LOOSING MY RELIGION Seguir historia

E
Elena Villafuerte


Frank, un adolescente grosero y nada común, sale de un internado de monjas para encontrarse con la sorpresa de que un chico extravagante y extremista vive ahora en su habitación. (PALABRAS ANTISONANTES) (INCLUYE VOCABULARIO SENSIBLE, USO DE SUSTANCIAS Y VIOLENCIA) *Sin ello, la historia no tendría sentido. Y NO PROMUEVO TALES COMPORTAMIENTOS* Cuento corto de mi autoría. :)


LGBT+ No para niños menores de 13. © DERECHOS RESERVADOS

#bizarro #muestratuscolores #religion #locura #delirio #gay
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Hola, soy Frank Kent.

La verdad es que no sé si a alguien le interese saber de mí, digo, no soy famoso ni nada por el estilo. Pero soy un humano muy interesante. O por lo menos soy interesante para mí mismo. Bueno, soy más interesante que esta bola de idiotas que están conmigo en la escuela católica a la que me enviaron por haber sufrido una sobredosis de litio el año pasado. Es una especie de castigo el estar aquí y créanme que tengo las mismas ganas de matarme con drogas justo como cuando entré a esta cosa.

Digamos que soy un imbécil problemático con problemas de ira y con complejo narcisista. Eso soy, y si no te agrada la violencia, entonces puedes irte a la mierda de aquí. Anda, te espero…

El viernes – mañana – es el último día de clases y no tendrán más remedio que enviarme a casa otra vez. Pobres de mis padres que mueren porque no regrese, pero no los culpo, no puedo evitar ser de esta manera. Linda y Liam Kent son… muy… cariñosos, pero no conmigo, solo con mi hermana Lily y a mí me mandan a la mierda “sutilmente para que no me sienta miserable” pero yo vivo siendo miserable, así que… no importa.

Suena la segunda campanilla – aviso – que nos indica que hay que ir a cenar. No me gusta la cena de aquí porque parece mierda de caballo, y huele como tal. He bajado unos cuantos kilos desde que entré porque no como casi nada y vivo de dulces que un chico me da y que se roba de contrabando de una de las monjas.

Salgo de mi habitación al mismo tiempo que otros cien chicos más y las monjas nos guían como si fuéramos animales o bebés. Por Dios, tengo dieciocho años.

Todos aquí lucen como chinos, se ven iguales, con una expresión de seriedad en el rostro. No puedo creer lo que les hacen estas señoras a los jóvenes, ahorita deberíamos estar embriagándonos, no mierdas como estas.

- Bendigamos los sagrados alimentos, mis queridos niños – dice una monja. Su nombre es Jane, es vieja, gorda y canosa. Típico – recuerden que no pueden comer nada hasta que el alimento haya sido bendecido, por ustedes… mis puros niños.

Siempre es lo mismo. Estoy tan enfurecido, ni quien quiera bendecir esta mierda de caballo. Todos son una bola de hipócritas, incluso las malditas monjas. Por Dios, Por Dios, increíble lo doble cara que son todos. Miro mis muñecas y reprimo todo el veneno que está por salir de mi boca.

No quiero que me castiguen. La ultima vez que me rebelé, me ataron las manos como esclavo y me encerraron en un cuarto frío con olor a pipí por dos semanas. Mis manos jamás volverán a tener ese color blanco, quedarán las cicatrices. Por eso digo que son hipócritas, Dios nunca permitiría la tortura.

De igual manera, ellas desde que supieron que nací en Halloween, han pensado que soy obra del demonio o algo por el estilo. Y la traen contra mí.

- Dios… - dice Jane.

- Dios… - repetimos todos con los ojos cerrados y las palmas de las manos juntas.

- Bendice estos alimentos…

- Bendice estos alimentos…

- Que son sagrados…

- Que son sagrados…

- Y que estamos a punto de ingerir.

- Y que estamos a punto de ingerir.

- Amén.

- Amén.

- Adelante, hijitos míos, corderitos de Dios. Coman.

Mierda. Para todo tenemos que bendecir. Incluso para ir a cagar ¿tengo que bendecir mi mierda? ¿el retrete? no me jodan, es ridículo. Y no me malentiendan, soy un hombre de fe, pero esta es una estupidez, en serio.

- Disculpa, Frank – me dice un chico a mi lado. Lo miro, porque no hay otro maldito Frank aquí - ¿Podrías pasarme la sal?

Se ve todo torpe y mocoso, de seguro es retraído.

- ¿Sal? – pregunto y él asiente - ¿estás seguro?

- ¿A qué te refieres con eso?

- Me refiero a que… ¿no sabes de qué está hecha las sal? – actúo con sorpresa. Me mira escéptico sin entender nada de lo que digo.

- ¿Arena de mar?

- Son los huesos molidos de Judas, ¿no sabías? Comerás huesos del mismismo y traicionero de Judas, serás igual de maldito que él y vivirás en la miseria por el resto de tu vida, nada de esto te habrá servido. Te casarás con una viuda y vivirás en el pecado para que en el día de tu muerte te vayas al infierno.

Le sonrío y el chico me mira con un terror que no me aguanto las ganas de escupir de la risa. Jonas, creo que se llama el chico, no estoy seguro. Jonas me mira como si acabara de absorberle el alma. Asustado hasta la médula. Con tranquilidad, tomo la sal y se la doy, le guiño el ojo y como mi mierda de caballo.

De reojo miro como hace la sal a un lado y empieza a comer sin sal en su plato. Pobrecito.

*-*-*

Ya se fueron todos. Estábamos todos afuera del enorme internado, esperando por nuestros padres con entusiasmo de que estuviéramos libre del pecado. Pero por mi no ha venido nadie. No me interesa, pero lo único que me duele es que no tengo con qué pagar mi transporte y tendré que caminar por toda la carretera hacia la casa.

Mierda.

Una mano llena de arrugas y resequedad tocan mi hombro. Es Jane, la monja. Volteo para verla mientras estoy sentado como chino en la acera. Estuviera bien fumar algunos cigarrillos, pero me los confiscaron todos en cuanto entré al hospital para drenar los narcóticos de mí.

- ¿Te llevo? – fue todo lo que dijo.

Sé perfectamente cual es su carro – carcacha más bien – no sé de coches nada, pero se que está horrible y da pena ajena. Pero es digno de una monja, sería extraño ver a una monja con un Ferrari ¿verdad? Sí, totalmente.

Pero sí que es cínica. Ella misma ató mis manos y me encerró como elefante de circo en una nevera. Y ahora quiere llevarme a casa. Pero bueno, seré rebelde mas no idiota. Prefiero esto que caminar como estúpido muriendo de frío. Me levanto con rapidez y doy un salto para ponerme a su altura.

- ¿Por qué no? – le sonrío.

Porque yo también sé ser una hipócrita. Vamos, todo mundo lo sabe. Para conseguir lo que quieres en este mundo de porquería, tienes que ser así. Y yo simplemente lo hago por conveniencia.

Nos dirigimos a su mugroso auto. Me adentro en el copiloto y ella de piloto. Estoy esperando la pregunta “¿Dónde vives?” pero al arrancar, ella no hace la pregunta y me parece algo extraño. Pero luego recuerdo que ellas tienen mis papeles con mi dirección y todo eso.

No sé ni por qué me hago conflicto con eso si ni siquiera me importa.

- ¿No tiene radio? – le pregunto y ella sonríe.

- No me gusta la radio, corderito de Dios.

Me re emputa que me diga corderito de Dios, estoy a un segundo de aventarla del auto y quedármelo. Sí, pero tendría que matarla y soy muy torpe como para matar a alguien y esconder su cadáver, me encontrarían demasiado fácil.

- ¿Entonces qué escucha?

- Busca en la guantera, debe haber algo que te agrade.

Lo hago. Busco en la guantera y veo puros discos de Luis Miguel, Juan Gabriel y uno de Britney Spears. Me quedo quieto mirando los discos, no sé cual es peor y no sé por qué mierda tiene esto en su guantera una monja. No sé qué hacer, me da algo de miedo esta vieja.

- Creí que no le agradaban los gays, madre Jane – le digo insinuando acerca de Juan Gabriel.

- ¿Acaso tú eres gay?

Sonrío.

- No…

La verdad no lo sé. No sé si soy gay o no. No soy nada, y mientras mi pene no sienta “emoción” por alguien, nunca lo sabré.

- Entonces ¿qué te preocupa?

Me quedo callado. ¿Es acaso una especie de castigo más? Pero bueno, termino colocando el cd de Britney Spears porque… bueno, para mí es… mejor. La vieja escucha las canciones con seriedad mientras que yo tamborileo con mi pie y mi mano sobre mi muslo por la ansiedad.

No puedo aguantar a llegar a mi casa, fumarme toda la marihuana que coloqué debajo del piso de mi habitación y encerrarme ahí hasta que mueran mis padres y mi hermana se mude a Seattle, como prometió.

Después de dos horas y media de camino por carretera, se comienza a ver inicio de civilización. La puesta de sol está más que amarilla y los cables de luz de las primeras colonias están hechos mierda. El cd de Britney Spears ya se repitió cuatro veces y creo que me he aprendido algunas canciones.

Estoy más deprimido que nunca.

*-*-*

Hemos llegado a mi vecindario y los chicos que siempre están jodiéndole el culo a todos, nos observan llegar. Yo me les quedo viendo, y la vieja Jane solo se concentra en el camino. Estos tipos necesitan ayuda espiritual, como yo. Hay miles de pandilleros aquí en donde vivo, pero no significa que sea un barrio pobre, al contrario, es uno rico – de clase media, mejor – son pandilleros niñatos que se creen negros, pero son un verdadero intento fallido y dan vergüenza.

Soy mejor que todos esos.

- Ya llegamos, corderito de Dios – me dice. Volteo para mirarla, será la ultima vez que la vea, tanto que la odié por un año y ahora me desharé de ella como bajarle al retrete. Examino su rostro para grabarlo en mi corazón y después apuñalarme con una de las navajas de papá para asesinarla tan siquiera en mi mente.

- Lo sé.

- Ve con Dios – me dice.

Salgo del auto y veo mi casa, tan tranquila. Dirijo mi mirada a la ventana de mi habitación y veo una luz encendida. ¿Qué mierda? Miro hacia allá confundido.

- Ah, y Frank… - la vuelvo a mirar con impaciencia.

- ¿sí?

- ¿Sabrás de alguna gasolinera?

- No.

Entonces cierro la puerta y camino hacia mi casa. Hasta la vista, baby. Ojalá su auto explote.

Acomodo mi bolsa con las pocas pertenencias que tengo y entro a casa. La puerta está tontamente abierta y sin protección alguna. Mis padres están en el comedor, junto con Lily jugando cartas. Apenas ven mi figura flaca y se siente el aura. El mal aura.

Mi madre se toca el pecho, como si se le calentara el corazón de solo verme.

- Frankie… ¿salías hoy? ¿No era dentro de un año más? – me pregunta mientras se acerca hacia mí con un rostro de: “Cielos, qué mala madre soy”

- Me escapé antes, no aguantaba las ganas de verlos.

Mi hermana Lily capta el sarcasmo y solo sonríe diciendo: “Eres el mismo”. Mis padres se miran entre ellos como si algo malo estuviera pasando. Pero ¡oh! No me interesa.

- ¿Cómo te has regresado? – me pregunta papá.

- Dios me guió y me trajo a casa.

Me di la vuelta y subí las escaleras para ir a hacer lo que tanto esperé hacer. Fumar mi marihuana. Veo las fotos en la escalera, son todas de Lily y hay una mía pequeña en una de las esquinas que casi no se ve.

- ¡Oh, Hijo! – mi mamá intenta detenerme, pero no hago caso.

Sigo subiendo la escalera y veo la puerta de mi habitación. Por abajo se puede apreciar que la luz está encendida. Si todos están abajo… ¿entonces quién mierda está en mi puta habitación?

Iba a tocar la puerta. Pero a la mierda, ¿Por qué habría de hacerlo? ¡Es mi habitación! Entonces con mi pie, pateo la puerta – obvio – y esta se abre con brusquedad. Se escucha música de Queen y está inundado en humo… ¡Mi marihuana!

Camino hacia el estéreo y lo apago. Abro la ventana para que se salga el humo. ¿Qué pasa? Poco a poco se disipa y entonces veo una figura recostada plácidamente en mi cama, fumando y de lo más tranquilo del planeta.

Mi cabeza se ladea lentamente mientras mis ojos se achinan para poder ver mejor. Pero no lo hago porque el humo se tarda. No soporto más y me adentro en la nube de humo hasta mi cama. Tomo a ese bulto entre mis manos y lo saco con fuerza para ponerlo de pie, pero resulta que es más alto que yo.

Me está mirando, lo puedo ver, mira por la cortina de humo y me mira a mí mientras sigue inhalando del porro. Me sonríe.

- Hola, ¿Sabías que la ira es un reflejo de personalidad triste e inseguridad?

Lo empujo y este casi cae, pero dije casi, porque no se cayó. Lo miro sin poder creerlo ¿qué es esto? ¿Me voy y le dan mi cuarto a un extraño? ¡A un extraño! El chico regresa hacia MI cama y se vuelve a recostar.

- Oye, ¿Quién eres? – me pregunta.

- ¡Soy el dueño y señor de esta puta habitación! ¡¿Quién mierda eres tú?!

Se levanta y camina hacia mí.

- Soy Daniel fucking Damn.

Los pasos apresurados de mis padres se aproximan hacia mi habitación para crear aun más tensión de la que ya hay. Mi hermana también viene, claro, para burlarse de mí como siempre. El hecho de que sea menor, no le da el derecho.

Pero es que yo no tengo voz, voto ni valor en esta casa.

Suspiro.

- Hijito – dice mi mamá mirando a Daniel, pero se refiere a mí. Lo sé. – creímos que saldrías del internado en un año y pues… rentamos tu habitación para este chico que viene de Jersey.

Me quedo viendo. Parece que no, pero en verdad he aprendido a quedarme callado en el internado, porque era un bocazas y ahora, tengo tanto por decir y no sale nada ¿Por qué me han hecho esto?

- Frank ¿cierto? – me dice el pelinegro con una sonrisa de lo más sincera.

No me putas jodan. Si ya sabía mi nombre ¿entonces para qué me lo preguntaba?

- No lo recuerdo, checaré mi acta de nacimiento y te confirmo ¿sí? Ya vuelvo.

Entonces salgo de mi habitación. Tengo qué salir de acá, no hay aire, no hay marihuana, no hay respeto, ¡No hay Dios! ¡No hay temor Dios! Escucho los gritos de mi mamá, pero no quiero escuchar, ya no los quiero escuchar. ¿A dónde se supone que iré? No tengo amigos, no tengo la preparatoria terminada, no sé dónde mierda están mis papeles, no tengo vida.

Y ahora me han reemplazado por Daniel fucking Damn ¡Já! Es una mosca muerta. Me siento en el comedor y tomo el mazo de cartas con mis manos y las empiezo a barajear con rapidez, pensando en lo que haré ahora. Pensando en cómo quemar la casa con todos ellos adentro.

Sus voces se escuchan en el piso de arriba, quien sabe de qué hablen y no me interesa saberlo tampoco. Solo me quedo viendo las cartas y las rompo con tranquilidad para pasar el rato.

*-*-*-*-*-*

Ya es de noche y sigo rompiendo las cartas. Ya nadie bajó nunca a darme una explicación. No les interesa darme explicaciones, con que ellos se sientan bien con ellos mismos basta. Y a mí siempre me dejan con el peso de todo.

Apoyo mi cabeza sobre mi mano y el codo sobre la mesa. Ahora estoy aburrido, y sin habitación ¿Pasé de una cárcel a otra? Por lo menos aquí hay drogas y libertad, pero no lo parece, es todo.

El reloj me tiene hasta las bolas de harto.

- En realidad, ya sabía muy bien quien eras tú – escucho una voz a mis espaldas. Pero no me molesto en voltear ¿para qué? Me voy a asquear como la primera vez que lo vi - ¿Qué tal las monjas? ¿Agradables?

Me causa gracia. Pero no hago más que mirarlo de reojo. Ahora tiene unos lentes de nerd y me sorprende en verdad el tipo de anomalía que han metido a mi casa. Se sienta en la silla frente a mí para obligarme a verlo. Masca goma de mascar y lo hace como una vaca pastando, ¿Acaso no le enseñaron a masticar bien?

- He escuchado que no lo son - sonríe y escanea toda mi persona de arriba abajo - ¿no hablarás con tu nuevo hermano?

¿qué?

- Debido a tu expresión, déjame desmentirme – se señala – no somos parientes, no tenemos ADN relacionado para nada, despreocúpate, pequeño individuo.

- Pequeño tu pene.

- ¡Vaya, hablas! Aleluya, hemos descubierto un simio que habla.

- Escucha, vengo de un maldito internado de viejas que no han tenido sexo por siglos y que posiblemente tengan telarañas ahí abajo, para darme cuenta de que mis padres le rentaron el cuarto a un idiota que se fumó mi marihuana y que cree tener un alto coeficiente intelectual para joderme las pelotas diciéndome simio. ¿Tú crees que quiero hablar contigo o con alguien más de este maldito y pútrido mundo?

- Solo quiero ser tu colega – me mira directamente a los ojos.

- Yo no tengo amigos – me levanto de la mesa y me encamino a la puerta de entrada – y ya nadie dice colega. No mames.

Cierro.

Hay montones de cosas por hacer aquí en Nueva York, puedes hacer lo que se te de la maldita gana. Pero a mí me gusta drogarme, pelearme, beber, tener sexo, aunque este último casi no lo practico… con pasión, porque… nadie me hace sentir deseo. Algo no tan bien visto por nadie, por eso los internados y la cosa. Y ahora que no tengo casa, supongo que tendré que arreglármelas yo solo.

- ¡Joder! - murmuro.

Puedes hacer lo que tu quieras en Nueva York, menos prestar un encendedor. Así que mejor iré por uno, en el baño de abajo siempre hay. Tomaré el más caro. Mi padre colecciona encendedores, pero no los usa ¿qué mierda significa eso?

Entro con delicadeza, como si a alguien le importara si entro o no. Sonrío por mi propio y ácido comentario. Mis papis no me quieren. Veo la puerta del baño como objetivo y entro para cerrar la puerta detrás de mí. Enciendo la luz y entonces veo a Daniel Fucking Damn (pero solo le diré Daniel, su apodo es extremadamente cansado de repetir) sentado en el excusado con la tapa puesta y los jeans puestos.

Mis ojos van directos a los suyos y los suyos a los míos.

- ¿Qué…?

Veo toda la acción. Sangre sale de sus muñecas mientras que con su otra mano sostiene la navaja. No parece dolerle, pero le duele. Su vista se quita de mí y vuelve a rajarse otra parte del brazo con una mueca de aburrimiento e incluso un toque de satisfacción.

- T… t… - me mira por mi tartamudeo.

- ¿Sabes lo que contiene la sangre? – pregunta y yo niego – agua, sales y proteínas; eso en el plasma.

Corta.

Me mira. No- lo- puedo- creer. Pecador.

- Eres un cobarde, maldito idiota – bufo - ¿Qué acaso tu…?

- ¿Cobarde, yo? – frunce el entrecejo, interrumpiéndome - ¿Y por qué eso?

- Te quieres desangrar – niega con una sonrisa burlona – irás al purgatorio.

- Estoy estudiando las propiedades de la sangre, Frank – contesta y se limpia la sangre frotando su brazo en su ropa – somos mucha plasma.

Sonrío.

- Eres un maldito enfermo – me río a carcajadas.

- No es verdad, estoy completamente bien de mis facultades. Me hice un chequeo antes de venirme para Nueva York.

- Claro…

Tomo el encendedor y lo guardo en mi bolsillo. Me miro en el espejo y sonrío. El chico pelinegro me está viendo de arriba abajo nuevamente, no voy a mentir, me ha tomado desprevenido. Pero entonces, ¿Es un cerebrito o un maldito? Como el mismo se denomina. Fucking.

- Tu altura es de 1.64 metros, ¿A qué se debe? – me pregunta después de escanearme mucho mejor.

Lo encaro y veo su brazo, gotas pequeñas se asoman por las cortadas que se hizo.

- Mi papá me golpeó en la cabeza con un martillo cuando era pequeño. Desde entonces crezco chueco y lento. Pronto estaré de tu altura, no te preocupes.

- Sarcasmo – saborea - ¿Tan inseguro eres de ti mismo, pequeño individuo?

- Tanto que duele.

Quise decirle: pequeño tu pene. Otra vez. Pero pienso que sería algo forzado, así que solo lo dejé pasar.

Daniel sonríe y sale del baño, dejándome solo ¿Qué fue eso? Salgo después de él, pero ya no está ni cerca. Escucho la puerta de mi habitación cerrarse, pero qué hijo de puta, ni siquiera me pide disculpas por haberse quedado con mi habitación y con mi marihuana y se pasea por mi casa como si fuera suya, cortándose como un loco y…

Okey.

Miro a mi alrededor y la planta baja está desierta. Salgo de mi casa con el encendedor en el bolsillo. Siento el aire fresco de las noches, y camino. Camino hacia los “gánsteres” que se encuentran más adelante, ellos saben que estuve en un internado de monjas y, apenas me ven, se ríen.

- ¿Nunca han visto a un chico con un bulto enorme en sus pantalones? – pregunto.

- ¿Por qué no nos rezas el Ave maría, en vez de presumir tus desgracias? – pregunta uno de ellos, pero es que no es que yo quiera hablar con ellos, no. Es que tengo que pasar por aquí si quiero ir a donde deseo estar.

- Dios te salve María – inicio y ellos dejan de reír, ahora me miran de una manera amenazante – llena eres de gracia, el señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Entonces recibo un puñetazo de uno de ellos. No me sé sus nombres porque no son mis amigos, ni siquiera mis enemigos, son solo chicos imbéciles a los cuales no presto mucha atención. Siento que me empieza a sentir sangre de la nariz.

- Santa… maría, madre de Dios… - otro golpe y caigo al suelo – ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte… Amén.

Escupo el sabor a metal que se acumuló dentro de mi boca y sale saliva roja de ésta. Me levanto, y la bola de muchachos que miré cuando recién iba llegando al vecindario con la monja Jane, están acorralándome.

- ¿No que muy hombre, chico de pene grande?

- Soy más hombre que ustedes cinco juntos.

- Buena paliza que te llevaste – ríe uno rubio - ¿no es así chicos? – siento la necesidad de rodar mis ojos.

- Estaba rezando, pecadores.

Entonces salto hacia uno de ellos y empiezo a darle todos los golpes posibles; como si se tratara de un juego de box en el wii – el wii sports, el viejo juego de wii – en donde tenías que dar todos los golpes que pudieras. Hasta que fui lanzado el concreto nuevamente, y ellos se me echaron encima a mí.

*-*-*-*

Pero como siempre, yo fui el vencedor. No he perdido el toque. Después de las doce de la noche, todo se empieza a poner raro en los callejones. Hay gente teniendo sexo sin protección, no se dejan de escuchar gemidos bruscos por doquier, chicos y chicas drogándose con agujas llenas de sida y vándalos navajeando a todos por doquier.

Es una maravilla. Imagino a la monja Jane caminando por estos lugares, seguro que se caga encima. Lanzo una risa mientras camino inmune ante esta bola de imbéciles. A mí nadie me hace nada, porque yo sí soy el diablo ¿verdad?

Aunque soy uno muy tranquilo.

- Kent.

- ¿Quién mierdas eres? – me detengo ante un afro enorme color café ¿qué no son todos de color negro?

- El que te vende la marihuana – contesta sin inmutarse por el insulto – Siempre que se te acaba la marihuana caminas por aquí, ¿quieres más?

- ¿Siempre? – él asiente – entonces sí quiero más.

- ¿Y dónde habías estado?

- Conociendo a Dios – se ríe.

Este tipo, juro jamás haberlo visto en mi vida. Pero si me quiere dar marihuana, entonces es bienvenido. Saca una bolsa de su abrigo y me la tiende, cierra nuevamente su abrigo y se me queda viendo, como si esperara algo de mí. Lo empujo y veo como su semblante cambia a uno muy feo.

- ¡Págame! – me grita.

- ¡Si tú me la has ofrecido! ¿No es gratis?

- Idiota, claro que no. Ahora ya déjate de hacer bromas y págame la hierba.

- No.

- ¡Frank!

Bueno, resulta que le pagué la hierba con un billete de cinco dólares que me encontré tirado en el suelo. De esos que son falsos porque había un casino cerca, y la gente suele tirarlos por accidente, ya que salen ebrios de ahí.

Pero para cuando el chico del afro se da cuenta de que es un billete falso, yo ya estoy yendo a mi siguiente parada. Mi casa. Resulta que ahí, tengo una receta que dice que un doctor me ha recetado prozac. Y así fue, hace muchos años, pero guardo la receta para adquirir la droga sin pagar a un loquero que me la recete.

*-*-*

Mi música suena alta, incluso siendo tan tarde. A mis padres les importa una mierda que éste desconocido escuche música a todo volumen como si fuera su maldita casa. Toco la puerta de mi habitación ¡Qué locura! ¡Es mí maldita habitación, insisto! Sigo tocando, pero el rock ¡MI música rock! Está tan fuerte, que el idiota pelinegro no me abre la puerta.

Me hago hacia atrás y levanto mi pie para luego impulsarme y abrir la puerta con una patada karateka.

Wow…

Me quedo de pie frente a la escena. Daniel fucking Damn masturbándose en mi cama. Siento mi piel erizarse de prisa. Ni siquiera se ha percatado de que entré y su rostro se ha quedado tan grabado en mi mente.

Está gimiendo, pero debido a la música, no se escucha. Sus labios forman una “o” perfecta, sus ojos están cerrados y sus cejas se encuentran como si estuviera sufriendo de dolor. Pero realmente es placer.

Abre los ojos. Y no hay indicio de sorpresa en su rostro, me mira como si no le importara que su pene esté fuera y un hombre desconocido está observándolo masturbándose. ¿¡Qué le pasa a este hombre!?

Deja de mirarme y enciende un cigarrillo. Veo su brazo y sigue rojo e incluso algo infectado por la sangre de los cortes. Sonrío. Exhala el humo y lo miro como si se tratase de algodón de azúcar. Relamo mis labios y aclaro mi garganta.

- Hola – dice - ¿Y esos hematomas?

Recuerdo la pelea con los chicos “gánsteres” y una carcajada sale de mis labios. Cierro la puerta del cuarto y camino hacia mis cajones buscando la receta, la cual, para colmo, no puedo encontrar. Daniel se levanta de la cama acomodándose los calzoncillos y yo observo sus piernas, nunca lo había escaneado antes, pero lo hago ahora que me parece más interesante.

- Toma, pequeño individuo.

Codea mi brazo ¡Es mi receta! Veo mi cajón y ya no hay ropa mía sino de él. Tomo la receta casi arrebatándosela, pero no la deja ir y estuvo a punto de rasgarse el papel. Ya está viejo. Daniel arruga la nariz y no deja ir el desgraciado papel.

- Dámela.

- ¿Me darás algo a cambio? – pregunta sonriendo.

- Un golpe, si quieres – le guiño el ojo.

- Fascinante, ¿Me traes vendas?

- No soy tu maldita sirvienta como para traerte cosas.

Daniel deja caer el papel en mis manos y vuelve a recostarse en mi cama. Relame sus labios y me mira sonriente. Trae sus estúpidos lentes de erudito y luce soberbio. Maldito idiota. El estéreo deja de producir música y la habitación queda en silencio.

No quiero robar, pero es que no tengo dinero, ¿Y si fío?

- Ah… - un gemido a mis espaldas.

Levanto la vista, no quiero voltear. Entonces escucho otro gemido. Doy un paso para girarme y lo miro, él está viéndome a mí y está gimiendo. Frunzo el entrecejo y el muerde su labio.

- ¿Acaso eres… gay? – le pregunto y Daniel sonríe.

- ¿Es eso una etiqueta de la iglesia?

- No, pero…

- Ah… - gime – entonces no, no lo soy.

Pero siento calor. ¿Por qué? Daniel sigue masturbándose frente a mí y yo simplemente no puedo moverme de donde estoy por más que quiera caminar fuera de ahí. Esa no es más mi habitación, es el cuarto de este estúpido.

- ¿Puedes… parar de jalártela hasta que yo me vaya? – estoy desesperado.

- ¿A qué le temes, pequeño individuo? ¿A pecar? – se ríe – eres la persona más pecadora que he conocido, y eso que solo van cinco horas de haberlo hecho.

- Si, claro…

*-*-*-*-*-*

Cierro mis ojos. Me duele todo el cuerpo. La asquerosa farmacia está muy cerca de casa, pero es una pereza caminar, en serio. Daniel fucking Damn va junto conmigo y hace frío. Mucho frío, yo tengo mi suéter, pero ¿él? Solo está con calzoncillos, le vale mierda.

Exhalo humo de mi cigarro de marihuana. Veo que el chico se está congelando, pero sigue en pie. Es tan extraño, tan extraño. Se percata de que lo miro y se detiene, sus lentes están viéndome igual.

- ¿Qué? – le digo.

- ¿Quieres ser arquitecto? – pregunta.

Sudo frío. Sí, cuando tenía quince años pensaba ser arquitecto e incluso hice algunos “intentos” de la casa de mis sueños, pero era una tontería, yo solo dibujaba casas a lo idiota. Esa idea se esfumó de pronto, no recuerdo por qué, pero de pronto me sentí tan confundido en cuanto a lo que quería hacer con mi vida, y ahora estoy estancado en ello.

Tanto que quiero morir.

Pero qué acosador es.

Entro a la farmacia y el chico me sigue. El viejo se nos queda viendo como si fuéramos a robar su asquerosa farmacia. Pongo la receta sobre el estante, y me parece curioso que nunca checan la fecha porque siempre me venden prozac en todos lados y la receta es más vieja que los dinosaurios.

- Prozac… - dice el hombre al leerlo del papel.

Entonces siento la presencia de Damn a mi lado, por algún motivo se había quedado un poco atrás. Miro su cortado brazo y de reojo miro su rostro, es muy fino ¿eh?

Suspiro.

- Y unas vendas – le digo. La risita de Daniel inunda el silencio introduciéndose en mis oídos.

*-*-*-*-*

Él y yo nos sentamos en la acera en una de tantas que hay en el vecindario. El chico niega tener frío, pero sé que lo tiene. Ninguno dice palabra alguna, solo nos sentamos mientras que él se venda el brazo. Hace pequeños gemidos de dolor, pero son casi mudos.

Aunque yo si los puedo escuchar.

- Idiota… - suspiro y me tomo una pastilla de prozac.

- ¿Quién?

Lo miro. ¿Es enserio? Le decía a él, pero es muy estúpido.

- Él – apunto hacia el lado al que él le da la espalda y voltea. Pero como no hay nadie, le doy un golpe en la parte trasera de su cabeza.

- ¡Au! – ahora me mira molesto. No había visto su rostro tan molesto como ahora, creí que este chico no se enojaba con nadie o con nada. Vamos, fue un simple golpe, le he dicho cosas peores - ¿¡Por qué lo has hecho!?

- Porque pude y quise – contesto.

Entonces su rostro se suaviza y termina mostrándome una cálida sonrisa, pero sin enseñar sus dientes. Sus ojos brillan y me parecen muy extraños, como si no fueran de este planeta. No me incomoda estar así, digo, es mejor esto que estar en casa y es mejor mirar a alguien que mirar a la nada.

- ¿Qué ha ocurrido contigo, Frank? – me pregunta. No entiendo a qué se refiere, porque la mayoría de las cosas que este chico dice no son entendibles. Está loco - ¿Qué te ha hecho un desastre?

- Já, lo dice el chico que se corta las venas solo para ver si tiene sangre azul – me burlo. ¿El cree que soy un desastre? ¡Que se mire a él mismo! – lo dice quien está en calzoncillos a mitad de la noche, en la calle.

- Lo hago porque quiero hacerlo, no porque alguien espera que lo haga – me guiña el ojo.

- … nadie espera que lo hagas.

- Exactamente… - sonríe, pero sigo pensando que son pamplinas – tu enanismo impide que seas inteligente. Por eso no lo puedes entender, Frank.

Miro su vendaje sin que se de cuenta. La sangre ha traspasado un poco y ahora el vendaje luce rojizo. Tomo tres pastillas con rapidez y me acuesto, veo el cielo que está despejado y la luna; tan enorme. Hoy salí de un internado y pareciera que prefiero volver, ahí al menos había calefacción y las monjas te hacían caso, aquí no existo ni para mí mismo.

Daniel fucking Damn se acuesta a mi lado y mira en mi misma dirección. Le sonríe al cielo como si estuviera en paz, como si hace unas horas no intentó cortarse las venas. Veo unas rayas rojas en lo poco que se puede ver de su espalda, ya que la tiene pegada al suelo, y me atrevo a preguntar.

- ¿Qué tienes allí? – señalo su espalda.

- Oh – tose – es un tatuaje – se sienta para que lo pueda observar mejor y me siento al igual que él.

Lo toco. Asimila la figura de una llama ardiendo y es color naranja con rojo, reamente llamativa. No parece un chico de tatuajes y tal parece que es el único que tiene. Pero… ¿Qué mierdas significa?

- Significa pasión – me mira – lujuria, deseo, ira… valor y que algún día seré consumido por todo aquello que me dirigirá directo a la tumba.

Sus ojos penetran en los míos y me atraviesan. Siento náuseas – y dolor. Porque realmente los gánsteres me dieron una paliza horrible – pero no digo nada. El chico vuelve a acostarse y carraspea su garganta.

- Oye – dice. ¿Ahora qué quiere?

- ¿qué?

- Golpéame.

- Bien.

Entonces clavo mi codo en su vientre y un gemido de dolor junto con un resoplido salieron de su boca. Se empieza a reír tanto y tan contagioso que yo también me río. De pronto se detiene y me mira.

- Oye – dice - ¿Te quieres morir hoy?

- No lo sé, ¿tú?

- Yo siempre estoy dispuesto a morir – contesta.

- Entonces yo también, Daniel.

- ¿Y no es pecado querer aquello? ¿Mandará mi pobre e ingenuo espíritu al limbo? – se está burlando, pero la verdad es que sí, se irá al “no descanso” Asiento. – soy un pecado, ¿no?

Asiento. Pero yo también soy un pecador, ¿y eso qué? Pero la verdad es que él se pasa, en serio.

- La única verdad aquí es que solo sobrevive el más fuerte – Daniel levanta su mano y con suavidad, acaricia la mía. Siento un pinchazo en el estómago, esto me gusta. Sus dedos se frotan con mi mano y no hago nada para impedirlo. No entiendo una soberana mierda sobre lo que habla.

- Yo… - él se encoge de hombros - ¿tú?

- ¿Qué tan fuerte eres, Frankie?

Me rio por el apodo. Nadie nunca me ha dicho Frankie jamás. Deja de sobar mi mano y rasca su vendaje, como si le calara. Me levanto de la acera, tengo sueño, cansancio y mucha marihuana que fumar, así que me apetece volver a casa.

*-*-*-*

Tengo tanta hambre, y eso que ya he comido demasiado. Pero es que la comida del internado realmente apestaba y ahora que veo comida buena, quiero acabarme todo de una buena vez. No he sabido nada de mis padres desde que llegué y dudo mucho que mañana los vea también; tienen trabajo y mi hermana escuela.

Supongo que el pelinegro también tiene escuela mañana. Y hablando de él, desde que llegamos se fue a esconder en mi – su – habitación como si se tratara de un ratón asustadizo. Pero cuando dejo de pensar en él, ya estoy engullendo un litro de helado de chocolate que estaba en la nevera.

- Eso es gula – me digo a mí mismo – pecador.

Pero nada me puede importar menos que eso. Ahora estoy viendo a la sala, examinando cada sillón, ¿Cuál será el más cómodo para dormir? ¿Será el que está a un lado de la ventana? O…

Escucho pasos en la escalera y me pongo alerta. Es Lily quien aparece después de unas cuantas pisadas más. Camina hacia mí y me mira con furia, tal parece que me he metido su helado por mi boca completito.

- Eres un maldito desgraciado – me dice y arrebata el bote vacío de nieve – ojalá te hubieras podrido en el internado, mierda.

- Lily… tus palabras “hirientes” te las puedes meter por el culo, bien te cabe todo ahí ya.

Quiere golpearme, pero la esquivo a buen momento. No le voy a golpear a ella, no puedo porque es mi hermana y moralmente está mal y porque ustedes, amigos míos, me verían como un cretino. Pero eso no significa que no esté deseando que se pulverice frente a mí. Hubiera preferido que el idiota roba habitaciones bajara en vez de Lily Kent.

- De todas maneras, ya me comí tu nieve, ya cállate.

*-*-*-*_*_*_*_*_*

Subo a mi habitación por unas cobijas porque hace un frío de la mierda que temo que mis bolas se congelen. Toco, pero nadie responde ¡como siempre! Me hago hacia atrás y abalanzo mi pie con fuerza para abrir la puerta.

Daniel se está cortando nuevamente, pero ahora el rostro. Voltea a verme y se raja su mejilla derecha con lentitud mientras la sangre brota como una manada de toros corriendo.

- Hola, ¿Sabías que el cráneo tiene 29 huesos distintos?

¿Qué?

Cierro la puerta de la habitación y me acerco a él y le quito la navaja de las manos, y sin querer, le corté un poco más. Ahora me mira furioso.

- ¿Qué estás haciendo?

- No, ¿qué mierda estás haciendo tú? ¡¿Se te zafó un tornillo?!

- Los humanos no tenemos tornillos, Frank.

- No me vengas con esas cosas, sabes a lo que me refiero – refuto – llegas, te cortas los brazos por una tontería, sales en calzones a la calle, te masturbas sin escrúpulos frente a mí, tienes lentes… y, y, luego te cortas las mejillas ¿¡Qué carajos eres tú!?

- Tu pregunta no está correctamente formulada ¿Puedes salir de mi habitación, por favor?

Me levanto de la cama. MI CAMA. Niego con la cabeza, cierro los ojos y me guardo la cuchilla en mis pantalones. Sé que probablemente tenga más por ahí, porque es un lunático, no, lo que se sigue. Pero no me muevo, quiero golpearlo hasta dejarlo inconsciente, quiero asesinarlo con mis manos, quiero ahorcarlo hasta que se ponga morado y…

Abro mis ojos y él está ahí, a unos cuantos centímetros. Observándome divertido. Con su sangre llegándole el cuello por los cortes, es un pecador ¿cómo se atreve a mutilar su cuerpo?

- ¿Quieres matarme? – me pregunta y se acerca aun más a mí – o quieres… besarme.

- ¡Claro que no!

- ¿A qué le temes, pequeño individuo? ¿A perder tu religión?

Trago fuerte. El chico posa sus poco ensangrentadas manos sobre mis mejillas. Diablos, siento tanto calor. Cierro mis ojos y ese es mi error, porque después de eso, siento mis labios mojados y una presión suave; los suyos sobre los míos. Masajea mis mejillas y después mi nuca. No sé que hacer, pero gimo, y ese es mi otro error.

Tira mi cuerpo sobre mi cama y no deja de besarme.

- Gracias – me susurra mientras cada vez más pierdo el control sobre mí y el placer toma su lugar– Gracias.

- ¿De qué…? – jadeo.

- Por sobrevivir…, eres el más fuerte…

La noche será muy larga.

**_*_*_*_*_

El despertador.

¡Maldita porquería! Abro mis ojos como puedo y siento una brisa fresca entrar por la ventana. Daniel tiene clases y yo aquí… ¡¿Aquí en mi habitación!?

¿Y Daniel?

Miro ambos lados y solo estoy yo. Hay sangre en mis sábanas y el maldito despertador martillándome la cabeza. Estoy desnudo, pero aun así me levanto, lo tomo con mis manos y lo aviento a la pared para que deje de sonar. Y sí lo hace.

Me pongo mis calzoncillos y camino a la puerta, estiro mi brazo para girar la manija y veo que mi brazo está vendado. Frunzo el entrecejo y lo toco, pero me duele tanto. ¿Qué esto no era de Daniel?

Salgo de la habitación y camino al baño. Lo primero que hago es mirarme al espejo.

- No me jodas – murmuro asombrado al ver cortes muy irritados en mis mejillas. Abro los labios sacando suspiro tras suspiro – no, no…

Entonces me volteo y le doy la espalda al espejo y volteo. Ahí estaba, el tatuaje. En mi espalda.

- Pasión, lujuria, deseo, ira… valor y que algún día seré consumido por todo aquello que me dirigirá directo a la tumba.

Salgo del baño alarmado. Tengo lágrimas en los ojos y no puedo comprender qué mierda sucede. Bajo las escaleras porque me da la impresión de que nadie está en casa. ¿Pero por qué tengo yo las heridas de Daniel? ¿¡Y él donde está!?

Entonces lo veo. Está sentado en la sala, viendo el televisor apagado. Me acerco a él con intención de gritarle y pedirle una explicación, agarrarlo por sorpresa. Pero él ya sabe de mi presencia y ni se inmuta. Se ve tan triste, tan miserable como yo.

Él también tiene su vendaje y me sonríe con compasión.

- Ya son las seis de la mañana, Frank – dice.

- ¿Qué pasa?

- Lo mismo de todos los días – asiente – oye… - lo miro sin saber qué hacer con mi vida – te amo. 

22 de Marzo de 2018 a las 05:58 0 Reporte Insertar 0
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