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Andy López Rojas


Si alguna vez te encuentras caminando y te encuentras con una bella y amable mujer que pide acompañarte, ¡no lo hagas!, podría ser el mal en persona.


Horror No para niños menores de 13. © ANDY YERSSON LOPEZ ROJAS

#cuento #short storys #horror
Cuento corto
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Nay-La

Me encuentro solo, como tú lo estás ahora. Estoy sentado en un pequeño sofá en la sala de mi casa, la cual construí con estas manos. Al fondo puedo ver la cocina donde ella y yo nos divertíamos preparando la comida durante estos últimos 20 años. Está ya oscureciendo y mientras culmino esta carta me atrevo a decir que tuve una vida feliz. Solo hay un asunto que debo culminar esta noche y que fue a la vez mi mayor martirio. Toma nota de lo que voy a relatar y quizás te sirva para que si alguna vez la encuentras, no hagas lo mismo que yo hice.

Era el verano de 1987 y recién había culminado mi época escolar. Mi padre tenía una parcela de 2 hectáreas donde cultivaba maíz. Cada vez que podía lo acompañaba a las 4 de la mañana a regar el campo. Esta tarea la culminábamos a las 7 de la mañana justo cuando el sol comenzaba a salir con fuerza. Teníamos que regar temprano para evitar el caluroso sol del hermoso valle donde vivía: Casma.

Mientras me preparaba para ingresar a la universidad, alternaba mis estudios de preparación con las labores agrícolas. Cierto día, mientras mi padre limpiaba los arbustos que rodeaban la parcela, se encontró inadvertidamente con un panal de abejas. Perturbadas por el ruido, lo atacaron sin piedad alguna. Mi padre solo atinó a correr y lanzarse al canal de regadío que había cerca para poder salvarse.

A pesar de las múltiples picaduras recibidas, logró llegar a casa adolorido y en shock. Inmediatamente mi madre lo llevo al hospital de la ciudad que se encontraba a 10 minutos de la casa. Toda la noche pasaron ambos en el nosocomio hasta que le dieron de alta y regresó a casa la mañana siguiente. Mi tristeza se esfumó en un instante cuando vi su rostro y sus brazos. Estaban tan hinchados que parecía Popeye. Tuve que salir de la casa para poder reír a carcajadas sin que me caiga un coscorrón en la cabeza por malcriado.

Era la época más crítica del cultivo del maíz, el cual debía ser regado más a menudo para que los granos crezcan más grandes y podamos tener una buena cosecha. Acompañé a mi padre durante toda esa semana al campo y mientras él me indicaba lo que debía hacer, yo con mi pala dirigía el agua por los surcos de la parcela y las limpiaba de la mala hierba con esmero.

El río que bañaba el valle pasaba por las faldas de un cerro de arena misterioso y mágico llamado Manchán. En algún momento fue un asentamiento humano de una cultura ya extinta: Los Chimú. Aún son visibles las ruinas de antiguas casas de adobe que se mantienen en pie en sus áridas faldas. Cuando era aún pequeño, mi padre solía contarme que de aquel cerro salía una joven hermosa de cabellos dorados que se bañaba en el río. En cuanto algún pobre hombre tenía la mala fortuna de encontrarla, quedaba prendado de su belleza. Ella le ofrecía no solo placeres carnales sino que también lo llevaba dentro del cerro con la promesa de muchos tesoros. De esa forma muchas personas desaparecieron sin dejar rastro alguno.

Había llegado el día de la cosecha. Durante toda la mañana estuvimos en el campo junto a mis padres, primos y algunos jornaleros que nos ayudaron a cargar los sacos de maíz para verterlo dentro de la máquina desgranadora. Al llegar el mediodía ya habíamos acabado la faena. Nos subimos a la camioneta roja que teníamos y dispusimos regresar a casa.

En el camino, recordé haber dejado mi sombrero de pajilla preferido en el campo, por lo que decidí bajar de la camioneta y volver por ella. Para no causar incomodidad a mis padres, les dije que siguieran y que no me esperasen, yo podía regresar tranquilamente caminando. El trabajo duro había terminado y quería respirar un poco del aire fresco de la naturaleza. Esta decisión es la que cambiaría mi vida y que siempre lamentaré haberla tomado.

Para llegar a la parcela, había que caminar por un sendero de tierra compactada y grama verde. A cada lado del camino podías encontrar plantaciones de frutales de otros agricultores del valle. Para protegerse del sol había un pequeño túnel hecho de maleza que servía de refugio en épocas de lluvia o días calurosos y soleados. Llevaba caminando un buen rato cuando divisé el túnel. Estaba acalorado y sudoroso y solo deseaba un poco de sombra.

Era alrededor de la una de la tarde y a esa hora ni un alma había en el campo. Era un lugar solitario, perfecto para meditar, solo el ruido del río y el cantar de las aves y nada más. A medida que me acercaba al túnel vi la figura de una mujer dentro de ella. Tenía 17 años recién cumplidos y era un especialista en cortejar señoritas.

Cuando me acerqué lo suficiente y pude verla más de cerca, me di cuenta de que era excepcionalmente bella, tenía una larga cabellera rubia y unos ojos castaños que parecían dos luceros. Sus caderas dibujaban unas profundas curvas como las montañas de arena en el horizonte. Sus rosados labios y los hoyuelos en sus delicadas mejillas, me hechizaron totalmente.

—Hola —me dijo.

—Hola —le respondí— ¿Qué haces a esta hora por acá?

—Nada especial, solo buscaba compañía. Me siento sola.

Durante unos cinco minutos conversamos amenamente. Al darme cuenta que ya debía seguir mi camino me despedí de ella.

—Bueno, ya debo irme.

—No quiero quedarme sola, ¿te puedo acompañar?

—Claro, no hay problema —le dije.

Conversamos todo el camino a la parcela, recogí mi sombrero y continuamos conversando de vuelta a casa. Ya cerca a mi destino, le dije que me gustaría presentarla a mis padres y ella asintió con una ligera sonrisa. Toqué la puerta y me abrió mi madre:

—Hijo, ¿tanto te demoraste? ¿Acaso me quieres matar del susto? Mira la hora que es.

—Lo siento mamá —y la abracé.

—Mamá, te quiero presentar a Nay-La.

Mi madre me miró con unos ojos de preocupación. Hizo una breve pausa y dijo lo siguiente:

—Un placer conocerte Nay-La.

Pasaron los años y Nay-La llegaba más a menudo a la casa de mis padres. Un día decidí mudarme a un pequeño departamento en la ciudad. Disfrutaba mi independencia y las cosas con Nay-La iban de lo mejor, pero ella era cada vez más posesiva conmigo. No me dejaba solo ningún momento y comenzamos a discutir todo el tiempo. Llegó a un punto en el que ya no quería estar más a su lado y le dije que debíamos terminar la relación por el bien de ambos. Había decidido tomar mi propio camino pero ella no lo aceptó:

— ¡Nunca lo haré! Estoy perdidamente enamorada de ti. Nunca me alejaré de ti.

Una noche organicé una partida de póker con mis amigos del trabajo. Todo iba de lo mejor y Nay-La no había salido del cuarto, así que durante el desarrollo del juego comenzamos a hablar de mujeres. En ese momento un frío paralizador me embargó y un viento gélido inundó el ambiente. Nay-La salió del cuarto llorando y completamente fuera de sí, comenzó a lanzar al piso los platos que tenía en la repisa.

— Nay-La, ¿Qué haces? ¿Acaso has perdido la razón?

Mis amigos salieron despavoridos de mi departamento.

— ¡Discúlpenme! —Les decía mientras se iban raudamente —solo son los celos de mi novia.

— ¿Cuál novia?—me dijeron mientras abandonaban la sala.

Culminado este episodio, el departamento quedó completamente desordenado, las colillas en el suelo, las sillas caídas y los trozos de porcelana regados por el piso. Era un desastre. Esa noche decidí alejarme de ese lugar por lo que llamé a un amigo que me permitió dormir en su casa. Apesadumbrado, le conté sobre mi novia y lo celosa que era. Él me aconsejó viajar a la capital para olvidarla por completo. Nunca se me había pasado esa idea por la cabeza y me di cuenta que era lo mejor.

A las tres de la mañana unos ruidos extraños me despertaron. Unos ligeros gemidos provenían del cuarto donde dormía mi amigo y luego todo se calmó. En ese momento, creí que era mejor no llamar a la puerta para no incomodarlo, quizás tenía un encuentro íntimo con alguna fémina.

A la mañana siguiente decidí despertarlo para agradecerle y despedirme. Esta vez toqué a la puerta pero no respondía. Volví a insistir hasta que empecé a preocuparme, Algo no estaba bien. Cogí la perilla y la giré, no tenía seguro por lo que pude abrir la puerta. Lo que vi ese día aún me causa escalofríos recordarlo. El pobre hombre no tenía los globos oculares y la lengua había sido arrancada. Era un completo baño de sangre.

Completamente horrorizado hui de aquel lugar. Fui inmediatamente a mi departamento y tomé algunas ropas de mi cuarto y las acomodé en un pequeño maletín. Aún desorientado y desconcertado me di cuenta que alguien me observaba, era ella, era Nay-La.

—Nay-La, me voy. Ha pasado algo terrible.

—No…no sé qué hacer…eh eh mi amigo, mi amigo…

—Sí, lo sé amor. Se lo merecía.

— ¿Qué…cómo? ¿Acaso fuiste tú?

Un pavor inimaginable se apoderó de mí. Cada fibra de mi cuerpo me pedía salir a toda costa del cuarto pero sabía que ella no lo iba a permitir.

—Sabes, nunca podrás alejarte de mí. —Me dijo con una voz siniestra—. Adonde tu vayas yo te seguiré, pues tú y yo somos uno y nada ni nadie nos podrá separar.

Sentía que no iba a salir vivo y me estaba resignando a tener el mismo fin de mi amigo, cuando empezaron a tocar la puerta del departamento con mucha insistencia. Aproveché ese momento para correr fuera del cuarto y abrir la puerta. Aliviado me encontré frente a frente con mi mamá y papá quienes me habían estado buscando denodadamente. Les dije que debíamos salir inmediatamente de ahí.

— ¿Qué pasa hijo mío?

—Es ella mamá. Es Nay-La.

—No hijo mío, no es Nay-la. Nay-La nunca ha existido.

—Nooo.... ¡No es posible! —y me eché a llorar.

—Hijo —dijo mi padre —tenemos que ir con tu tío, él es un poderoso chamán y puede ayudarte.

A la medianoche de aquel día, fuimos junto a mi padre y mi tío a las Huaringas (cerros protectores)

—Vamos a iniciar la sesión. Si escuchan voces no hagan caso. El mal es mentiroso, traicionero, no se dejen llevar. No pierdan la fe que los Apus (cerros) también nos protegerán.

Mi tío clavó una espada santa en el suelo arenoso e hizo una ofrenda a los Apus. Extendió una manta de fina tela en el suelo y dejó caer hojas de coca, ollucos, papas y chicha de jora (maíz fermentado). Hizo un pequeño hoyo en el suelo y enterró las ofrendas. Luego de hacer el pago a la tierra todos bebimos un poco de San Pedro (sustancia alucinógena) y nos sumergimos en un estado de trance. Pude ver el día que conocí a Nay-La pero esta vez logré penetrar y observar su verdadero ser. Era un ser demoníaco. Había convivido todo el tiempo con el mal en persona.

Terminado el trance, mi tío me dijo:

—Sobrino, cargas contigo algo muy pesado. Un demonio que bajo la personificación de una mujer te demuestra un amor incondicional pero que en realidad es falso y muy corrupto. El día que la conociste no caíste completamente en su poder porque usaste el collar que te regalé el día que cumpliste catorce años. Ese collar lo bendije para que te protegiera de los males de este mundo.

Era cierto. Me gustaba tanto el collar que me regaló mi tío que nunca me lo quité. No sabía que tenía tanto poder. Mi tío finalmente añadió:

—Ella deseaba llevarte a perderte en la oscuridad y que nunca volvieras con nosotros. No pudo lograrlo y ahora está furiosa. Ha hecho un pacto con el mal supremo y le ha prometido tu alma, no se detendrá ante nada —Luego cogió un anillo y lo bendijo— La única forma que te libres de ella es que te enamores de una buena mujer. Cuando la encuentres, entrégale este anillo bendecido.

La semana siguiente decidí tomar un bus rumbo a la capital. Nunca me quitaba el collar y guardaba celosamente el anillo. Los días pasaban y conseguí un trabajo como jardinero en la Municipalidad de San Isidro. Ahí conocí a una chica buena y muy trabajadora, con el tiempo nos enamoramos y la pedí en matrimonio. Era feliz otra vez y las sombras del pasado quedaban atrás.

El año 2011, mi tío cayó gravemente enfermo de forma repentina por lo que tuve que viajar de urgencia a Casma. Llegué muy tarde, ya había fallecido. Cuando me acerqué a su féretro vi que su rostro no tenía ese aspecto de paz que esperarías ver, por el contrario, tenía la mandíbula completamente desencajada y los ojos hundidos, como si hubiera sufrido antes de fallecer.

Después del entierro, mi padre me dio una carta que me había dejado mi tío. Decía así:

Querido sobrino,

Sé que ahora has encontrado la felicidad al lado de tu esposa. Me siento muy feliz que hayas por fin encontrado a tu otra ala. Tus papás están muy felices también y siempre me lo dicen, solo están esperando los nietos.

Hace tres días estaba tomando mi siesta habitual en mi cuarto, había cerrado las ventanas porque hacía mucho viento. Dormía plácidamente cuando un frío helado se apoderó de todo mi cuerpo, luego el aire se inundó de un olor fétido. Inmediatamente tomé mi espada y la rocié con agua bendita. ¡Muéstrate! le grité y un espantoso chirrido perforó mis oídos. En ese instante me di cuenta que era ella. Había tomado su forma más horrible y su poder y maldad habían aumentado. Pude defenderme como pude, pero se llevó una parte de mi alma. Si yo muero, el collar y el anillo perderán su poder y tú correrás peligro. Te pido que tomes mi espada, ella es sagrada pues es una reliquia que trajeron los curas que llegaron a nuestro país siglos atrás. En él he depositado todo mi poder y amor. Recuerda que nunca estarás solo.

Tu querido tío Javier.

Envolví la espada y viajé de vuelta a casa, a reunirme con mi amor. En el bus la llamaba insistentemente pero no respondía. Los minutos se hacían horas y mi temor crecía a cada segundo. Llegué al terminal y tomé el primer auto que vi, estaba desesperado. Bajé del taxi a toda prisa y corrí a mi hogar, temblando saqué la llave de mi bolsillo y abrí la puerta, la sala estaba vacía por lo que fui al cuarto. Las luces estaban apagadas y las cortinas cerradas pero la vi descansando tranquilamente, me quedé observándola aliviado.

Me senté a sus pies y mientras me quitaba los zapatos noté algo fuera de lo común, sus pies estaban llenos de escamas, como las patas de una gallina. Me paré y encendí la luz del cuarto. No lo podía creer, era Nay-La. Inmediatamente salí del cuarto buscando a mi esposa, gritando su nombre por toda la casa pero ella ya no estaba.

Ahora, sentado en mi sofá y empuñando una espada en mi mano derecha, voy a dar fin a esta maldición. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo…

23 de Marzo de 2018 a las 17:46 4 Reporte Insertar 2
Fin

Conoce al autor

Andy López Rojas Me gusta escribir relatos cortos y cuentos.

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Francisco Martínez Francisco Martínez
A mí me gustó tú historia esperó publiques muchas más me gustaría qué en tu relató describieras cómo era él demonios física mente. Asta pronto.
3 de Abril de 2018 a las 22:20

Capitán  Pensante Capitán Pensante
Ha sido una historia muy buena, te felicito por ello. Y sospeché desde el principio que Nay-La no era real ;). Me hubiera gustado una dosis mayor de terror, describiendo las escenas en las que matan al amigo del protagonista y a su tío, también algún que otro momento de suspense jugando con el miedo que le provoca Nay-La al protagonista. Con todo y con esto, me ha gustado mucho.
26 de Marzo de 2018 a las 06:40

  • A L Andy López Rojas
    Gracias Samuel. Lo tendré en cuenta para posteriores relatos. 26 de Marzo de 2018 a las 10:23
~