Insomne Seguir historia

alexsobrino57 Alejandro Sobrino

Cuento de ciencia ficción


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#381 #347
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Insomne

Uno. Dos. Tres...

Contar nunca funciona. No puedo dormir. La máquina me observa. Sus cables se estiran a lo largo del dormitorio, formando nudos que se cruzan hasta sumergirse en el cemento, para desaparecer en las honduras de la ciudad. Yo también puedo observarla, desde mi ventana. Parece un faro, lejano y olvidado, atento al mar de edificios y calles que lo circunda. Sin luces, pero vigilante, solícito ante cualquier naufrago, implacable en la tormenta de pesadillas.

Ese es un regalo de la Compañía y sus flamantes ingenieros. Ya no vale dinero conectarse, no desde el decreto gubernamental. ¿Quién rechazaría una oferta tan generosa? Sueños plácidos, libres de miedos o preocupaciones. Cuando despiertas, te sientes renovado, lleno de buenas sensaciones, y todo lo malo queda atrás.

Eso dicen. Yo no lo sé. Yo nunca duermo. Y mis pesadillas viven conmigo, en una vigilia que nunca acaba. Así que dejo la cama, tomo un abrigo y abro la puerta.

La calle me recibe en silencio. Las pantallas se apagan por las noches, y el candor de las farolas es débil y aturquesado. Me siento extraño, fuera de lugar, y a la vez eso me hace sentir mejor. El día es dominio de los humanos, pero la noche es el reino de las máquinas.

En la primera avenida hay máquinas que limpian las ventanas de los rascacielos, máquinas que podan los arbustos, máquinas que recogen la basura.

En la calle siguiente hay máquinas que absorben los gases de efecto invernadero, máquinas que retiran vehículos accidentados, máquinas que transportan armas de guerra en la oscuridad.

En el parque junto al río hay un cementerio olvidado, las puertas enrejadas llenas de óxido. Solo se abren por la noche, cuando las máquinas transportan a los muertos, en un silencio que evoca un luto como ningún otro. El único que tendrán, porque las pesadillas van más allá de fantasías, y aquellas que nos tocan en el día a día, y que duelen de verdad, la máquina también se las traga. Su vórtice nada en los cables, y acaba en la torre negra, que ahora me parece más una lápida que un faro, un cementerio de verdad.

Pero yo no olvido. Yo recuerdo a mis muertos. Sufro y recuerdo. Me encamino al otro lado del río, y la torre es cada vez más alta, y oculta más estrellas. Me está llamando. Es una música de nana. Una manera de dormir. La máquina lo sabrá.

La cárcel queda a medio camino. Presos que van desde delincuentes de poca monta a criminales de guerra deambulan de un lado a otro, sirviendo los deseos de grandes máquinas de construcción. Sonámbulos. Así los llaman. En sus cuellos brilla un dispositivo, poco más grande que un insecto. Y el ruido que hace parece llevar a la torre. Pues ellos tienen derecho a felices ensueños, como todos. Su condena solo es física.

Me duelen los pies, me escuecen los ojos. El viento transporta un ruido de motores que nunca acaba. Creo que oigo nombres. Suenan en la distancia, como una nube de mosquitos. Y veo a más sonámbulos. Trazan un rumbo fácil de seguir.

Han abierto las puertas de un larguísimo puente. Los arcos de seguridad están derribados y sueltan chispas. Un vapor de agua asciende de unos acantilados que parecen no tener fondo. El puente es tan estrecho que temo perder pie y caer en la oscuridad. Pero sigo. La torre espera, sobre el promontorio. Recibe en su seno un millar de cables, tensados sobre el abismo como una red de pesca. Un cúmulo de antenas y fortalezas sobresale en los riscos, envueltos en la densa bruma que llega de los páramos.

Varias máquinas guardan la seguridad del complejo. Pero parecen dormidas. En el interior, hay más sonámbulos. Usan variadas herramientas para rayar mensajes en las paredes. Rebeldes. El fin de la guerra. Adora la muerte. La Compañía va a perder su tesoro más preciado. Uno de ellos me mira, y me pone algo en mi mano, sonriente.

Aparece un zumbido penetrante. Crece y noto una presencia a mi espalda. Corro, por pasillos llenos de pantallas y tuberías. El entorno no cambia, y parece que no avance. Estoy perdido en un laberinto. Espoleado por el terror, alcanzo un portón de hierro. Hay gente uniformada, ensangrentada, de la Compañía. Y han despertado. Varios sonámbulos los agarran y los apartan. Un rostro me mira con sorpresa, otro, con lástima.

Llego a una cámara plagada de ruinas. Es una ciudad en el fin del tiempo, llena de esqueletos de edificios, de vehículos, de personas. En el techo hay focos como soles, de color rojo intenso. Localizo unas escaleras de caracol, y asciendo al cielo de hormigón. Estoy una habitación mucho más pequeña, ovalada. Ahí confluyen todos los cables, y rodean una bola de pantallas, o quizá solo es cristal resquebrajado, abultado con montones de imágenes en movimiento. Allí perviven miles de pesadillas, miedos y traumas. Veo monstruos, lágrimas, tiroteos, accidentes, gritos, suicidios, guerra, hambre, un cielo rojo. Una me llama la atención. Es un hombre, con un traje de ejecutivo, que lleva a un bebé en brazos, mientras admira andamios y grúas rodeados por la niebla. No parece una pesadilla. Veo a gente que se le cae los dientes, a animales triturados, a una mujer que observa ruinas bajo el invierno, encogida y asustada.

Notó una lágrima que baja por mi mejilla. El sudor me escuece en la cara, casi no me llega el aire, me pica mucho la nuca.

Pero ya lo sé. Ya puedo dormir.

Levanto la granada en mi mano, y le quito la anilla. Ahora solo queda la cuenta atrás, como quien cuenta ovejitas, pero hacia atrás. Funcionará. Espero que la torre brille como un faro, más que un faro, como el sol, y así parecerá que la noche es día y la ciudad entera despertará.

Tres. Dos. Uno…

13 de Abril de 2018 a las 11:45 2 Reporte Insertar 2
Fin

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Nova Rosales Nova Rosales
Me gusta mucho. Felicidades.
19 de Abril de 2018 a las 05:26
Irving Trinidad Irving Trinidad
Un cuento corto frío pero realista a mi modo de verlo. Felicidades, sigue así.
17 de Abril de 2018 a las 13:23
~