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Land de ÒHOMONEN


En la región de Òhomonen, en la que siempre era noche cerrada, era costumbre congregarse y caminar a luz de un candil.

Al percibirse allí, sus habitantes, prendían sus aceites y comenzaban a aproximarse y deambular. Aunque algunos permanecían distantes, inmóviles en la oscuridad.

Encendido el candil se miraban, reparaban en la luz. Se aproximaban unos a otros formando estructuras, colonias iluminadas por el resplandor de tantas llamas que empujaban a la noche. Aunque algunos permanecían distantes, inmóviles en la oscuridad.

En el resplandor, los candiles parpadeaban mientras se gastaban. Se preocupaban los unos de los otros a la vez que trataban de propagarse dando luz… a la palabra.

En Òhomonen el espacio carecía de horizonte, cualquier dirección era posible y no había ningún lugar al que llegar. En su movimiento la colonia se sentía el centro, siempre el centro, desde el que trazaba la línea del tiempo.

Decían que el miedo era contenido por el resplandor, que la enfermedad se propagaba en la soledad y que la locura habitaba en la oscuridad. Lo creían y así vivían. Aunque había quienes permanecían inmóviles en la noche cerrada, sin luz, sin palabra. Renunciando así al centro y al tiempo, al plano y a la línea, a propagarse.

En la distancia la colonia atraía nuevos errantes, luces perdidas, hacía allá donde se fundirían al abrigo del resplandor y la palabra. Allí comulgarían con quienes buscaban creerla, crearla o poseerla.

La colonia recogía la luz de los candiles que destelleantes empujaban a la noche. Allí tratarían de apartar el miedo, la enfermedad, la locura,… la muerte. Aún así, algunos permanecerían inmóviles en la noche cerrada.

21 de Mayo de 2018 a las 19:16 1 Reporte Insertar 1
Fin

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Juan Jose Juan Jose

Tienes un muy buena historia, ya quiero leer mas.
26 de Mayo de 2018 a las 21:20
~