Intuición Seguir historia

alba-maria1525042937 Alba Maria

Scarlett es una chica que lo sabe todo. Es algo involuntario, una habilidad formidable de captar momentos importantes de una persona con tocarlo, o con solo sentir su presencia puede destacar rasgos singulares. No es algo que haya querido, como todos, Scarlett quiere ser una chica con una vida normal. Sin embargo, su habilidad le ha permitido detectar el mal, no cualquier clase de mal, sino uno con nombre y apellido. Un hombre con un aura tan sombrío que ni una pizca de luz puede traspasarlo. Un hombre con una sonrisa tenebrosa. Un hombre que Scarlett no puede comprender. El misterio que pone en prueba el don de Scarlett, un hombre interesado en su energía. El desafío del bien y el mal puede llegar a niveles excitantes


Paranormal Sólo para mayores de 18.

#demonios #medium #posesion #intuicion
0
5095 VISITAS
En progreso
tiempo de lectura
AA Compartir

Capítulo 1: Primer impacto

Tener un don no hacia parte de su plan de vida, o eso es lo que pensaba. En realidad, no tenía claro si era un don, pero en definitiva era una molestia. Prefería decir que era una habilidad especial, de esa manera se sentía más cómoda y podía lidiar con esos ataques al corazón que sufría cada vez que percibía la energía o vivencias de otra persona.

No eran los típicos ataques cardiacos que te dejan en el suelo, te hacen convulsionar y tienen que operarte de inmediato antes de que tu corazón explote. No, los ataques de Scarlett eran de corta duración, en cuanto percibía que algo, mejor aun, alguien no era de fiar, su aura se ennegrecía, como si fuera a caer un diluvio, el tiempo se detenía alrededor de ella y una serie de imágenes se desataba en su cabeza como un tornado. Todo eso, en tiempo real eran segundos, para ella eran horas de angustia.

Aquello la dejaba agotada, rota, confundida. Nunca comprendía bien las razones. Para ella era un defecto de nacimiento que le impedía entrar en contacto con otras personas por mucho tiempo. Por eso no era capaz de entablar una amistad, una relación, no confiaba en nadie, no sentía una conexión con alguien, eso la hacía desdichada y, en cierta manera, amargada.

Tuvo que controlar su pequeño desperfecto a través de la vieja arte de la indiferencia, agregando gotas de fingimiento para poder desenvolverse en un ámbito medianamente normal. Aquello le permitió estudiar y trabajar manteniendo su don al mínimo, aunque a veces le hacía malas jugadas.

Actualmente trabajaba como editora en una revista de chismes. Su don iba exactamente acorde con el trabajo. Estaba enterada hasta del mas mínimo detalle de la vida privada de sus objetivos. Bastaba con hacer un poco de trabajo de campo y las imágenes se deslizaban por su cerebro, como si fuera un collage invasivo de rostros, diálogos, sentimientos mezclándose en su ser, como si ella fuese la que viviera ese momento. Sentía como su mente ingresaba en el cuerpo de esa persona sin pedir permiso, robándose lo más íntimo, lo más escondido, lo que no le revelas a nadie, para hacer de eso mercadería y vender tanto como sea posible.

¿Se sentía mal por ello? Hace mucho tiempo dejó de cuestionarse. Las demandas iban y venían, se acostumbró a ser el blanco de humillaciones, de malos tratos, incluso de ataques físicos, por eso tomó clases de defensa personal, no quería verse indefensa ni sobreprotegida por personas que no se preocupaban de verdad por su seguridad, sino porque su paga llegara puntual. Era frustrante estar rodeada de tantas personas y sentirse sola, abandonada en un mundo al que ella no reconocía. Irónicamente, los recuerdos de sus padres se evaporaron, quedaron suspendidos en el tiempo en el que se supone que la inocencia brilla y sonríe, un tiempo en el que deberías sentirte libre, estás en el derecho de sentirte libre, descubriendo cada faceta de ti, conociéndote. Para Scarlett fue el inicio de su pesadilla, a los ocho años descubrió su habilidad para ver el pasado, y los posibles futuros que desencadenaban las posibles decisiones. Al principio no era capaz de controlarlo, en un orfanato debías sobrevivir por tu cuenta, ser fuerte o te aplastaban. Ella prefería no involucrarse en líos, le gustaba ser la rarita sentada lejos de las personas, conectándose un poco con la silenciosa naturaleza. No obstante, su manera sigilosa de moverse le permitía enterarse de cosas que no quería, actuando como una especie de heroína cuando algún niño quería hacerle daño a otro, o cuando algún maestro abusaba de su autoridad. Nunca lograron entender como llegaba a esas conclusiones, pero cuando lo hacía nadie le creía, o la castigaban severamente. Los niños del orfanato la alejaban, la golpeaban, la consideraban un bicho demasiado hablador.

No le tenía miedo a los demás, creció por su cuenta, cuando estás solo debes aprender a conocer a las personas y defenderte de ataques directos o indirectos, que son los peores. Le tenía miedo a su desperfecto, a lo lejos que podía llegar si lo usaba con imprudencia, a lo que podía ser capaz de hacer si no lo usaba para el bien, como se desarrollaría su vida desde que comprendió lo que implicaba estar en la mente de otra persona y conectar con sus sensaciones, con su manera de pensar, con sus acciones y sus motivaciones. Una habilidad muy peligrosa y difícil de entender.

Su trabajo le permitía hacer uso de su pequeña habilidad al mirar una foto, aunque eso no era suficiente para obtener una buena nota, le daba pistas iniciales para construir un perfil. La postura, la forma de mirar, la expresión en su conjunto le daban las señales correctas para iniciar su investigación, el resto era trabajo de campo. A pesar de tener un equipo profesional de reporteros, prefería ir de encubierta, escuchar sus pensamientos, reservándose para si los que eran demasiados íntimos, exponiendo los que le parecían convenientes. El trabajo de encubierta le permitía conocer otras facetas de su habilidad, hacer un buen trabajo de campo y mantener su cabeza en lo que le importaba: el pasado y el presente.

El futuro era imprevisible, impredecible. Cuando veía los posibles futuros eran aterradores, la agotaban, le revolvían el cerebro, golpeaban su estómago como si fuera un saco de boxeo. Cada decisión, cada camino elegido trae una consecuencia, eso era lo que odiaba ver: las consecuencias.

Se abstenía de observar el futuro, entre menos se involucrara, mejor. Su trabajo era criticado por unos, reconocidos por otros. A ella le era indiferente, era una manera de estar ocupada.

Observó su reloj, en quince minutos tendrían una reunión importante con un inversionista que deseaba fusionar su revista con la de ellos. No era un tema que le atañese, sin embargo, su jefe le extendió la invitación como editora y mano derecha. Debía estar presente, el tipo creía en su intuición, en su forma de calcular los riesgos y como acertaba siempre. Si el supiera que eso no se trataba solo de una afinada intuición saldría espantado.

No se molestó en investigar el famoso inversionista, no le importaba, lo que si le importaba era la incomodidad que le causaba pensar en la fusión. Algo dentro de sus cálculos no le cuadraba, no le sonaba tentador. No parecía un buen negocio, lo cual era preocupante para ella y todos aquellos que trabajaban allí. Unas semanas atrás, cuando anunciaron la posibilidad de fusionarse con otra revista, un frio seco, como si estuviera en un funeral, atravesó su corazón, dejándola temblorosa, inquieta, como si algo malo fuese a llegar, pero no pudiera descifrar con exactitud de qué se trataba. Se tomaba la libertad de ir por las cabezas de sus compañeros de trabajo, pero nadie conocía al inversionista, tampoco estaban preocupados por ello ya que fusión es sinónimo de expansión y crecimiento, ella esperaba que fuese así, aunque algo sobre ello no era fácil de digerir.

No sabía cuál era su nombre, sabía que era el dueño de una revista importante de economía que deseaba presentar versatilidad sin perder la seriedad de su enfoque. En un mundo que corre tan deprisa, los cambios llegan sin pedir permiso, sin avisar, simplemente se imponen y si no quieres salir del mercado debes hacer lo que puedas para mantenerte. En los negocios hay que tener aliados, no amigos. De eso se trataba la dichosa fusión, alianzas para destruir a otros monstruos para posicionarse como lo mejor, lo máximo antes de ser aplastados sin tener tiempo de defenderse.

Faltaban cinco minutos antes de la reunión, decidió terminar un artículo sobre Nikki Minaj para después. Personalmente no había nada increíble o algo importante que destacar sobre la artista, pero como era comidilla para la prensa, ella no podía quedarse sentada jugando buscaminas en el computador. Su trabajo era investigar cosas sobre ella que nadie sabía, y sí que encontró material suficiente para ser portada de escándalos en los próximos seis meses. Buena suerte para Nikki Minaj.

Fue a la sala de juntas donde encontró a los accionistas, hombres viejos con barriga prominente que esperaban ansiosos la llegada del sujeto con el que firmarían. Sin embargo, al intentar conocer el nombre del sujeto, todo se nublaba, como si esa parte no existiera o estuviera enterrado en lo más profundo de su cerebro, era raro que un dato como ese se le escapara, siendo velado, protegido específicamente por un motivo desconocido. Luego de ello llegaron pensamientos obscenos como celebrar en clubes con strippers. Cortó esa visión antes de vomitar, no quería saber el futuro, solo el presente y pasado, el cual conocía demasiado bien para su gusto.

La saludaron con un asentimiento, recorriéndola como un dulce en exposición. No era para menos, Scarlett era una mujer muy hermosa, voluptuosa. Sus intentos de pasar desapercibida fallaron en varias ocasiones, ahora más porque su trabajo le exigía vestirse de manera profesional como política de la compañía.

Era de estatura promedio, ojos verdes de un tono apagado, solo se encendían cuando algo despertaba su interés, y eso no pasaba muy a menudo. Cabello rubio con mechones rosados, nariz redonda y pequeña, labios delgados y sensuales. Sus pechos eran grandes, lo cual la hacían sentir mortificada porque no la miraban directamente, sino a sus senos redondos, como si pidieran atención. Era terrible para ella que aparte de su habilidad peculiar de conectar con una persona a niveles insoportables, tuviera la desgracia de tener pechos grandes y no ser tomada en serio. Poseía buenas piernas, un buen trasero ejercitado gracias a los largos recorridos que hacía cuando no podía dormir y salía a correr, lo cual era muy a menudo cuando su don despertaba con fuerza cuando la encontraba indefensa.

Vestía un traje de falda beige claro, tacones negros. Odiaba los tacones, pero las políticas debían ser seguidas, para su desgracia. No llevaba mucho maquillaje, otra cosa que odiaba pero mantenía neutral. Sus labios cubiertos de brillo, rímel en sus pestañas, lo necesario para no parecer un payaso.

Su jefe, Neal se acercó a ella, colocando una mano sobre su hombro. Otra cosa que odiaba: contacto corporal. Cuando la tocaban su mente viajaba directamente a otra dimensión, el tiempo se detenía para ella, podía ver claramente el pasado y el presente, las decisiones que influirían en el futuro, lo que eso conllevaría. La respiración se le atascó mientras se paseaba con total libertad por la mente de Neal. Una niñez fracturada por el divorcio de sus padres. Vivió con su madre y su hermana menor, su padre lo visitaba según lo establecido en el acuerdo de custodia, hasta que formó su propia familia y se olvidó de él. Fue un estudiante destacado, fiestero, perdió la virginidad con su profesora de matemáticas a los dieciséis años, mantuvo una relación con ella durante un año hasta que el esposo se enteró y lo tuvieron que cambiar de colegio. Luego de su preparación en la universidad, donde experimentó con hombres, sintiéndose más a gusto con ellos sin dejar de lado su gusto por las mujeres. Se casó con una chica modesta de Michigan, ya no está enamorado de ella porque tiene una aventura con Richard, el jefe de impresión…

En cuanto dejó de tocar su hombre Scarlett recobró la respiración, mirándolo como si fuese su primer contacto. Apenas podía disimular el temblor de sus manos, el poco equilibrio de sus piernas. A pesar de hacerlo en numerosas ocasiones aún no se acostumbraba a las sensaciones posteriores del viaje mental.

—¿Todo bien?—Preguntó su jefe al notarla extraña. Ella le devolvió la mirada, encontrándose con un hombre delgado, de su estatura, sonrisa amable, cabello rubio como el suyo. Si supiera que estaba enterada de su reciente relación con Richard, la despediría.

—Perfecto—respondió con la garganta seca—. ¿A qué hora comenzamos?—Cambió de tema para distraerlo y lograr recuperarse del todo.

—En unos momentos, estamos esperando al señor Boldock

Ya conocía el apellido: Boldock, no le sonaba de nada, tampoco podía imaginar qué clase de hombre era, esperaba que esa negociación fuese beneficiosa para ambas empresas.

—¿Cómo va el articulo para esta semana?

—Bien, ajustando unos detalles antes de enviarlo a Richard—Neal tembló y Scarlett sonrió, conocía a que se debía su reacción.

—Prefiero que me lo envíes a mi primero, para hacer los últimos ajustes. Yo mismo se lo entregaré a Richard

Scarlett no objetó, lo miró por el rabillo del ojo, negando con una sonrisa. Su jefe buscaba cualquier excusa para tener sus encuentros secretos con Richard. No le importaba, tampoco iba a cuestionarlo, después de todo no se pondría en evidencia. Le agradaba el tipo y quería continuar la buena relación que habían cosechado durante dos años.

Tamborileaba sus dedos sobre la mesa, a la expectativa de la llegada de ese hombre misterioso. Debió ser más precavida y hacer una investigación sobre él, preguntar un poco, comportarse como una reportera de verdad. Sin embargo, no entendía bien porque estaba allí con ellos, cuál era su labor, después de todo no era accionista, tampoco era una jefa de alto rango. Era una editora de contenido que no estaba interesada en reuniones, no obstante, Neal la quería allí, porque su departamento era uno de los más exitosos de la compañía, uno que destacaba, por tanto uno en los que el señor Boldock estaba interesado en conocer.

Hacía mucho frio, tanto que tiritaba, su traje no le daba abrigo. Todos se veían calmados, hablando entre sí, incluso Neal trataba de entablar una conversación con ella, pero ella no podía responderle, el frio se filtraba por sus piernas, subiendo hasta congelarle la cintura. En su pecho se instaló un sabor repugnante a azufre, tan asqueroso que comenzó a toser. La cabeza le daba vueltas, el dolor poseyó su cerebro, podía asegurar que brincaba en su cráneo, como si buscara escapatoria. El ambiente se tornó denso, tan denso que la gravedad la aplastaba, los sonidos eran ecos distantes y distorsionados. Quería llorar, pedir ayuda, quería entender que sucedía, pero a su alrededor todo iba en orden, nada parecía afectarlos, ella era la única que veía el color negro deambulando por la oficina, la muerte invadiendo las instalaciones. Porque no podía ser otra cosa sino la muerte, ese olor a piel quemada filtrándose por sus fosas nasales, una energía tan poderosa que a duras penas podía respirar, el aire caliente calcinando sus pulmones, el frio atroz quebrantando sus miembros. Jamás había sentido algo como eso, jamás se había sentido tan asustada, jamás pensó que alguien pudiera tener un aura tan maligna.

Neal se puso de pie, al igual que los inversionistas. Unos pasos se escucharon hasta entrar al recinto. Scarlett se puso de pie, manteniendo la cordura para no venirse abajo delante de ellos. Al notar que la energía oscura que detectó estaba frente a ella, no dudó en alzar la vista y encontrarse con el dueño de esa pestilencia.

Se quedó atónita mientras ese hombre los miraba sin interés, los veía como carne de cañón, una adquisición más, un trofeo adicional en su muro. Esa mirada gélida y cínica se posó en ella, traspasándola como un proyectil, como si estuviera en una lobotomía. Sus ojos azules eran los más extraños y lejanos que había conocido, no proyectaban nada, ninguna emoción cálida, ni siquiera seriedad al tratarse de negocios. Era una mirada de puro egocentrismo, una mirada de alguien que ya ganó algo que aún no posee, una mirada venenosa, sin vida; una mirada escalofriante. Tenía porte. Alto, espalda ancha, traje negro ajustado a su medida, cabello negro ondulado como su propia aura, nariz un poco aplanada, labios llenos, sonrisa diabólica. Esa sonrisa… era la de un asesino a sangre fría, la de un psicópata que disfruta torturar a sus víctimas. Ese no era un hombre normal de negocios, no era un hombre cualquiera y no por tener dinero, sino porque algo andaba realmente mal con ese tipo. No podían hacer negocios, de ninguna manera.

Como si una cuerda tirara hacia su cuerpo, el hombre se colocó frente a ella. Su mirada revelaba algo terrible y mortal, no sabía qué, pero tampoco quería averiguarlo. Su lengua se deslizó sutilmente por sus labios, no pudo evitar seguir el recorrido como una estúpida, dejándose engatusar por un hombre altamente peligroso. No tenía miedo, no era esa sensación la que despertaba en su ser, sino autentica curiosidad, porque a pesar de estar cerca no podía ver su mente, no podía leer nada de él, ni su pasado ni su presente y mucho menos sus intenciones. Eso olía a malas noticias.

El desconocido extendió su mano con fingida cortesía, esperando a que ella la tomara. En el momento en que su mano entró en contacto con la de él, sentía que su luz se apagaba paulatinamente, que moría sin saber la razón. Algo en ese hombre la perturbaba.

—Un gusto ver una dama tan hermosa en esta sala—alagó con esa voz grave, una voz que seduciría a una serpiente. No obstante, escucharla fue una inyección letal a su corazón. Tenía que correr, huir lejos de ese hombre con fachada de empresario benevolente—. Mucho gusto, Vladimir Boldock.

Así fue como Scarlett conoció el verdadero nombre del mal. 

29 de Abril de 2018 a las 23:28 0 Reporte Insertar 0
Continuará…

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~