El despertar del Gjallarhorn Seguir historia

dayanaportela Dayana Portela

Rainer recibe un extraño paquete en la puerta de su departamento. Lo que sea que traía en su interior, no despertaba el interés de un tipo pandillero y rebelde como él. Sin embargo, cuando la curiosidad terminó venciendo y abrió el paquete negro, no hizo más que sonar el cuerno que anunciaba el inicio del Ragnarök.


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Un paquete y una desconocida



Un golpeteo incesante despertó a Rainer esa mañana, obligándolo a salir del sueño profundo para ingresar en la resaca de la noche anterior. Apretando los párpados y maldiciendo tanto en español como en noruego, se dio media vuelta, cubriéndose por completo con las mantas. Sin embargo, quien fuese que estaba fuera del pequeño apartamento parecía no querer detenerse hasta obtener una respuesta. El toc toc toc se hizo más intenso hasta que el joven no tuvo otra opción que levantarse con brusquedad y abrir la puerta de un solo tirón.

Otra grosería salió de su boca al no encontrar a nadie allí. Estiró el cuello para mirar el tétrico pasillo del edificio donde alquilaba, pero lo único que vio fue la titilante luz amarilla que se mecía en el techo descolorido. Soltando un ¡já! carente de humor, se giró para volver al interior y algo en el suelo al lado de la puerta le llamó la atención. Era una caja rectangular forrada de un negro opaco que no brillaba bajo ninguna luz.

Alzando una ceja, lo tomó con una mano y lo alzó a la altura de los ojos. No era muy grande, apenas más alargado que una caja de zapatos, tampoco pesada, pero intrigante lo suficiente como para no dejarlo ahí. Cerró de un portazo y lanzó el paquete sobre la mugrosa mesa redonda al centro del apartamento.

Se quedó mirando el paquete durante unos segundos de duda y, dubitativo, lo tomó nuevamente. Lo observó desde todos los ángulos, girando la caja para buscar el final del envoltorio para quitarlo. Al no encontrarlo, sacó una navaja del bolsillo -siempre andaba con una porque, incluso siendo céntrico, Ciudad Vieja de Montevideo solía ser peligrosa- y rasgó el inmaculado papel negro. Debajo, había una sencilla caja de madera lijada, muy rústica para su gusto. No tenía cerradura, pero antes de preguntarse cómo demonios lo iba a abrir, se oyó un clic y la tapa se levantó levemente.

En su interior, sobre un almohadón perfumando, reposaba un cuerno retorcido con detalles en oro y joyas que enseguida despertó su interés monetario. Dio un silbido.

—Esta mierda debe valer un platal —exclamó, levantando el objeto con ambas manos para dejarlo a la altura de los ojos.

Un pequeño papel negro quedó al descubierto sobre el almohadón. Tenía algo escrito en una letra pulcra y en color dorado que resaltaba a la vista. Alzando una ceja, Rainer lo leyó sin quitar las manos del preciado tesoro del cual imaginaba iba a lograr varios dólares.

RainerTrondheim:

Podrás huir de tu vida,

pero no de tu destino.

Aquello le hizo fruncir el ceño. Por alguna razón, sabía que de una forma u otra el cuerno iba a cambiar su vida. Ya sea dejándolo rico o llevándolo a alguna aventura surreal. Soltó una risotada ante aquel disparate; siempre había alguno que se burlaba de él con algún chiste mitológico sólo por su procedencia escandinava.

Recordó cuando en su infancia su madre le contaba historias de los antiguos vikingos y sus dioses nórdicos, y a Heimdall, el dios guardián que sonaría su cuerno cuando llegara el Ragnarök. Con una sonrisa burlona, posó sus labios en el borde de oro, sintiéndolo frío, y sopló.

No emitió sonido alguno, o al menos uno que él pudiera oír. Se lo alejó de la boca y lo miró extrañado. Una grosería quedó atorada en su garganta en el momento en el que una explosión sacudió los cimientos del edificio, y el techo era arrancado como si de una lata de sardina se tratara.

Rainer se quedó mirando el cielo tormentoso que se asomaba. Unas gotas finas y frías entraron, pinchándolo y sacándolo del sopor en el que había entrado. Maldijo varias veces en español y noruego y retrocedió, observando cómo unas garras se asomaban al borde del agujero y la cabeza alargada de un dragón se metía dentro de su apartamento. Justo a tiempo, dio un salto hacia atrás para evitar un mordisco de las fauces llenas de dientes.

—¡Abajo! —gritó una voz femenina detrás de él, lo cual no dudó en obedecer. Una lanza rasgó el aire y se incrustó entre los ojos de aquel ser que Rainer reconoció como Lindorm, una bestia que los mayores solían contar para asustar a los pequeños en el pueblo donde vivió. Tenía la cabeza y la cola de dragón, poseía sólo dos patas con garras y era escamosa y verde como un reptil.

Cuando aquella bestia mítica cayó al suelo inerte con un ruido sordo, Rainer soltó una carcajada, incrédulo.

—¡Por Asgard! ¿Qué carajos hacés? —Una muchacha de cabello negro y despeinado entró como un torbellino, acercándose a él con grandes zancadas y quitándole el cuerno de las manos—. ¿Tenés idea de lo que acabás de hacer, Heimdall?

Rainer no dejó de reír mientras observaba los ojos azules centellantes.

—¡Ah! ¿Y supongo que vos me enviaste esto? —preguntó, señalando el objeto de forma acusatoria y sacándoselo de las manos con un gesto brusco.

—No, pero quien fue seguro esperaba que metieras tu bocota ahí y despertaras a los demonios —gruñó ella, mientras lo tomaba del brazo y lo jalaba para sacarlo de allí, pero él no se movió un ápice—. Vámonos, aquí ya no es seguro.

Rainer se soltó del agarre de la desconocida y se cruzó los brazos tatuados.

—Esperá, nena. No me voy a mover hasta que me expliques qué carajo es eso —exigió, apuntando a la bestia con la cabeza y alzando las cejas a la espera.

La muchacha soltó un suspiro mientras se inclinaba sobre el Lindorm, quitaba su lanza y, ante la mirada sorprendida de Rainer , la redujo al tamaño de un bolígrafo y la guardaba en el bolsillo trasero de su pantalón de mezclilla.

—Te lo cuento en el camino, pero ahora necesitamos irnos... ¡ya! —exclamó, mientras empuñaba otra vez la varita y la convertía en una lanza.

En la puerta había otro Lindorm, el cual esta vez Rainer estaba dispuesto a enfrentar. Como si estuviera de acuerdo con él, el cuerno vibró en su mano con fuerza.

—¡Invoca a Hofuth! —gritó la muchacha observando el brillo del Gjallarhorn y lanzando una estocada al frente para detener un zarpazo de la bestia. Rainer sacudió la cabeza, sin entender—. ¡El cuerno! ¡Con él podés invocar la gran espada blanca!

Él miró el cuerno alzando las cejas. Aquello era una completa locura, seguro seguía en el sueño torpe de una poderosa resaca, sin embargo, no iba dejar pasar la oportunidad de hacer algo aunque sea en el medio de una alucinación.

¡Hofuth! —llamó, sintiéndose un tonto. El Gjallarhorn brilló y se convirtió en un mandoble enorme que hizo que su brazo diera un tirón hacia abajo por el peso. Soltando una carcajada y con la cabeza punzando de dolor, tomó la empuñadura con ambas manos y la alzó haciendo un corte en horizontal. Tomó al Lindorm desprevenido y separó su cabeza de dragón del cuerpo con un solo golpe.

La muchacha lo miró alzando las cejas.

—Muy bien para tu primera vez.

—Soy experto en primeras veces —agregó con una media sonrisa.

Ella puso los ojos en blanco y ambos salieron al pasillo.  

2 de Abril de 2018 a las 12:03 0 Reporte Insertar 1
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