Ojos de cristal Seguir historia

roxanab Roxana B. Rodriguez

Ojos de cristal, una teoría que jamás pudo ponerse en practica y verificarse empíricamente. O así es como se lo ha divulgado en la comunidad científica por considerarse inhumana, similar a creerse Dios, según la religión. Pero cuando una madre desesperada por salvar a su hijo y con el dinero y el valor de enfrentarse a lo incierto, todo cambiará. Quizás, creando a un dios o quizás, sea Dios creando al diablo una vez más.


Ciencia ficción No para niños menores de 13.

#Drama #Muerte #Gemelos #Almas #hermanos
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Capítulo 1

El pasillo del hospital estaba en silencio. Aun así, Heiko se levantó de su cama aprovechando que había estado solo. Estaba cansado y realmente, ya sentía que el brazo le dolía de sólo pensar que le iban a colocar una intravenosa. Su vida había sido mucho más fácil antes, pero con el pasar de los años, su salud comenzó a deteriorarse a tal punto que el hospital era más su casa que ningún otro sitio. Y lo frustraba que había perdido gran parte de su adolescencia por estar internado. Le dio la orden a la pantalla para que desapareciera y salió de la habitación. Los comandos por voz eran muy comunes en esa época y las entradas por texto o teclado habían quedado relegadas a muy pocos espacios o a personas que disfrutaban de ello. El común de la gente, prefería lo más sencillo y era lo que se acostumbraba a tener en lugares públicos como el hospital.


Su madre había desaparecido de su vida hacía años y su padre trabajaba y pocas veces sacaba tiempo para ir a verlo. Con el único que contaba era su tío, pero hasta él tenía cosas qué hacer así que a él no le molestaba que terminase yéndose, después de todo, era quien hacía todo por él, desde sus ingresos hasta sus altas, así que no podría reclamarle nada.


Aún así, la sensación de que la vida se le estaba yendo entre las paredes blancas. Así que al menos, bajó a estirar las piernas, tantas eran sus ansias que bajó caminando las escaleras eléctricas. Tenía hambre, así que con suerte, podría conseguir algo sabroso en la cafetería. Desde hacía una semana que sentía iba a matar por un café de calidad y no eso que le llevaban de la máquina de la esquina. Horrible.


No había nadie, salvo el cocinero y el mesero quizás era la hora que no había frente frecuentándolo, en un momento, entró una señora llevándose un café y una factura, nada más. Él pidió lo mismo y como tenía las mesas para elegir, se buscó una en un rincón, al final de todo.


La comida era hecha por máquinas y la mano humana pocas veces se veía interviniendo en ellas, salvo en pocos sitios que aun lo conservaban, pero eran escasísimos. Y había tenido la suerte de pasarse gran parte de su vida en un hospital que aun conservaba esas costumbres. Las máquinas habían ido reemplazando al hombre muy rápidamente en la ciudad, donde los cambios se veían con mucha más brusquedad.


Él recordaba cuando su vida era más tranquila en un pueblito olvidado de la mano de Dios, con su familia, sin tantos problemas, con una vida plena.


Le dio un mordisco a la factura y sintió la dicha en sus papilas gustativas.


Tú…una mujer le habló y al levantar la vista se quedó tan sorprendido como ella: eran idénticos.


¿Haydée?


¡Entonces sí eres Heiko!Gritó con emoción cayendo en la silla que estaba en frente de él.


Casi habían pasado once años y verse en la cafetería del hospital era algo demasiado irreal. Se sonrieron y como si no pudieran creerlo, estiraron sus manos por sobre la mesa juntando palma con palma, comprobando que lo estaban viendo era algo totalmente real: se sentía como si eso de verdad no fuera un sueño.


Y sin contenerse por más tiempo, se abrazaron y se dejaron llevar por las lagrimas y la emoción del momento de haberse reencontrado.


Su madre estaba en la habitación de Haydée así que fueron a la de Heiko y se quedaron hablando y poniéndose al día ¡estaban felices! Después de que sus padres se separaran, los habían separado a ellos también sin la posibilidad de poder volver a verse. Y aunque habían sido tenaces, la fortuna no les había sonreído en cuestiones de reencuentros. Por eso, dejar que el destino los reencontrara de esa forma era una de las mejores cosas que le había podido suceder.


¿Puedo quedarme contigo?Preguntó ella. No tenía intenciones de volver a su habitación, tampoco, de preocuparse por su madre o los demás.


Él tampoco quería dejarla ir, así que terminó asintiendo, dejando que se recostase con él en la cama y durmieran abrazados, como cuando eran niños y aun podían compartir todo juntos, como todos los gemelos, que hasta se habían enfermado por la misma época.


La luz era tenue en la habitación. Apenas había un ruido en la habitación, sólo el sonido de dos respiraciones que habían vuelto a encontrar la misma sintonía.


13 de Febrero de 2018 a las 22:27 0 Reporte Insertar Donar 0
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