El Entierro Seguir historia

yoeltrovador Francisco el Hombre

Un hombre al final de sus dias recuenta sus andanzas mientras los demas se preparan para enterrarlo y ponerle fin a la escoria del pueblo.


Cuento Sólo para mayores de 21 (adultos).

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Cuento corto
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Primero y ultimo

Se sentó a mirarse al espejo sin reconocer el reflejo de aquel viejo decrépito con su potra inerte y escroto más arrugado que un acordeón. Aquella triste imagen le recordó que en algún tiempo fue una fiera insaciable—tuvimos más cuentos que una casa de putas—dijo, riéndose de una forma casi demente, mandándose la mano a su pieza sin vida y apretándose los testículos hasta caer en un trance profundo. Su legado fue dar escusas a su comportamiento adultero—que si lo hizo mi padre es un problema de sangre, que si el cura se le calienta por qué a mí no, que la culpa no es la mía sino de ellas porque me buscan. Tantas fueron sus palabras en la ausencia de un amor verdadero y tan pocas en sus gemidos entre amores perros.
Para entonces ya se habían caído los pétalos y hojas de las rosas que su madre Amadora había sembrado el día de su nacimiento. Cuando se cayó la última flor, el jardín, antes envidiado por todo el pueblo, se había convertido en un chamicero sin ningún rastro de su pasado esplendoroso. Todos, incluso él mismo, chismoseaban que tal era un mensaje de la muerte que ya andaba rodando. Sin embargo, en esta ocasión ya no podría escapársele a la muerte subiéndola a un palo de aguacates, ni cambiándose el nombre. Presentía que vendría por él en definitiva y no habría forma de evitarla.
Se conocía por sus propias cuentas, que las había compartido a anchas y amplias mientras tomaba aguardiente en las cantinas del pueblo, que compartió la cama con más de quinientas mujeres, y para el desconcierto de muchos, compartía la cifra de casi dos mil muchachas con las cuales pasó la noche sin haberles tocado un solo pelo, por el solo placer de conquistarlas y llevarlas a la cama. Con su labia y llanto de perro moribundo era amuleto de mujeres inseguras, casadas insatisfechas y viudas en búsqueda de consolación. Para el viejo, que no siempre lo fue, pues su fama de toro arrecho lo acompañó en su juventud sonora, aquellas noches entre damas le complacían tanto, que lo veía como un servicio a la humanidad. Hasta el punto de que a ninguna mujer le llego a preguntar su nombre. Solo llegaban tristes y salían risueñas.—Pues al fin—decía—para hacer el amor no hace falta saber un nombre o apellido.
A veces se le sentía reír con volumen ensordecedor, desde las duchas frías de la mañana y hasta a las horas de dormir, sus carcajadas no paraban ni quedaban a medias, pues hasta lloraba, ahogándose de risa. Entre tantos que lo escucharon, se le creía el hombre más feliz del mundo y sin la menor duda el más puto de todos. Pero entre sus allegados no se cansaba de repetir, una frase que parecía burlesca—Quien dijo que de amor no se muere nadie, era un hijo de puta. ¡Yo todo el día me pudro!—. Con tal dicho, se declaraba un creyente devoto del extraño sentimiento del amor y nunca negó que fuera el responsable de su miseria.
En sus tiempos de don Juan criollo, no había tierras sin conquistar, ni mujer virgen que él no conociera. En su lecho de muerte al lado de su madre, se rio una vez más y mientras se ponía calzones nuevos para que la muerte no lo encontrara cagado de miedo, se tocó los dedos que tantas habían complacido, se palpó los ojos y sintió que tan secos se habían convertido en los últimos años sin ninguna lagrima de arrepentimiento—¡Esto fue todo!, ya llego la huesuda por mí. Que putas, pues que entre, al cabo lo único que me arrepiento en la vida es de no morir de amor—así fue, se cerro la puerta y un viento escalofriante se tomaron el cuarto.
Las campanas de la iglesia del pueblo no sonaron, pues no se había muerto un cristiano. Veinte años atrás había sido descomulgado por la iglesia y era odiado por el sacristán del pueblo, que recordaba cuantas veces escucho gemir a su hermana a cuestas de ese hombre impuro. Se le pidió al médico de que olvidara su autopsia pues aunque se desconocía a ciencia cierta su causa de muerte, se insinuaban que no era nada bueno y que seria mejor nunca saberlo. Se borraron los registros de su nacimiento y todos los documentos oficiales que pudiera atestiguar su nombre. Su desaparición legal solo alimento el mito de don Juan el Viejo. Un pollero que hoy en día dudan que alguien de tal talante moró este mundo, pero que infructuosamente intentan seguir su ejemplo.
Solo después del entierro descanso el pueblo, que duro años en la penumbra de la infidelidad. Sin llanto visible y con la desdicha de muchas y la euforia de otros, se le enterró a más de seis pies de hondo, con tres lapidas de concreto y bronce. El pueblo no habría de tomar ni el mínimo riesgo de que su alma llegase al cielo, ni que intentara desenterrarlo algún curioso intentando conocer su secreto, y menos, Dios guardase, tomaran la osadía de revivirlo. Un gran trueno sonó, poniendo en silencio a todo el pueblo y una lluvia bíblica desató su rabia sobre las calles pecadoras. El Viejo había muerto.

Octubre 2014  
12 de Marzo de 2018 a las 19:07 1 Reporte Insertar 2
Continuará…

Conoce al autor

Francisco el Hombre Soy un lector y escritor aficionado de literatura latinoamericana. Estoy aquí para amprender, compartir mis historias y saber si sirvo para esta vaina. Ayudame a editar mis cuentos y yo te ayudo con los tuyos.

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Gin Les Gin Les

wooow. Que buena narración. Me he envuelto en la historia totalmente. Vaya Don Juan, me recuerda a mi Bisabuelo, tan viejo y gallo como siempre 🙌❤
24 de Abril de 2018 a las 13:41
~

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