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El hijo de la noche se percata por primera vez de su reflejo.


Cuento Todo público. © Felipe Moreno

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Reflejo.


Había sido abandonado (como suelen hacer los dioses con sus hijos) en los bosques por su madre la diosa de la noche, cuando apenas era un feto. Detestando la hora en que yació en lecho de un mortal cabrero a causa de que el dulce vino le turbó la mente. Sacó la criatura de su vientre con sus manos desnudas y la lanzó por un barranco para que este se desmembrara sobre las afiladas rocas; pero la diosa Luna testigo omnisciente de todas las cosas que ocurren en la noche, sintió compasión, y amortiguo su caída dejándolo caer sobre ásperos arbustos, guardándolo en adelante dentro de una gruta oscura hasta que pudiera valerse por sí mismo; ignorando su madre que se había librado de tan funesto destino.

Coma la diosa Luna solo cuidaba del desdichado dios de lejos, sin hacer contacto jamás con él, creció este como una bestia salvaje, sin saber hablar el lenguaje de los hombres pues solo salía de noche, cuando las tinieblas cubrían toda la tierra. Aquel por ser hijo de la noche, tenía el don de transformarse en negra niebla.

Le gustaba deambular en la penumbra, dejaba que el viento dispersara su volátil forma sobre las praderas y los árboles estremeciendo las hojas a su paso, trepaba escabrosos montes, hurgaba debajo de las piedras, adentraba se en las cuevas más sombrías, así, escudriñando cada lugar por el que se abría paso sentía que era uno y nada con la espesura de la noche, alejado siempre de los asuntos de los mortales hombres.

Cierta noche, cuando la diosa luna brilla en lo alto con más ímpetu que las otras noches, reflejando su imagen con fulgor en las aguas que inundan la tierra, el hijo infortunado de la noche, salió de la gruta que era su morada, con brioso espíritu, sin saber que era para él la última noche de su trágico destino, pues a causa de las lluvias del día, se había formado en la entrada de su morada, un pantano que reflejaba claramente su humanoide figura, pues no se había dispuesto este a transformarse del todo en niebla y era la primera vez que observaba su reflejo de esta manera.

Al principio se sorprendió, creyendo que era otro y no el, veía un bulto enorme envuelto en niebla y en la parte superior que sería su cabeza brillaban centelleantes dos puntos como estrellas. Asustado retrocedió dando un salto y al instante volvió a asomarse al recién formado estanque, dejando ver en el reflejo solo su cabeza, cubierta está de luengos cabellos. Luego mostró al líquido espejo, el resto de su cuerpo.

Finalmente se quedó perplejo observando a la luz de la luna el diáfano reflejo, y a medida que transcurrían los segundos y él estaba quedo, el vaho se iba dispersando dejando poco a poco la figura de un mortal. Sin saber lo que pasaba, empezó a mover los brazos y al ver que el otro, el que tenía a sus pies, obedecía a su movimiento, se  llenaron  sus ojos de angustia derramando cristalinas lágrimas por sus abultados pómulos y así mismo los de su reflejo. Seguidamente vino el sonoro llanto y aullidos de dolor, desesperado empezó a golpear con sus puños el pantano que reflejaba tan vilmente su imagen, lo golpeaba con un puño luego con el otro, se arrastraba por los suelos sin dejar de gimotear, se mesaba los cabellos a causa de la pena que sentía en su corazón.  Cuando quedó fatigado de  arrastrarse por el barro y continuo sollozar, se acostó sobre la tierra, a la orilla del pantano, observando su rostro con ojos de pesar, mientras la Luna en lo alto no hacía nada más que mirar, sintiendo pena en su pecho.

Llegó la divina aurora, hallando al miserable hijo de la noche dormido al pie del pantano. Más tarde cuando en su llameante carro hubo salido el sol, el hijo de la noche se evaporó, quedando en el reflejo del pantano nada más que un cerúleo cielo y nubes dispersas que alumbraban hermosas traspasadas por los rayos del radiante sol. 

9 de Agosto de 2018 a las 06:06 0 Reporte Insertar 1
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