SOFÍA Seguir historia

g
george rob


Sofía se halla prisionera en mundo de desazón y desesperanza. Todas las noches sueña con que alguien venga a buscarla y pueda sacarla de ese mundo inerte en el que se ha convertido su vida. Esta es una historia llena de tristeza y melancolía, pero también de esperanza y compasión. El autor busca arañar, aunque sea mínimamente, las entrañas del lector, intentando no dejarle impasible tras la lectura del relato....¿Lo conseguirá?..


Cuento Todo público.
Cuento corto
0
4977 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

SOFÍA

Inerte ante el desvarío de un volátil deseo, Sofía observaba con resignación el paso del tiempo.

Su ventana escupía trazos de cálida luz regalándole una exigua claridad que aún se arraigaba en sus estériles esperanzas de volver, algún día, a ser libre.

Prisionera de un cuerpo que hacía ya tiempo le había abandonado, era su mente su único mundo, donde reía y lloraba, corría y saltaba, donde las cadenas de su dolorosa realidad eran rotas en un mundo mágico de sueños alcanzados y destinos pintados de color rosa fucsia y donde todo lo que conformaba su universo presente, era fruto de una mala pesadilla de la que muy pronto iba a despertar.

Pero nunca despertaba, y en cada alborada volvía a sentir el desconsuelo de un nuevo día tintado de sombras opacas rodeando su cama, su prisión, su vana existencia…

Todas las tardes observaba por la ventana como la vida se deleitaba en la inocencia de unos niños que retozaban en aquel frondoso parque llenos de vida, toda aquella que le había sido arrebatada a ella, por un capricho perverso del destino el cual ahora parecía regocijarse en su desdicha y había decido retenerla en un rincón del tiempo donde solo moraba el dolor y la desesperanza.

La peor parte del día se producía cuando impotente observaba los ojos de su madre imbuidos en un halo de clemencia y ternura, cuando de vez en cuando sin poder evitarlo se anegaban en un mar de tristeza contenida. Con el paso del tiempo Sofía se había dado cuenta de que no estaba sola en aquella maldita prisión, su madre se había quedado con ella para cumplir juntas la condena.

Todas las noches, Sofía soñaba con un Príncipe, un Príncipe al que llamaba Gisli que en escandinavo significa “un rayo de sol”, él venía a visitarla incondicionalmente, se sentaba en un rincón de la cama y le preguntaba cómo había pasado el día mientras le acariciaba con esmerada dulzura su lacio pelo de color oro.

Ella le suplicaba cada noche que se la llevará con él, que la montara en su fornido corcel y la transportara a otro mundo, donde ella y él correrían por verdosas praderas cogidos de la mano, donde saltarían gigantesca montañas y al llegar el ocaso del día dormirían abrazados sobre la suave superficie de una resplandeciente luna.

Él siempre le respondía que todavía era muy pronto, que aún no podía irse con él, pero que llegaría un día que la tomaría de la mano y se la llevaría para siempre a otro lugar donde ella sería libre y vivirían juntos en un reino de fantasía donde el dolor y las tristeza nunca habían existido y la felicidad descansaba por cada rincón que componía aquel maravilloso sueño.

Cada vez que se despedía de ella lo hacía con la promesa de volver a la noche siguiente, Sofía entonces lo miraba y una lágrima comenzaba a recorrer la tenue piel de su rostro mientras sollozaba diciéndole que le esperaría, que le esperaría siempre.

El Príncipe Gisli montaba en su caballo y se marchaba galopando atravesando el cielo dando paso al nacimiento de un nuevo día. Sofía entonces despertaba volviendo una vez más a su trágica realidad de estar fundida a una cama de la que nunca podría escapar.

Todos los días le contaba a su madre la visita de su príncipe, y sus enormes ansias de montar en aquel caballo e irse con él para siempre a aquel mundo donde ningún dios era capaz de castigar tan cruelmente a nadie y arrebatarle como a ella le había sido arrebatada, la libertad de vivir libremente, de poder jugar y relacionarse con otras personas y deambular por miles de lugares sintiendo de nuevo esa maravillosa sensación de tener piernas, brazos, un cuerpo con el que poder sentir dolor, placer, frio…un cuerpo con el que poder simplemente sentir….

Su madre la escuchaba conteniendo el sollozo que le inundaba por dentro, sin poder encontrar ya, palabras de esperanza que calmaran el dolor en el que estaba imbuida su hija. Sumida en la evidencia del desasosiego, intentaba con enorme esfuerzo contarle historias que le sustrajeran, aunque solo fuera por unos minutos de la funesta realidad que les rodeaba.

Sofía la miraba y le regalaba, cuando aún le quedaba alguna ínfima fuerza, una fingida sonrisa, que la reconfortara y sirviera de agradecimiento a los inusitados esfuerzos que su madre hacía por mantenerla abstraída de todo aquello.

Aquella noche llego pintada por una enorme luna llena, Sofía se entregó una vez más a los brazos de Morfeo esperando con anhelado deseo la llegada de su Príncipe.

Y así fue, una noche más llegó a lomos de su hermoso caballo, descendió de él y se sentó a su lado, acerco su rostro al de ella y le susurro mientras le acariciaba el pelo

—He venido a por ti, hoy al fin te llevaré conmigo, no tengas miedo mi princesa vas a volver a ser libre.

Ella sonrió, sonrió como hacía mucho tiempo que no lo hacía, él puso su mano en el brazo de ella y de repente Sofía sintió como la vida abandonaba su exánime cuerpo, y como poco a poco dejaba de respirar mientras podía distinguir de fondo la triste voz de su madre susurrando:

—Lo siento hija mía, te voy a echar muchísimo de menos….Te quiero.

Su corazón se paró, y ella quedó inerte sobre esa cama que había sido su prisión durante tantos años.

Él la cogió de la mano y ella pudo por fin levantarse por si misma, subieron al caballo y comenzaron a cabalgar rumbo a las estrellas, que decoraban aquella noche más oscura y profunda de lo que lo había sido en muchos años.

Mientras cabalgaban rumbo al infinito cielo, ella miró durante un efímero segundo hacia abajo y pudo ver a su madre llorando desconsolada sobre su cuerpo difunto el cual tenía clavada en su brazo derecho la letal jeringuilla, y pudo oírla gritar una y otra vez un desgarrador “lo siento..”, entonces ella se agarró con más fuerza al torso de su Príncipe y gimió con desesperada amargura —“gracias mamá, no te olvidare nunca….Te quiero”.

Sofía y su príncipe Gisli pasearon por enormes praderas cogidos de la mano, saltaron colosales montañas y durmieron por las noches abrazados sobre el suave suelo de una luna risueña.

Su madre se asomaba todas las noches a la ventana y mirando a la luna, musitaba: —“buenas noches, mi vida”—. Consciente de que allí estaba su hija, feliz como no lo había sido nunca, junto a su príncipe, riendo y saltando por las estrellas junto con otros seres que como ella resplandecían con júbilo iluminando la oscura noche.

Entonces se iba a la cama y soñaba, soñaba que venía Sofía a lomos de un imponente caballo, se sentaba a su vera y le susurraba... —soy muy feliz madre, te estaré esperando…..te quiero—. A continuación sentía la ternura de un beso en su mejilla y veía a su hija de nuevo montar en su corcel y alejarse por el infinito firmamento dejando una estela de júbilo y algarada.

Ahora cada vez que mires al cielo estrellado y veas una estrella fugaz recorriendo la noche cerrada, sonríe y salúdala, ya que ya sabrás que se trata de Sofía a lomos de su caballo, visitando una vez más los sueños de su amada madre y cabalgando libre por una bóveda celeste que traza un paisaje onírico al que nos transportamos cada vez que cerramos los ojos…

27 de Julio de 2018 a las 09:04 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~