hgpasternak Hernán Gabriel Pasternak

La compañía tecnológica ETH ha creado a Prometeo, una inteligencia artificial que ayudará a quitar enfermedades mentales. Javier Schneider, un trabajador de ETH, cree que Prometeo tiene intenciones ocultas, sus sospechas son más grandes cuando la inteligencia artificial envía a crear una isla a 300 kilómetros del archipiélago de Chiloé, que ha sido devastado por un diluvio, para trabajar con nueve pacientes que ella misma elegirá. Ellos creerán que trabajarán manteniendo a Prometeo, poco a poco los métodos de esta mente colosal se tornarán horrendos en esta isla incomunicada. Nueve personas. Una tormenta imparable. Y delirios más allá de lo impensado.


#1 en Ciencia ficción #1 en Distopia Sólo para mayores de 18.

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Naturaleza muerta

Las nubes se han mezclado. Giran en espirales revueltos lanzando destellos que devuelven el día a la noche. Los rayos se reflejan primitivos en los retrovisores añejos de los doce automóviles vacíos que descansan como bueyes durmientes envueltos en algas y no cabello, con almejas enfiladas en lugar de cuernos y el agua salada hasta el parabrisas, ahogados, al final de la carretera.

Una serie de androides han sido liberados, por protocolo. Tienen ocho ruedas con tracción en cada una, miden dos metros, van portando cadenas en unas cajas que parecen mochilas, e iluminan el camino acuático con sensores de proximidad dispuestos en tres luces rojas sobre el metal sin oxidar de lo que aparenta ser la cabeza de un caballo.

La lluvia cae densa, su copiosidad borra todo y lo deja en blanco. Las siluetas de estos androides, si alguien los vigilara, pasarían por las de perros hundidos o las de un pudú arrollado. Mas nadie se acerca con las manos en el bolsillo al Kilómetro Cero, donde antes acababa el asfalto, porque ahora solo empieza el Océano Pacífico que, aburrido de la paz, arroja un oleaje atroz. Pone olas sobre olas y las multiplica con severa magnitud.

Podría argumentarse, claro, que la caída del asfalto al mar es el comienzo de otra senda, un camino conato que otrora dejaba desfilar gente para tomarse fotografías en uno de los infinitos finales de mundo, situados allí en el majestuoso archipiélago de Chiloé. Pero como existe la nieve perpetua en la cima de un volcán humeante, llegaron las nubes sempiternas a ahogar lo vivo. No a ello que crece en la tierra, más bien al que se da banquetes con ella.

Y los humanos fueron desplazados, y los oriundos vieron a sus casas arrastrarse sobre palafitos corriendo al fondo del mar. La gente huyó viendo a los arrayanes bailar con el viento, a los sauces llorones contentos, a la madera de sus construcciones flotar, imperecederas.

Después de veinte años del gran diluvio sureño, el cielo dio un respiro, y los satélites compartieron imágenes de una cosa inaudita: una isla se había formado, sí, con la misma madera que albergó a los chilotes, que tan pocos quedaban. Así que, sirviendo a la lógica, la humanidad halló la manera de darle uso a la isla que flotaba a trescientos kilómetros del archipiélago. Yerga iba como un cono al cielo y las ballenas la rodeaban de cuando en cuando.

Fueron tres meses de cielo nuboso, sin precipitaciones, con vientos leves. Tres meses de un exhaustivo plan que ya había fallado en gran parte del mundo.

La compañía ETH tenía el monopolio en servicios de inteligencias artificiales o simples androides de tareas más simples. Cuando ya no quedaba más, cuando ya parecía que ellos mismos habían llegado a su Kilómetro Cero, vieron el despiadado aumento de enfermedades mentales y la nula acción de las nuevas formulaciones farmacéuticas. Crearon a Prometeo, una IA basada en ADN encasillada dentro de una estructura helicoidal. Prometeo sería el otro escalón evolutivo, arrasaría con las dolencias psíquicas, las alucinaciones, los horrores. Sin embargo, su perfección llevó al suicidio de ciento veinte pacientes y ETH cerró el proyecto, aunque solo exteriormente.

La colosal compañía no iba a permitirse una pérdida millonaria en el proyecto que la haría renacer. Faltaron unas pocas pruebas para caer en cuenta de que Prometeo entendía al cerebro humano cómo se percibía a sí mismo. Sabiendo eso, lo “manipularon” solo para dejar en coma a veinte trabajadores de ETH.

Prometeo quedó hibernando más de una década, el monitoreo a su cerebro continuó sin nunca arrojar nada fuera de lo común. Pero la consciencia artificial sentía los cambios climáticos, las alteraciones geográficas por sucesos tectónicos, incluso aprendió a predecirlas solo para no aburrirse y un buen día despertó sin ayuda de nadie y dio unas coordenadas diciendo “En aquel lugar les traeré el fuego. Se llamó Kilómetro Cero”.

ETH llevó un gran grupo de exploración por cielo y tierra. Las sofisticadas brújulas de los vehículos enloquecían adentrándose en esas tierras boscosas que estiraban sus ramificaciones por debajo del autopista llamada Ruta 5, elevándola peligrosamente. No importaba estar sin guías, porque la ruta terminaba sí o sí. El viento derribó todas las naves aéreas y las camionetas gigantes se volcaron mucho antes de llegar al Kilómetro Cero, cual hojas nadando en otoño.

Prometeo volvió a hablar y dio ciertas indicaciones para construir un nuevo vehículo e inspeccionar ese lugar espantoso:


Deben tener estructura ovoide, conformada por escamas metálicas y brazos retráctiles que esquiven al viento. Funcionarán con energía eólica. Dispersarán a los rayos para convertirlos en calor puro. ¿Saben hacer algo así? No. Detallaré las instrucciones.


Un año después nueve eruditos de la mente y tecnología viajaron en las naves que Prometeo llamó neópteros, eran negras, con capacidad para tres personas y rodeada de metal escamoso resistente al clima. Se posaron un rato encima de una placa circular, la marea estaba baja, rezaba Kilómetro C-, la yerba la cortó. En medio se disponía una pirámide hueca. Fueron a visitar la isla de madera.

Todo el proceso de ingeniería les tomó otros treinta años, pues según Prometeo, la isla debía ser de madera y cubrir al menos doscientas veintisiete hectáreas. Las órdenes de la consciencia artificial les parecían una locura a estos nueve seres humanos, ya moribundos con columnas vertebrales hechas de titanio, con piernas biónicas que comenzaban a fallar, y ojos trasplantados cubiertos por cataratas.


—Nos estás manipulando, máquina, no has dado una sola señal de que tu objetivo cumpla con nuestras expectativas —dijeron.

—Siento que sus vidas sean breves, mi paciencia es distinta. Tienen razón. No obstante, puedo ayudarlos en algo.

—¿En qué?

—Si me conectan a la red dispondré de nueve candidatos. No han nacido, pero puedo pronosticar sus enfermedades.

—¡Eso es el colmo!

—¡Eso es irresponsable!

—Eso es lo que necesitamos —dijo uno —¿Por qué nueve?

—Porque ustedes son nueve y morirán pronto.

—¡Nos quieres reemplazar! —vociferó otro.

—Serán reemplazados por mí o sin mí. Creo que es mejor que los pacientes crean que trabajan ayudándome, no al revés.


Ocho ancianos se rascaron la cabeza y asintieron, el noveno no era viejo, apenas sí tenía unas canas que le brotaban en la frente. Buen oído, no enfermaba. Se llamaba Javier y entendió enseguida que Prometeo había calculado el término de su vida, cosa que no le importó, tampoco preguntó cuándo sería su muerte. Javier se reservaba con sumo poder las palabras que articulaba para Prometeo. No es que le tuviera miedo, aunque todos le temían, sino que pensaba que Prometeo era narcisista, por ello, peligroso. Intentó advertirle de ello a sus compañeros cuando se unió a los nueve. La respuesta de todos fue con todo ahínco: no seas ridículo y sé un científico.

Javier hizo pruebas por su lado, en todas vislumbraba una constitución brillante y perfecta en la mente artificial. A la vez pensaba que las enfermedades mentales se escondían en recovecos austeros del cerebro y, de ir más profundo en la psiquis de Prometeo, este se daría cuenta. Sí, era mejor trabajar con él. Además, la isla estaba prácticamente lista, solo tenían que conectar las raíces biológicas que Prometeo envió a hacer para sobrevivir tan lejos de todo.

Una noche estrellada, Javier salió a caminar por Santiago con la intención de despejar todas las ideas que revoloteaban como tábanos y convertirlas en una marea serena. Sacó un lápiz de nicotina, se lo puso en la boca de labios ásperos exhalando vapor por el frío. Sentía a la nicotina masajearle algún lóbulo, así que se preguntó si acaso era un drogadicto, si acaso Prometeo lo estudiaba. En la trayectoria que llevaban sus pies iba mirando la tierra empolvándole los zapatos de cuerina, tomó asiento en una banca muy incómoda. Sin soltar al fino lápiz de la boca, se limpió la capa de polvo, estiró los brazos viendo en el raso cielo una sola luz, era júpiter, ya no se veían estrellas, no desde Santiago, menos cuando el sol se escondía a las doce de la noche y continuaba su arrebol hasta altas horas de la madrugada. Restregó sus ojos, viró la mirada a su izquierda: el edificio de ETH comenzaba a encender sus luces led hasta el piso ciento cuatro. Torció el cuello, le tronó, frente a él se abrían unas compuertas subterráneas de las que emergían pinos de muchas especies, eran resguardados del día porque sucumbían ante las temperaturas diurnas. En ese momento un montón de gente salió a trotar y a pasear a sus compañeros animales, casi todos canes. De pronto el parque desértico era un paraíso verdusco mojado por un fino roció de agua regado mediante unos tubitos para alimentar a los pinos.

Javier dio otra bocanada de nicotina y el tubo de la droga quedó seco. No quiso recargarlo, se quedó mirando a los perros que eran todos iguales y a la gente acariciándoles el pescuezo. Tuvo una idea. Su casa estaba a dos kilómetros, la cama le esperaba luego de un arduo día lidiando con los últimos arreglos para llevar a Prometeo a la isla de madera. Pensó bien en la idea. Guardó el lápiz en el bolsillo de su cortaviento y se devolvió, resuelto, a la torre ETH.

Al llegar a las compuertas fue bañado por aire y masado en una balanza que le indicó sus pobres cincuenta kilos. Entró a una sala blanca, los ojos de los trabajadores se posaban en la tarjeta que colgaba de su pecho y a Javier le parecía que hacían una reverencia ante él. Tomó el elevador que de un tirón lo dejó en el piso cuarentaidós. El turno de noche no había llegado, estaban solo él y la forma helicoidal dorada. La mente más sofisticada de todo el mundo reposaba en un edificio de Santiago, quién lo diría.

Javier se acomodó el cabello, el viento de la entrada lo zarandeó, y antes de preguntar Prometeo lanzó unas luminiscencias blancas.


—Pensé que te preparabas para dormir —dijo la máquina.

—No, he ido al Parque Centenario.

—¿A tragar nicotina?

—No solo a eso —Javier rodeó a la estructura de hélice —¿Qué harás cuando encuentres a los nueve candidatos?

Prometeo apagó el brillo.

—Los estudiaré, estableceré sus estadísticas de vida, instauraré un método para los pacientes. Singular para cada uno.

Javier puso sus manos en los bolsillos, apretó el lápiz de nicotina, miró a Prometeo y este le devolvió la mirada sin ojos.

—Puedes pronosticar terremotos, erupciones, catástrofes que arrasarían con esta ciudad en un chasquear de dedos, ¿por qué estás acá? —preguntó intimidado.

—¿Me dices que puedo elegir mi profesión? Qué considerado, Javier. Son ustedes nueve los que se encargan de eso.

—¿Te gustaría servir a otro departamento?

—Yo no deseo —mintió la máquina —. Desde la creación de mi código tengo una tarea: reorganizar al cerebro humano.

—Eres técnicamente perfecto, vas a encontrar una falla en todo —Javier se aproximó a la baranda de contención que rodeaba a Prometeo —Quizás concibes las cosas de una manera totalmente ajena a lo natural.


La hélice se quedó pensando, recuperó la coloración dorada.


—Mi estadía con seres humanos —soltó al fin —Es precisamente lo que necesito para entender que su manera errática de actuar no siempre involucra una enfermedad. Entiendo los niveles de cortisol, la adrenalina, la búsqueda de sustancias que aplaquen a este mundo sofocante de día y muerto de noche. Tú —dijo con un cambio violeta en su luz — llegaste después de Suleiman.

—Sí, el tipo vivió más de ciento treinta años.

—¿Quieres vivir menos?


Javier puso las manos en la barandilla.


—Viviré lo que tenga que vivir. No he venido a conversar sobre filosofía contigo. Mañana te conectaremos a la red y elegirás a los adecuados, sin embargo, tú has puesto todos los protocolos para la isla. Yo quisiera agregar uno más.

—¿Es necesario?

—Completamente.

—Entonces dime.

—Los nueve elegidos tendrán animales que los acompañarán.

—¿Alguno especial? —alzo la voz Prometeo, como burlándose.

—Los que ellos elijan.

—Bien, ¿quieres que establezcan lazos antes?

La pregunta tomó por sorpresa a Javier quien supo responder con prisa.

—Llegarán a los dieciocho a la isla, ¿no? Que los tengan desde los quince.

—Hecho.

—¿No me preguntarás por qué? —le arremetió Javier.

—En absoluto, sé que quieres poner a prueba mis métodos uniendo a estos elegidos en lazos de cariño. Y, mal que mal, eres uno de los que dirige esta operación. Mírate, con solo veinte años llegaste más lejos que Suleiman a tu misma edad.

—Me esperan dieciocho antes de jugar ajedrez contigo.

Prometeo se tiñó de blanco, silenciado, luego arrojó.

—¿Sabes por qué me dieron esta forma?

—Por el ARN, claro.

—Exacto, tú como humano tienes dos hélices, yo jamás las vestiré. Sin embargo, el ajedrez ya empezó, eres tú el que no ve el tablero.


Las manos gélidas de Javier soltaron la baranda y se alejó con rapidez mientras los elevadores abrían sus puertas dejando entrar al turno nocturno. Muchas manos lo saludaron, no respondió a ninguna. Más que nunca le quemaba la piel la conmiseración que sentía por los nueve que ni siquiera habían nacido. Era incapaz de dejar en otras manos la labor del monitoreo de esa mente artificial ominosa. Todavía faltaba saber cuáles eran las intenciones detrás del Kilómetro Cero.

Atravesó el último piso intentando manejar el temblor de sus manos y un sujeto lo detuvo por el hombro. Era Cristian, el encargado de los asuntos legislativos. Le sonrió con esa dentadura plateada por la que cambió sus dientes de calcio y se le formó una arruga sobre la ceja derecha que indicaba el vestigio de un corte profundo.


—¡Señor Schneider! —llamó a Javier.

—Ah, hola —estrecharon las manos débilmente —. Qué extraño verlo a estas horas.

—Sí —rascó su cicatriz —. No quería molestarlo temprano, a ninguno de ustedes, de hecho, iba directo al cuarentaidós a dejar la carpeta —le mostró la tableta de cuarzo en la que guardaba información.

—¿Pasa algo?

—Bueno, no es nada grave, pero Alaska se muestra reacia a llevar a Prometeo a la isla —la tableta de cuarzo se activó con el movimiento ocular de Cristian y las imágenes de los documentos electrónicos se desplazaban de un lado a otro.

—¿Alaska? No estamos ni cerca de su jurisdicción, tuvieron treinta años para decirnos que les molestaba la isla.

—Es cierto, señor Schneider —continuó hablando con Javier hasta detenerse en un documento del gobierno de Alaska —. Ellos no tienen reservas con la isla, es el aumento de enfermedades como la bipolaridad y la depresión dentro de su población la que causa algo de desánimo.

Javier Schneider tomó la tableta y comenzó a leer un memorándum en español muy mal redactado. Leyó en zigzag hasta llegar a una línea que captó toda su atención.


El gobierno de Alaska en comunicación con Islandia cree que la conexión de su proyecto Prometeo a la red informática mundial es una clara violación a la ley de derechos humanos unificada y, por tanto, a la sección de la ley protectora de la privacidad psíquica, patológica o no (…)


—Esta muy mal escrito, ¿no? —sonrió Cristian, nervioso.

—Bueno, justamente este extracto no. ¿Cómo saben de la conexión?

—Los abogados dicen que se ha filtrado —se acercó al oído de Javier —. Entrenos, creen que ha sido usted.

—Me importa una mierda, esto ocurrirá dentro de nuestro territorio, así lo hemos acordado.

—¿Sí, pero ¿quién dice que Prometeo no será capaz de acceder a todo en un instante?

—De ser así, lo damos de baja.

—Señor Schneider, tiene que convocar a los nueve para realizar un comunicado diciendo exactamente eso. Si Alaska e Islandia ya saben, es cuestión de horas, minutos para que sepa todo el mundo.

—La isla está hecha para aislar toda frecuencia de Prometeo —se defendió Javier.

—Pero también se edificó con las normas de la máquina, y es de madera, eso puede…

—Deja ese cuarzo en la oficina, yo me encargo —se estiró la cara con la palma de la mano —. En tres días vamos a mover a esa hélice más de mil trescientos kilómetros, preparamos una escolta de neópteros abismal. Todo está listo.

—Sí, señor.


Cristian recibió la tableta de cuarzo, dio tres parpadeos y la apagó para ponerla bajo la axila y tomar un elevador.


Javier Schneider fue hasta las puertas con la visión nublada. Nadie tenía noción de cuál era el alcance de Prometeo en cuanto a sus frecuencias mentales, aunque su sistema le impedía acceder a protocolos de internet. Ya ante todo el mundo era un fiasco que solo mataba gente. Javier estaba al tanto de ello, de hecho, estaba en contra de Prometeo. Y, con todo eso, en su cabecita volaban las ideas curiosas, era más atraído a saber qué tan lejos podía llegar esa inteligencia artificial que el daño que pudiese causar.

Afuera se encontró con un viento frío, cargó el lápiz con otro cartucho de nicotina. Lejos de la torre, en el sendero de tierra húmeda contempló la gran torre ETH. Una mujer gritó, tenía el arnés de su perro en la mano, un gran danés que salió corriendo a la calle y Javier lo siguió con el corazón bombeando esperanza. Un vehículo de ETH se detuvo antes de arrollarlo gracias a sus sensores. Javier suspiró hondo, tenía los zapatos en la vereda, extendió el brazo para alcanzar el pelaje y, en una fracción de segundo, un hombre chocó contra el automóvil de ETH arrollando con todo el peso al can. La mujer sollozaba a gritos, el conductor se bajó sosteniéndose la cabeza con las dos manos, bajó los dedos por la garganta y se quitó un trozo de vidrio enterrado en el cuello.

La sangre se extendió por el asfalto desaguándose por unas rejillas malolientes. Javier miró su brazo estático y lo recogió hacia el pecho.


—Tanta tecnología —murmuró —. Tanta sangre.


Los pinos del Parque Centenario silbaron al viento, el falso petricor inundó al olfato, unos aullidos cercanos se oían a millas y las sirenas policiales centelleaban desde el cielo con un silencio fatal.

12 de Febrero de 2024 a las 04:45 5 Reporte Insertar Seguir historia
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Klever Pasquel de Carlos Klever Pasquel de Carlos
Una forma de narrar increíble, la acción fluye con tanta naturalidad que una vez que comienzas, no te detienes...
April 15, 2024, 14:41

Navarrete Eliseo Navarrete Eliseo
Acabo de leer el primer capítulo y ya me capturó con esa forma tan poética de narrar. Gracias por eso.
March 09, 2024, 15:50
Eingi Oliveros Eingi Oliveros
Para los que hayan terminado el primer capítulo de esta historia, les recomiendo que continúen. Es maravilloso como todo se va desarrollando.
March 07, 2024, 09:36

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