Locuras enlistadas Seguir historia

antovecchietti Antonella Vecchietti

Es vacaciones y Regina emprende su viaje... un viaje que le deparará muchas sorpresas. Yago sólo tiene un objetivo en su rutina: Buscar siempre la diversión y hacer de cada locura un hecho memorable. Por eso, cuando se entera de la aburrida y monótona vida de Regina le propone hacer una lista de locuras con el único propósito de buscar la diversión. Ella acepta, pero a medida que las locuras comienzan a acontecer empieza a dudar de Yago; quién parece ser desconocido para todos los jóvenes con los que ha tenido contacto. Y empiezan a surgir las dudas, ¿por qué nunca le habla sobre su vida? ¿A qué se debe aquella obsesión por divertirse? ¿Qué oculta? Cuando las verdades comienzan a revelarse, ambos se ven obligados a tomar decisiones que marcaran el rumbo de sus vidas.


Ficción adolescente Todo público.

#Argentina #pasado #ficcion general #amor #juvenil
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Capítulo 1

Mi mente solía alterarse con situaciones ante las que no encontraba registros precedentes. Viajar sola era una de esas experiencias que carecía de previa vivencia. Estas situaciones desconocidas despertaban mis miedos y me llevaban a imaginar irracionalidades.

¿Qué sucedería si me equivocaba de autobús y terminaba en el extremo opuesto del país? ¿Y si me confundía de asiento y todos se burlaban? ¿Y si necesitaba ir al baño y, cuando regresaba, el autobús había partido? La lista continuaba y la irracionalidad se incrementaba a lo largo de los incisos. Era consciente de la falta de sensatez, pero aun así allí estaba, temiéndole de todas formas.

Me costaba mucho salir de mi zona de confort y hacer una viaje, sola, era un punto al que no había llegado antes. A pesar de la incomodidad, sabía que aquello era algo que no podía evitar. Debía enfrentarlo porque valía la pena, todo aquel nerviosismo merecería la pena cuando llegara a destino.

El sonido del motor del autobús ingresando a la estación llamó la atención de todos. Mi padre se puso de pie y tomó la valija. Eso me sacó de mis pensamientos y me llevó a imitarlo. Comenzamos a caminar hacia donde correspondía y mi madre nos siguió a paso más lento.

—¿No olvidas nada? —Inquirió mirándome de reojo—. Estarás un mes allí… —Me recordó como si fuese algo que pudiese pasar por alto. Al parecer, le afectaba la idea de no tener a su única hija en casa durante treinta días.

—Creo que guardé todo —afirmé aferrándome a la mochila que llevaba en los hombros.

—Acuérdate de llamar cuando llegues —me pidió mi madre cuando llegó a nuestro lado.

—Los llamaré —prometí—, no se preocupen. No me mudaré y tampoco iré a un lugar desconocido. —Traté de tranquilizarlos, aunque la que más nerviosa estaba era yo.

Esperamos hasta que vimos que algunas personas empezaron a acercarse al autobús. Entonces la despedida tomó protagonismo; fue iniciada por mi padre quien me envolvió en un abrazo de oso. Al segundo, mi madre se unió a la pequeña ronda.

—Me incomodan —manifesté sin responder al abrazo.

—Deja esa frialdad de lado y abrázanos un ratito. —Casi suplicó mi padre apretujándome con más fuerzas.

Suspiré y elevé ambos brazos para rodear con el derecho a él y con el izquierdo a mi madre. Una vez conformes, se separaron de mí. Mi padre, con una mueca en sus labios, me entregó la valija. Volvió a abrazarme y finalmente me dejó ir. Mi madre me observó con un brillo en sus ojos y me dedicó una de esas sonrisas que me transportaban a mi niñez, que me hacían sentir que todo estaba bien.

—Te extrañaremos —articuló mi padre.

—Yo también —admití—. Nos vemos en un mes —dije comenzando a caminar hacia el autobús—. Los quiero. —Agregué cuando ya estaba a una distancia considerable, lo que no me permitió escuchar su respuesta.

Caminé sin dirigir mi vista atrás. Fijé mi destino en el transporte y hacia allí me dirigí. Una vez que dejé la valija en el lugar correspondiente, subí y me dispuse a encontrar mi asiento.

Había pocas personas allí. Pensé que quizás no viajarían mucho. Eso logró tranquilizarme. Tal vez tenía la suerte de viajar sin acompañante.

Recorrí el pasillo buscando el número treinta y dos. Avancé mientras hacía sonar mis dedos nerviosa, hasta que lo encontré. Estaba casi en la mitad y del lado izquierdo; daba al pasillo. Saqué mi celular junto a los auriculares y dejé la mochila en la parte superior. Luego me senté rogando no tener acompañante de viaje y, si lo tenía, que fuese medianamente soportable.

Los minutos comenzaron a avanzar y el transporte estaba cada vez más lleno, pero el asiento que se encontraba al lado mío seguía vacío. Cada vez estaba más convencida de que viajaría sola. No es que fuese asocial, sino que había escuchado anécdotas sobre personas a las que les había tocado viajar con gente ruidosa, que roncaba o que hablaba dormidas. De solo pensarlo me daba miedo.

Dos minutos antes de la hora en la que se había definido la salida, subió un joven que captó la mirada de todos los que aún no se habían dormido; incluso la mía. La forma peculiar en la que

estaba vestido, los tatuajes extravagantes y coloridos de sus brazos, y los piercings que tenía en el labio, ceja y pómulo eran razón suficiente para justificar la reacción de todos. Empezó a avanzar por el pasillo y las miradas lo siguieron, aunque a él pareció no molestarle. Quizás estaba acostumbrado.

Sus pasos se detuvieron justo a mi lado. Mi corazón se aceleró.

—¿Treinta y tres? —inquirió con voz profunda, clavando sus ojos en mí.

No reaccioné al instante. Sus ojos celestes me atraparon por completo y no terminé de comprender la razón de su pregunta. Por suerte, a los pocos segundos, entendí a qué se refería. Era el asiento contiguo al mío.

Asentí preguntándome si no había tardado demasiado.

—Creo que viajaremos juntos —comentó revelando una sonrisa muy linda en su rostro.

Luego de dejar su mochila al lado de la mío, me pidió permiso para pasar hacia su asiento. Aquello me sorprendió; era raro encontrar a alguien que mantuviese modales de ese estilo, era bueno toparse con un chico así.

Al instante en que se sentó, retiró el asiento para poder recostarse, se puso los auriculares y cerró los ojos. Eso me dejó en claro que no tenía intención alguna de entablar una conversación. Y me pareció excelente.

El autobús empezó el viaje con veinte minutos de retraso. Una vez que lo hizo, decidí imitar a mi acompañante. No retiré mucho el asiento para evitar quedar en una situación incómoda. Puede que sea un sentimiento paranoico, pero me molestaba mucho la cercanía de cualquier persona desconocida y, a veces, conocida también. Quizás por eso varios decían que era una persona fría.

Cuando inicié la lista de canciones no tenía esperanzas en poder dormirme, me costaba mucho conciliar el sueño. Pero pasó lo contrario. Desperté cerca de las cuatro de la mañana y noté que no estábamos en movimiento. Me incorporé para observar por la ventanilla suponiendo que habíamos hecho una parada programada, pero me encontré con la oscuridad de la noche.

Sin entender qué sucedía, me asomé por el pasillo para observar tanto al frente como al fondo, como si allí pudiese encontrar la respuesta a mi interrogante.

—Hubo un problema con el autobús —dijo mi acompañante asustándome con su sorpresiva voz.

—¿Qué problema? —Inquirí cuando me recompuse del asombro. Enderecé mi asiento sabiendo que sería difícil conciliar el sueño nuevamente.

—No tengo idea.

—¿No han dicho nada?

—Han dicho que en unos minutos continuaríamos con el viaje, pero ya han pasado treinta minutos. —Suspiró demostrando la frustración que aquello le generaba—. Odio cuando pasa esto.

—¿Viajas seguido? —Pregunté intentando generar conversación, quizás de esa manera la preocupación pasaría a segundo plano.

Fue la primera vez que me permití observarlo de cerca. Recién en ese momento noté que tenía un tatuaje que abarcaba parte de su cuello.

—Sí, bastante seguido —respondió en tono cortante—. ¿Y tú?

Negué.

—Ah. Entonces es tu primera vez… —Bromeó sin éxito.

Forcé una sonrisa y volví a ponerme los auriculares. No tenía intenciones de continuar con la conversación. Justo en ese momento, el autobús marchó.

Luego de esto, me fue difícil volver a conciliar el sueño completamente; despertaba cada vez que el autobús se detenía. En la última ocasión, fue porque percibí movimiento a mi lado. Mi compañero de asiento se había puesto de pie de forma brusca.

—Permiso. Tengo que bajar.

Moví mis piernas y salió hacia el pasillo. Buscó su mochila en el compartimento de arriba y lo siguiente que vi fue mi mochila cayendo desde allí seguida por el celular del chico. Éste último se desarmó completamente en el piso, la tapa fue hacia un lado, la batería hacia el otro y el celular en el extremo contrario.

—¡AAA! Detesto este celular. —Gritó despertando a un hombre que dormía cerca—. Se desarma con nada. —Agregó dejando salir su enojo mientras juntaba cada parte.

Le alcancé la tapa de atrás que había quedado cerca de mi pie. La tomó sin siquiera mirarme, casi arrancándomela de la mano. Tomé mi mochila del suelo y la dejé en el asiento en el que antes había estado él.

—Que viaje de mierda. Espero que logres llegar con vida —me dijo esta vez observándome a los ojos—. Chau.

Lo saludé sin saber si me había escuchado, ya que avanzó sin esperar una respuesta de mi parte.

Desde ese momento no conseguí dormir más y me concentré en mi celular. Leí un mensaje de mi prima que me había llegado hacía quince minutos. Leerlo me sacó una sonrisa. Hacía mucho tiempo que no la veía, la extrañaba demasiado.

Habíamos crecido prácticamente juntas ya que teníamos la misma edad, eso nos permitió compartir muchos momentos a lo largo de nuestra vida. Pero cuando teníamos diez años, ella y su familia debieron mudarse a otra ciudad. Eso conllevó a una separación inevitable. Aun así, continuábamos en contacto y nuestra relación de amistad no perdió fuerzas.

La última vez que nos habíamos visto había sido en las vacaciones pasadas. Ella y su familia habían viajado por una semana a nuestra ciudad ya que allí estaban nuestros abuelos, ríos y demás conocidos. Fue ahí cuando planeamos este viaje para pasar el verano juntas. Ambas estábamos en la misma condición: eran las últimas vacaciones antes de empezar la universidad. Sabíamos que una vez que iniciásemos esa etapa se nos haría difícil organizar un viaje así. No quisimos arriesgarnos a dejar pasar el tiempo.

Me apresuré a contestarle el mensaje y le avisé que llegaría más tarde debido a la demora en la partida y por el problema que habíamos tenido en la ruta. También le envié un mensaje a mi madre para contarle sobre esto ya que no quería que se preocupara.

El último mensaje fue para mi mejor amiga, Ludmi. Sabía que se enojaría mucho si me olvidaba de ella durante este mes.

Cerca de las once de la mañana, el autobús llegó a destino. Agarré mi mochila, guardé mi celular en el bolsillo y me puse de pie para esperar a que autorizaran la bajada. Mientras esperaba, pensé en todas las cosas que probablemente viviría en ese mes. Taiana había prometido que iríamos a la playa, al cine, a bailar, que me presentaría a sus amigos... Serían las vacaciones perfectas.

De pronto, algo capturó mi atención. Hice a un lado todos estos pensamientos y me concentré en lo que observaba. Debajo del asiento donde había estado sentada antes había un pequeño rectángulo negro. Supuse que era un trozo de papel o algún derivado de éste, pero después de concentrar mi visión por unos segundos más, noté lo que en verdad era; una tarjeta de memoria.

Lo primero que vino a mi mente fue la imagen del celular del chico totalmente desarmado en el piso.

Sin pensarlo demasiado, la tomé y la guardé en el bolsillo. Mi corazón latía bastante asustado y curioso a la vez; ¿qué habría en aquella tarjeta?

—Pueden bajar —nos dijo una voz desde las escaleras.

Eso hizo que mi accionar se activase y, tratando de no pensar en lo que llevaba conmigo, empecé a caminar.

Apenas bajé, la luz del sol me recibió cegándome por completo. Busqué mi valija y, cuando me di vuelta, vi a mi prima corriendo hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja. Tenía su largo cabello rubio suelto así que venía como flameando detrás de ella. Aquella imagen me sacó una sonrisa inmediata.

Esa cantidad de locura agrupada en un cuerpo de metro setenta se abalanzó hacia mí.

—¡Regi! —Exclamó abrazándome—. Pensé que habías tenido un accidente.

Su comentario no me afectó, ni me asombró. Sabía que tendría que acostumbrarme a sus exageraciones, lo hacía siempre.

—¡Te extrañé mucho! —Agregó abrazándome con más fuerza. Sus abrazos eran uno de los poco que extrañaba cuando no los tenía; era la hermana que la vida no me había dado.

—¡Yo también! —coincidí—. No te imaginas las ganas que tenía de venir —le dije una vez que nos separamos.

—¡¿Qué le hiciste a tu cabello?! —me preguntó después de observarme por unos segundos.

—Un pequeño corte…

—¡¿Un pequeño corte?! Lo tenías hasta la cintura y ahora te llega a los hombros… ¡Eso es un asesinato a tu cabello! —exageró nuevamente. Tendría que habituarme a esto.

Aunque era cierto, no había sido sólo ―un pequeño corte‖. Antes de que comenzaran las vacaciones, había decidido hacerme un cambio de look; había ido a la peluquería y había vuelto a mi casa con veinte centímetros menos de cabello. Pasé de tenerlo de largo hasta la cintura, a que me llegase apenas a los hombros. Pero nada de asesinatos, a mí me encantaba y siempre había querido cortármelo, pero nunca había podido reunir el valor suficiente para hacerlo. Hasta ese momento.

A lo lejos vi que mi primo venía hacia mí. Era dos años mayor que nosotras y bastante más reservado que Tatiana. Su cabello era castaño ya que lo había heredado de su padre, a diferencia de mi prima que lo tenía muy parecido a su madre y a mi madre. Yo era la diferente, mi padre me había heredado el suyo; castaño oscuro y ondulado.

—¡Regi! —Exclamó Ulises cuando estuvo más cerca—. ¡Tanto tiempo!

—¡Hola!—le dije saludándolo con un rápido abrazo—. Estás más alto —comenté observándolo mejor.

—Creo que tú eres la que está más baja —se burló y yo le saqué la lengua.

Era cierto; medía sólo un metro cincuenta y cinco, pero estaba convencida de que algún día crecería de forma sorpresiva. Confiaba mucho en eso aunque nadie me acompañaba con la esperanza.

Luego de esto, fuimos hacia el auto para dirigirnos a su casa. Allí, seguramente, estaría esperándonos mi tía y Martina, la más pequeña de los tres hermanos.

Con Tatiana nos sentamos en los asientos traseros mientras Ulises guardaba mi valija en el baúl. Nos abrochamos los cinturones de seguridad y emprendimos el viaje de treinta minutos hacia su casa. En ese tiempo Tatiana aprovechó para sorprenderme con un plan del cual no estaba al tanto.

Cuando mencionó que tenía una idea increíble para empezar con la diversión, mi corazón de aceleró del miedo.

—¡Será muy divertido! —me aseguró incrementando su entusiasmo.

—Bueno, cuéntame de qué se trata —le pedí queriendo saber a qué se refería con plan y divertido.

A pesar de que nos llevábamos muy bien, nuestras personalidades no se parecían mucho. Ella era una persona muy extrovertida, amaba salir y amaba los lugares concurridos; le encantaba conocer gente nueva y, además, tenía varias amigas a pesar de haberse mudado a los diez años. Ella había hecho una vida más sociable en estos últimos ocho años que yo en toda mi vida.

A mí me gustaban más los lugares tranquilos, a veces elegía quedarme en mi casa antes que salir, me costaba mucho entablar nuevas relaciones y prefería las actividades más tranquilas, como mirar películas o leer. Aun así tenía mi grupo de amigas, reducido, pero grupo al fin.

—¿Estás preparada? —Preguntó creando más suspenso.

—¡Tatiana! ¡Cuéntame de una vez!

Sonrió, tomó aire y clavó sus ojos en los míos. Esto me asustó mucho más.

—Mis amigas. Los amigos de Ulises. Todos. Cuatro días en la playa. ¡¿No te parece un plan súper genial?!

10 de Marzo de 2018 a las 23:44 0 Reporte Insertar 1
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