Cuento corto
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ARTO

La inquietud, el ansia llamó al tiempo.

“¡Volver, quiero volver!” le gritó.

“Volver a los campos y batallas”

“Volver a donde matamos y caímos muertos”

“¡Me oyes, quiero volver!”

Decidido, insensato, traspasó la línea.

Equivocó el impulso, equivocó el color,

pero... despertado el tiempo despertó la hora.

Antes de partir, reprimió su ansia, observó su desnudez

y escogió una a una las armas que le acompañarían:

la luz oscura, la mano y el agua.

Borrados los recuerdos, ya sin pasado,

cruzó la línea, atravesó el círculo azul,

y se dirigió a donde aguardaban.

Ya sin recuerdos, ya sin pasado.

Cruzada la línea, más allá del círculo, sintió el desamparo.

¿Quién leería en su rostro?

¿Quién reconocería sus deseos y cuidaría sus pasos?

¿Quién le velaría de madrugada?

La luz oscura, la mano... serían sus armas en tierra,

en tierra de latidos fuertes, combativos, obstinados.

Latidos sin recuerdo ni conciencia.

Latidos empapados, ahogados en agua, agua sucia.

Al poco del encuentro, resquebrajado el techo,

el portal de luz descendió ante su ventana.

El niño, el pesebre, la compañía,

abandonaron el cielo, bajaron al río de agua, agua sucia.

El río que, por debajo, atravesaba la casa.

¿Quién leía en su rostro?

¿Quién reconocía sus deseos y cuidaba sus pasos?

¿Quién le velaba de madrugada?

Latidos fuertes, luchadores, obstinados.

Arrebatados, arrastrados por el agua.

Ignorados, ignorantes, ciegos.

Resquebrajado el techo, buscó.

De sus armas esgrimió, primero, su mano,

entre todas la más humana.

El resto, el agua, la luz oscura, no admitían rumbo.

Inhospitas, ocultas, no tenían aún dueño.

De la mano pronto sedujo su gesto.

Su cuenco, su tacto, su disposición, su palma acolchada.

Y pronto, también en la mano, el corte, el desgarro.

El cristal, la herida en carne viva abierta.

Cerró con fuerza su puño al dolor, a la sangre.

Mientras, sentado, junto a la ventana,

veía al profeta, al de los brazos abiertos,

a la luz que lo iluminaba.

¿Quién leía en su rostro?

¿Quién le velaba de madrugada?

La luz oscura esperó a su tiempo,

Ignorante al latido, al latido ausente.

Y la mano fue cerrando su cuenco, oprimiendo su herida.

Se mostró la luz oscura,

la que iluminaría el agua que enjuagaría el agua.

Comenzaron a mostrar lo visible y lo invisible.

Sucedía sincera, no ocultaba.

Irreverente, inoportuna, inhumana.

Luz oscura en el agua sucia.

Agua de otro tiempo, marrón, pestilente.

Acompaña de historias, caminantes,

que penetraban, tras ella, en la cueva.

“¿A dónde vais? “¡Deteneros!”

“¿A dónde vais? ¿No la veis, no veis el agua?” - Gritó la mano.

Caminando sobre las piedras,

fue tras ellos, les acompañó.

Atravesó la boca, se adentró en la garganta.

Se lanzó al vacío. 

Ya consciente. Nadie leería en su rostro. Nadie velaría su madrugada.

Decidido, penitente, de nuevo insensato, traspasó la línea.

El tiempo otra vez en marcha.

La luz oscura, el agua y la mano sus armas.

A partir de ahora solo lo invisible.

A partir de ahora ver.

Ver lo invisible sería serlo.

16 de Mayo de 2018 a las 11:22 0 Reporte Insertar 0
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