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Vacío

Había sido un día lluvioso, lo que retrasó el metro, y aumentó el mal carácter de la gente que se traslada día con día, a las acostumbradas horas pico. 


Camila estaba ahogada de hartazgo, cubierta de sudor propio, mezclado con el aroma del cansancio de todas aquellas personas que respiraban junto a ella y alrededor de ella. Pensó de inmediato en llegar a darse un baño caliente, y la esperanza de la futura relajación la mantuvo firme y constante. 

Una hora y media más tarde, por fin llegó a casa, exhausta por otro día de trabajo.

Cerró la puerta y puso el cerrojo, como era su costumbre. 


Quiero vacío. 

Vacío de críticas y veneno del trabajo.

Vacío de personas desagradables en el transporte. 

Vacío de molestias. 


En el camino por la mañana, pidió un deseo a una señal extraña que se le presentó. Deseó vacío y calma. Vacío y tranquilidad a su alrededor. 

Ahora que volvía a casa al fin el vacío que llevaba suplicando, por fin se cumplía.


Fue a la cocina, y destapó una lata de atún, le puso galletas que sacó de otro paquete, y sacó una soda de manzana. Moría de hambre después de un día tan largo y cansado. 


Comenzó a comer mientras veía en la televisión la serie con la que se estaba poniendo al corriente últimamente. Le agradaba el suspenso, y la ficción. 

Pasaron unos minutos, y se dio cuenta que la sensación de vacío no se iba por más que se metía más comida a la boca. 


Cada que comía más atún de la lata, sentía más vacío. 


Cada que bebía más refresco, sentía más sed. 


Pronto se terminó todo lo que tenía en su mesita de café, y el gran hueco de su estómago se extendió a su cabeza. 


Se sentó en el rincón de su sala. Y se masajeó la cabeza, embargada de repente por una oleada de mareos extraños. Como pudo se puso de pie, tomó la caja de las galletas para comenzar a comerlas sin control alguno, llenándose la boca de moronas que se le atoraron en la garganta y la hicieron toser. El vacío no se fue, sino que comenzó a apagar . 


El pánico que sentía de pronto comenzó a apagarse, y mientras más se asustaba, menos emoción era capaz de reflejar: estaba perdiendo el control de su mente. Pronto, incluso esta quedó en blanco, y la masa de galletas que había quedado acumulada en su garganta bajó y le impidió respirar más. 


Camila no tuvo tiempo ni decisión de su cuerpo para poder cerrar sus ojos. Se soltó a la idea de que su deseo se había cumplido de una manera mucho más extrema de lo que había imaginado. 


Lo que la debía llenar, la había vaciado también. 

 

12 de Julio de 2018 a las 05:14 0 Reporte Insertar 2
Fin

Conoce al autor

Tania Santos Ferro La escritura me da vida. Respiro a través de ella. Instagram: letrasdetaniablog

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