El color del amor Seguir historia

lenamossy Lena Mossy

Ezra es una promesa en la pintura, pues sus obras poseen un color imposible de recrear. Ha pintado cientos de veces a su musa, Gala, como una sirena y cada pintura se vende en precios ridículos que lo han convertido en millonario. Sin embargo, no abandona su humilde hogar a la orilla del mar y se niega a vivir en la ciudad. Se ha condenado a ese lugar para vivir fantaseando con su único amor, Gala. Ezra no planea revelar el secreto para obtener ese misterioso color. No le importan las consecuencias o el dolor que ocasionen sus decisiones.


Cuento No para niños menores de 13.

#cuento #fantasía #monstruos #arte #sirena #pintor #obra
Cuento corto
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El color del amor

—¡Deberías ventilar más este lugar!

No respondes, Milo es así; desperdiga consejos con su ímpetu arrollador en tu diminuto departamento. Abre las ventanas, la brisa salina llena tus pulmones. No le prestas atención hasta que maldice en voz alta, percibes su desconcierto y la mezcla de sorpresa bailando con el salitre.

—¿Qué demonios...? ¿Es lo que pienso que es...?

Ha descubierto tu última adquisición, comprendes su asombro porque continúas maravillándote cada vez que la observas. Tu hogar no le hace justicia a la pintura que descansa arriba de una mesa rota. Sabes que en algún momento tendrás que mudarte para conservar tus obras de arte en buen estado, pero no quieres pensar en eso.

—Maldición, Ezra... —espeta Milo—. ¡Deja de pintar esas tontas sirenas y hazme caso!

Frunces el entrecejo, consideras correrlo del estudio ¡Estas tontas sirenas le han hecho mejorar el estilo de vida de toda su familia!

—El pescador y la sirena de Frederic...

—Leighton —interrumpe, anonadado—. ¿Cómo la conseguiste? Pertenecía a un coleccionista privado.

—La compré.

Regresas la atención a tu última pintura, a tu sirena. El pincel danza arriba del lienzo, al ritmo de caricias coloridas, sobre el mar que cobija a la hermosa mujer mitad pez.

Milo pregunta y pregunta, siempre hace eso. Sólo te parece bueno para preguntar y vender tus obras.

—¡Debes de haber gastado casi todas tus ganancias en la pintura!

Asientes, no te importa. Es un regalo para Gala, tu musa, la mujer de delicadas facciones que se multiplica en cada cuadro.

—¡Eran millones! —añade, como si no lo supieras—. ¡Millones, Ezra...! ¡El mundo en cualquier momento se hartará de tus mujeres pescado y ya no comprarán las obras! Pudiste mudarte a la ciudad como gente decente... ¡Aquí pareces pordiosero!

Siempre fuiste pobre... ¿Por qué cambiar ahora? Tu cuenta bancaria se infló con demasiados ceros que te aburriste de contar, lo usaste para comprarle un regalo digno a Gala, es suficiente.

—Eres la persona más rara que he conocido —opina Milo, a tu lado, contempla la obra que pintas—. ¿Alguna vez me revelarás cómo crear ese color?

—Es el color sin nombre —contestas y analizas las escamas sobre la cola de la sirena que emerge del mar en el lienzo.

Milo ya conoce esa respuesta. El mundo del arte ovacionó tus obras cuando las llevó a la capital, ese misterioso tono imposible de reproducir... ¡Ni si quiera digitalmente!

—¿Trajiste lo que te pedí?

Responde que sí, con desgano, y se aleja hacia la cocina, sube varias bolsas de compras a la mesa del centro y dibuja una mueca de asco.

—Sólo comes pescado...

Sonríes, la humanidad de Milo, que puede ser odiosa, también sirve como ancla para la realidad; es por él que no te pierdes en los ojos color sin nombre de tus sirenas.

Milo recoge sus consejos sin destinatario y se marcha un rato después. En la soledad, contemplas a Gala sonriendo en medio del mar falso de tu lienzo... ¿Hace cuánto que no la ves sonreír?

Te dominan unas ansías adictivas por verla; interrumpes tu pintura, ella es primero.

Revisas las bolsas de compras, decides que hoy cenarán salmón. Comes solo, a grandes bocados desesperados, a tragos largos de vino; quieres devorar tu comida y ver a Gala.

Colocas otro filete de salmón crudo en el mejor plato que tienes. Sonríes, te gusta este pequeño ritual de llevarle la comida en la bandeja. Te diriges a la habitación del fondo. Llevas la pintura bajo la bandeja, como si fuera cualquier cosa, y abres la puerta con una ligera patada.

Enciendes la luz, dejas la comida en la única mesa de la habitación y te aproximas a la piscina que ocupa casi todo el lugar. Escuchas a Gala moverse dentro del agua, debe estar recluyéndose al rincón de la piscina desmontable.

—¿Recuerdas la pintura de la que te hable? —preguntas, mitad niño risueño y mitad hombre enamorado—. La he comprado para ti, Gala.

Miras el agua verdosa de la piscina, vislumbras su cuerpo en el rincón, la larga aleta del color sin nombre que te recuerda a un pez león. Su cabello blanco flota a su alrededor, como un aura de tranquilidad perdida.

Es hermosa, piensas, la criatura más hermosa que existe sobre la tierra.

—La dejaré aquí —anuncias y regresas a la mesa, buscas el ángulo indicado para que pueda contemplarla sin dificultades.

Gala habla en ese lenguaje que no comprendes. Te giras y la descubres asomándose, su rostro de ángel acuático cubierto de afortunadas perlas de agua.

—¿Tienes hambre?

No entiende, señalas la comida y niega, vuelve a sumergirse en la piscina. Corres a mirar, la inspiración flota fuera del agua cuando la ves mover la aleta que contrasta con el color blanco de su piel y cabello.

Recuerdas cuando la encontraste, herida y atrapada en una red de pescadores. Supones que alguien intentó cazarla, su aleta sangraba y tu impulso fue liberarla, traerla a casa. Gala hablaba mucho, solía hablar todo el tiempo, y sonreía risueña señalando hacia el mar; esa sonrisa agonizó varios días hasta que comprendió que no la regresarás a ese lugar... ¡Alguien podría volver a herirla! No puedes permitir que una criatura tan bella sea lastimada, tu deber es protegerla. La curaste, armaste esta pequeña fortaleza para tu musa, y con el tiempo te enamoraste de su mirada sin nombre, de su voz incomprensible.

La llamaste Gala, como la musa de Dalí, tu inspiración viva.

Ella se remueve en el fondo, sabes lo que sigue. Emerge con brusquedad, muestra su verdadera cara de enormes ojos y dientes afilados, los dedos convertidos en garras. Su piel y cabello ahora son del color sin nombre, no queda rastro de su apariencia humana. Incluso así, te parece hermosa, no pestañeas y la observas a centímetros de ti. Extiendes una mano, acaricias su mejilla, bajas hasta las branquias en el cuello y sonríes.

—Eres tan bella.

Gala cierra los ojos, borra la expresión amenazadora y niega.

Te observa ir por la bandeja de comida, acepta el filete de salmón que dejas en sus garras y la miras comer, arrancar la piel, destazar la carne y engullirlo como un animal salvaje.

Gala podría comerte, pero entonces... ¿Quién la liberaría? Vives a la orilla del mar, pero su cola se rompería antes. Ya una vez intentó arrastrarse hasta la playa y la encontraste ensangrentada en la sala.

Pobre Gala, la amas tanto que entiendes su dolor, pero te duele más que no comprenda que es por su bien.

Empieza a anochecer, te recuestas en la cama que está en la misma habitación que Gala; te has acostumbrado a su aroma sabor océano. Ella ha recuperado su apariencia de ángel acuático, aparenta rondar los veintitantos años como tú, pero no estás seguro.

Mira hacia la ventana, desde donde se puede ver la luna, espera por lo mismo que tú. La melancólica melodía comienza, esa que ningún pueblerino sabe de dónde proviene. Gala responde, su canto cada noche es más bajo como si perdiera las fuerzas de vivir.

Abandonas la cama y te asomas por la ventana, a lo lejos vislumbras esas diminutas siluetas en el mar. Sus melodías son tristes, en especial una, la de un hombre que parece clamar por un amor que no volverá. Ese canto te provoca un estremecimiento mientras que a Gala la destruye, su llanto es más hermoso que su canto. La observas, desmoronándose a la orilla de la piscina y vas por un pequeño frasco que descansa arriba de la mesa. Sostienes su rostro, intenta apartarte con las lágrimas del color sin nombre que escapan de sus ojos; colocas el frasquito en su mejilla y las recolectas, capturas ese dolor.

El canto del hombre es más fuerte hoy, regresas a la ventana y lo contemplas; a tus espaldas Gala llora, puedes desperdiciar algunas lágrimas porque ese canto continuará toda la noche, así como el lamento de tu musa.

Observas el frasco, las lágrimas con el color sin nombre, prisioneras detrás del cristal y conteniendo una historia que impides continuar.

—Ez... ra.

Te giras, sorprendido... ¡¿Dijo tu nombre?!

Está rota, una súplica muda tiembla en su boca.

—Es por tu bien, Gala.

Es por nuestro bien.

Estrujas el frasquito contra tu pecho y escuchas el canto de Gala para el dueño de su amor, la respuesta del hombre te provoca un escalofrío.

En tus manos descansa la tristeza de Gala, lágrimas de un color sin nombre, lágrimas del color del amor que jamás sentirá por ti.


FIN

21 de Mayo de 2018 a las 22:02 1 Reporte Insertar 1
Fin

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Juan Nicola Juan Nicola
Me gusta tu forma de relatar, y en particular esta historia me ha encantado.
26 de Mayo de 2018 a las 21:20
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