Relatos de amores y amores Seguir historia

seiren Seiren Nemuri

Antología de relatos. Ofelia no sabía que podía sentirse cómoda en una relación. Mario no sabe qué pensar de todo eso que se dice sobre las mujeres. Leti lamenta no haber considerado la significativa diferencia de edad. Estos son relatos de amores y amores, episodios con toques realistas sobre relaciones que no siempre van bien.


Cuento Sólo para mayores de 18. © Todos los derechos reservados.

#Realismo #Parejas #Maltrato #Mujeres
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Una noche en cama

Edvard es en verdad muy guapo, pensó Ofelia al ver su imagen en el espejo. No era la primera vez que lo pensaba ni era esta una característica relevante para ella, sólo le había llamado la atención al inicio porque su apariencia y nombre hacían un juego un tanto curioso. Sin embargo, cuando al fin se animó a preguntarle, Edvard le respondió que era por un parentesco ya lejano, y que si lo comparaba con el resto de la familia, incluso daba para interpretaciones más sórdidas.

   Ofelia pensó que, sin esta aclaración, ella habría imaginado todas esas interpretaciones tan sórdidas a la que Edvard se refería. De hecho, se preguntó por qué no se le habían ocurrido antes.

   —Y entonces, ¿por qué el nombre? —preguntó una vez más. Aunque breve, le gustaba la historia.

   —Según cuenta mi familia, cuando mi abuela me vio en el hospital, no dijo nada; sólo se retiró. Regresó un par de horas después con una fotografía en la mano. Al hombre de la fotografía nadie lo había visto jamás. Y sin embargo, nadie dijo nada. No porque no sintieran curiosidad, sino porque el dolor de la abuela al mirar la fotografía fue demasiado grande. ¿Qué le pareció a la abuela que ese bebé y el hombre adulto en la imagen compartían? Ni idea. Edvard, susurró ella. Nada más. Mis padres accedieron. —Edvard no era de adornar con detalles, ni de decir mucho—. ¿Lo ves? Es siempre la misma historia.

   Ofelia se encogió de hombros. Se dio una última miradita en el espejo del tocador y regresó a él.

   —Eres muy guapo —le dijo, acariciándole el rostro—. ¿Será por tanto ejercicio que haces?

   —No hago tanto —murmuró.

   Ofelia quiso decirle que para ella eso era bastante.

   —Pues yo sí que no hago nada de nada —sonrió Ofelia, al tiempo que se acercaba para besarlo—. ¿No se nota? No seré gorda pero estoy algo floja —volvió a sonreír.

   —Me gusta así —dijo él—. Me gusta enterrar mis dedos en tu carne.

   Ofelio intentó reír, pero Edvard había dicho esas palabras con tal seriedad que pensó que podría ofenderlo. En su lugar, se acomodó a horcajadas sobre él, dejando a su disposición unos pechos pequeños pero firmes. El pecho de Edvard era pálido y firme. No tenía vello, ni el menor rastro, y su piel era tan suave que a veces Ofelia sentía envidia. Cuando estaba muy excitado, su piel se sonrojaba, era algo bonito de ver, un buen indicador. A Ofelia le gustaba besarlo por todas partes cuando esto pasaba.

   —¿Y tu abuela te heredó la fotografía? ¿Aun la conservas? ¿Descubrieron quién era el hombre de la foto? Esa parte nunca la cuentas.

   Edvard vio a Ofelia, siempre curiosa. Esa parte no la contaba porque no había nada que contar.

   —La abuela pidió ser enterrada con la fotografía —respondió—. Seguimos sin saber quién era el hombre, aunque lo intuimos.

   —Eso imaginé —asintió Ofelia. Le pareció recordar algo, pero no fue nada.

Edvard tomó a Ofelia de la cintura y se reacomodó para ambos quedar a la misma altura. Las piernas de Ofelia lo envolvían, eran esbeltas, suaves, y a él le gustaba apretarlas hasta que quedaban rojas.

   —Y tú que hasta ahora lo preguntas —sonrió, besándola.

   —Soy lenta —sonrió ella a su vez, hundiendo los labios en el cuello de Edvard—. Soy lenta —repitió, alargando el sonido acompasado de la ene.

   —Y linda —dijo él con una rudeza que Ofelia sintió en sus piernas cuando Edvard las apretó como de costumbre—. Y tierna.

   —¿Tierna y linda? ¿Yo?

   —Sí, tú.

   —Está ciego usted, señor.

   —Sólo me llevas la contraria porque quieres que lo repita.

   —No, ahorita lo que quiero es que vuelvas a hacerme el amor.

   Aunque el sexo era rudo, Ofelia solía evocar un mar en calma, con la noche coronada por una inmensa luna que hacía que las aguas se revistieran de plata. El ligero ondear de las olas cargaba un murmullo placentero que la mecía en paz. Desaparecían sus suspiros, el olor de los dos cuerpos, quedaba el placer arrinconado en una esquina, como un objeto precioso que se protege escondiéndolo en el lugar más obvio. Escuchaba la voz de Edvard, pero ella nunca podía responder. No por falta de reciprocidad, sino porque se sentía elevada, en otro mundo. Y se sujetaba de él, temiendo perderlo. Y Edvard se hundía ella, como intentando recordarle que no iría a ningún lado porque al fin la había encontrado.

   Edvard se levantó de la cama. Caminó hasta el otro rincón de la habitación, sirvió dos vasos de agua y regresó. Su cuerpo todavía estaba un poco sonrojado. Ofelia sonrió.

   —Y si llegamos a tener un niño…

   —O niña —agregó él.

   —O niña, sí. ¿Crees que se parecerían un poco a ti?

   —Lo dudo.

   —No sabía que querías hijos —dijo ella entre sorbos.

   —Es un caso hipotético, ¿no? —respondió él.

   —¿Y no te espanta ni un poquito?

   Edvard se encogió de hombros, dejó los vasos en la mesita de al lado y volvió a ella, envolviéndola suavemente con sus brazos, descansó la cabeza en su vientre y observó la mata de vello oscuro en su pubis antes de voltearse y fijar la mirada en el techo.

   —No, no me espanta ni un poquito —respondió al fin.

   —Pero, ¿lo has pensado?

   —¿Intentas decirme algo? —inquirió—. Ya sabes que conmigo puedes andarte sin rodeos.

   —No es nada. Lo prometo. Una ocurrencia, nada más.

   —Menuda ocurrencia.

   Ofelia sonrió. Cuando estaba con Edvard rara vez hacía otra cosa. Su sentido del humor era comedido, al igual que su forma de desenvolverse, incluso sus pasos marcaban un ritmo algo aletargado. Su voz era suave, poquísimas veces la elevaba, pero cuando lo hacía, a Ofelia se le crispaban los vellos del cuerpo, casi de la misma manera que las personas se sobresaltan cuando creen que un rayo ha caído cerca. El retumbar es similar, incluso su brevedad, ese latigazo certero y cortante; pero Edvard no decía nada malo cuando elevaba la voz, no. A ella nunca le había gritado. Había tenido la oportunidad de escucharlo durante una discusión con otro profesor de la universidad. Al inicio Ofelia sintió miedo. Si Edvard llegara a gritarle a ella, no lo soportaría. Se lo dijo. «¿Alguna vez te he gritado?», preguntó él, herido y preocupado. A la primera pensó que verlo en esa situación había despertado algo en ella. «Claro que no», respondió Ofelia. Poco a poco le fue explicando las razones de sus temores. Ninguna tenía que ver con él.

   Ofelia enterró los dedos en el cabello claro de Edvard, besó la punta de su nariz y luego se quedó ida en sus ojos, también claros. Edvard levantó una mano para, a su vez, acariciar el cabello de Ofelia, que era casi igual de liso que el suyo pero un poco más indomable, de un castaño tan oscuro que parecía negro. Ofelia tenía una cicatriz en la frente, otra en la espalda y la última en el codo izquierdo. A Edvard no le gustaban, pero no porque la hicieran ver fea, nada podría hacerla ver fea a sus ojos, sino porque tenían su historia, una que a veces no podía ver con la misma determinación y valentía que Ofelia.

   —Pero si llegamos a casarnos, ¿quieres hijos?

   —¿Como que, «si llegamos a casarnos»?

   —Es una situación hipotética.

   —No, esta vez no la es —dijo Edvard, no estaba enfadado, ni de cerca. Su rostro se mostraba apacible mientras recibía los besos de Ofelia—. Nos casaremos cuando queramos. No es un si nos casamos, es un nos casaremos.

   —De acuerdo —sonrió ella.

   —¿Preguntas porque no quieres hijos?

   —Eso pensaba antes.

   —¿Y ahora?

   —Ahora ya no sé. Creo que no.

   —No hay prisas.

   —Eso sí lo sé, es sólo que… —suspiró.

   Edvard se levantó, volvieron a reacomodarse sobre la cama, esta vez ella sobre él, en una postura en la que parecían compartir medio cuerpo.

   —Es que creo que no puedo tenerlos —confesó. Temió que el cuerpo de Edvard debajo del suyo se tensara, cosa que no sucedió, en su lugar, recibió una tierna caricia en la espalda. La respiración de Edvard era acompasada.

   —¿Te ha visto un especialista?

   —No… es que… —titubeó, pero tomó un gran suspiro, y continuó—. Con él nunca usé anticonceptivos porque no me lo permitía y…

   —Tal vez él era estéril, de ahí tanta… —se contuvo. No iba a perder su tranquilidad por una tontería. Además, Ofelia ya comenzaba a mostrarse alicaída. Sucedía a veces. El maltrato corta demasiado profundo.

   Ofelia intentó hundirse en el cuerpo de Edvard, siempre tan abierto a recibirla. Edvard la abrazó con mucha fuerza, y le dijo cosas que sólo ella podía escuchar. Cuando al fin le vio el rostro, descubrió que no lloraba, hacía mucho había dejado de hacerlo así que no le sorprendió. La besó y se reacomodó, esta vez para arroparla con su cuerpo. Volvió a besarla, besos suaves acompañados de caricias tiernas. A Edvard le gustaba tranquilizarla a besos, ser delicado. Su voz incluso era más suave en esos momentos, y cuando al fin sentía que ella comenzaba a relajarse, experimentaba una paz tremenda. Aunque a veces también sentía miedo. No dejaba de ser una sensación vaga, de una naturaleza aparentemente abstracta. Se molestaba consigo mismo al no poder darle forma. Aunque nunca en su vida había lastimado a nadie, tenía miedo de lastimarla a ella. No había razón. Sólo se sentía así cuando la veía vulnerable. Tenía que saber que Ofelia ya había atravesado su proceso. A veces era él el que parecía haberse quedado estancado.

   —Cuando decidas ir al medico, puedo ir contigo, si eso quieres —dijo Edvard en voz baja.

   —Y si no puedo tener hijos, ¿cómo te sentirías tú?

   —¿De qué hablas? Si en verdad llegamos a un punto en el que ambos queremos hijos, bien podríamos recurrir a la adopción. O a otros métodos. No es imposible.

   —Sí, qué tonta. Lo había olvidado.

   —De tonta nada. Todo con calma —susurró él—. Tenemos todo el tiempo del mundo.

   Poco a poco Edvard volvió a penetrarla. Antes ya la había acariciado con los dedos, y había disfrutado esos estremecimientos placenteros que siempre parecían quedarse atorados en su propia piel. Ofelia se abría para él de una forma única. A veces no lo entendía, porque nunca había querido a nadie de la forma que la quería a ella. Cuando se encontraba a sí mismo pensando de esta manera se avergonzaba, contrario con el placer, la vergüenza no lo sonrojaba, pero podía sentir un ardor en su pecho que no desaparecía sino hasta que aceptaba que no existía motivo para avergonzarse. La quería tanto que se preocupaba demasiado por evitarle disgustos, temeroso de que estos despertaran esos recuerdos con los que Ofelia no se había reconciliado del todo. «No soy de cristal», le dijo ella una vez, «nuestras discusiones no tienen nada que ver con… ni son como...» . «Lo sé, lo sé». ¿Lo sabía? Si no, tendría que aprenderlo.

   —A veces creo que eres imposible y que solo existes en mi imaginación —le dijo Ofelia entre suspiros.

   Edvard no respondió, hundió el rostro en el pecho de Ofelia mientra a mordiscos le acariciaba los senos. Había algo allí adentro que era sólo para él, así como él reconocía eso en su interior que era sólo para ella.

   Ofelia gimió, el cuerpo se le tensó un segundo.

   —¿Te lastimé? —preguntó Edvard sin detenerse del todo.

   —Ya sabes que no. Es eso que haces con los dientes, me gusta bastante.

   —¿Así? —La acarició con un nuevo mordisco.

   —Sí. Así.

   A Ofelia le gustaba recordarse lo fuerte que había sido, y lo fuerte que ahora era. Los recuerdos ya no alteraban su estado de ánimo, no como antes, y había aprendido a hablar de ello cuando lo consideraba necesario. Mucho tiempo le temió a la lástima de los demás. A veces todavía le temía a la posible lástima de Edvard. Pero muy en el fondo sabía que no era eso. «Simplemente no entiendo cómo una persona puede, tan deliberadamente, hacerle daño a otra. No lo entiendo», dijo Edvard tiempo atrás, durante una discusión. «Algunos creen que a veces así es el amor», le había respondido ella. Ya no lo creía así.

   —Edvard —gimió Ofelia, asiéndose de sus hombros, mientras él, acercándose todavía más, intentaba juntar su frente con la de ella.

   —Ofelia —alcanzó a susurrar él antes de que la voz se le cortara en un ronroneo breve pero placentero que hizo que a Ofelia se le erizara la piel todavía más.

   El silencio que le seguía al verdadero agotamiento siempre era dulce, pero nunca tan pesado para dormirlos a la primera. Edvard buscó la mano de Ofelia y la sujetó con delicadeza. Ella la apretó otro tanto. Las manos de Edvard eran grandes pero delicadas. Se la había pasado más tiempo escribiendo ejercicios de álgebra en el pizarrón para sus alumnos de la universidad que en actividades físicas, y eso se notaba, y de no hacer ejercicio por su cuenta quizá fuera más delgado, o más gordito. No que interesara. A Ofelia, lo único que le importaba, es que esa era la mano de Edvard.

   —Creo que debería ir al médico —dijo Ofelia a medio bostezo—. Si no, comenzaré a pensar cosas que no son.

   —¿Quieres que te acompañe?

   —Sí, eso me gustaría mucho.

   —Muy bien. Cuando hagas la cita, házmelo saber.

   —Eso haré —dijo—. ¿Pero en serio no te molestaría si no puedo tener hijos?

   —En lo más mínimo —respondió Edvard, calmado. Hay maltrato que corta demasiado profundo, se recordó. Y Ofelia era fuerte, y ya había transitado ese camino, a veces, sin embargo, parecía como si todavía se estuviera sacudiendo el polvo de encima.

   Ofelia lo abrazó con fuerza. Jamás imaginó que, de una persona a otra, las cosas podían ser tan diferentes, ni que ella misma tenía esta capacidad de elección. Cuando conoció a Edvard ya estaba en paz con su pasado, o eso creyó, la primera vez que la tocó, sin embargo, supo que debía hablarlo con él. Y eso hizo. El temor por la lástima de Edvard se convirtió en temor por su rechazo. Ni una ni la otra cosa recibió, sino algo diferente. Antes de eso, sin embargo, se había convencido de que sí recibía una cosa o la otra, no tenía que ser precisamente por su culpa. Ofelia hacía mucho tiempo había dejado atrás eso de las culpas. Ya muchos la habían culpado como para ella copiar ese mismo patrón.

   —¿Quieres que mañana salgamos a comer? —preguntó Edvard a medio bostezo.

   —Sí, me gustaría.

   —Perfecto —la besó—. Si ves que ya es demasiado tarde, despiértame. Estoy agotado.

   —¿Un piedra, papel y tijeras para decidir quién se levanta a apagar la luz?

   —Ve tú, cariño, estoy muerto.

   —«¿Cariño?». ¡Tramposo! —se quejó, pero se levantó.

   Desde el otro extremo de la habitación, Ofelia vio a Edvard, desnudo, con los ojos cerrados, y una expresión tan pacífica que le daba envidia. Hacía demasiado calor para arroparse, pero a ella le gustaba estar así, desnudos los dos, porque encontraba honesta esa desnudez. No sabía explicarlo. Había una honestidad en ese hombre que pocas veces comprendía. Pero le gustaba. Quería estar con él.

   —Regresa a la cama, cariño —murmuró Edvard más dormido que despierto.

   Ofelia sonrió, más feliz que nunca, y entonces, apagó la luz.   

11 de Marzo de 2018 a las 15:48 0 Reporte Insertar 1
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