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Mariana y El Conejo Blanco

Era una mañana primaveral y la pequeña Mariana caminaba feliz por el bosque. Los verdes sauces jugaban con el viento y las aves endulzaban sus oídos con sus alegres trinos. Iba tarareando una canción que le había enseñado su mamá y ocasionalmente se detenía a mirar las flores que crecían. No le gustaba arrancarlas, prefería acariciarlas.

Ya estaba cerca a su casa cuando de repente escuchó un ligero gruñido:

―Oink oink…

Inicialmente no le hizo caso hasta que lo escuchó por segunda vez:

―Oink oink…

Su curiosidad hizo que olvidara los consejos sobre nunca apartarse del camino y siguiendo el peculiar sonido, se adentró al campo de frutales buscando el origen de este ruido.

Cada vez se alejaba más del camino y ya llevando un buen rato caminando, se topó con un antiguo y olvidado pozo donde crecía un sombrío sauce.

Asustada ante el tenebroso paisaje, decidió dar la vuelta y regresar, pero escucho otra vez el gruñido acompañado esta vez de un crujido. Volteó la mirada y detrás del pozo apareció un pequeño cerdo dorado.

Nunca antes había visto un cerdito de un color tan reluciente. Los había vistos rosados, completamente negros e incluso marrones, pero nunca un cerdo de un color tan brillante.

Asombrada ante lo que veía, su sorpresa fue aún mayor cuando el cerdito le habló:

―Niña, ¿qué haces por esta parte del campo?

Mariana temblorosa le respondió:

―Escuché un ruido extraño y decidí seguirlo y he terminado aquí.

― ¿Estás sola? ―le preguntó el cerdito.

―Mis padres dicen que nunca estaré sola, que siempre tendré un ángel guardián a mi lado.

―Mira ―le dijo el cerdito― se me han caído unos ricos dulces aquí en el pozo y no sé cómo recuperarlas, soy muy pequeño y no puedo alcanzarlas. Si me ayudas los compartiré contigo, ¿qué dices?

―No lo sé ―dijo Mariana.

Y el cerdito le volvió a insistir, pero esta vez con una voz tenebrosa y grave:

―Si me ayudas no solo compartiré mis dulces sino que te enseñaré el camino de vuelta a tu casa. No es bueno que una pequeña como tú, esté sola en este lugar.

Llorando por el miedo, Mariana se acercó lentamente al oscuro pozo. Tenía un olor fétido y estaba lleno de moho y fango.

―Acércate más y mete la mano en el pozo ―le dijo el cerdito.

Aterrada y con los ojos llorosos se dispuso a meter la mano dentro del pozo cuando repentinamente apareció un enorme conejo blanco entre la espesa maleza.

― ¡No lo hagas Marianita! ―le dijo el conejo mientras se acercaba rápidamente hacia ella.

― ¡Súbete a mi lomo y agárrate fuerte y no mires atrás! ¡Debes confiar en mí, no hay tiempo!

Viendo los ojos del conejo notó algo familiar. Rápidamente subió en su suave espalda y ambos emprendieron la veloz retirada. En el camino, Mariana sintió un gélido escalofrío que recorría su delicado cuello y una voz que le susurraba: “no me dejes, ven conmigo, ya no huyas que a mi lado tendrás todo lo que quieras… ven, ven conmigo.”

― ¡Solo escúchame a mí! ―le decía el conejo― ya falta poco.

Súbitamente una potente luz iluminó todo alrededor. El aire se hizo más ligero y Mariana entró en un profundo sueño.

El cielo azulado y sus nubes dibujaban un hermoso día cuando Mariana despertó en medio de la maleza muy cerca del camino a casa. Unos agricultores que pasaban por ahí corrieron a socorrerla.

― ¿Te encuentras bien, niña? ―le preguntaron preocupados.

―Sí, estoy bien. Estuve perdida en el bosque, pero encontré el camino de vuelta gracias a la ayuda de mi abuelito.


FIN.


Por favor, siéntete libre de comentar mis publicaciones, ayudándome a mejorar en todos los aspectos posibles. 

Un saludo,

Andy L.

13 de Marzo de 2018 a las 23:42 0 Reporte Insertar 1
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