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Escalera a la Luna (parte I)

Caprichosamente un día algunos humanos decidieron construir una escalera hecha de gente e irse a la Luna. Aunque inicialmente se hipotetizó que la estadía en Marte sería más amena, muchos consideraron que aquel destino extraordinario sería inalcanzable por más inmensa que fuese la escalera. Finalmente, se optaría por la Luna, ya que se trataba de un destino más realista y posible. Como se tenían cálculos muy precisos, no había duda de que se contaba con la gente suficiente como para cubrir, unos sobre otros, el vertiginoso abismo que hay entre el cielo y la tierra.
La escalera seguiría un patrón de construcción simple pero muy efectivo: la base estaría constituida por toda la gente robusta o comprobadamente muy fuerte disponible, de modo que los tramos superiores de la escalera quedaran reservados únicamente para gente mediana y ligera, pequeña y muy ligera, muy pequeña y peligrosamente ligera y así hasta el final de la escalera. El último humano de la escalera llevaría consigo una soga tan larga como un millón de avenidas Rivadavia, de forma que al llegar a destino le fuese posible remolcar hacia la Luna al resto de la escalera.
Y de esa forma se armó la escalera, y todos verían como esta iba ganando en altura varios metros cada día y muchos metros cada año, hasta ganar demasiados metros en demasiados años. Ya en el espacio infinito, la gente que trepa por la escalera puede ver cuan grande es el universo, y esto les produce primero gran pavor y luego gran fascinación, siempre en ese orden. A veces en la escalera se producen enormes atochamientos porque hay gente que se distrae con el paisaje estelar, o gente que sufre descompensaciones y todo tipo de malestares debido a la unánime altura. En el espacio infinito, que es demasiado nostálgico, abundan las canciones alegres y también las anécdotas y el conventilleo. Para matar el aburrimiento de la espera en la escalera, con frecuencia se organizan competiciones de barquitos de papel, que se arrojan en dirección a la Luna y se les evalúa por ello. Algunos barquitos de papel -especialmente los de defectuosa construcción- se desarman apenas inician la travesía, lo que causa una enorme frustración en los competidores. Otros barquitos, en cambio, consiguen alejarse tanto como para perderse en la inconmensurable oscuridad. En el espacio infinito, que es también muy frío, la gente de la escalera bebe café y fuma cigarrillos para calentar el cuerpo. Cuando el agua con la que preparan el café caliente se enfría y también se acaban los cigarrillos, se pasa el recado de boca en boca en sentido descendente. La gente que queda en la Tierra y aún no forma parte de la escalera es la encargada de comprar cigarrillos en los almacenes y de hervir agua en grandes cantidades. Cuando la provisión de cigarrillos y de agua caliente está lista, se envía a la gente de la escalera en sentido ascendente. Como el frío en el espacio infinito puede ser tremendo, en la tierra se tejen suéter, bufandas y gorritos con lana de buena calidad, y se envían a la escalera envueltos en papel maché. Cuando falta -y siempre falta-, también se envía pasta dentífrica y protector solar en formatos individuales.
Como el espacio infinito es más bien enigmático, la gente de la escalera no conoce todos los peligros que supone una larga estadía en aquel lugar, de modo que a veces ocurren accidentes y se pierden vidas. Periódicamente, el curioso viento solar agita, implacable, la trémula escalera y hace trastabillar a muchos escalones. Cuando esto ocurre, enseguida se intenta restituir el equilibrio perdido, lo que a veces puede tomar varias horas, dependiendo de la violencia de la tormenta y del grado del caos. En ocasiones la gente de la escalera está demasiado ocupada chismeando o compitiendo con sus barquitos de papel, y no presta atención al material ardiente que transita, anárquico, frente a sus narices. Como era de esperar, la gente no siempre reacciona con diligencia, y se consuman algunas catástrofes. Cuando eso ocurre, muere gente y hay tristeza. Otras veces pasa que la gente muere por circunstancias naturales, o bien por enfermedades propias de la vida en el espacio infinito y que sólo son posibles de curar en hospitales. Cuando muere gente se realizan largos rituales y se canta toda la noche; se decora el cuerpo de los difuntos con flores marchitas y lucecitas titilantes de varios colores, y se los arroja al espacio infinito entre plegarias y llanto.
La espera en la escalera es demasiado larga, pero la gente se conforta con hermosas vistas de la Vía Láctea y con amaneceres y puestas de sol imposibles en aquella noche imperecedera. La vida de la gente de la escalera puede ser terrible, pero la ilusión de un nuevo comenzar lejos de la Tierra ilumina su camino aún cuando las luces del pasado inaccesible parecen consumirse en ese espacio infinito.

Aquí termina la primera parte del cuento

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3 de Julio de 2018 a las 18:53 4 Reporte Insertar 8
Fin

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Fran Laviada Fran Laviada
Gran derroche de imaginación. ¡Enhorabuena!.
17 de Agosto de 2018 a las 14:25
Daniel Mateo Ordóñez Daniel Mateo Ordóñez
Muy pero muy entretenido. Gracias por escribirlo.
11 de Agosto de 2018 a las 00:27
Gin Les Gin Les
Vaya, me he imaginado todo como si estuviera ahí. Excelente relato, espero pronto leer el segundo. Saludos.
3 de Julio de 2018 a las 19:57

  • Pablo A Pablo A
    Gracias, Gin. Saludos 3 de Julio de 2018 a las 20:34
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