El barco que dejó de volar Seguir historia

dayanaportela Dayana Portela

Raphael Harlow necesita un corazón, y su única oportunidad de sobrevivir va en viaje en un barco llamado "Nueva Esperanza". Pero rodeado de una tormenta inusual, el vehículo volador no pudo soportarlo y termina "naufragando" entre las nubes. Joey iba a bordo y se ve en la obligación de llevar la preciada carga que llevaba el "Nueva Esperanza": el corazón mecánico para el joven Conde Harlow.


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Cuento corto
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Capítulo único

Lo primero que vio Raphael Harlow fue su espalda, tan blanca y esbelta que parecía que estaba tallada en mármol. Lo segundo fue su brazo izquierdo mecánico, el cual contrastaba con su piel por su color dorado, pero aún así, finamente trabajado y con cada engranaje funcionando a la perfección en una hermosa sincronía. Tenía el cabello castaño recogido en un moño, y sus pies desnudos jugueteaban en el agua del río, salpicando las piedras donde estaba sentada.

Esa fue la única vez que la vio. Y la primera en la que se enamoró, a sus catorce años. Ahora, tres años después, yacía en una cama, con un defecto en el corazón y con la esperanza de salvación mermando, soñando con reencontrarla una vez más antes de partir.

El corazón temporal rechinaba en su pecho, quejándose por lo precaria de su construcción. Raphael llevó una mano al bolsillo del pantalón y acarició con los dedos aquel engranaje dorado que ella había perdido cuando le asestó de forma certera una pedrada en la cabeza.

Y rezó para que el barco “Nueva Esperanza” llegara a tiempo.

- - -

Un trueno resonó por todo el camarote y Joey despertó abruptamente con un sobresalto. Miró el ojo de buey con sus orbes verdes desmesuradamente abiertos y la respiración entrecortada por el susto. Más allá del vidrio se podía ver la lluvia que se arremetía con fuerza sobre el babor del barco.

Soltó una maldición y bajó de la cama con apenas una camisa y un pantalón corto con tiradores, saliendo al pasillo con los pies descalzos. El miedo comenzaba a apoderarse de su cuerpo, apenas podía coordinar los pies mientras corría por el pasillo. El piso de madera pulida estaba mojado, algo que era realmente una mala señal si se iba a bordo de un barco como el “Nueva Esperanza”.

Cuando finalmente salió al exterior sin resbalarse, se encontró con un caos. El viento se arremolinaba en las velas, inflándolas, enrollándolas y arrancándolas, mientras que la lluvia no daba tregua sobre sus cabezas. Todos los tripulantes estaban allí, luchando tenazmente contra el clima en un intento de recoger las velas y evitar quedar a la deriva, pero nada de eso estaba resultando.

Un rayo cayó sobre el mástil y lo partió en dos, como si de un cuchillo invisible se tratase, y Joey oyó el grito desesperado de alguien que se precipitaba al vacío. Se le heló la sangre con sólo pensar cuántos de sus camaradas habían ya perdido la vida.

En medio de la vorágine, miró hacia todos lados buscando al capitán, pero no lo veía por ninguna parte. Volviendo a maldecir, se volvió y su mirada se encontró con Tim, un tipo alto y de piel morena que giraba frenéticamente el timón del barco, pero este iba sin rumbo, ignorando los esfuerzos del hombre. Se dirigió hacia él a pasos firmes, sintiendo que los pies se le helaban en el agua que le llegaba ahora hasta los tobillos. La lluvia golpeó con fuerza el rostro de ambos como pequeñas agujas, y Joey tuvo que gritar para hacerse oír por encima de la tormenta.

—¿Dónde está el capitán?

Tim rechinó los dientes cuando el timón giró en sus manos de forma descontrolada.

—Tu padre no ha salido de su estudio desde la mañana —le respondió, volviendo a tomar el control y haciendo un giro brusco que empujó a Joey contra la borda. Dos rayos cruzaron justo sobre su cabeza, desde una nube a otra.

Se inclinó sobre la barandilla y miró hacia abajo. El barco en el que viajaba era uno de los inventos de su padre Andrew, y la mayor diferencia con sus semejantes marítimos era que este navegaba por los cielos. Eso le dio el mérito de ser el capitán de su propio barco y utilizarlo para llevar mercadería de un lugar a otro, pero sabía muy bien que su padre estaba hecho para la mecánica y no para la navegación.

Por eso, los tripulantes consideraban a Joey como segundo al mando, aunque apenas tuviera quince años.

Alzó los ojos hasta la chimenea, cuyo vapor negro se mezclaba con las nubes furiosas, recordando que esa tarde, cuando se había ido a echar una pequeña siesta, el cielo estaba despejado y soleado. ¿Cómo pudieron meterse en el medio de una tormenta? ¿Acaso el lluviómetro de su padre no lo había detectado?

Dio dos grandes zancadas para volver con Tim.

—¿No pudieron desviarlo? —gritó, sacando del rostro mechones de cabello marrón que le golpeaban la cara—. ¿No lo pudieron detectar? —Había un tinte desesperado en su voz. Aquella tormenta no era normal, los estaba acorralando.

Tim mantuvo el mástil firme mientras otro trueno amenazaba con partir el cielo.

—Salió de la nada, ninguno de los detectores llegó a sonar. Nos envolvió en segundos.

Joey se sujetó cuando el viento balanceó el barco como si de un títere se tratase.

—¡Mantenlo estable! —ordenó entonces, alzando la voz enroquecida. Se giró velozmente para volver al interior—. Seguramente tendremos que abandonarlo. Iré por Andrew.

Joey corrió y trastabilló cuando volvió al pasillo. El ruido de la maquinaria que le llegaba desde los pies le indicaba que el motor estaba trabajando a todo vapor para mantenerlos en el aire, pero sabía que no resistiría por mucho tiempo. El vehículo no estaba diseñado para soportar ese tipo de clima, y menos esa tormenta anormal.

Llegó al camarote al final del pasillo, casi al lado de la puerta que conducía a las calderas. El calor allí siempre era insoportable, y se preguntó una vez más cómo su padre podía soportarlo. Abrió la puerta con un empujón y el olor a madera quemada ingresó en sus fosas nasales de inmediato. Se cubrió el rostro con el brazo izquierdo, el mecánico, y tosió.

—¡Andrew!

Llamaba a su padre por su apellido desde que su madre había muerto en un accidente con un invento que había salido de control y había explotado. Joey perdió el brazo y había sido reemplazado por la mejor obra de Andrew, el Metal Arm, pero aún así, no había nada que curara la pérdida de su progenitora.

De eso hacía ya cinco años.

No hubo respuesta. El lugar estaba desordenado, las herramientas yacían esparcidas por el suelo y el capitán no se encontraba por ninguna parte. Las llamas lamían las paredes, transformando el taller en un horno. Joey temió lo peor, y creía no poder soportarlo esta vez.

—¡Papá, responde!

—Joey…

Se dirigió velozmente hasta el origen de la voz y lo encontró tendido bajo un trozo de su pesada mesa de metal. Seguramente esta se le había caído encima en el ajetreo de la tormenta.

—No te preocupes, te sacaré de aquí. —La voz de Joey denotaba urgencia, pero su padre parecía tranquilo.

Le tomó la mano para impedirle que hiciera un sobreesfuerzo, pero Joey se soltó e intentó sacarlo de allí.

—El Metal Heart debe llegar al Conde Harlow, no debe perderse...

Joey quiso protestar, no le importaba en absoluto el Conde Harlow en ese momento, pero una sacudida violenta hizo que volara por el camarote y terminara estrellándose contra la puerta, la cual terminó partiéndose con su peso. Cayó inconsciente por unos segundos, y cuando volvió a sí el agua estaba entrando a raudales por una abertura que se había abierto hacia el exterior. Vio el ancla, enorme y pesada, caída a pocos metros de donde estaba. Las llamas luchaban ferozmente contra la lluvia.

Un rayo volvió a descargar su furia sobre el barco, agitándolo con violencia una vez más. Se acercó a su padre, el cual ahora, libre de la mesa, tomaba con ambas manos a un corazón metálico, tan bellamente trabajado y latiendo como si tuviera vida propia, con un incesante murmullo que provocaban sus engranajes dorados al trabajar. Joey quiso decirle que olvidara aquel traste, que en ese momento lo más importante era salir de allí con vida, aunque lo único que sus ojos podían contemplar con horror era la herida abierta que tenía su padre en el vientre. En aquel momento supo que probablemente no sobreviviera.

—Sálvalo. Se lo debemos al joven Conde.

Con una agilidad asombrosa e ignorando las protestas de Joey, le colocó en sus manos el corazón mecánico. En su brazo izquierdo sintió una descarga, como si se reconocieran como hijos del mismo creador.

Joey sentía las lágrimas surcando su rostro. No era lo suficientemente tenaz para detener a su padre, tampoco lo era de fuerte para llevarlo a rastras. La vida del Conde Harlow era más importante para el Capitán que la suya propia.

—¡El corazón! —exclamó entonces Andrew, su voz perdiéndose entre el ruido de la tormenta y la agonía de su herida—. Por favor cuídalo. Colócaselo. Sé que puedes hacerlo… —Su voz se perdió mientras observaba a Joey a los ojos—. Te pareces tanto a tu madre… —Murmuró, en un desvarío y olvidando el caos que lo rodeaba—. Serás un buen chico, Joey, y salvarás a Harlow —agregó mientras le palmeaba el rostro y esbozaba una sonrisa trémula.

Joey sintió un nudo en la garganta y temió ahogarse con sus propias lágrimas.

—Papá, ¿ya no lo recuerdas? —protestó, y el Capitán Andrew ladeó la cabeza sin entender. Joey soltó una risa seca, sin humor. Que los demás creyeran eso no le molestaba. Es más, era ventajoso en ese ámbito tan masculino ocultarse bajo esa piel que le daba más libertad que cualquier otra cosa. Sin embargo, el olvido de su propio padre no lo podía tolerar—. Joey es diminutivo de Josephine. —Le sonrió. El capitán abrió los ojos desmesuradamente, como si recordara al fin—. Soy una chica.

Una última sacudida brusca. Joey sintió que volaba por toda la cabina, cayendo con todo su peso contra la pared y atravesándola como quien golpea un cristal con una piedra. Mientras cruzaba el cielo con velocidad, vio al barco en llamas, el querido “Nueva Esperanza” de su padre siendo consumido por una tormenta anómala y rodeado por las nubes cargadas de lluvia. Lo vio chocarse contra un cumulonimbo y perderse de vista.

Su espalda se estrelló contra el agua, un río quizá, y se sumió en la oscuridad de la inconsciencia.

- - -

El sol le daba en los ojos, tan potente que podía sentir que le atravesaba incluso los párpados. Pestañeó y puso el brazo frente al rostro para quitar la luz de la cara, oyendo el chillido protestante de sus engranajes, algunos fuera de lugar a causa de la caída y el agua. Se sentó lentamente, quejumbrosa y maldiciendo mientras colocaba todo en su lugar con habilidad. Ella poseía el mismo don de la mecánica que todos los hombres de la familia Andrew, ese poder de unir algo frío y duro como el metal a algo vivo y cálido como el cuerpo humano. Pero su brazo estaba incompleto a pesar de repararlo a medias. Si su padre al menos hubiese sustituido ese engrane faltante...

Su padre…

Se incorporó de un salto y un dolor en su pierna hizo acto de presencia, indicándole que no había salido ilesa de aquel accidente. De pie, miró alrededor: estaba en un campo en el medio de la nada, al lado de un río, con la única compañía de un asno pastando con parsimonia.

Y luego había una veta de humo negro rompiendo con la armonía del horizonte.

Entonces corrió, ignorando cualquier tipo de dolor y con los dientes apretados. Le llevó apenas un par de minutos llegar hasta donde el gran barco yacía destrozado, siendo aún consumido por la llamarada. Un par de vecinos de la zona trataban de apagarlo arrojándole baldazos de agua de río, pero aquello había tomado tal dimensión que amenazaba tomar también los pastizales. El clima cálido y la maleza seca tampoco ayudaba.

Joey tenía el corazón latiéndole en los oídos cuando se dio cuenta de lo que iba a pasar: todo aquello no demoraría en estallar. No podía permitir que la historia se volviera a repetir, que perdería a todo lo que más amaba en otra explosión. Lanzando un grito con la voz áspera y pensando que quizá su padre aún podría estar con vida, se precipitó hacia las llamas.

Sin embargo alguien más cuerdo la retuvo, sosteniéndola con fuerza e impidiéndole acercarse. Trató por todos los medios soltarse, mordiendo y pateando, pero cuando finalmente lo logró, ocurrió.

Fue una explosión de tal tamaño que ambos se vieron impulsados hacia atrás. Joey apenas se quedó tendida sobre la hierba, llorando, pensando en todo ese tiempo que había rehuido de su padre para evitar pedirle perdón por acusarlo indirectamente de la muerte de su madre. Había sido un accidente y lo sabía, pero no lograba aceptarlo. Se había ocultado bajo la capa de Joseph para trabajar y hacer las cosas por sí misma de tal forma que la relación con su progenitor se había vuelto como de dos conocidos.

Golpeó el suelo con el puño de tal forma que los policías fueron lo que la detuvieron. Le pidieron que los acompañara hasta la ciudad, la cual no estaba muy lejos de allí, y ella se dejó llevar con la mente en blanco. Estaba sola, completamente sola, con un corazón mecánico en el bolsillo de sus pantalones cortos para un Conde que no conocía. Tanteó la última creación de Andrew y se sorprendió que aún funcionaba a la perfección, resistiendo a la caída y al agua.

Cuando llegó a la comisaría ya no tenía más lágrimas. Su mirada estaba vacía mientras observaba a los policías que le llenaron de preguntas que contestó apenas con monosílabos o gestos. Lo último que le indagaron fue si tenía donde quedarse.

No lo tenía, ambos vivían en el “Nueva Esperanza”. Su hogar ahora se reducía a cenizas. Negó con la cabeza apenas en el momento que llegaba un hombre que rayaba los sesenta años. El Comisario lo dejó pasar sin decir palabra, y el recién llegado se anunció como el mayordomo del Conde Harlow que venía a llevarse al señorito Andrew.

Joey pensó que las noticias corrían demasiado rápido para su gusto y no tuvo otra opción que aceptar la petición de parte del maldito Conde. No tenía hogar ni familia. El Metal Heart era lo único que le quedaba. Eso, y el trabajo de su padre de años en la mecánica que, al ser la única heredera, tendría que llevarlo Joey a partir de ahora. Sabía que ese momento llegaría, pero no quería que fuera tan pronto.

Sin pensarlo más, alzó los ojos vacíos hacia el mayordomo del Conde.

—Iré con usted, señor —dijo al fin, y su voz sonó hueca, carente de emoción.

El hombre le dedicó una mirada comprensiva y lo llevó hasta el carruaje que los esperaba afuera. Mientras observaba los últimos rayos de sol ocultándose en el horizonte, pensó que si todos creían que era un chico, debería quedarse así si quería tener algún futuro de allí en adelante. Nadie querría una mujer al frente de una empresa de partes mecánicas, y menos que una le colocara un corazón a un importante miembro de la nobleza.

El carruaje se detuvo frente a una enorme mansión al estilo victoriano, de paredes blancas y un hermoso jardín. Era demasiada opulencia para lo que estaba acostumbrada, pero pensó que haría su trabajo y se iría lo más rápido posible para comenzar su nueva vida de cero, lejos de allí. Apenas asintió sin expresión ninguna cuando una ama de llaves la condujo hasta el aposento de invitados, le dio ropa limpia y comida. Cuando finalmente entró a ducharse, no dudó en cortarse un poco más el cabello, ya lo había dejado crecer demasiado, llegando a taparle las orejas, quedando con apenas una mata castaña y rebelde que le caía sobre sus ojos verdes.

Se quedó contemplando aquella imagen tan familiar: la de Joseph Andrew. Un muchacho escuálido con la voz ronca, como si tuviera que esforzarse para hablar. Un muchacho que conocía de mecánica y de navegación, el que fue el segundo al mando del “Nueva Esperanza” y el que iba a llevar adelante el negocio de su padre.

Josephine dejaría de existir definitivamente.

Se vistió lentamente la ropa que le proporcionaron: una camisa blanca, unos pantalones largos, un chaleco y un par de guantes blancos. Había terminado de vestirse cuando la ama de llaves le golpeó la puerta para anunciarle que el Conde Harlow lo esperaba para la cena. Era de esperarse que quisiera que le colocara el Metal Heart después de eso, así que no se demoró.

Cuando llegó al comedor, el Conde era la única persona sentada en la cabecera de la enorme mesa de cerezo. Joey creyó que sería un hombre maduro, quizá de unos treinta y tantos, pero nunca pensó que fuera un muchacho de no más de diecisiete años.

Lo peor: un chico que unos tres años atrás había ido a espiarla mientras se bañaba en el río, el mismo donde el “Nueva Esperanza” había caído. Quedó estática al recordar que le había asestado una pedrada en la cabeza con tal fuerza que había perdido un engrane de su brazo mecánico. Esperaba que con los años hubiese olvidado ese incidente, o que al menos Joey se viera totalmente diferente a la muchacha que él había visto.

El Conde Harlow le indicó el asiento a su derecha con un gesto de la mano y Joey se acercó con lentitud, oyendo con atención el ruido que emitía el pecho del muchacho: los engranajes viejos y fallados del último intento de su padre de sustituirle el corazón antes de crear el Metal Heart.

—Lamento lo de tu padre, Joseph. —La voz de Harlow le llegó lejana, como algo que no quisiera oír. Joey se limitó a asentir, huyendo su mirada de los ojos negros e inquisitivos.

—Tengo el Metal Heart —dijo en cambio, sacando el corazón del bolsillo. La pieza mecánica brilló bajo la luz de las velas, dándole la apariencia de estar hecho de oro. Hacía un ruido suave, como un murmullo, muy distinto a la sinfonía de ruidos que tenía Harlow en su pecho.

—Es hermoso —dijo Raphael, admirando la última obra de arte del Capitán Andrew, pero sin atreverse siquiera a tocarlo con miedo a dañarlo—. Estoy seguro que puso todo su empeño para hacerlo perfecto. —Tomó la copa de agua y dio un sorbo—. Te ves agotado. Hoy descansa. Mañana haremos la operación.

—Gracias, señor —susurró con la voz ronca.

Joey volvió a guardar la pieza y ambos comenzaron a comer en silencio, roto solamente por los engranajes del corazón provisorio. Después de eso, cada uno se fue por su lado y Joey no dudó en caer rendida en la cama. El día había sido muy duro y realmente agradecía al Conde por postergar la operación, sentía que en ese momento no estaba en condiciones de hacer nada salvo dormir.

No tuvo sueños ni pesadillas. Nada. Su mente era un vacío enorme, y su corazón también.

A la mañana siguiente, Joey y Harlow desayunaron juntos, en el característico silencio que rodeaba a ambos. La muchacha se preguntó si él vivía solo o sus padres simplemente eran personas muy ocupadas. Cuando terminaron, el mayordomo los condujo hasta el dormitorio del Conde. Allí ya estaban las herramientas que le habían conseguido a Joey para realizar la operación.

Estaba nerviosa. Había ayudado a su padre miles de veces a lo largo de los años, pero nunca había conectado una pieza ella sola. Tomando confianza mientras pensaba que luego se iría de allí a un lugar muy lejos a rehacer su vida, sujetó las pinzas con fuerza y le indicó al Conde que se tendiera en la cama y se quitara la camisa.

En el medio del pecho tenía una tapa metálica, adherida a su piel de forma casi imperceptible. Ese era el don que toda la familia Andrew poseía: poder añadir algo mecánico a algo vivo de forma que funcionara en armonía, como si siempre hubiese sido así.

Se sentó al lado de Harlow y levantó la tapa. Algunos engranajes estaban oxidados y rechinaban de una forma molesta que hizo que Joey se preguntara cómo el Conde soportaba vivir así. Sostuvo la tapa con la mano izquierda y su brazo protestó con el esfuerzo.

El Conde percibió el sonido y frunció el ceño.

—¿Eso fue su brazo? —preguntó, tomando la muñeca de Joey de imprevisto. Con un rápido movimiento se deshizo del guante y observó la mano mecánica. Se quedaron callados por varios segundos, simplemente contemplándose. Ojos negros sobre ojos verdes—. Yo conocí a una muchacha —comenzó a decir al fin Raphael, y la muchacha comenzó a sudar, estática— que tenía un brazo así. Era tan fuerte que me partió la cabeza de una pedrada. —Se rió, metiendo la mano en el bolsillo y sacando de allí engrane circular. Joey lo reconoció de inmediato, pero seguía paralizada mientras el Conde se lo colocaba hábilmente entre los engranajes del codo. Encajó a la perfección. —No soy tan bueno como tu padre, pero algo de mecánica sé.

Joey apartó el brazo con terror, notando como éste funcionaba sin rechinidos extraños, como cuando su padre se lo colocó la primera vez luego del accidente. El Conde se incorporó en la cama, extendiendo un brazo suplicante hacia ella, como si quisiera tranquilizar a un animal asustado.

—No deberías ocultarte, Josephine. Eres hermosa, incluso con ese cabello corto —añadió, pero aquello sólo logró que ella se apartara aún más.

Joey estaba aterrorizada, tanto porque él la había reconocido como por el cumplido que había recibido. ¿Estaba acaso el Conde coqueteando con ella? Quiso irse de allí en ese instante, pero le había hecho una promesa a su padre. Tenía que cumplirla y luego desaparecería.

—¿Cómo sabe mi nombre? —Por primera vez en mucho tiempo, su voz salió suave, casi aterciopelada. Que la llamara por su verdadero nombre había hecho florecer a la pequeña mujer que había estado encerrada por mucho tiempo.

Raphael alzó las cejas.

—No fue difícil deducirlo.

Perspicaz y astuto. Eso pensó Joey del Conde. Pero aquella sonrisa comenzaba a derrumbarle sus defensas.

—Josephine, por favor. Prometo no hacer nada hasta que termines tu trabajo.

Nada, ¿qué? ¿A qué se refería con eso? Ya quería mandar todo al diablo. Padre, perdón pero no puedo con esto.

—¿Y luego qué? —rebatió, ahora apretando la pinza con la mano derecha con tanta fuerza que pensó que se le incrustaría en la carne. Sabía que tenía que tranquilizarse si quería salir bien parada y no tener a un importante Conde como enemigo—. ¿Me dejarás ir como Joseph y seguir con la tienda de mi padre? ¿O contarás a todos que soy una dama y que no sirvo para la mecánica?

El Conde Harlow frunció el ceño.

—Nunca dije eso, ni lo pensé. Si quieres seguir con el negocio del Capitán Andrew, te apoyaré. Incluso te ayudaré económicamente si es necesario.

—No necesito tu dinero. —Impulsada por la ofensa de aquella oferta, le lanzó la pinza en la cabeza de Harlow. Él apenas soltó un quejido y comenzó a reír a carcajadas. Ella apenas se quedó mirándolo incrédula ante tal reacción.

—No cambiaste nada —dijo él mientras se secaba las lágrimas. Le hizo un gesto para que ella se acercara y ella obedeció dubitativa.

Tomó la pinza que él le extendía y comenzó con su trabajo al fin, en silencio. Quitó el corazón viejo con sumo cuidado y, usando su mano derecha, la que tenía el don de la mecánica, colocó el Metal Heart en su lugar inmediatamente. Tomó las pinzas para ajustar los últimos tornillos, pero Josephine sintió sus manos temblar cuando percibió un fallo: faltaba un engrane, el más importante y el que unía el corazón al cuerpo. Era una pieza extraña, circular, sí, pero doble, con dientes redondeados…

Como el que Harlow había colocado en su codo.

Con una sonrisa mientras recordaba a su padre, el que siempre decía que cada creador tiene su sello, comenzó a quitarse el engrane nuevamente. Su brazo protestó.

—¿Qué… qué hace? —preguntó el joven, mirándola con perplejidad. Levantó una mano para impedir que lo hiciera, pero ella lo apartó de forma gentil.

—Falta una pieza, y es igual a la que acaba de colocar en mi brazo, Conde —le dijo ella, evitando la mirada de Raphael. Su estómago estaba hecho un manojo de nervios ante la mirada inquisitiva del muchacho—. Yo puedo vivir con un brazo que rechina, pero usted no puede vivir sin un corazón…

—Y sin un corazón yo no podría estar con usted.

Josephine no pudo evitar esbozar una sonrisa y Raphael sabía que al fin y al cabo, el Metal Heart siempre le había pertenecido a ella.

En todo sentido.

16 de Febrero de 2018 a las 00:00 0 Reporte Insertar 1
Fin

Conoce al autor

Dayana Portela Konnichiwa! Dayana Portela al habla! Soy uruguaya, tengo 26 a�os y me encanta escribir, leer, mirar anime, leer mangas y disfrutar de buenas pel�culas... Son gran fan del g�nero de fantas�a y ficci�n. Si hay algo de romance, mejor ;) Entonces casi todo lo que escriba tiene un poco de eso...

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