ivanescurra Ivan Escurra

Cuando intentan pisotearte como si fueras una inofensiva flor, no tienes más opción que encender el mundo en llamas.


Crimen No para niños menores de 13.
Cuento corto
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Magnolia en llamas

Me adentro en un mundo de humo y sombras, buscando a tientas la salida. A medida que avanzo, mi energía se desvanece y me cuesta respirar. Aspiro profundo, pero termino tragando un humo que aplasta mis pulmones. Trato de dar un paso más, pero me he quedado sin aliento y me estrello en el pavimento ardiente.

Cuando abro los ojos, me ruge el estómago por no haber comido en todo el día. Pero no es el hambre lo que me despierta, sino el humo que se ha colado a través del cristal roto de mi ventana. Ya sé lo que me espera, pero aun así salgo de la casa para ver qué ocurre. La noche está iluminada por el crepitar del fuego que avanza hambriento desde el patio del vecino. Me cubro el pelo con una toalla mientras busco la manguera para sofocar las llamas que siguen creciendo. Está helando y no pienso lavarme la cabeza de nuevo.

No es la primera vez que el idiota de Sergio hace lo mismo. Cada vez que se emborracha, le da por quemar su basura. Se queda viendo el fuego por horas, hasta que solo quedan cenizas. Pero yo soy la única que sufre las consecuencias. En uno de estos días, el fuego podría extenderse y destruir mi hogar. A diferencia de ese pirómano que se ahoga en dinero, no tengo el lujo de arriesgar mi futuro.

Como si me estuviera esperando, sale de entre las sombras con un cigarrillo en la boca. Me observa de pies a cabeza con una sonrisa mordaz que me vuelve consciente de la poca ropa que llevo puesta. Me cubro y entro de inmediato, decidida a ponerle fin a su hostigamiento. He sido demasiado indulgente con él. No quería involucrar a la policía, pero ya estoy harta.

Casi dos horas después, por fin se presentan frente a su casa. El interrogatorio dura tan solo un minuto. En un pestañeo, Sergio le da un apretón de manos al oficial y lo despide. Me quedo observando la escena estupefacta. Los restos de la fogata siguen ardiendo pero no hacen nada para detenerlo. Instantes después, se encuentra frente a mi puerta, golpeando como un maniaco. El pestillo no era muy seguro, por lo que acabó derribando la puerta después de unos cuantos golpes.

Como la habitación está a oscuras, tarda un momento en encontrarme. Pero cuando me vio, se lanzó contra mí con todo su peso. Apenas le llegaba a los hombros y se encontraba en buena forma, por lo que me resultó imposible escapar de su agarre. Intenté gritar pero me tapó la boca. Iba en ropa interior y apretó su cuerpo contra el mío mientras me hablaba al oído.

—Sé que fuiste tú. ¿Por qué llamaste a la policía? ¿Creíste que alguien iba a tomar en serio tu denuncia?

Apenas podía respirar debido a la presión que ejercía sobre mí. Su aliento apestaba a alcohol. Pero lo que más me asustaba era su mirada desinhibida. Tenía el control y se regodeaba de su poder. En ese momento, creí que iba a morir. No quería convertirme en un titular de periódico, pero nadie vino a rescatarme.

—De seguro piensas que voy a hacerte algo, pero no te ilusiones. Apestas a humo. Tal vez la próxima —me soltó, sacudiéndose el polvo de las manos—. Tengo a la policía en el bolsillo, ¿sabes? Todos están de mi lado, pero tú no tienes a nadie. Que esta visita te sirva de advertencia.

Cuando se marchó, puse la mesa contra la puerta y observé cómo se alejaba sin prisa. Los vecinos miraban el espectáculo desde lejos, pero nadie se atrevió a intervenir. En todos los meses que había vivido sola, jamás imaginé que algo así pudiera ocurrirme. Por más frío que hiciera, me metí a la ducha para desprenderme de su aroma. Pero el recuerdo estaba tan vivido en mi memoria como si aún siguiera encima de mí. Grité sobre mi almohada hasta dejarla empapada con mis lágrimas.

No pude dormir en toda la noche, pero al día siguiente tenía que trabajar. Como no quería encontrármelo, salí más temprano de casa y corrí hasta la parada del bus. Durante todo el día no fui capaz de olvidar cómo me había tocado y eso desencadenó recuerdos de mi anterior relación. Esto no era lo que esperaba cuando decidí mudarme. Había huido de un hombre controlador para encontrarme con alguien mucho peor.

A la vuelta del trabajo, me detuve en el parque porque no quería regresar a casa. La última vez que había subido a un columpio, fue a los doce años. Mientras me hamacaba con desgano, fui asaltada por un desolador sentimiento de nostalgia. Extrañaba mucho a mi mamá.

Cuando regresé a casa, noté que Sergio estaba aguardando mi llegada para amedrentarme. Me detuve frente a su patio por un momento para mostrarle que no tenía miedo. Descontento con mi osadía, hizo un gesto obsceno hacia su miembro. En ese instante, decidí que tomaría las riendas de mi vida sin importar las consecuencias. Si nadie estaba de mi lado, no tenía más alternativa que actuar por mi cuenta. Ya había soportado demasiados ataques a manos de hombres como él.

Recuerdo haber ido a la tienda una tarde después de clases. Estaba por escoger unas papas cuando noté que un hombre me estaba observando desde el otro extremo del pasillo. No era una mirada amistosa. Esa fue la primera vez que sentí escalofríos debido a la mirada de un hombre. No tenía la culpa de que mi cuerpo hubiera comenzado a cambiar, pero de alguna forma, siempre intentaban hacerme responsable por la atención no deseada que provocaba mi mera existencia. Que la mayoría considerara esas actitudes como algo “normal” que debía soportar me parecía enfermo. El mundo estaba jodido por perpetuar ese pensamiento.

Con el fin de provocarme, Sergio volvió a prender fuego esa noche. Estaba actuando como un niño y no le daría la satisfacción de mostrarle mi disgusto. Tampoco haría llamadas inútiles a la policía. Tapé el cristal roto de mi ventana con cinta adhesiva y traté de ignorarlo. Pero él estaba decidido a sacarme de mis casillas. Al cabo de un tiempo, el fuego creció de manera exponencial y cruzó hasta mi jardín. Las llamas avanzaban con rapidez, impulsadas por el viento. Si no actuaba pronto, el fuego llegaría hasta la casa en cualquier momento.

Derramé agua y arena por todo el pasto para evitar que el fuego siguiera corriendo y me armé de valor para enfrentar a Sergio. Lo más parecido a un arma que tenía a mano era una pala oxidada. Mis manos temblaban, pero la sostuve con vigor mientras me acercaba a su casa. Se apartó un poco del fuego, porque el calor se había vuelto demasiado intenso. Pero no parecía afectado por lo que ocurría a su alrededor. Su atención estaba enfocada en mí.

—Ya es suficiente, ¿no crees? Entiendo tu punto y no pienso volver a molestarte con la policía. Pero el fuego se está saliendo de control y debemos extinguirlo de una vez.

—¿Crees que estoy haciendo esto porque llamaste a la policía? Entonces sigues sin entenderlo. Lo hago porque quiero. Pero sobre todo, porque puedo.

A medida que soltaba incoherencias con aires de grandeza, fue acercándose como un cazador que rodea a su presa. Sujeté la pala con fuerza y traté de mantener la frente en alto. Pero el miedo se endureció en la base de mi estómago y comencé a sudar. Ya no se debía al calor de la llamas.

—¿Tienes idea de lo divertida luces ahora mismo? Eres una mala imitación de lo que se considera como una “mujer empoderada”. ¿Crees que tienes derecho a hacer lo que te plazca por ser mujer? Pues ahora voy a enseñarte tu lugar.

Me di cuenta de que Sergio ya no estaba hablando de mí. Parecía estar canalizando su furia sobre una extraña por el simple hecho de ser mujer. Pero no me parecía justo convertirme en su saco de boxeo, por lo que arremetí contra él. Aunque ya lo anticipaba, me sorprendí por la magnitud de su fuerza. Apartó a un lado mi pala con facilidad y me lanzó al suelo. El fuego estaba muy cerca y sentí que se me derretiría el cerebro.

Me estrujó el cuello con ambas manos y solo pude patalear inútilmente mientras me quedaba sin aire. Como no quedaba mucho por hacer, estiré de su bata hasta rasgarla. Solo podía pensar en lo mucho que me quedaba por hacer con mi vida. No podía terminarse en ese momento.

Como si hubiera escuchado mis plegarias, el fuego se extendió y lamió sus prendas, hambriento por devorar lo que encontrara a su paso. Gracias a aquel milagro, no tuvo más remedio que soltarme para deshacerse de la bata. Pero la tela se había pegado a su piel, desinflando su furia. Me observó con ojos suplicantes, aunque seguía siendo demasiado orgulloso para pedir ayuda. Si le daba una mano, no tardaría en repetir el ciclo. Así que cuando vi la oportunidad, no me detuve a pensar y lo empujé contra la columna de fuego. No pretendía ser una heroína, o convertirme en asesina, tan solo quería que me dejaran en paz.

Tuve que resistir el impulso de huir y esperé hasta asegurarme de que no volvería a molestarme nunca más. Una parte de mí ardió dentro de esas llamas. Me dejó una quemadura que solo sanaría con el tiempo, pero dejaría cicatriz. No estoy orgullosa de lo que hice, pero me encontraba acorralada y ya no podía permitir que volvieran a encadenarme. Ese era el mundo en el que me tocó vivir. Pero no nací para bajar la cabeza, sino para forjar mi propio destino.

2 de Septiembre de 2023 a las 12:58 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Ivan Escurra Me gusta escribir fantasía y horror con un poco de romance y mucho drama. En mis historias siempre hay diversidad. Además de la lectura, me encanta dibujar y ver k-dramas. #CatLover 🐱 26 - HE/HIM INTJ 😈 Parawhy 🇵🇾 ♥Mis redes sociales♥ ♥ Instagram: https://www.instagram.com/escurraescribe/ ♥ Twitter: https://twitter.com/IvanEscurra

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