Cuento corto
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Hoy me dio por recordar con nostalgia una época en la que nunca existí. Imágenes placenteras de algo que jamás pasó: Ir juntos a leer en la plaza, y ver a la gente pasar por el simple gusto de imaginarnos a dónde irían. En la tarde salir a tomar café de olla en la banca chueca junto al kiosco, para saborear el complemento dulce del despertar de las luces en los faros con el sabor amargo de los granos molidos que se colaron al fondo de la taza. Entrada la noche salir con nuestro juego de campanas y hacer ruido por toda la cuadra, retando a los vecinos a quejarse o unirse. Gritar a todo pulmón en el mirador, y decirte cada vez: «vas a asustar a los coyotes». Reírnos por horas de cosas serias que nos parecen tontas, como reuniones de etiqueta o priorizar el trabajo. Reinventar el juego de «bocho amarillo», y besarnos cada vez que aparezca alguno de otro color. Mirar la lluvia impacientes para después saltar descalzos en los charcos del patio, sin miedo a enfermarnos a la mañana siguiente. Jugar a las escondidas en el sitio de árboles inmensos y perdernos adrede por horas para huir del abrumador peso del tiempo; hacer una cama de hojas cuando nos cansemos de escapar. Escucharte recitar poesía sin ritmo, sin métrica, pero con matices de voz inimaginables. Describir tu cuerpo en un glíglico muy pobre, sin entender siquiera qué fue lo que dije; y susurrarte «El fornicio» al oído mientras hacemos el amor. Recostarnos todo el día como si diario fuese domingo; entendernos sin palabras, hacer que el idioma sobre y las imágenes amplíen el valor de las conversaciones, comprender todo lo que queramos como queramos, sin la limitante de estar o no en lo correcto. Hacer concursos de miradas cuyo premio es el placer de mirarnos el mayor tiempo posible; redescubrirnos en el iris del otro. Recostarnos sobre una cobija en el suelo a imaginar que estamos en donde cae la nieve, diseñar nuestros propios copos con figuras que sólo pueden existir en la imaginación de cada uno, y aún así poder describirlos perfectamente. O simplemente estar parados de frente, sin necesidad de hablar, porque la sola presencia es suficiente para hacernos felices. Y por último, regalarte una flor para verla juntos marchitarse, porque, después de todo, el paso del tiempo es una belleza inevitable.

Los años pasan, tu cuerpo se añeja, mas no es mi caso, yo seré joven por siempre. Cómo quisiera poder hacerte feliz como tú me has hecho con las historias que creaste para mí, y desearía cumplir cada una de las remembranzas que acabo de describir, sin embargo vivimos en planos diferentes, imposibles de mezclar.

Por ahora, nuestros únicos límites son tu imaginación y la muerte, aunque el segundo no me desagrada del todo porque, en cierta forma, sería la última cosa que haríamos juntos, y la idea de morir con el ser más amado es ciertamente reconfortante, al menos para mí lo es, y qué soy yo sino un reflejo de tus anhelos. Es posible que después del óbito los planos existenciales colisionen, tal vez podríamos reencontrarnos y ser felices, pero hasta entonces...

29 de Abril de 2018 a las 09:20 0 Reporte Insertar 0
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