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“Inocencia arrebatada”


Curioso observar como tal frase solo se muestra en aquellos casos de abuso sexual en los que diariamente se repercuten en aquellos medios de comunicación que escucha mi Madre con aquella esperanza de informarse sobre los sucesos a su alrededor y no perder la comunicación con el mundo exterior. Sucesos terribles y lamentables ocurren a diario, me gusta estar informado, pero últimamente he escuchado de lo que son capaces de hacer las personas con sus semejantes, de cómo niños, mujeres y hombres son golpeados, torturados, violados y asesinados por personas que aparentemente han mostrado ser iguales a ellos, al resto, a mí a ti.

La frustración es quizás, el primer sentimiento que nos envuelve a quién creemos que la justicia en el mundo se va perdiendo poco a poco, o que quizás nunca existió, tal vez solo vivimos de ideales que aprendemos en la escuela, que vemos en internet o que escuchamos en algunos de los tantos programas que pretenden hacernos mejores personas.

Tratas de creer que aún puede existir algo bueno, que todavía la justicia se establece en nuestro mundo, y que aunque llegue tarde si sea posible vivir en mundo de justicia, puedo caminar y observar como policías se encuentran transitando las avenidas de la ciudad, quizás haciendo su trabajo de vigilar y proteger, pero otras veces contemplo como personas que llevan ese mismo uniforme están envueltas en casos de corrupción y extorsión a ciudadanos que han jurado proteger y servir.

¿Es acaso un mundo malo en el que vivimos?

Me preguntó una vez un niño que había contemplado junto a mí como un carro atropelló a un perro y continuó con su camino sin detenerse mientras aquel animal agonizaba del dolor antes de llegar a su inevitable muerte. Con lágrimas en los ojos al no poder contener el suceso trágico y sobre todo, por no tener la respuesta más adecuada ante la pregunta de aquel niño, decidí que la mejor respuesta sería abrazarlo, demostrándole que podría encontrar afecto en los sucesos más trágicos. Quizás esa historia sea una reacción muy común con lo anteriormente mencionado, tal vez solo callamos porque preferimos no aceptar la verdad que el mundo en el que vivimos cada vez está peor, pero lo que me deja pensando aún más, es que no siempre habrán personas que den “ese abrazo”, es decir, que nieguen la verdad pero se queden sin actuar.

“Eres tan inocente”- Escuché decir a un hombre, se lo decía a su hijo mientras caminaban por la calle en la que yo me encontraba. Entonces, pensé:

¿Qué es la inocencia?

Es acaso, ¿aquella condición en la que una persona se encuentra sin remordimientos? ¿Con su consciencia limpia por no haber hecho o visto algo malo?, empecé a asociar que solo los niños poseen aquella inocencia que los jóvenes y adultos de este mundo vamos perdiendo. Pero, ¿por qué la perdemos? Tal vez esta pregunta ya no la pueda callar con un simple abrazo, debemos pensar en que las acciones que hacemos a diario de alguna manera perjudican a otros, o incluso nos perjudican a nosotros mismos pero aun así no parece importarnos, quizás estamos acostumbrados a este “mundo injusto” del que hablé hace rato, que consideramos a aquel mal como algo normal, básico, y que ocurre a diario.

Supongo que un niño difiere de aquel criterio, porque todavía no conoce este mundo, aún no le ha tocado llegar a experimentar aquel suceso suficientemente trágico que finalmente le haga perder “su inocencia”, aquella perspectiva que tenía por un mundo bueno y mejor. Me detengo a pensar entonces mejor el comentario de aquel padre, a lo mejor él también pensó en el inevitable futuro que su hijo todavía no llega a experimentar, él todavía no ha sufrido, o al menos no tiene idea de lo que es el “dolor”, asocio esto con la pregunta de aquel niño el día en que atropellaron a aquel perro, quizás aquel día él si experimentó dolor, se dio cuenta que esos sucesos no eran novedosos, que ya habían pasado y volverían a pasar, que el acto que había presenciado era apenas uno, de los tantos momentos que ocurren a diario, llenos de violencia y tragedia.

Hoy contemplo a un niño sentado con el teléfono celular, llevo más de veinte minutos observándolo y ha mantenido la misma postura, si no respirara podría llegar a creer sin duda alguna que se trata de un muñeco. Me entristece ver como su postura refleja aquel “encadenamiento” que la tecnología nos deja muchas veces pese a su utilidad. Puedo ver como aquel niño ha perdido sus ganas de jugar, ha reemplazado los juguetes por videos y Facebook. La madre se hace presente reclamándole que deje aquel celular, él se aparte permitiéndome finalmente observar su rostro, intento analizar la expresión de su rostro pero me topo con una auténtica representación de neutralidad emocional, pues aquel niño no muestra tener emoción alguna, el celular y su madre se han marchado y él se ha quedado ahí sentado, mirando a la nada. ¿Acaso su inocencia se perdió? O quizás ni siquiera sabe que la ha perdido, a lo mejor está acostumbrado a pasar sus días con esa rutina, su madre trabajando mientras él debe quedarse ahí sentado, sin mostrar problemas. Aunque sus ojos se encuentren observando a la nada, probablemente expresan tristeza a quien se atreva a fijar la atención en sus pupilas.

La he sentido, aquella tristeza… ahora sus pupilas se conectan con las mías y ambos parecemos entendernos, solo que él aún sigue confundido, me observa detenidamente esperando una respuesta, algo que le conforte ante su rutina constante en aquel restaurante de su madre. Puedo presentirlo y quizás él también se ha dado cuenta, su “inocencia se ha perdido”, lo trágico de esa pérdida es que a veces no se relaciona con violencia ni abuso como en casos anteriores, esta vez se presenta como un individuo ha perdido su libertad, aquella con la que uno nace. 

11 de Julio de 2018 a las 12:47 0 Reporte Insertar 0
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