El superviviente Seguir historia

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Gaia E.


El espectáculo era desolador y el superviviente formaba parte de él. Caminaba sin prisa a través de las calles vacías de vida esquivando los cadáveres incorruptos de sus semejantes, que a falta de bacterias que les sirvieran de Caronte se momificaban lententamente al aire libre, descubriendo macabras sonrisas, más acentuadas en unos, apenas visibles en otros, dependiendo de cuanto tiempo llevaran muertos.


Post-apocalíptico Todo público.

#muerte #soledad #apocalipsis
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El superviviente

El espectáculo era desolador y el superviviente formaba parte de él. Caminaba sin prisa a través de las calles vacías de vida esquivando los cadáveres incorruptos de sus semejantes, que a falta de bacterias que les sirvieran de Caronte se momificaban lententamente al aire libre, descubriendo macabras sonrisas, más acentuadas en unos, apenas visibles en otros, dependiendo de cuanto tiempo llevaran muertos.


Había intentado salir de la ciudad e internarse en el bosque, pero era peligroso. Peligroso e inmensamente triste. Las hojas secas que cubrían el suelo, crujiendo con cada uno de sus pasos en el terrorífico silencio que se había adueñado de todos los lugares, interrumpido solamente cuando uno de los esqueletos de madera que se alzaban de pie en la muerte colapsaba a causa de su propio peso, le causaban un insoportable dolor.


Era ese último aliento de muerte y no otra cosa la causa del peligro, pues ya no quedaban animales salvajes que pudiesen atacarle presas de la desesperación, ni tormentas que trajeran chispas de fuego. Ni siquiera un rayo de sol traicionero podría aliarse con un vidrio o un trozo de espejo para crear un haz de luz que prendiese lo que ahora, más que un bosque, era un inmenso almacén de leña seca. El cielo se había enmortajado con espesos nubarrones grises que transformaban el día en un cuadro gris de monotonía y la noche en una desoladora oscuridad desprovista de estrellas.


Se preguntaba porque le resultaba más triste caminar entre la naturaleza muerta que entre la humanidad muerta, pero siempre es más sencillo aceptar nuestro propio final que el de los otros, especialmente cuando esos otros conformaban los cimientos de nuestra realidad, cuando sabes que el mundo podría seguir adelante sin ti, pero nunca sin ellos. Y lo cierto es que cuando se está completamente solo, incluso los muertos pueden ser una buena compañía.


A veces el superviviente miraba los cadáveres y trataba de adivinar que clase de vida y muerte habían tenido. Allí una mujer enfundada en un precioso traje y adornada con brillantes joyas yacía dentro de los hierros casi irreconocibles de un coche deportivo. El carmín de los labios opacado por la sangre seca que había vomitado. Al otro lado de la calle un hombre joven reposaba en el pavimento con las cuencas vacías de los ojos fijas en las nubes, como buscando un pedazo de cielo por el que su alma pudiera elevarse. La camiseta desgarrada y manchada de granate daba una pista de cual había sido su final. Pero el juego dejaba de parecer entretenido cuando veía un niño, un anciano o un cuerpo especialmente destrozado. Entonces apartaba la mirada, sus pensamientos se volvían hacia su interior y sentía una garra helada que le aprisionaba el corazón y tiraba de él hacia abajo, como si los espíritus inquietos de los muertos reclamaran que ocupara su lugar junto a ellos.


Otras veces le faltaba el aire y lloraba tanto y durante tanto tiempo que después se sentía agotado y dormía sin sueños durante horas. Pero él sabía que esas cosas no tenían ya ninguna utilidad; ni el dolor, ni el miedo, ni las lágrimas servían ya de nada, porque no quedaba ya nada por lo que sufrir, nada excepto él mismo. El género humano se había extinguido y se había llevado con él hasta el último ápice de vida del planeta. Quizá quedara otro en algún lugar lejano que vagara como él, alguien con quien poder compartir su ineludibe destino, pero sabía que aunque así fuese jamás se encontrarían, ambos caminarían solos entre los sonrientes cadáveres hasta que la muerte se dignase por fin a visitarles.




El superviviente anhelaba ese momento y a veces, cada vez con más frecuencia, pensaba en precipitarlo, en acabar por fin con aquel incesante deambular. Pero entonces se sentía culpable, creía que si él era el último ser humano con vida no tenía derecho a arrebatarle a la humanidad ese minúsculo resquicio de esperanza, aunque sintiese que no existía ninguna. Descansó en un banco, frente a una tienda de electrodomésticos ahora inservivbles y meditó sobre la esperanza. Miró sus manos huesudas, donde antes había dedos rechonchos llenos de vida solo quedaba un esqueleto de gruesos nudillos cubierto por una fina capa de piel, no muy distinto de las retorcidas ramas de los árboles que tanta tristeza le provocaban. Era consciente de que no le quedaban ya muchas de las fuerzas que había acumulado antes de que el mundo se hundiese en la desolación, en las épocas felices cuando el futuro era brillante y pensaba que la vida duraría para siempre. Las tiendas de alimentación, saqueadas por él y otros antes de perecer cada vez le ofrecían menos suministros con los que calmar sus ansias y seguir adelante.


Algunas veces se preguntaba si acaso quedaría vida en algún lugar del universo, quizá en un planeta a millones de años luz habitado por seres inteligentes que llevaban a cabo sus extrañas vidas ajenos a la agonía final que tenía lugar en la estéril roca en la que él se encontraba atrapado. Y entonces rezaba, pidiéndole a Dios que le diese una sola razón para caminar, una sola gota de esperanza con la que calmar su sed, pero nunca obtenía respuesta a sus plegarias y se preguntaba si Dios mismo no habría sucumbido con su creación.


Pensamientos aún más oscuros nacían en su mente, se cuestionaba también si no sería él quien estaba muerto y en otra esfera de existencia la vida seguía su eterno ciclo, quizá se encontraba preso en una suerte de purgatorio personal a la espera del juicio final o quizá éste ya había tenido lugar y cumplía ahora su pena en el infierno, condenado a vagar en soledad por toda la eternidad, rodeado de muerte pero incapaz de morir.


El superviviente apartó esos pensamientos de su mente y reanudó su marcha con la cabeza gacha y los ojos apuntando al suelo, para ver únicamente la carretera que se extendía frente a él, únicamente el lugar en el que su pie daría el siguiente paso. Por eso no advirtió que en uno de los árboles que decoraban la travesía un diminuto brote de color verde había nacido en una rama que, por lo demás, parecía tan estéril como las que se encontraban frente a él y a sus espaldas. El único, quizá el último, de los seres humanos pasó bajo aquel pequeño y frágil brote, el primero de muchos que nacerían después, con la mirada borrosa y la mente perdida. Y siguió su camino sin llegar a saber nunca que aquella gota de esperanza por la que tanto había orado se encontró, durante un irrepetible momento, al alcance de sus manos.

31 de Marzo de 2018 a las 21:57 1 Reporte Insertar 3
Fin

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Gilmar Antonio Gilmar Antonio
Me ha gustado el clima desolador que usaste para decorar el cuento, pues ayuda a expresar muy bien tu idea. Un abrazo colega!
2 de Abril de 2018 a las 07:51
~