escritor_entre_comillas Iván Baya

Adam reflexiona sobre los motivos que le han llevado a celebrar un segundo enlace matrimonial que, además, será el último. ¡#10 FINALISTA EN LA ANTOLOGÍA DEL RETO "RELATO 48H" DE EX-LIBRIC!


Drama Sólo para mayores de 21 (adultos). © Todos los Derechos Reservados

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Luces fuera

Me encontraba frente al espejo, una vez más. Nervioso, ensayando mi sonrisa. ¿Corbata de lunares o lisa? ¿Pajarita, tal vez? Mi habitación me traía unos recuerdos terribles, pero por alguna razón, todavía me transmitía sosiego; era el lugar en el que más seguro me sentía, donde podía sentirme en comunión conmigo mismo. La luz que entraba a través de la ventana me recordaba qué día era hoy, y lo hacía mostrando todo su esplendor, iluminando los colores de cada una de las flores del jardín, como si insistiera en decirme que la vida estaba llena de emociones hermosas y cosas por las que merecía la pena vivir.

La espera había llegado casi a su fin. Mi prometida estaba ansiosa por tenerme entre sus brazos y darme ese beso con el que muchos sueñan. He pasado mis últimas cuarenta y ocho horas entre estas paredes sin saber cómo enfrentarme a este segundo matrimonio, sin saber qué me aguarda tras semejante enlace. Lo que sí sabía era que, después de este, no habría ninguno más. ¡Por supuesto que no!

—Vale, pajarita. —Asentí con la cabeza mientras pensaba en voz alta.

Me hará parecer un presentador de televisión en una gala, pero ¡qué más da! Así tendrían un recuerdo inolvidable de mi aspecto en este día tan señalado. Si tengo que compararlo con la primera vez que me casé, en una ceremonia en la que todo tuvo que ser «perfecto» por requisito de la familia de mi exmujer, en esta trataría de ser yo mismo quien llevara las riendas. No hay que olvidar que estos momentos solo deberían suceder una vez en la vida. Si todo sale bien, claro.

La ropa, planchada y colocada sobre la cama, esperaba el momento en que me embutiera en ella. Debía apresurarme, tan solo faltaban cuarenta y ocho minutos. Me asomé, una última vez, a la ventana para ver el altar del jardín, adornado con numerosas coronas y elementos decorativos con un profundo significado hacia mi nueva prometida. Las enredaderas que jugueteaban para recorrer la marquesina hizo que me diera cuenta de algo…



Salí de mi ensimismamiento, seguí mirando por la ventana. La luz que se colaba por los barrotes tenía una tonalidad algo amarillenta, parecía como si el sol se filtrara por unas nubes cargadas de orina. Aquella iluminación otorgaba a todo un aspecto casi vetusto, como una escena nostálgica de color sepia que convertía el patio de la prisión estatal en una postal vacacional de muy mal gusto. Llevaba en este lugar el tiempo suficiente como para conocer cada rincón de aquel sitio. Cuarenta y ocho clavos necesitó el carpintero para rematar aquella marquesina que se veía por la ventana. Parecía un arco que daba acceso a una de las entradas al recinto donde me esperaba mi prometida. Aunque estaba algo alejado, podía distinguirlos a la perfección por su brillo cuando el sol rebotaba en ellos. Eran cuarenta y ocho, ni uno más, ni uno menos. Ese número maldito me acompañaba a todas horas en los últimos días. ¿Acaso el universo intentaba mandarme alguna señal importante?

Regresé a la cama y me senté con los brazos apoyados en el colchón. No me apetecía descansar, aunque sí recordar las razones que me habían llevado a este punto. Haría como aquel carpintero, solo que, en lugar de clavar clavos, trataría de arrancarlos de mi corazón antes de que fuera demasiado tarde; y aunque supusiera terminar desangrado. Total, ¿acaso quedaba algún resquicio de mi alma?



Era verano, vacaciones. Mi hijo había nacido después de numerosos intentos para que mi mujer quedara embarazada. No fue un proceso sencillo, más bien, fue una etapa de la que guardo malos recuerdos. Aprovechando un permiso en el trabajo, quise dar una sorpresa a mi madre, el único familiar de mi pasado que seguía con vida, y a quien llevaba años sin poder ver.

—Cariño, ¿llevamos todo? —Mi mujer, Vivian, revisaba las maletas que había sobre la baca del coche.

—Eso espero, no me veo viniendo de vuelta a por el cargador del teléfono.

Yo estaba asegurando el cinturón de la silla a contramarcha de mi hijo, Adam Jr. Decían que aquel elemento tenía una alta probabilidad de salvarle la vida en caso de accidente o negligencia, ¡nada de escatimar en seguridad!

El trayecto hasta la casa donde crecí fue devorado lentamente, como un guiso cocinado con amor del que debía disfrutarse cada cucharada. Estaba algo intimidado por la sensación de volver a ver a mi madre y desmentir mis últimos recuerdos sobre ella. Su cara estaría más arrugada, tendría el pelo más canoso, habría perdido esa juventud que el tiempo nos había arrebatado a todos y cuyo testigo ahora cargaba mi pequeño. Tal vez, si no me hubiera marchado tan lejos de ella, habría disfrutado más de su compañía; sin embargo, en estos tiempos tan modernos te tocaba empezar tu vida en cualquier lugar del mundo y, con suerte, en el mismo país. Gracias a esa amalgama de supuestas malas decisiones conocí a Vivian e hicimos realidad la existencia de mi hijo.



—¡Adam! —gritó el vigilante, arrancándome de mis pensamientos—. Ve preparándote.

—Sí, señor.

A pesar de lo injusta que me parecía mi condena, seguía acatando con obediencia los designios de los demás. Cuando la vida te atiza con fuerza, terminas por asumir cuál es tu rol en tu paso por este mundo. Te hace cobrar consciencia de que no somos más que una suerte de elementos que se han desarrollado a base de reacciones en cadena, un mecanismo del planeta para transportar la materia de un punto a otro. ¿Quería encontrarle sentido a la vida a estas alturas? ¿Para qué? No en vano me había tirado los dos últimos días viviendo en los rincones de mi habitación que seguían alojados en mi memoria. El que no se consuela, es porque no quiere. Quedara el tiempo que quedara, yo seguí arrancando pétalos a la última hermosa flor que sostuve en mis manos, los cuales caían en el suelo de mi desamparo.



—¡Mi niño! —exclamó mi madre al verme.

Pero no me abrazó a mí, sino al pequeño Adam. Lo sostenía en brazos como si hiciera siglos desde la última vez que tuvo algo tan frágil en sus manos. Sus brazos temblaban, tal vez por la edad, o tal vez por miedo a que el bebé se hiciera daño. El instinto maternal y de protección jamás se extingue en una madre, pasen los años que pasen.

—Yo también me alegro de verte, ¿eh? —La envolví con mis brazos y le di un beso en la frente.

—Adam, esto es lo más grande —se sorbía—, Dios mío, qué sorpresa.

Vivian nos miraba con una sonrisa cansada, algo forzada, incluso. El trayecto nos había drenado todas las energías, pero la emoción por la llegada de este momento me mantuvo despierto durante las últimas horas de viaje.

—Hija, ven aquí tú también. —La invitó mi madre con un gesto.

Y allí, mi familia al completo, fundidos en un abrazo, un reencuentro que parecía que nunca iba a tener lugar.

No tardamos en adentrarnos en mi vieja casa, una especie de mazmorra de los recuerdos. Mientras iba colocando el equipaje en mi vieja habitación, vi que la mayoría de mis pertenencias habían sido reemplazadas por herramientas de fitness. Mi viejo cuarto era ahora el gimnasio personal de «Miss Quechua», su nuevo templo del bienestar en el que trataba de mantenerse en forma. A pesar de todo, mi cama seguía en el mismo sitio. Vivian la miraba como si tuviera hambre de almohada viscoelástica.

—Traeré unas sábanas y pronto podrás descansar —dije antes de darle un beso en los labios.

—No te preocupes, vamos a aprovechar para estar con tu madre un rato —respondió.

El pequeño Adam seguía en sus brazos, mucho más enérgico que cualquiera de nosotros, observando cómo montaba su cuna de viaje.

—Campeón, te presento… ¡tu alcoba!

Puede que el póster de David Hasselhoff que había justo encima de la cuna no tuviera el mismo encanto que la decoración de conejitos de su habitación infantil, pero tenía su gracia entre aquellas cuatro paredes.

—Este señor y tú, mini Adam, sois las personas favoritas de la abuela. —Le hice cosquillas en la tripa—. Aquí estarás a salvo.

Si nada más que había que ver al vigilante de la playa, seguro que era lo que mantenía a mi madre con vida después de tantos años.

Regresé al salón, mi madre había puesto en la mesa algunas galletas y leche caliente.

—Mamá, esto parece la merienda de unos críos.

—Ya, hijo, pero es que… —se lamentaba—. No sabía que vendríais, está todo desordenado y no tengo mucho que ofreceros.

—Mañana haremos la compra nosotros y te llenaremos la nevera de cosas ricas, no te preocupes por eso.

—Creo que es la cena perfecta, señora…, Anna.

—Mujer, por favor, no hace falta que me trate con tanta educación, ¡somos familia!

Mi madre se acomodó en su sillón. La tele seguía encendida y emitiendo en uno de esos canales de películas ochenteras que tan de moda estaban ahora.

Vivian se tomó la cena, si es que podíamos llamarlo así, en un abrir y cerrar de ojos. No sé si lo hizo por hambre o por cansancio. Entretanto, todos nos pusimos al día sobre conocidos, rutinas y problemas; era la conversación típica de los familiares que no se ven en mucho tiempo o que no tienen contacto telefónico con demasiada frecuencia. En parte, me atrevía a asegurar que la intensidad de estos encuentros se acrecentaba gracias a la pérdida de contacto, como un plato fuerte aderezado con una pizca de nostalgia y glutamato de recuerdos. En poco tiempo, mi esposa se sentía totalmente integrada en aquel ambiente, aunque a medida que las pilas se nos terminaban de descargar, nuestra participación en las conversaciones se volvía cada vez más pasiva, como si nos hubiéramos convertido en los terapeutas de la vieja Anna. El pequeño, en cambio, parecía más despierto que nunca. La leche de mi mujer debía de tener cafeína, o a saber qué otros estimulantes, porque no paraba quieto ni un segundo.

—Cariño, no aguanto más —dijo Vivian mientras me pasaba a Adam Jr.

—Espera, te preparo la cama. —Entregué el bebé a mi madre.

—Las sábanas están donde siempre —respondió mi madre.

Mini Adam parecía pasárselo pipa, pasando de unos a otros, como en una atracción de feria. Mi mujer y yo nos levantamos y fuimos a la habitación. La cajonera de las sábanas estaba llena de viejas revistas de ordenador, parecía que llevaba tiempo sin abrirse. Saqué unas de mis sábanas favoritas.

—¿Te gusta El libro de la selva? —pregunté a mi mujer, que se rio de manera discreta, luchando por mantenerse en pie unos segundos extra.

Tan pronto coloqué las sábanas, Vivian se dejó caer en la cama y me llamó extendiendo sus brazos hacia mí. Me tumbé sobre ella y le di un beso muy apasionado. Cuando nos separamos, preguntó:

—Esta cama, ¿es virgen?

—Es la única cama que he tenido en esta casa, ¿tú qué crees?

—Pues… estos días, tendré que sellar el pasaporte.

—Espera. —Me aparté de ella unos centímetros para mirarla a los ojos—. ¿Tú? ¿Tienes ganas? Estás con la lactancia…

Vivian se reía con un gesto bastante pícaro.

—Venga, no me digas que no te da morbo.

—Pues —miré al póster de Hasselhoff—, no es el entorno más sugerente del mundo, pero mientras mi madre cuida de Adam, tal vez…

Y me acerqué de nuevo para besarla, antes de ser interrumpido por su dedo en mis labios.

—Bueno, pero hoy tenemos que descansar.

Me quedé pensativo unos segundos y me levanté de la cama, casi propulsado por el suspiro del aire caliente que se estaba acumulando en mi pecho. Parecía receptiva, seguro que tenía que ver con la luna o la alineación de algún que otro cuerpo celeste.

—Voy a ver a mi madre. —La despedí con un beso.

Lo cierto es que el desorden reinaba en cada rincón de mi vieja casa. Cerré los ojos y me imaginé caminando por ella en mis recuerdos, como si estuviera navegando por una antigua grabación en vídeo. Fui tocando la pared mientras me embargaba un sentimiento agridulce, a la vez que caminaba y me dirigía al salón. Cuando abrí los ojos, la razón de mi paso por el universo cobró una fuerza atroz. Las voces de mis ancestros me pedían a gritos que volviera a cerrarlos. En mitad del salón, mi madre, con las mejillas y la barbilla cubiertas de rojo, seguía viendo el televisor con un pequeño Adam inerte en sus brazos. La cabeza de pequeño estaba mordisqueada, como si su fontanela hubiera sido abierta como la corteza de un queso Camembert. Justo en ese momento, conocí a mi nueva prometida.



Cuando abrí los ojos y salí de mi estado de trance, ya me encontraba caminando junto a los guardias de la prisión, de camino al altar. Arrastraba los pies por los pasillos como si quisiera sentirme parte de un complot más grande que mi propia existencia individualista al no separarme del suelo que me unía al mundo. Fui condenado por homicidio involuntario, además de por parricidio. Vivian declaró en mi contra tras divorciarse de un monstruo inconsciente como yo. Lástima que las sillas a contramarcha no pudieran emplearse en otros ámbitos de la vida.

La puerta de la sala se abrió. Allí estaba ella, esperándome para acogerme entre sus brazos. No había ni un solo invitado, tan solo un abogado. Toda mi familia desapareció de la faz de la Tierra en un solo día, como si hubiera sido engullida por uno de esos agujeros provocados por el calentamiento del permafrost.

Mientras alguien leía lo que quedaba de mis derechos y últimas voluntades, yo seguía ensimismado, deseando besar a la muerte para así unirme a ella y reencontrarme con el pequeño Adam y, juntos, enfrentarnos al testimonio de Miss Quechua para intentar comprender por qué cometió tal atrocidad. Los abogados dijeron que mi madre llevaba tiempo paciendo algún tipo de demencia. ¿Cómo iba yo a saber algo así? Nadie pudo contármelo, ni siquiera ella.

Finalmente, alguien apretó con fuerza el nudo de mi corbata, que ahora lucía el aspecto de un cinturón. Era una ceremonia extraña, aunque con cierto encanto. Me encontraba tumbado cuando vi que alguien asintió a la pregunta de otra persona, cuyas palabras se habían vuelto ininteligibles, como si ya no perteneciéramos a la misma especie inteligente.

—Nos vemos en el otro lado —dije en voz baja.

Alguien pulsó un interruptor. Al poco, las luces se apagaron. Mi prometida se me aproximó, con su frío tacto. Mi corazón se aceleró unos instantes, impulsando el amor que recorría mis venas a toda velocidad antes de que recuperara el sosiego que llevaba esperando desde el día en que la vi por primera vez.

22 de Mayo de 2023 a las 10:50 3 Reporte Insertar Seguir historia
5
Fin

Conoce al autor

Iván Baya «Escritor» entre muchas cosas. Escribo fantasía, aventuras y thriller. © 2024 Iván Baya www.escritorentrecomillas.com

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PP Paloma Prieto
Me quedé de piedra cuando lo lei... Muy buen relato, no me extraña que quedaras finalista...
June 14, 2023, 22:37

  • Iván Baya Iván Baya
    Gracias por tus palabras, Paloma. Es un relato que juega con mucha oscuridad y que transforma la percepción de manera constante. Como curiosidad, el concurso al que lo presenté estaba supeditado al uso de la frase "48 clavos necesitó el carpintero" ;). June 15, 2023, 11:10
Iván Baya Iván Baya
¡Me complace compartir que "Luces Fuera" ha quedado como 10º finalista en el certamen literario "Reto 48 horas" de la editorial Ex-Libric! Quiere decir que figurará en la antología que recopilará los 48 mejores relatos de esta edición de 2023. ¡Doy la enhorabuena a todos los participantes, premiados y finalistas!
May 29, 2023, 14:26
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