel, que formaba parte de su viejo cuaderno de recicle y lo destruyó.

La batalla por recuperar el dibujo en la que participaron Luca, Axel, Ximena y por supuesto Victoria, terminó con el dibujo hecho bolita azotado contra la cabeza de Justine.

La maestra, que estaba muy entretenida con su joven novio afuera del salón, no supo nada hasta escuchar las risas de todos; todos excepto Justine que se había quedado de piedra al contemplar su trabajo en el suelo.

—Niños guarden silencio por favor —suplicó la maestra para calmar la algarabía de los pequeños, para luego sacar la cabeza por la puerta, despedirse con un beso del muchacho.

Justine no dijo nada, nunca lo hacía, no los acusaba ni protestaba por solo una razón: odiaba tartamudear

—¿Me pueden decir qué fue lo que pasó? —inquirió la profesora, recorriendo con la mirada a toda la clase para rematar con Justine.

Ella permanecía en silencio, mirando aún su dibujo en el suelo, luego lo levantó y desdobló para comprobar que había quedado arruinado. No se había dado cuenta que su maestra la estaba observando.

—Nunca podré entenderte Justine. Un día dices que te encanta dibujar y al otro haces esto con tu dibujo. Además, ¿qué clase de dibujo es éste? —puntualizó al arrebatarle el papel—. ¡Solo son rayones con crayón negro, Justine!

Ésa era una gran incógnita para Justine. No sabía qué era lo que dibujaba ni porqué lo hacía, los rayones emanaban de sus manos de manera automática, pero al poner el crayón sobre el papel, se olvidaba de todo; sus compañeros, las burlas y todos sus problemas se esfumaban. En el salón solo era ella sentada en su pupitre, dibujando tranquilamente.

—¿No escuchaste que te hablé? —cuestionó irritada la profesora—. ¿Por qué no dibujas mariposas y flores como el resto de tus compañeras? ¡¿Qué es esto?!

—Ma-ma-ma-maestra, yo, yo…

Entonces sonó el timbre de salida, el momento que tanto anhelaba Justine en el día resultó del todo oportuno. Comenzó a guardar sus pertenencias en su vieja mochila de mezclilla, al tiempo que sus demás compañeros comenzaron a salir, pero antes que pudiese cantar victoria, la maestra la detuvo en la puerta, interponiéndose en su camino.

—Justine, antes de irte tendrás que explicarle al doctor Hooke, lo que significa exactamente esto —dijo al referirse a su dibujo.

Justine sabía lo que implicaba aquello, tendría que ir de nuevo con el psicólogo de la escuela. Por alguna razón, su maestra tenía algo en contra de su arte, le parecían bastantes perturbadores esos dibujos en crayón negro; y se había empeñado en mandarla con el psicologo de la escuela para que la ayudara. No tenía escapatoria.

Minutos más tarde, se encontraba sentada en ese sillón áspero e incómodo que tanto conocía. Odiaba ese maldito gato chino de la suerte moviendo su pata derecha, una y otra vez. Lo odiaba más que el olor a incienso en la habitación, más que el color mostaza de las paredes, incluso más que tener que esperar por media hora al tipo que decía llamarse psicólogo.

«Tú no estás loca Justine. Sal de este lugar, escapa por la ventana. Huye».

Definitivamente si ella hacía lo que la voz le decía, la encerrarían en un manicomio. Además, había salido victoriosa de sus últimas tres sesiones en las que no tuvo que mencionar por ninguna razón la voz chillona en su cabeza. Podía hacerlo de nuevo, de eso estaba segura. Sonrío para sí misma al mismo tiempo que el psicólogo entraba por la puerta.

—Hola de nuevo Justine —expresó muy animado el ya conocido doctor.

—Hola, do-doctor.

—Ya sé que no te gusta hablar, bueno, más bien no puedes hacerlo como quisieras. Por ello te traje estas tarjetas, así haremos más amenas nuestras sesiones.

Justine escuchó bien. El doctor James Hooke había dicho “sesiones”. Eso forzosamente implicaba que ésa no sería la última.

«Imagina si lo golpeas en la cabeza con el horrible gato chino. Ahora sí que tendrá suerte el tipo».

Justine sacudió su cabeza tratando de borrar las palabras de su voz interna. No podía permitirse que siga hablando ahí, en plena sesión con el psicólogo. Incluso le había sumado un par de puntos, el que aquel hombre tenga un poco de creatividad y no la obligue a tartamudear por una hora en la sesión. Se podría decir que hasta se alegró al verlo sacar las tarjetas de su portafolios. Eran tarjetas de colores muy llamativos con las palabras “sí”, “no”, “me gusta” y “lo odio”, también traía hojas y crayones.

—Iniciemos —proclamó el psicólogo.

Hooke empezó con imágenes superfluas. Para Justine, estaba resultando muy sencillo, solo tenía que mostrar el “me gusta” en las imágenes que la mayoría de sus compañeras hubiera elegido, y así de fácil pasaría desapercibida.

Pero en el momento que el psicólogo sacó de su portafolio lo que ella reconoció como uno de sus dibujos, supo que la situación se iba a complicar.

—Bien, ahora será momento de usar los crayones y sé que te encanta usarlos —exclamó—, solo tienes que describir con otro lo que has plasmado aquí. Sencillo, ¿no?

Lo demás fue una tortura, el hombre que cuestionaba sobre el significado de los dibujos, la voz chillona en su cabeza susurrando cómo debía deshacerse del él, ella misma luchando contra sus propios pensamientos, y el no saber lo que dibujaba; todo era bastante desconcertante.

La sesión parecía no avanzar hacia ningún punto en específico, y cuando la pequeña pensaba que ya no podía aguantar la presión un segundo más…

«¡Debes clavarle ese filoso lápiz en el cuello antes que te descubra!».

…un sonido, un ruido bastante molesto, acompañado del movimiento vibrante del celular en el escritorio del psicólogo, indicó que la sesión había finalizado.

El doctor Hooke solía utilizar su teléfono celular para todo, era bastante práctico, medía el tiempo de las sesiones con sus alumnos, guardaba ahí sus horarios escolares, agendaba sus actividades diarias, contaba con distintas aplicaciones para sus tareas y hablaba con su madre. Se había asegurado de tener el más sofisticado aparato para todo lo que tenía que realizar con él, así todo era más sencillo.

—Supongo que debemos continuar en la siguiente sesión, Justine —espetó el psicólogo y Justine jamás se alegró tanto de escuchar esa frase—: Es hora de ir a casa.

21 de Agosto de 2018 a las 20:17 0 Reporte Insertar 2
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