Los ídolos Seguir historia

alexandro-lb1525390119 Alexandro Lb

La reflexión particular de un hombre en víspera de su muerte: basado en las célebres figuras que quiso conocer y que no pudo por su situación, y por la razón de que esas figuras ya estuviesen muertas.


Cuento Todo público.

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Los ídolos


Estaba en el piso nueve del hospital, cuyo nombre omitiré por temor a que se revele la procedencia de este “testimonio”, pues bien se sabe que basta saber de dónde proviene todo, para saberlo todo, y este tipo de documentos prefiero que queden en el anonimato.

Gracias a Dios, la noticia— que, hace unos meses, llegó a mis oídos y a los de mi hijo— ha provocado estas pequeñas horas de soledad en las que me propongo el goce absoluto de las facultades que me quedan, para dejar por escrito un singular sentimiento al que previamente he sentido una alusión. Confieso que la susodicha noticia se ha referido al poco tiempo de vida que dispongo.

Mi hijo se marchó. Creo que no lo soporta. Dado el momento y el papel que ha desempeñado, dedicaré unas líneas a él, que se desprenden, tan sólo un poco, de la esencialidad del manuscrito; sólo para subrayar la peor desesperación de mi vida; que justamente me ha invadido al acercarme a la muerte:

¡Hijo mío! Recuerdo que, en el transcurso de todas estas veladas, hubo reiteradas veces que decidí quitarme la mascarilla y desenroscarme un poquito el tubo de las vías, para ir al baño y orinar por mi cuenta. Se me prohibió hacerlo solo, pero no tenía la maldad de despertarte del sillón donde dormías, porque conocía muy bien tu sufrimiento al verme degenerar con la enfermedad; y estos dolores agobian más que el sueño. Aun así…aun así, dormías tranquilo porque en el fondo creías mi convalecencia. Cuando regresaba a esta repudiable cama—que la concibo ser el verdadero lecho de muerte— me detuve siempre a tu lado y te acaricié la espalda con mis dedos, creo yo, casi ya muertos; pero también te acaricié con el sentimiento, dándole gracias a mi santo Dios que ese cansancio anestesiara un poquito el dolor de tu alma. He ahí la desesperación: pues no niego que, lo más normal para este viejo demacrado era querer que despertaras y correspondieras a tal gesto; pero por aquel sueño tan pesado, cuya dosis te caracteriza tanto, no lo hacías. Entonces respecto a la caricia que tantas madrugadas te regalé, no me quedaba más que la esperanza por que algún día sueñes con ella. Consolarme, además, con que tan intensos sueños dibujaran los vestigios que están sobre tu cuerpo, y con que tus facciones que tanto se me asemejan, me hagan convencer en la paradoja de vivir después de estar muerto. Date cuenta que desespera mucho resignarse a no hacer lo que se puede; y que en los sueños verás realidades tan ciertas como mi caricia.

Lo que escribo ahora—la verdadera esencia de mis frases agónicas— está motivado verdaderamente a una noticia que acabo de ver en la televisión: McGleen era un guitarrista de antigua música; y hoy falleció tras sendos noventa años de vida. Llamó mucho mi atención porque era, éste, uno de mis Ídolos.

Y el recuerdo de un ídolo, abre paso al de los otros.

El primero fue: Cesar Michens, un pintor. Su fama se extendió a todos los límites, razas y religiones cuando exhibió una magnánima obra llamada El retrato de los sentimientos. A pesar de tener una ideología tan austera y profundamente severa; cuya naturaleza, además, adversaba políticas centralizadas: los grandes demagogos que la profesaban no se podían contener ante la fuerza del arte; y se podría asegurar que, muchos de ellos, guardaban un ejemplar plagiado de las obras de Michens en sus galerías dictatoriales.

En mi pasión desbordante por su destreza; a una temprana edad intentaba imitarlo, partiendo de garabatos y manchas de acuarelas, que no hacían más que mostrar escasas habilidades para el arte, y ninguna señal de mejora. Yo amaba sus cuadros, y mi sueño: era conocerlo a él.

He aquí el primero de mis tres Ídolos. Y sabiendo el destino que en poco tiempo me depara, es un deseo que en mi lápida reposen las palabras de tan magnánima obra.

Michens murió a la edad de treinta años: un cáncer pulmonar lo devoró, y lo arrastró hacia el oscuro contenido de sus pinturas. Fue una época dura, y una crisis que marcó mi vida.

El segundo Ídolo se llamaba: Natolik Pariov: un ajedrecista soviético, originario de Azerbaiyán.

A esa edad me había involucrado en la filosofía y el rigor de tal disciplina. A medida que fui descubriendo la teoría más antigua del juego, allá en las estanterías olvidadas de un taller colegial, entre ácaros y páginas que llevaban tiempo sin abrirse; vi el álgebra de sus escrupulosas partidas, que para mí fueron jeroglíficos de un maleficio que me instó a profundizar las investigaciones del juego. Pero sobre todo, del jugador.

Inconscientemente de que tal maleficio conllevaba una oscura maldición, me enamoré de aquellos pasajes tácticos y estratégicos de Pariov, y presumí su juego en el tablero cuando me enfrentaba a personas por debajo de mi nivel. También me humillé, innumerables veces, cuando sucumbía ante la victoria de algún desconocido que, sobre el juego que yo le planteaba, refutaba mi aprendizaje haciéndolo vástago de teorías obsoletas. Y el significado de la Derrota, para mí, era permanente: ya que, en relación con la Victoria, diferían en grandes proporciones sentimentales. La Derrota triunfaba siempre sobre mis emociones; por lo que la secuencia intercalada de ambas lastimaba la herida, más que cicatrizarla; y la noción del intento se convertía en el masoquismo que padecen las mentes enfermas; y sentía que retroceder hacia adelante era, sencillamente, imposible.

Todo en mí murió, salvo mi esperanza en conocer a Pariov.

Un día, llegó la noticia, de que tan deseado personaje se aparecería en una institución aledaña a la parroquia donde yo vivía. Esto me trajo un torbellino de emociones nunca conocidas por algo. Sin embargo, el plan se derrumbó: Pariov nunca apareció, salvo en las portadas de periódicos y revistas temáticas. Esto me arrojó a otra de mis depresiones, porque sabía que para conocer a un sujeto de su calibre y de su procedencia, se necesitaba una inmensa calidad ajedrecística, los recursos de un Estado justo o, en su defecto, el patrimonio de una burguesía bien posicionada. Y todas, absolutamente todas, estaban fuera de mi alcance.

Cuando me enteré de su muerte—y me resulta vergonzoso decirlo, dadas mis actuales condiciones—no pude evitar, aunado al lamento que siempre conlleva tal tragedia, sentir un bienestar parecido a la malévola conveniencia.

No tardé en darme cuenta que se debía a las condiciones de vida que tenía Pariov en víspera de su partida: había muerto en la peor de las miserias, lo encontraron en una plaza sucumbido al trago y las drogas; su patrimonio se despilfarró, y nada le había quedado salvo su prodigiosa cualidad ajedrecística. La razón de mi satisfacción era que, aquel sujeto que había deseado conocer, al que había dedicado horas de estudio y análisis, por el cual soñé tener todo lo que tenía, pero por sobre todas las cosas, conocerlo y estrecharle la mano. Aquel sujeto había muerto en condiciones de vida muy por debajo de las mías: en un rango de pobreza extremadamente marginal, y sin posibilidad alguna de recuperación; ni un hijo al que dirigir palabras o frases elocuentes. Ello me hizo sentirlo cercano; inferir ser esta la única manera en que lo pudiere tener cerca. Ahí supe que la envidia es tan grande, que su poder se extiende a lo cercanamente desconocido.

Mi tercer ídolo fue un bailarín: su nombre era…

….Mientras escribo esto, ha pasado casi una hora, desde lo último que escribí. Paré porque la enfermera que me asignaron, entró en la habitación, para llevar a cabo mi respectivo tratamiento. Pude escuchar sus pasos en el silencio del pasillo, y dejé el papel a un lado, temiendo que sintiera curiosidad por lo que escribía o, que, en su interpretación, formulara la hipótesis de un posible suicidio.

Odio su cara; tanto ella como yo, sabemos de la noticia. Sin embargo no lo disimula ante mí, y esto me acongoja, porque aún soy un ser humano y, dentro de mí, vive la tristeza que en los momentos cercanos a la muerte: o es una vil enemiga; o es una mano piadosa.

Ha venido a ponerme el suero. Lo hace apresuradamente, y quizás cometa un error garrafal en ello, pero supongo que eso aceleraría los dolores que están por venir; entonces reacciono sin ningún temor.

Se va sin mirarme a los ojos, y su despedida de buenas noches apenas se escuchó como si lo hubiese dicho un fantasma. Tal actitud de recordarle al vivo que va a morir, la consideré una falta de respeto; y al salir, lo único que dije fue:

—Si vuelve a entrar, toque la puerta—. La enfermera se detuvo en el umbral—¿Está claro?—reclaqué.

Giró su rostro de manera que pude verle el perfil.

—Está claro—dijo.

Continúo:

Mi tercer ídolo, fue el bailarín Jesy Mike. El género de su música y baile, para nada tendría relevancia dejarlo por escrito; bastará que transcriba su nombre en algún buscador de la internet, y allí tendrá evidencia de todo lo que aquel hombre era capaz de hacer.

Llegó a mi vida a la edad de quince años, en un momento donde yo mostraba exageraciones de melomanía enfermiza. Tenía una convicción grabada en las paredes de mi cráneo que sugerían un aforismo de perpetua condena. Vale decir que la pasión por escuchar tanta música, encerrado en los sitios donde más se escucharan sus notas, se consumió grandísimas horas de mis días, que a veces necesitaban la ejecución de actividades de diferente índole, que yo postergaba a tiempos desconocidos.

Los bailes de Jesy Mike tuvieron por efecto—al igual que mis anteriores ídolos— que yo lo imitara; y así disminuí la inmensa pasión por la música. Y la costumbre pudo refutar la máxima aforística que acabé de señalar: se puede ejecutar dos cosas a la vez, mientras no se involucren pasiones simultáneas. Pues, sentía cierto prejuicio de hacer otra cosa mientras escuchaba la música; temía perder mi concentración por sus inmensas cualidades; por eso transcurriendo en las sucesivas pasiones que han tomado lugar en mi vida, nunca pude poner en práctica una, mientras ejerciera la otra.

Y lo errado que estaba, dado el contexto, me lo probó Jesy Mike; ya que para poder imitar inigualables movimientos del bailarín— que sólo tendrían comparación con la floritura de un fenómeno celestial—necesitaba la música de fondo, y no cualquier música, sino aquella que me apasionaba, que me alborotara los sentidos; sólo para que aparezcan movimientos parecidos.

Con tal ídolo, pasó algo similar: en la portada del periódico con mayor circulación en la localidad, se anunciaba una de las giras de Jesy Mike; nada más y nada menos. Aquello me exasperó, y ningún día fue excepción de bailes y ahorros de virutas monetarias; sólo para tener en mis manos el volante de aquella presentación prodigiosa, divina; y presenciarla aunque sea en la fila más lejana.

Sin embargo, casi a las vísperas del concierto, las noticias de primera plana me desalentaron con tal vigor, que tardé casi tres días sin salir de mi habitación, y con un cuaderno en las rodillas apuntando mis tristezas; algo parecido a lo que me encuentro haciendo ahora.

La presentación en la localidad se había cancelado; La región no contaba con las comodidades exigidas; era de adivinarse aquello. El lugar del acto era la tarima de un estadio olímpico, que desde algunas décadas no ejercía sus debidas funciones, ya que sus instalaciones no eran óptimas. El artista rechazó las diversas propuestas para paliar sus exigencias, y decidió saltar hacia el próximo país de la lista.

Y esté fue otro de mis ídolos a quien no pude ver, al menos de lejos.

El cuarto y último, es del que actualmente me entero la impactante noticia en la televisión; y el motivo principal de este escrito; que dada mi pasión y vehemencia, parece que lo hubiera querido escribir toda la vida para dedicárselo a la muerte.

La trascendencia que tuvo este último en mi vida, la voy a omitir por el dolor que sentiré si paso mis ojos por el recuerdo mientras me entero de su muerte. No obstante, bastó con mencionarle su profesión de guitarrista, para dilucidar un poco la trayectoria que tuvo en mis afincados deseos.

Aquí termina la extensión de lo que he querido exponer. Antes de acabar, verdaderamente con el escrito, dirigiré las últimas palabras a mi hijo:

¡Hijo mío! Lo que lees aquí, no es simplemente el bosquejo sentimental y, quizás, caprichoso, de mis deseos y de aquellas personas que para mí fueron ídolos como para otros: idiotas.

Tú bien sabes que por mi cabeza siempre pasaron ideas extrañas. Superfluas y estériles me dijiste una vez, imitando la letra cultivada de la buena jerga. Pero, simplemente, el contenido de este escrito busca dejar una pequeña evidencia de cierta reflexión que acontece en la mente de las personas a punto de morir, y que difiere de las percepciones convencionales que de ellas se piensan. Pues, se cree que las personas, durante las meditaciones más profundas de sus etapas terminales; suelen rondar lo atinente a sus seres más allegados; y también se dice que sus mentes rondan por todo lo posible en la vida: por eso se cree—y de esto, hay testimonio fehaciente, e inclusive, hasta contenido alegórico en diversas obras bibliográficas y cinematográficas— que exploran sus sueños; que en sus negras meditaciones, viajan a países deseados, o a sitios inhóspitos; o que conocen a algún artista de la vanguardia, que aún deleite al mundo con su hermosa obra sobrenatural. Y todo ello, dada la situación de tales individuos errantes, pudiera tener algo de imposibilidad; pero en el plano de lo material, estos deseos no dejan de ser posibles.

Pues yo, en este caso, dejo testimonio, que lo más perjudicial para la tranquilidad de este viejo demacrado, con la noticia: es el pensamiento incesante de sus Ídolos. Pues, ante el terror de la noticia—que parece ser más muerte que la muerte misma—, en vez de flagelarme con recuerdos de mis seres amados y conocidos, escogí sufrir por aquellos que nunca pude conocer. Determiné que en aquel incierto cosmos, pudieran estar aquellos ídolos forjando en él, su naturaleza tan desconocida pero a la vez tan magnífica; y así deseché las posibilidades fervientes de la vida. Y en la esperanza de encontrarme con Los ídolos en aquel cosmos, me figuré una posibilidad convincente en la muerte, y me aferré a ella como si de una nueva religión se tratara. Escogí, a fin de cuentas, sufrir por lo imposible de la vida, hallándole la posibilidad en la muerte, para así verla como una tierna amiga de apariencia negra, que simplemente nos viene a oscurecer el día.

Terminando. Quisiera decirte que, antes de este breve párrafo, he recordado tu crecimiento y emocionante desarrollo bajo mi tutela y la de tu madre; y la tristeza me invade cuando recuerdo tus llantos de niño; pero lloro, y escúchese bien—porque las palabras leídas con sentimiento, son los ruidos que más suenan—lloro, al recordar cada llanto que has tenido ahora; es algo que, sencillamente, no puedo evitar, y esta mancha circular y oscura en el margen de la hoja: es una lágrima. Discúlpame. Recordar aquellas mañas graciosas que tuviste, tu tendencia infructuosa de imitarme, como si fuera un ídolo. La majestuosidad con la que creciste, mostrándome que no me imitabas, sino que me superabas. Y el deseo tan particularmente tuyo, de protegerme y cuidarme contra lo que no se puede cuidar. Agradezco la gallardía con la que observaste mi deterioro; si no estuvieras conmigo, hubiera muerto meses antes de escribir esto. Agradezco que me hayas cumplido los sueños, que me despojaras de prejuicios; y que después de enseñarte el bien, hoy me lo enseñaras tú. Agradezco tanto de ti, que no recurriré a explicarlo; ganas no me faltan, pero se me acaba la extensión del papel. Sin embargo: ¡a veces para decir mucho se necesita tan poco! Te agradezco, últimamente, que pensaras en mí, y que hayas sido, en tu dolorosa tarea, el único Ídolo que pude conocer.    

13 de Junio de 2018 a las 04:19 0 Reporte Insertar 0
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