Fin de la inocencia: que empiece la mascarada Seguir historia

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Kate Lynnon


Eric recibe una invitación de su amigo Alan para una fiesta de disfraces en su casa de campo... jamás olvidará esa noche.


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#relato-breve #lgbt #erótico #primera-vez #disfraces #gay
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Fin de la inocencia: que empiece la mascarada


Desde que lo vio entrar, no había podido apartar los ojos. Estatura media. Unos cuarenta y tantos o cincuenta. Le gustaban maduritos. Complexión delgada pero recia, se le notaba a pesar de estar oculta bajo las vestiduras y la capa. Un flequillo castaño y corto asomaba por debajo de la cofia. El disfraz de caballero medieval le iba como anillo al dedo, pues incluso su cara parecía de otra época. De hecho, esa extraña combinación de inocencia y madurez era lo que más le llamaba la atención de él. A pesar de su edad, esa mirada perdida lo delataba. No había roto un plato en su vida.

Tenía un aire solitario. No hablaba con nadie, sino que se limitaba a estar allí de pie, algo encogido, junto a la mesa de aperitivos. Debía de tener pocos conocidos, como suele pasar en las fiestas grandes. Seguramente sería de los que sólo tenían relación con el anfitrión. Probablemente tímido. La víctima perfecta.

Timbebió un sorbo sin dejar de observar a su presa desde la otra punta de la habitación. Tal vez estuviera ya algo afectado por el alcohol: no tanto como para no ser consciente de lo que ocurría a su alrededor, pero sí lo suficiente como para que el resto de personas disfrazadas que los separaban le parecieran invisibles. Se le ocurrió que el juego de miraditas que habían estado practicando desde la llegada del otro ya había durado lo suficiente. Por muy disimulado que fuera, era mutuo, y él lo sabía.

Con decisión, avanzó a grandes zancadas hasta el otro lado de la sala. Risas y conversaciones triviales resonaban en alguna parte de su mente, y los colores de los disfraces varios entre los que se abría paso desfilaban ante sus ojos, pero pasaban desapercibidos. Como los caballos a los que se les colocan anteojeras para que se centren en su meta, la cruz templaria de color rojo, a juego con la capa, que adornaba su pecho era lo único que permanecía en su punto de mira. Tampoco le importaría comprobar qué tal se manejaba el sujeto con la espada, y no precisamente la que llevaba en el cinto…

************

Eric miró a su alrededor. La habitación era inmensa, al igual que el resto de la casa. Cuando Alan le dijo que lo invitaba a una fiesta de disfraces en su casa de campo, no se había imaginado algo así. Pero mucho menos se había imaginado que se encontraría encerrado en uno de los muchos dormitorios con un desconocido.

Sentado al borde de la cama, se fijó en su compañía, que le daba la espalda mientras llenaba dos copas con una botella de champagne que había sacado del mueble-bar. Parecía conocer bien la casa. Era bastante más joven y menudo que él. La melena rubia, perfectamente lisa, le llegaba algo más debajo de los hombros. El chico se volvió hacia él sonriente al tiempo que le ofrecía una de las copas. Tenía cara de niño, marcada por unos rasgos increíblemente dulces, como una especie de Adonis de este siglo. Aun así, irradiaba una extraña confianza en sí mismo. Se había sentido atraído por él desde el primer momento en el que se topó con aquellos pequeños ojos azules que se clavaban en él.

Inmediatamente, Eric dio un largo sorbo a su copa con la esperanza de ahogar en ella su nerviosismo. El más joven de los dos retiró su sombrero de Robin Hood, que descansaba sobre la cama, para sentarse junto a él. Sin mirarlo, Eric sentía cómo observaba cada uno de sus movimientos.

—Yo no soy… -intentó llenar el silencio.

—No me importa —lo detuvo el rubio—. No quiero saber si es la primera vez que te fijas en un hombre de esta manera, si estás casado y tienes hijos, ni siquiera tu nombre. Lo único importante es que hemos conectado; he visto cómo me mirabas allí abajo.

El mayor no supo qué contestar. Con la melena casi blanca y el atuendo, el joven le recordaba a los elfos de El Señor de los Anillos. Sí era cierto que nunca se había interesado por otros hombres, o al menos no conscientemente. No obstante, ese chico tenía un fuerte magnetismo y un halo de misterio que lo hacía aún más especial. Antes de que tuviera tiempo de pensar en lo que iba a decir, el otro siguió adelante.

—Te propongo un trato: olvidémonos de todo lo que hay ahí fuera —señaló a la puerta—. Todo lo que suceda aquí, aquí se quedará.

—¿Y si nos arrepentimos? —susurró Eric.

No llegó a continuar la frase. Se topó con un dedo pálido y delgado que se le posó en los labios para silenciarlo.

—No pienses en eso ahora, Sir Lancelot. Lo único que quiero es mostrarte el mayor placer que jamás conocerás. ¿Crees que podrías arrepentirte de algo así? Al fin y al cabo, no importa de quién lo recibamos… ¿verdad?

Apenas acababa de decir la última palabra cuando cerró la distancia que los separaba, que ya se había ido acortando poco a poco mientras hablaba, y le besó los labios. Era un beso impetuoso, pero a la vez increíblemente tierno. A Eric le costó reprimir el gemido que se estaba formando en su garganta. Lo cierto era que aquel gesto resultaba aún más convincente que todas las palabras que había oído aquella noche.

El contacto entre sus labios se alargó por un tiempo, como si Robin Hood quisiera darle tiempo a su nuevo amigo a acostumbrarse a la sensación. Y parece que logró su cometido. Aunque tardó algo en reaccionar, poco a poco Sir Lancelot fue tomando algo de iniciativa y se permitió incluso usar la lengua, no sin una cierta timidez. Su joven compañero le dio la bienvenida con un gemido y abriendo algo más los labios para indicarle que podía entrar. Gracias a ello, ganó algo de confianza.

Contento de ver cómo iba perdiendo el miedo, Robin intensificó el beso al tiempo que apretaba el cuerpo del otro hombre contra el suyo. Le recorrió la espalda con las manos por debajo de la capa; esas caricias, no obstante, también tenían un objetivo más práctico: encontrar el cierre de su disfraz para poder desabrocharlo y observar su belleza natural. No obstante, se le ocurrió que sería más justo desnudarse él a la vez. Quería que su amante se sintiera cómodo y en igualdad de condiciones.

Algo menos atrevido que su compañero, Eric se limitó a dejarse desvestir sin oponer demasiada resistencia. El joven sonrió, pensando para sí mismo que parecía que le asustase quemarse al quitarle las vestiduras. Su timidez y su extrema cautela no dejaban de resultarle encantadoras. Por último, se desprendió de sus pantalones kaki, que dejó caer al suelo con un cierto desdén antes de subir de nuevo a la cama. Una vez completamente desnudos, ambos se observaron un momento.

Aunque el disfraz le favorecía, Robin ocultaba un cuerpo exquisito bajo la camisa y el chaleco. Su delgadez y su tamaño lo hacían grácil y aniñado, pero los abdominales que se marcaban en su vientre perfectamente plano y sus brazos ligeramente musculados bastaron para que Eric sintiera una ola de excitación que nacía entre sus piernas. La piel pálida del más joven casi parecía tener un resplandor blanquecino como el de la luna en la tenue luz del cuarto. No podía controlarse más… no deseaba controlarse más. Así que el mayor de los dos se incorporó lentamente y agarró a su particular Adonis de los hombros para atraerlo hacía sí. Devoró sus finos labios con una pasión que ni él mismo reconocía.

Un gemido gutural surgió de la garganta del rubio cuando su pecho chocó contra el del mayor de los dos. Ávido por descubrir, esperó a que su amante terminase de deleitarse en el beso para posar los labios en su cuello de toro. Su olor varonil lo atrapó enseguida. Mientras tanto, sus manos recorrían su torso desnudo, masajeando ligeramente sus pectorales bien formados y acariciando su robusta caja torácica. Timse sentía enloquecer. No podía pensar en otra cosa que seguir explorando ese cuerpo y darle placer toda la noche.

Lentamente, lo fue recostando sobre la cama y se colocó junto a él. Con un pequeño jadeo, Eric rodeó al más menudo con los brazos y lo besó de nuevo. Su boca le resultaba extrañamente adictiva. Esta vez sí que hubo algo de contacto entre ambas lenguas, al tiempo que ambos se acariciaban, deseosos de tocar y conocer. Interiormente, el joven sonrió para sus adentros al ver que su Lancelot empezaba a perder la vergüenza.

Inevitablemente, la mano del rubio fue a dar con el miembro de su amante, que empezaba a dar señales de su disfrute. Sus miradas se cruzaron por primera vez desde que habían comenzado las caricias. Con ojos ardientes e incluso desafiantes, le agarró el pene y comenzó a juguetear con él. Aquello dibujó una sonrisa en los labios de Eric, gesto que, a su vez, le hizo ganarse otro beso. No sin temblar ligeramente por la inseguridad de hacer algo nuevo, alargó la mano e imitó el movimiento de su compañero.

La sorpresa provocó un nuevo gemido en el menor. Se encontró con que le gustaba cómo los dedos de Lancelot avanzaban por sus partes nobles, como si lo estuvieran descubriendo por primera vez. Era un toque muy delicado, incluso tierno, pero muy sensual. Casi hacía cosquillas. Aquel escaso contacto bastó para aumentar más aún su lujuria. Quería animar al otro a ser más valiente, a dejarse llevar… y sólo se le ocurrió una manera. Posó la mano que le quedaba libre sobre la del castaño. Con firmeza, pero siempre con suavidad, se la colocó de forma que sus dedos rodeaban su miembro ya erecto y lo sujetaban con algo más de fuerza. Acto seguido, le dio un beso aún más fogoso para demostrarle que estaba más que preparado.

Así, entre besos cada vez más salvajes y alguna caricia furtiva, los dos hombres se dieron placer el uno al otro. Sus movimientos rítmicos iban en crescendo, al igual que los sonidos que emitían. También las muestras de afecto se volvían cada vez más febriles y apasionadas, incluso algo torpes a medida que perdían el control.

Eric sentía que su compañero estaba a punto de estallar. Notaba sus fuertes latidos en la mano. Era una sensación familiar y extraña a la vez. La había experimentado más de una vez en soledad, pero resultaba asombroso pensar que el clímax que estaba a punto de presenciar era el de otro hombre. Y no sólo eso, sino que además él mismo era la causa. La idea le pareció increíblemente excitante y le provocó un escalofrío por toda la espalda. Aquello le recordó que a él mismo no le faltaba mucho…

Entonces llegó. La tan anhelada explosión al fin tuvo lugar. Un líquido cálido y blanquecino salió disparado e impregnó su mano al tiempo que un potente gruñido resonaba en sus oídos. Pocos segundos después, él mismo sintió cómo llegaba a la cumbre del placer, como Robin Hood le había prometido. Desde luego, aquella sería una noche que jamás olvidaría…

28 de Junio de 2018 a las 18:55 1 Reporte Insertar 1
Fin

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Elio Elio
Disfruté mucho de la manera sutil en tu prosa para describir los acontecimientos.
20 de Mayo de 2019 a las 20:46
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