El Power Ranger rojo Seguir historia

marco-jimenez1533059953 Marco Jimenez

Esta es la historia de un niño que nos muestra su mundo a partir de las cosas que le gustan y que no le gustan tanto. A veces la vida de un(a) niño(a) parece siempre llena de alegría. Pero, a través de este relato conocemos un panorama lleno de matices.


Cuento Sólo para mayores de 18.

#cuento #infancia
Cuento corto
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Hay un montón de cosas que me gustan y otras que no me gustan tanto. Me gusta cuando papá y yo vamos al parque, aunque no me gusta que primero me lleve a la iglesia. Lo que sí me gusta es que después de hablar con Dios, nos quedemos un rato en el zócalo. Primero le damos de comer a los pichones. Bueno, él les da palomitas y yo los espero para ver si puedo agarrar uno y llevármelo a mi casa, pero corren muy rápido con sus patitas chiquitas y se echan a volar y no puedo atraparlos. Luego, papá y yo paseamos frente a los puestos de globos. Ya casi no me gustan mucho. Los globos son para niños chiquitos y yo ya voy a la primaria. Lo que sí me gustan son los muñequitos que venden. Todos los domingos mi papá me compra uno. A veces son robots que lanzan cohetes y pueden volar, otros se transforman en carros o aviones. La otra vez hasta me compró un power ranger, para que juegue con nosotros y luchemos contra los monstruos. Escogí el azul, porque yo soy el rojo y papá es el verde.

Antes de ir para la casa, pasamos por un eskimo de vainilla con Don Chuy. Yo me lo tomo mientras ellos se ponen a platicar, quien sabe de qué. Cuándo me lo acabo, me gusta jalarle al popote para comer el azúcar que se queda hasta abajo del vaso, y también porque me gusta cómo suena. Cuándo mi papá escucha eso, empieza a despedirse de Don Chuy y nos vamos a la casa. Qué bueno porque sus pláticas son muy aburridas, más cuando nos acompaña mi tío. Creo que son amigos.

De las cosas que menos me gustan es levantarme temprano para ir a la escuela. Cuándo es domingo en la noche, empiezo a sentirme triste porque al otro día tengo que ir ahí. No me gusta, la maestra es mala, a veces cuando hacemos mucho ruido nos pasa al frente y nos pega en las manos con la regla o nos jala de la patilla. Mis compañeritos tampoco me caen bien, menos Omar, porque me molesta mucho y me quita la torta que me hace mi mamá o me pone apodos. Me dice tonto, feo, retrasado, cara de pescado. No me gusta que me diga así. Pero la maestra no me hace caso cuando le digo y Omar se enoja porque lo acuso y me empuja. Cuando le conté a mi papá me dijo que me defienda, que le pegue y que si me castigan él va a hablar con la maestra, pero a mí me da miedo. De todo el salón sólo me llevo con Juan Carlos. Él se sienta atrás de mí en la fila y siempre comemos juntos en el recreo. Cuando se enferma y no llega a clases, me siento muy solito. Me gustaría más quedarme en mi casa a desayunar con mi mamá y a ver la tele.

Me siento seguro cuando estoy en mi casa con mis muñecos. Ahí nadie me molesta y puedo jugar hasta que mi mamá me llama a comer. Me gusta comer con mi mamá. Ella me pregunta cómo me va en la escuela y yo le cuento cómo juego con Juan Carlos, pero no le digo nada sobre la maestra, sobre Omar o los otros niños que me molestan. No quiero que se enoje y me regañe como mi papá. Ella me cuenta mucho de cuando era niña, de que no pudo ir a la escuela y se iba a trabajar todos los días con su mamá que vendía fruta en el mercado. A veces mi abuela la mandaba a dejar encargos en casas del centro. Por eso mi mamá se sabe casi de memoria todas las calles y cuando vamos caminando me cuenta de las personas que vivían ahí. Me gusta mucho todo lo que me cuenta. Lástima que cuando mi papá come con nosotros, ella se queda callada. Bueno, los dos nos quedamos callados y él sólo habla de su trabajo. Mi mamá también habla con Dios, aunque no sale a la iglesia con nosotros. Se mete en su cuarto y se la pasa platicando con él. Dice que le pide para que yo sea un buen niño y cuando sea grande sea un buen hombre también, para que a mi papá le vaya bien en su trabajo y sobre todo, para que nuestra familia sea feliz.

Yo no sé si mi mamá es feliz. A veces hasta parece que la escucho llorar en su cuarto mientras pide por nosotros. Cuando me pregunta si soy feliz mientras me acaricia la cara, yo le digo que sí porque no quiero que se ponga triste o que piense que sus oraciones no sirven. Pero la verdad es que a veces yo no soy tan feliz, cómo cuando estoy en la escuela o cuando estoy en mi casa y llega mi tío. Desde que me acuerdo, él va a visitarnos los domingos con su esposa. Cuando llega se pone a jugar conmigo. Lo que menos me gusta de todo es jugar con mi tío. Me acuerdo que antes, cuando era chiquito, me levantaba y me aventaba al aire y luego me cachaba. Eso a mí me daba mucho miedo. Ahora siempre me pellizca la panza o me pica el ombligo y me duele. Tiene unas manos muy feas y me lastima, pero papá dice que no llore, que nada más está jugando. Lo peor es cuando se mete a mi cuarto. Primero se pone a ver los juguetes que me compró mi papá, me pregunta cómo se llaman y se pone a pegarle uno al otro haciendo ruidos con la boca. No sabe jugar. Luego me dice que juguemos el juego que me enseñó hace poco. Él se sienta en la orilla de mi cama y me dice que le jale con la boca, así como le hago con el eskimo. Cuando acabamos, me dice que me acuerde de no contarle a mi papá sobre ese nuevo juego, o le va a decir que no quiero jugar con él y que ya no me compre más muñecos. Luego se sale de mi cuarto para platicar con mi mamá o para comer y yo me quedo solo. Entonces pienso en todo lo que me dicen mi mamá y mi papá sobre Dios. Dicen que las personas que se portan mal o hacen cosas malas se van al infierno cuando se mueren. Yo no he escuchado a los niños de la escuela que digan que juegan así. No me gusta, tal vez no está bien y yo no quiero irme al infierno.

A veces juego a que el power ranger azul y yo luchamos contra toda la gente mala, a qué defendemos a otros niños de sus compañeros que se burlan de ellos, de las maestras malas y de los adultos que no saben jugar. Luego nos subimos en nuestro robot que vuela para viajar por el espacio, pero no vamos solos, porque llevamos a nuestro pichón de mascota. 

7 de Agosto de 2018 a las 04:50 2 Reporte Insertar 1
Fin

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Dani Cruz Dani Cruz
Para los niñas y las niñas que sufren estos abusos no existe el infierno, creo que les espera la recompensa, aquí o en la vida siguiente, de ser extraordinariamente felices, aún con todas las cicatrices que deja la maldad de las personas sin corazón. Es lo menos que la vida podría darles, una felicidad tan pura que nada ni nadie podrá arrebatárselas...
7 de Agosto de 2018 a las 15:12

  • Marco Jimenez Marco Jimenez
    Espero que la vida le sonría a las niñas y niños que pasan por situaciones de abuso y que llegue el día en que puedan sanar las heridas. Gracias por tu comentario Dani :) 8 de Agosto de 2018 a las 09:53
~