La Imagen en el Espejo Seguir historia

u15274336941527433694 Marcos Antonio Falcón Quevedo

Un joven es trasladado a un manicomio por un crimen que supuestamente cometió, en el transcurso intenta esacpar y llega a un pequeño pueblo pero ...


Horror Todo público.
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La Imagen en el Espejo

Mientras el hombre calvo y de la ceja fruncida conducía el viejo auto de transporte para los enfermos mentales por aquella carretera sin asfalto y los primeros rayos del sol abrazaban su rostro, Jensen golpeaba suavemente y con la precisión rítmica de un reloj la ventana del auto. Esposado desde hacía ya un tiempo con las manos en la espalda empezaba a perder la sensibilidad en las manos, no había bebido ni comido nada en los últimos dos días y a pesar del shock que le habían producido los sucesos que acababan de acontecer comenzaba a sentir que desfallecía. Decidió, y esta iba a ser la decisión más cuerda que tomaría en días, no pensar más en ello, de todas formas el veredicto estaba decidido: iba a ser encerrado en una de las "instituciones mentales" más antiguas del país. Echó una última mirada al paisaje que se encontraba fuera de la ventana del auto pero a pesar de que esperaba encontrar un paisaje un poco tenebroso, al fin y al cabo se trataban de millas y millas de terreno que separaban aquel manicomio de la civilización, se encontró observando lo que parecía una copia muy fiel del precioso prado que la compañía Microsoft había incluido en sus primeras versiones de Windows. Se recostó un momento para aliviar la fatiga e inhalando un poco del polvo que se había acumulado en el asiento de cuero cayó profundamente dormido como si no hubiera nada en el mundo que pudiera dañarlo. Esto no era para nada extraño, Jensen siempre había sido muy bueno esquivando problemas en vez de enfrentarse a ellos. El hecho de que lo hubieran acusado injustamente de matar a sus padres no era diferente.

Tras lo que podía haber sido lo mismo un par de horas que unos minutos, Jensen despertó por el repiqueteo incesante de la ventanilla producido por el trayecto del coche sobre aquella carretera sin asfaltar. Justamente, y así quizás por el hecho de que pensaba que él dormía pasivamente, el hombre se detuvo a la derecha de la carretera, sacó una caja de cigarrillos de sus pantalones de lana blancos y salió del auto. Ya para este momento habían pasado los verdes prados y se encontraban sumidos en el medio de un tupido bosque por donde la carretera pareciera ser un pequeño riachuelo entre dos frondosas montañas que amenazaban con caerse encima. El hombre calvo se paró tranquilamente en el lateral del coche. Aunque estaba terminantemente prohibido hacer paradas fuera de la planificación sentía unas ganas terribles de fumarse un buen cigarrillo.

Jensen observó cuidadosamente aquella oportunidad que le había brindado el destino. Escapar no había estado precisamente entre sus más inmediatos planes pero al fin y al cabo lo que le esperaba en aquel manicomio no era más que la pérdida completa e irremediable de su conciencia.

Primero pensó en desbloquear el seguro de su puerta y escapar hacia el bosque pero esos coches para transportar a los desequilibrados mentales sostenían una rejilla entre los asientos traseros y los delanteros por lo cual le era imposible. Le dio una buena mirada al hombre calvo y con un suspiro decidió jugarlo todo a la suerte. El hombre casi había finalizado su cigarrillo y se dirigía hacia los arbustos que crecían a un lado de la carretera para evacuar un poco del líquido que tenía almacenado desde la noche anterior antes de seguir el camino cuando escuchó el sonido de un golpe sordo dentro del auto, se giró soltando el cigarrillo y aún con la cremallera abierta se acercó al auto con prisa. Dentro Jensen estaba convulsionando, escupiendo espuma rojiza y retorciéndose como si tuviera un demonio dentro. El hombre sacó las llaves con un temblor desesperado, no podía creer que aquel chico fuera a morir, llevaba unos veinte años de carrera y ningún incidente. Al introducir las llaves en la puerta del auto notó que el sonido se había detenido. Al abrir se encontró a Jensen con la boca abierta y una expresión torcida en el rostro, acercó la cabeza a su pecho para ver si aún respiraba, ese fue su último pensamiento.

Jensen lo planeó tan bien como podía en los pocos segundos que le había otorgado el pequeño descanso. Iba a fingir una dolencia y, si tenía que elegir, las convulsiones eran lo más apropiado pues se imaginaba que un hombre en su puesto de trabajo trataría con dolores falsos en todo momento pero tenía que hacerlo creíble: ¡sangre!, necesitaba sangre, con eso sería inevitable que el hombre calvo abriera la puerta del auto. Pero, ¿de dónde iba a sacar sangre ahora? No tenía precisamente instrumentos quirúrgicos para lograrlo. Sin darle muchas vueltas la respuesta resonó en su mente como el timbre de un horno, tenía un arma natural, una que aunque poco efectiva para defensa en general era aún útil en momentos de desesperación: su boca. Primero tuvo que realizar una técnica digna de un contorsionista de circo para lograr traer sus manos al frente, una vez estaba hecho se puso a pensar en qué parte se mordería, tenía que ser un lugar con suficiente circulación pero que no fuera a ocasionarle una hemorragia excesiva, además no podía ser visible en la posición en la que estaba pues el guardia podría darse cuenta de su treta.

Mientras transcurría esta cadena de pensamientos, su mente comenzaba a liberarse; a pensar en aquello como si fuera lo o más natural del mundo, como si hasta este momento su vida hubiera estado en constante peligro y estas fueran las decisiones más normales que él pudiera tomar; quizás era verdad y él sí había sido responsable del asesinato de sus padres.

Se decidió al fin por el antebrazo, tomó una larga bocanada de aire, acercó su brazo a su boca, sintió como su respiración le erizaba los bellos y mandando su mente a un lugar mejor mordió lo más fuerte que pudo. Pensó que se iba a desmayar, todas las células de su cuerpo gritaban que dejara de morderse pero lo logró, desgraciadamente en el proceso los espasmos de dolor en sus piernas habían ocasionado que pateara la puerta. El golpe advirtió al hombre calvo quien se apresuró al auto, esto le dio poco tiempo para pensar si realmente sabía fingir convulsiones o no, ya era demasiado tarde tendría que apañárselas. Hasta ese momento había estado acumulando saliva en su boca cuando tuvo suficiente tomó un gran sorbo de la sangre que para ese momento corría libremente por la parte interior de su antebrazo. Curiosamente había olvidado el dolor. Torció el brazo lo más que pudo y fingiendo una convulsión que recordaba a los poseídos por demonios de todas esas famosas películas. Había algo que faltaba, algo que se le había escapado, era como esa sensación que te inunda cuando dejas algo en casa y aunque no sabes qué es puedes estar seguro de que algo te falta. El hombre calvo abrió la puerta y Jensen aguantó la respiración. En los milisegundos que transcurrieron desde que la cabeza del hombre se acercaba a su pecho, Jensen notó qué era lo que no había calculado, que era aquella pieza del plan que no había elaborado: ¿qué debía hacer con el hombre?, ¿debía matarlo? Aquellos milisegundos transcurrieron tan lentos como la física permitía a la percepción humana y finalmente sin saber lo que haría en realidad Jensen estiró con la rapidez de un lince las manos sobre la nuca del calvo, con las manos aceleró su cabeza contra la del hombre y le propició un cabezazo monumental que le abrió la nariz como un grifo rociándole la cara a Jensen. Sintió el fuerte olor de la sangre que por alguna razón siempre le recordaba al hierro, aprovechó el aturdimiento del calvo y con un rápido giro se colocó detrás de él sin nunca retirar las manos de alrededor de su cuello, éste era el momento de la verdad, dónde debía decidir, pero asombrosamente no tuvo que hacerlo. Para estas alturas se movía sólo como una máquina en una procesadora de alimentos cuyo único trabajo es acuñar un sello determinado, era como un sinsentido de emociones mezcladas unas con otras al azar aunque, paradójicamente, no sentía nada. Sin darse cuenta ya tenía una rodilla apoyada sobre la nuca del hombre y con la corta cadena de las esposas le apretaba viciosamente el cuello. Era increíble cómo se mantuvo estoico durante el proceso que llevó a la muerte del pobre hombre, pareciera que Jensen estaba acallando a un animal en pena, ni un pensamiento de lástima, simpatía, arrepentimiento o dolor cursó su mente en aquellos tres minutos. Cuando estuvo seguro de que no respiraba lo dejó caer, el golpe que produjo el cuerpo del hombre al caer sobre los asientos del auto se asemejó al de un saco lleno de papas.

Podía haber derramado una lágrima, de hecho podía haber derramado muchas, pero no era el momento. No era que no se sintiera mal, acababa de asesinar a un ser humano sin embargo no le importaba demasiado. Quién sabe cuántas personas sanas había este hombre escoltado a un infierno de paredes blancas y acolchadas; sea como fuere incluso aunque era una pequeña carretera solitaria aún existía el riesgo de que alguien pasara por allí. Debía concentrarse: lo primero era librarse de aquellas esposas, revisó los bolsillos de sus pantalones encontró el mechero, una goma de mascar y finalmente el juego de llaves que le pondría fin al martirio de parecer un devoto religioso que estuviere todo el día rezando. Las dos primeras no dieron resultado, al llegar a la tercera sintió el clic característico que abría las esposas.

Lo siguiente era tomar lo necesario y ocultar el asesinato. Para Jensen el crimen perfecto era aquel que no sería descubierto nunca, algo bastante complicado considerando que en el momento en el que se notara la ausencia del hombre calvo en el manicomio comenzarían a buscarlo adjudicándole de inmediato el asesinato.

Al menos ya se le había ocurrido una idea. Jensen no se describiría a sí mismo como delgado pero cargar el cuerpo del calvo sería todo un reto. Con mucho esfuerzo logró situar el cadáver en el asiento del conductor, sin adentrarse mucho en el bosque buscó una roca de peso considerable y otra más pequeña. Con la pequeña golpeó con fuerza la cabeza del calvo y arrojándola a un lado dirigió el timón lo mejor que pudo hacia el árbol más robusto que encontró al lado contrario de la carretera. Soltó la otra piedra sobre el acelerador y el auto, tal y como lo había planeado, se aventó con una fuerza moderada contra el árbol: "soy un genio" pensó con soberbia mientras sacaba el mechero de su bolsillo y se acercaba al auto. El golpe había sido lo suficientemente fuerte como para abollarlo bastante. Quizás en el estudio forense que realizarían descubrieran su engaño pero para ese momento debía estar ya en Canadá quejándose del frío. Se las arregló con lo que encontró en el maletero para extraer un poco de la gasolina del tanque y así mientras la esparcía lo mismo dentro que fuera dejó la mayoría sobre el tanque, la explosión sería su mejor cobertura. Se sintió por un momento como en una novela, una novela de estas policíacas en la que el personaje protagónico tiene su lado negativo pero al fin se demuestra que es un héroe o así al menos se consolaba pues en fondo, muy en el fondo sabía lo horrible de sus actos. Situado al lateral del auto mechero en mano se decidía ya a prender el fuego cuando algo captó su mirada, esa sensación inundante de que te están observando, de que alguien tenía su mirada clavada en sus ojos como buscando su atención. Buscó incesante a alguien en la inmensidad del bosque pero no había nadie. Al girar la cabeza su mirada se topó con el espejo retrovisor: allí estaba su imagen inmóvil y perpetua mirándolo, taladrándole la mente con un pensamiento, Jensen la reconoció, sintió el reproche como un sentimiento opresivo que le quitaba las ganas de respirar. Trataba de apartar la vista del espejo pero no podía, nunca había entendido esa imagen, ese tipo de reflejo inerte que no hacía más que juzgarlo. Llevaba con él desde su más temprana niñez pero la última vez que la había visto, ahora que lo pensaba la última vez que lo había visto fue cuando ....

Un sonido fuerte y más bien ronco resonó por su cabeza haciendo vibrar todo su cuerpo, como una de esas alarmas de alerta nuclear. Tenía que continuar, de nada servía lamentarse sobre la leche derramada, eso era lo que indicaba esa señal en su cabeza.

Le prendió fuego al auto y alejándose rápidamente comprobó sus bolsillos: de utilidad sólo poseía el mechero y una de estas famosas navajas rojas multiusos; en fin, con eso tendría que bastar. Mientras se adentraba en el bosque sintió la explosión del auto y ni siquiera se giró para ver el fuego, era mejor olvidarlo todo.

El bosque era como cualquier otro: conjuntos de gigantes coníferas se apilaban por montones y dejaban entonces espacio para abetos y arbustos, el suelo yacía lleno de hojas secas, al fin y al cabo recién comenzaba noviembre. Quizás hasta ese punto sí fuera un bosque como cualquier otro. Y quizás por el extenso caminar, quizás por el trauma que estaba viviendo pero no notó los extraños símbolos tallados en las bases de los árboles, las raras formas circulares excavadas finamente en la tierra que pisó sin ningún cuidado. Cuando podía ver ya a lo lejos el fin de bosque y creyó escuchar el sonido de un hacha en plena faena, una pesada gota cayó sobre su cráneo, se detuvo por un momento, giró sobre sí mismo y alzó la vista pero no alcanzó a divisar bien qué era, algo de color marrón claro que colgaba balanceándose lentamente, otra de las gotas se precipitó hacia su brazo izquierdo; el líquido era de color rojo, espeso y tenía un olor bastante fuerte, no era más que ... Escuchó voces, un hombre y una mujer, quizás un niño en la lejanía. Se apresuró debía salir ya de ese bosque, alejarse la mayor distancia posible del auto, de la explosión, del asesinato y, por el momento, no le dio importancia alguna al líquido que había caído de la copa de los árboles.

Pensó por un momento en acercarse normalmente y pedir refugio quizás hasta pidiera un aventón hasta la frontera norte o al menos la forma más rápida de llegar a ella. Cuanto no faltaban más que unos metros para llegar a la linde del bosque e incluso se podía divisar ya la casa a lo lejos recordó que no tenía historia, sí, no tenía una historia, una excusa creíble para salir de la nada y pedir ayuda. Tendría entonces que crearse una: se desgarró un poco las ropas, dejó al descubierto la mordida auto infligida y sacó la navaja; sabía que tendría que utilizarla en algún momento y hubiera mentido si dijera que no le haría daño a alguien, y en el peor de los casos, quizás tendría que: no, no quería pensar en ello; se auto propició otra herida en el muslo, tenía que parecer que necesitaba ayuda de inmediato. Puso su mejor cara de cervatillo herido y salió al plató como si lo hubiera hecho un millón de veces.

Efectivamente un hombre cortaba leña fuera de una casa de campo muy parecida a la de los dibujos animados. Estaba hecha completamente de madera, parecía una choza de retiro de campo adónde los ricachones iban a cazar, tenía una chimenea que ya se mostraba humeante, una puerta trasera mostraba las mallas anti-insectos típicas de las casas de campo. A su derecha y en la parte frontal de la casa se extendía un claro por el cual un camino principal desprendía como chorros otros más pequeños hacia la lejanía y si se ponía atención se podían apreciar incluso casas justo iguales que la primera desperdigadas al azar. Pensó por un momento que lo había conseguido, ese camino central debía conducir a algún lugar.

- ¡Ayuda, por favor! -exclamó con verdadera agonía, era como si estuviera hecho para esto- Necesito ayuda, fuimos atacados por, por, por …- simuló un sofoco y se desplomó de manera muy real en el suelo, otra vez pensó "soy todo un genio".

No cinco segundos después estaba ya el hombre sosteniéndolo por debajo de los hombros, arrastrándolo hacia la casa. Entrecerraba los ojos a ratos para echar un vistazo, logró analizar al hombre: chaqueta sin mangas y camisa de cuadros verde, una barba tupida, a la primera impresión no parecía mala gente. Eso sí en los pequeños vistazos que tomaba de vez en vez, notó algo. Por lo general y gracias a siglos de evolución la compasión ha sido uno de los mejores métodos para establecer relaciones con extraños; no todos los animales la poseen, pero los que la tienen sienten algo muy parecido al dolor cuando ven a uno de sus semejantes en riesgo. El humano pertenecía a una de estas especies por lo cual era de esperarse ver desesperación, angustia o incluso miedo reflejado en el rostro de sus salvadores pero lo que Jensen alcanzó a ver fue más bien placer, regocijo; en ese momento sintió a su instinto azotarlo en el cerebro como un latigazo preventivo; fue aquí entonces cuando cometió su mayor error, podía haberse levantado en aquel momento y, movido quizás por su falta de fe en la humanidad, haber apuñalado al hombre en la garganta con la navaja, haber masacrado a su mujer y quién estuviere dentro de la casa, pero decidió que no la imagen en el espejo había ganado, su remordimiento había sido mayor que su lógica, mayor que su instinto. Allí cuidarían de él, pensó mientras cerraba los ojos para un bien merecido descanso.

Cuando volvió a abrir los ojos su primer pensamiento fue asegurarse de que estaba vivo pero no pudo moverse sus músculos no le respondían. Sólo podía mover los ojos para mirar a los lados, se encontró a sí mismo en la parte de atrás de una camioneta que se movía a toda velocidad, a su lado se encontraban varios cubos y pieles de animales. Un hedor muy fuerte lo golpeó y le ocasionó un dolor de cabeza que se movió como una onda desde su frente hasta la parte de atrás de su cráneo, reconoció ese hedor había sido el mismo de la gota que había caído de la cima del árbol. Trató otra vez de moverse con desesperación pero no pudo, estaba como atrapado dentro de la más ingeniosa trampa jamás creada: su propio cuerpo.

La camioneta se detuvo y un grupo de hombres, entre ellos el que se suponía que tenía que haberlo salvado, se acercaron a descargarlo todo, incluido él. Intentó gritar pero la voz lo había abandonado, ni siquiera fue capaz de emitir un burdo sonido. Lo tomaron por manos y pies, lo movieron sin cuidado, se imaginó que como llevarían a un animal que acababan de cazar, su cabeza se balanceaba por la gravedad y los movimientos pendulares característicos de ese tipo de carga. Fue entonces capaz de ver adónde lo llevaban: había una hoguera de unos tres metros que servía de centro a cerca de quince metros de radio en el cual se congregaban un grupo de personas. Lo lanzaron finalmente a la orilla de la hoguera donde se apilaban al menos un conjunto de treinta cuerpos que variaban entre personas vivas y cadáveres. Cayó acostado mirando hacia un lado y arriba, sus ojos se toparon con un joven que atado y amordazado luchaba por liberarse. El pánico y el temor se apoderaron de su mente, lo inundaron como si se acabara de romperse el dique de una presa. Nunca pensó que en los últimos momentos de su vida observaría a otra persona retorcerse como un pez fuera del agua. No pasó mucho tiempo hasta que trajeran a una muchacha al centro de la hoguera, dónde la amarraron cual Juana de Arco mientras lloraba y vociferaba demandando piedad. Había llegado el momento podía sentirlo, voces empezaron a manifestarse cada vez más fuertes, cada vez más al unísono hasta fusionarse en cánticos rituales, alguien se acercó y los bañó a todos en un líquido que reconoció como inflamable por su olor parecido al de la gasolina. La desesperación se manifestó en sus latidos, acelerándolos a una velocidad impresionante. Comenzó a arder el fuego y observó por última vez la cara de la muchacha antes de que se prendiera en fuego. Lo comprendió entonces, lo entendió todo, dicen que en sus últimos momentos uno ve pasar su vida por delante de sus ojos; para él fue sólo ese último día: pensó en lo que colgaba de la copa de los árboles, que quizás fuera un cadáver y se imaginó a él mismo oscilando a la par del tiempo mientras las aves rapaces se daban festín con su cuerpo, pensó en la cara de la muchacha y en el miedo que lo poseía en estos minutos y dibujó en su mente la cara del hombre calvo exactamente igual y por último pensó en la cara de sus captores que aunque no podía verlas, no, de hecho ahora lo había recordado, lo había recordado todo, fue la misma cara que ese mismo día había observado en el espejo retrovisor mientras asfixiaba a aquel pobre hombre, había sido la misma cara que el día anterior lo miraba desde el espejo antes de rebanar a trozos a sus padres con un hacha. Cerró entonces sus ojos por última vez para esperar un dolor inimaginable, el cual quizás, después de todo, merecía.


27 de Mayo de 2018 a las 15:36 0 Reporte Insertar 0
Fin

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