La Rosa y la Tormenta Seguir historia

u9366302209 Florencia Ybañe

A veces el príncipe azul también es el dragón.


Cuento No para niños menores de 13.

#realista #drama
Cuento corto
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La Rosa y la Tormenta

Él la amaba, la amaba con apasionado ardor, e impetuosa y violenta emoción. Era retorcido y tan tan incorrecto pero, obsesivo como era, nadie podría haber dicho que no era amor.

Y ella lo amaba, lo amaba con la dulce resignación de lo inevitable, como una inminente colisión de trenes que los llevaría directo a la muerte. Ella lo amaba con la triste resolución de una paloma enamorada del halcón cazador.

Ella era una rosa, él era la tormenta; ambos estaban locos, como todos lo están en el amor. Ella corrió a sus brazos y, por un breve y sublime instante, se unieron los dos.

Su abrazo la destrozó.

Julieta suspiró por centésima vez esa mañana, al mirar su reflejo en el espejo. Sus dedos, temblorosos y casi por cuenta propia, se dirigieron a la superficie espejada y delinearon el contorno de ese rostro tan conocido y tan extraño que le devolvía la mirada. Su mano cayó, inerte, a su costado, y desvió sus ojos negros.

¿Qué había pasado con la joven de risa exuberante y mirada luminosa?

Nunca había sido una belleza clásica, y mucha gente a lo largo de su vida se lo había hecho saber:

Su cabello era muy fino y brilloso, dándole la apariencia de haberse saltado la ducha por unos cuantos días.

Sus ojos negros eran algo pequeños para su rostro, y un poco intimidantes en su oscuridad.

Su nariz era demasiado larga.

Sus labios demasiado finos.

Su piel demasiado pálida.

Lo había oído todo. En su infancia había llorado por la crueldad de otros niños; siendo adolescente había maldecido su suerte. Hacia el final de la secundaria, había aprendido a amarse como era.

¿Cuándo había parado?

En algún momento de su adolescencia había decidido que, si no era hermosa, seria excepcional. Había alimentado su mente con todo libro que llegaba a sus manos, había investigado, había aprendido, y estaba llena de nuevas preguntas.

Al terminar la secundaria fue directo a la facultad; iba a ser veterinaria, e iba a ser excepcional.

Ese primer año fue maravilloso, el reto intelectual de las clases, la estimulante conversación con sus compañeros y la primera vez que lo vio a… él.

Daniel era, sin lugar a dudas, su igual intelectual. El mejor en todas las clases que tomaba, y siempre deseoso de un nuevo reto.

Julieta admiró eso desde el primer momento y, en lo que a ella concernía, allí se acababan las similitudes.

Daniel, con su cabellera rubia, su piel bronceada y sus ojos imposiblemente azules, era el sueño de todas sus compañeras. La pelinegra estaba convencida de que pronto alguna afortunada entre sus fans colgaría de su brazo a donde quiera que él fuera.

Sin embargo, al pasar los meses, el rubio no se veía interesado en nadie y sus seguidoras, despechadas, habían comenzado a lanzarle miradas llenas de silencioso reproche. Julieta pensó que era algo admirable, que ÉL estaba tan comprometido con sus estudios como ella, con la mente en el juego.

La primera vez fue un encuentro casual en la biblioteca; ambos buscaban el mismo libro. Él dijo que podían compartirlo, y le invitó un café.

Sonrieron, hablaron y rieron; no hubo ni un solo silencio incómodo esa tarde.

En la segunda ocasión, esos ojos azules recorrieron la biblioteca hasta toparse con los orbes ónix de ella. Julieta se sintió como nunca antes, ÉL había venido en busca de ella, deliberadamente.

Y así comenzó.

El joven siguió encontrando ocasiones para acercarse a la pelinegra, y ella se sentía tan halagada, tan feliz.

Nadie entendía que era lo que “alguien como él” había visto en “alguien como ella”. Julieta tampoco lo entendía, debía ser la mujer más afortunada del campus.

…O eso había creído.

La demacrada mujer rió frente al espejo, recordando el comienzo de su relación.

“La mujer más afortunada del mundo”, había pensado en aquel entonces; ¡Qué estúpida había sido! Una chiquilla estúpida que se había creído tan astuta, cuando no podía ver lo que estaba justo frente a ella.

Ahora sabía muy bien lo que “alguien como él” había visto en “alguien como ella”.

A los seis meses se habían mudado juntos, él había insistido en que “no podía soportar estar lejos de ella” y ella, como la tonta niña obediente que era, había reído encantada y había aceptado sin ningún reparo. ¿Cómo no, si era tan afortunada?

Dos meses después comenzaron las discusiones. Primero pequeñas, aunque no por eso habían sido menos dolorosas. Sus palabras la habían atravesado.

“Cámbiate, no te pueden ver así vestida conmigo”

“Eso no va con tu cuerpo”

“¿Vas a salir así?”

“Yo te adoro tal como eres, pero imagina lo que dirán todos los demás, si te ven así”

Oh, esa última era una de sus favoritas; él era ese tipo de depredador que te clava los colmillos solo para verte sangrar, pero luego es lo “suficientemente amable” como para lamerte las heridas. Alimentó sus miedos e inseguridades con dulzura ponzoñosa, hasta que el pensamiento de abandonar el departamento y enfrentarse al mundo hacia que se le acelerara la respiración.

Era tan imperfecta, tan inadecuada, ¡Y tan poco merecedora de su príncipe, que la amaba a pesar de todos sus múltiples defectos!

Aun hoy, intentando reconstruir esos momentos de su vida, no recordaba del todo como de pronto había quedado reducida a una voluntaria prisionera de esas cuatro paredes; como había abandonado sus sueños y sus amigos… ¿Habían llamado? ¿Alguien había siquiera notado el asiento vacío al frente de la clase?

Ya no importaba, no realmente.

Una vez que lo había perdido todo (todo excepto a ÉL) las palabras ya no fueron suficiente; su amado la adoraba en morado y carmín.

Una gota aquí, otra allá; una nariz rota, un collar de dígitos en su pálido cuello.

Un sacrificio en el altar de su ego.

¿Queda algo por hacer cuando el príncipe es el dragón?

Desde hacía algunos meses que ÉL había comenzado a ser más descuidado, después de todo ¿A dónde podría irse la sombra de la joven que una vez fue? Estaba rota, era solo una muñeca de porcelana destrozada bajo el peso de su bota.

¿O no?

Julieta se obligó a si misma a levantar la mirada y a devolverse una mirada intimidante, intentando encender la chispa que alguna vez había sido fuego negro en sus ojos vacíos.

Se acarició el estómago dulcemente, ahí donde ya podía percibir una leve, levísima, curva. La chispa no había regresado, pero era cuestión de tiempo, estaba segura.

Ahora podía darse el lujo de pensar en el futuro; su fuerza regresaría con el tiempo.

Chequeó por última vez su bolso, donde tenía todo el efectivo que había podido encontrar.

Antes de abandonar su torre, la princesa miró hacia atrás y observó por última vez al dragón.

Él también se veía hermoso en carmín.

Julieta sonrió. 

Florencia E. Ybañe

25 de Marzo de 2018 a las 02:34 0 Reporte Insertar 1
Fin

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