A un sendero de llegar Seguir historia

gildelberg Gilmar Antonio

Un hombre viejo se encuentra varado en una desvencijada estación de trenes. Al tomarse unos minutos para descansar, en la profundidad de la noche, aparece un misterioso hombre que dice ser un guardabosques. Las estrellas vibran y los grillos protestan con fuerza: Es hora de emprender el camino a casa.


Cuento No para niños menores de 13.

#suspenso #Cuento-corto #misterio
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A un sendero de llegar

     Baltazar bajó del tren un lunes, en lugar del domingo, pero a las mismas 23:00 horas habituales. Su destino se prolongaba hasta la penúltima estación, justamente antes de llegar a la falda de los cerros. Su casa se ubicaba en un sector plenamente rural, donde no llegan las facilidades tecnológicas que cubren las necesidades “básicas” de la gente contemporánea. Ni teléfono, ni internet. Sin embargo, para este hombre, autóctono del lugar, le era casi necesario escapar de las grandes urbes, donde pasa cinco días de la semana trabajando, para refugiarse a su casa de toda la vida, sin aquellas parafernalias de la actualidad.

     

El tren arremetió el silencio de la noche con su traqueteo habitual, y abandonó por completo a Baltazar, quien se encontró en medio de la estación acompañado por el cántico de unos cuantos grillos que pululaban por el lugar, y por el nauseabundo olor a descomposición que impregnaba el clima nocturno de la estación. Observó el matadero en cuestión y avanzó unos pasos con prisa para alejarse de unos conejos putrefactos a medio comer.  -Los perros salvajes, seguramente-. Pensó. Sus piernas cansadas lo invitaron a guarecerse unos metros más allá, bien lejos de todo aquello. Se fue rozando con sus dedos la suavidad que ofrecen las hojas tiernas de los arbustos que acompañan por el costado a la antesala de la estación. Se detuvo, escogió un cigarrillo diminuto de su cajetilla y lo encendió entre los dientes. Se acercó sin apuros a una banca de maderas desvencijada que había visto mejores días, agudizó su olfato para cerciorarse que el hedor de los cadáveres no llegase hasta allí, y así fue. Entonces se desplomó en el tablón tras un suspiro para liberar el agobio citadino y respirar el aire fresco de la libertad. Allí se mantuvo minutos u horas tal vez, mirando el anochecer cálido que ofrecía una luna en vísperas de llegar a ser llena. Veía los árboles moverse apaciblemente ante los serenos azotes que ofrecía el viento, que al mismo tiempo funcionaban como una especie de hipnosis que le brindaba bienestar y esa incomodidad placentera que ofrece la nostalgia, al sentir cuán rápido estaba pasando el tiempo. Los grillos seguían protestando con vehemencia y las estrellas parecían vibrar por encima de su cabeza, cuando de pronto, entre los arbustos comenzó a escabullirse un esbozo de ser vivo que dibujaba un sendero a medida que se acercaba. Baltazar, aún sereno, mantuvo la mirada fija, y observaba como aquella silueta oscura que se mimetizaba con la noche cruzaba los matorrales y se acercaba lo suficiente para contemplarlo. Distinguió algo parecido a un gorro de ala ancha en la parte posterior de aquella confusa figura < ¡Un hombre con sombrero!>. Aquello que se aproximaba se detuvo antes de cruzar los rieles y contempló a Baltazar detenidamente, acto seguido, levantó su mano izquierda en señal de saludo.


- Creo que se te está haciendo tarde. –Soltó aquel hombre con voz rasposa, pero clara y amable al mismo tiempo-. ¿Acaso te has perdido?

 

Baltazar, un poco sorprendido por aquel sujeto, a quién nunca había visto, sintió una corazonada que le aconsejaba que había llegado la hora de marcharse.


- Sólo me estaba dando un descanso –tiró una colilla al suelo-. ¿De dónde eres?


- Soy el nuevo guardabosques. –Levantó su cabeza y dejó observar una sonrisa atractiva, pero misteriosa-. Hago mis rondas nocturnas.


< ¿Guardabosques? Eso es imposible, nunca ha habido guardabosques por estas zonas… Tal vez uno de esos policías de narcóticos que busca plantaciones ilícitas… ¿Un cuatrero?... ¿Un ladrón?> Pensaba Baltazar, mientras su mirada se hacía más inquisitiva a medida que lo observaba.


- Soy un hombre que vive aquí desde hace décadas, señor. –Se aclaró la garganta-. No tengo intenciones de entrometerme en sus bosques. Pierda cuidado.


- Nadie ha dicho lo contrario, sólo quería hacerle compañía, –avanzó un par de pasos-. Se le ve muy solitario. -El silencio ganó terreno por unos segundos, donde ambos pudieron medirse, luego adquirió un sabor difícil para Baltazar-. Podemos charlar de las cosas que suelo hacer cuando entro en terreno …


Baltazar escondió un leve temor que le subió de pronto por la espalda, como un espasmo frío que lo hizo sacudirse en un movimiento raudo.


- Yo a usted no lo conozco, preferiría estar solo. –Le interrumpió.


El hombre bajó la cabeza por un segundo para ajustarse el sombrero, donde dejó en descubierto esa sonrisa lobuna que parecía estar estampada en su rostro, luego volvió a adquirir esa posición subrepticia de sus rasgos.


- No todo el mundo tiene la ocasión de conocerme, ¿sabe? –Se detuvo al instante, para quedar quieto con las manos a la espalda, sin mover un sólo músculo-. Hubiese sido interesante para usted charlar conmigo, señor, aunque de todas formas creo que sabe, o sabrá pronto quién soy. A final de cuentas, este es un lugar muy pequeño para que existan personas desconocidas, ¿no cree? Además, yo soy muy sociable y aunque no lo crea, también sé que siempre hay algo que nos termina por delatar. En cualquier caso, nos conoceremos tarde o temprano. –Dio media vuelta y prosiguió caminando por uno de los dos caminos que conducen al mismo lugar. Mientras se alejaba, y se oía el crujir de las hojas resecas tras la cadencia tranquila de sus pasos, dijo a lo lejos sin volver la cabeza, y apenas audible:


– Quizá sea hora de volver a casa, Baltazar, y por este mismo sendero. Dicen que por el otro transcurren perros salvajes.


Y se marchó.


¿Ha dicho mi nombre? ¿O es que acaso me lo he inventado? Se preguntaba a sí mismo el viejo, quien no daba crédito a lo que acababa de ocurrir. Respiró profundo un par de veces, intentado cobrar la calma, luego desnudó la cajetilla de su último cigarrillo para vencer la ansiedad, y esperó hasta que la silueta se perdiera por completo en las sombras de la noche. Le quedaban dos kilómetros de periplo. Se le escapó un suspiro.


La última calada le supo agria. Escupió los dejos de tabaco que se incrustaron en su boca y se levantó con el corazón latiendo presuroso. Avanzó discretamente para detenerse frente a los dos caminos. Tenía un nudo en el estómago. Hizo crujir las articulaciones de sus rodillas al agacharse para recoger un puñado de tierra. Cerró los ojos un instante, al abrirlos dejó como responsable a la brisa que por allí transcurría, y lanzó el contenido de su mano por el aire esperando un respuesta divina. –Los perros o el hombre-. Y la tierra cayó por el lado de lo inexorable.


Entonces se dirigió allí donde había sido destinado, sin atisbos de querer poner en tela de juicio  aquella inapelable decisión. El camino parecía llamarlo, mucho más liso y aparentemente más expedito que el otro, debía ser el indicado, y así se convenció.


Los grillos acallaron y parecía como si las estrellas allá arriba habían dejado de vibrar. Baltazar consiguió concentrarse en avanzar derecho sin darle margen a las suposiciones que se deslizaban dentro de su cabeza < ¡Qué te pasa viejo, son sólo tonterías!>. Pero los ojos son traicioneros, y siempre ven más de lo que uno quiere ver, y lo que captaba el campo visual de Baltazar eran figuras que bien podrían ser árboles, pero no quería corroborarlo, por Dios que no. El sudor tardó poco en llegar, y le perlaba no sólo la frente. <Son sólo paranoias> Pero su corazón no se convencía, y aceleraba cada vez más. Ahora se encontraba trotando, pues los embates de la edad no le permitían ir más allá.


Pasaron los metros, y también los árboles enormes que lo observaban desde los costados. Algunos, sólo unos pocos, traían algo que se extendía por sus extremidades, como si sus ramas gozasen de suficiente hiperlaxitud para, incluso, llegar a ubicarse en forma de parábolas a escasos centímetros del suelo. Pero todavía no era capaz de observarlos, sólo se limitaba a seguir. Quería llegar a su casa, ¿cómo no? Calarse bajo el edredón de su camastro, y dormirse de un tirón soñando en su amada. Apartar la mirada del terror que sentía, y recibir el cobijo de la protección celestial de su mujer, por sólo una noche y sentirse, por fin a salvo. Pero la realidad era otra: Caminaba como poseso a través del camino escogido por la brisa, pensando en cualquier cosa que lo transportara mentalmente de allí. Sintió dejos de alivio, pues no faltaba mucho por llegar. Un golpe de valentía le invadió por dentro y dejó liberar sus pensamientos, abiertamente y a viva voz:


- ¡No te tengo miedo, por supuesto que no! –Se largó a reír-. No te tengo miedo, en lo absoluto.


Su esbozo de sonrisa lacónica dio paso a una más prolongada, que paulatinamente se fue transformando en una carcajada llena de energía. El ataque de risa era el único ruido que rompía de lleno el abrumante mute que lo había acompañado desde el silencio de los grillos. Era una risa grotesca, vomitada con los ojos bien abiertos, y con la mirada fija en el horizonte. – El telón de fondo era el amanecer-. Siguió riendo sin comprenderlo. Se estaba haciendo de día ¿Cuánto tiempo llevaba caminado, acaso? Asimiló su realidad tras el miedo que se caló como un rayó violento que sacudió su corazón. Las carcajadas pararon de golpe. Recondujo la curva de su sonrisa, y el silencio volvió a llevarse los sonidos. Se arrodilló de golpe, sin fuerzas, y giró la cabeza para entender de qué se trataba la curva rara de la rama del árbol que yacía a su costado. Entonces lo comprendió: En el árbol reposaba una cuerda amarrada a una de sus ramas más fornidas, y sostenía del cuello a una mujer. Su mujer. –Su corazón seguía siendo atacado-.  Cerró los ojos por un segundo para liberar cuanta lágrima llevaba acumulada allí dentro, pero cuando los abrió estaba de vuelta en la oscuridad envolvente de la noche, a medio sendero y desplomado en el suelo con el cuello torcido contemplando a quizás que cosa. Se fue muriendo, apartando la mirada de allí, para observar el carácter magnánimo del cielo, y observar el vibrar de todas sus estrellas. Escuchó por última vez a los grillos cantar, y se dijo, aterido, que el camino había sido el incorrecto.


30 de Marzo de 2018 a las 23:53 2 Reporte Insertar 3
Fin

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Luis Ignacio Muñoz Luis Ignacio Muñoz
me encuentro con una excelente narración, buen manejo del lenguaje y un estilo que envuelve. El tuyo es un relato que quise leer hasta el final y que no aburre por la forma como está creada esa figura de la noche, ese caminar del hombre entre la oscuridad y la posible madrugada. Tiene muy buenas motivaciones. Veo que hay oficio de escritor para crear este relato. de verdad muy bella esta narración, con sus detalles pequeños que los hace significativos y su facilidad parar leerse. Un saludo cordial.
30 de Marzo de 2018 a las 21:34

  • Gilmar Antonio Gilmar Antonio
    Gracias por los comentarios, colega. Un abrazo! 1 de Abril de 2018 a las 12:03
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