El cielo azul de tu mirada Seguir historia

ginyales Gin Les

Adriel es un joven casado con la mujer de su vida. Ella se ve envuelta en una situación que la lanza en un espiral que la lleva a perder el sentido común y se ve envuelta en un circulo vicioso. Él hace lo necesario para sacarla de eso, aunque esto signifique llegar a lo que el nunca creyó posible.


Drama Todo público. © D.R.©2017 Ginya Les

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Las horas han pasado y llego a casa después de un día cansado y frustrado en el trabajo. Sonia perdió su trabajo hace seis meses y no ha podido encontrar alguno. No entiendo por qué, es talentosa, bella y con gran carisma. 

La casa está como siempre. Patas arriba. Entro a la recámara esperando que Sonia me reciba con un beso y lo que me encuentro es a una mujer con cabello desordenado, pijama —de un día antes—, y sentada frente a un ordenador.

No quiero ser pesimista, tal vez está haciendo algo importante o enviando un currículum. Me acerco esperando equivocarme, pero no es así. Mi mujer se ha vuelto una adicta a las redes sociales. Ahora está en Instagram.

Quién iba a pensar que la forma de afrontar su depresión —como ella le llama—, sería perder el tiempo en las redes sociales.

—Cariño, ¿cómo estás?, ¿hay cena? —le pregunto mientras me tiro a la cama con un dolor espantoso en la espalda.

—¿Cena? Estás loco, Adriel, es súper temprano, vas llegando y llegas exigiendo. Cada vez estas peor —me responde molesta... Lo que faltaba.

—Sonia, son las nueve de la noche, te estuve marcando pero como siempre, no respondiste.

—¡Obvio no! No soy tu gata para atenderte cuando tú quieras. También tengo cosas que hacer. Busco trabajo diario y...

Dejo de oírla y me salgo de la recámara para luego retirarme de nuestra casa en busca de cena.

Mientras manejo pienso en lo que sabía que iba a pasar. Cada que digo algo explota y siempre acude a hablar sobre cosas que tiene que hacer, pero ¿estar frente a una pantalla es una de ellas?

Encima dice que no es mi gata, ¡por Dios! ¿De dónde saca ese vocabulario? Esa mujer puede ser muchas cosas menos gata de alguien.

Es mi esposa, está en casa todo el día, y aun así no es capaz de hacer una sopa o de siquiera bañarse.

La semana pasada fuimos al cumpleaños de su madre. No disfrutó la fiesta. Se tomó fotos por montón e hizo mil caras frente al móvil mientras la familia charlaba, comía y bebía. Ella se limitó a ignorarlos. Al final todo se fue por la borda cuando su hermana le pidió que dejara el celular, se puso a la defensiva haciéndose la víctima, como siempre...

Esto es cansado.

Muy cansado.

Estoy perdiendo a la mujer que amo frente a mis ojos. Lo que ella era, ya no es. Solo es una silueta que finge sonrisas frente a la cámara pero que la mayoría del tiempo está enojada; que escribe publicaciones de amor en Facebook para mí pero me recibe como a un desconocido.

El divorcio me llegó a cruzar por la mente, es cierto, pero eso no me haría mejor que a ella. Lo que necesita es mi ayuda, pero ya lo intenté todo. Ya pasaron ocho meses, ocho, y solo empeora con el tiempo.

Mis vacaciones laborales se acercan y no sé qué haré en casa todo el día. Solo me ignorará, «como siempre»  ¿o no? Ya le dije que visitemos las cascadas, pues sé que tiempo atrás fue algo que deseó; antes de que se desatara esta locura. 

Su respuesta fue una negación, concretamente dijo—: No hay señal y me molestan los mosquitos.

Traté de convencerla, pero fue inútil. Así que antes de que todo terminara en una discusión sin sentido, dejé el tema por la paz.

Llego al puesto de tacos, esos que tanto nos gustaba visitar juntos, aunque de un tiempo para acá, siempre acudo solo.

—Hola, Víctor, ¿me das un vampiro para comer aquí y dos normales para llevar? Por favor.

—Claro, ya salen. Oye, ¿y Sonia, sigue enferma? —me cuestiona algo confundido, siempre que pregunta es la respuesta que le doy.

—Sí —miento con más desánimo de lo normal.

Siento que el final de nosotros se acerca y será inevitable.

Busco alguna mesa sola y me encuentro con que  solo hay una en la esquina de atrás del local, la que está frente a los baños. Da igual, me siento ahí y me encierro  en mis propios pensamientos, dándole vueltas al asunto. 

Dicen que todo está perdido cuando la indiferencia en la pareja se hace presente, cuando ya no le importas a ella o ya no te interesas en lo más mínimo por su persona o sus necesidades, válgame, cuando ya ni ganas tienen de discutir.

Al menos cuando hay amor, la pasión se siente en las discusiones para terminar reconciliándose de una forma mágica y única, cuando entiendes lo que esa persona te quiere comunicar y encuentran una solución para el problema por el que comenzaron a discutir... pero, cuando una cortina de hielo se posa entre ambas personas y ya ni las discusiones son trascendentales, te das cuenta de que todo está acabado.

Y así me siento, que ya todo terminó.

—Hola, ¿puedo sentarme contigo? Es que no hay ninguna otra mesa y me di cuenta de que estas solo. Pero si no quieres no hay problema, puedo esperar. Voy saliendo de una guardia en el hospital y muero de hambre, pero en serio, si no quieres no hay ningún problema, yo espero.

La chica parada frente a mí, vestida de enfermera, habla tan rápido que ni oportunidad me da de decirle que sí. Solo asiento con la cabeza y ella se deja caer sobre la silla, arroja un suspiro de descanso mientras sonríe y me ve. Tiene una hermosa sonrisa y unos preciosos ojos azules que me recuerdan a mi Sonia. Sí, mía, aún es mía, mi esposa... o eso quiero creer.

—Mucho gusto, soy Sam, no de Samuel, Sam de Samanta —se presenta mientras me estira la mano.

—Mucho gusto, Sam. Soy Adri, no de Adrián, Adri de Adriel —le respondo y ella suelta una sonora carcajada que me hace sonreír. 

Una sonrisa auténtica en mi mundo lleno de mierda.

—Y, ¿qué haces aquí solo, Adri? Por tu anillo veo que eres casado —pregunta así sin más, es una chica muy cotilla.

—Cenando también, después de un día largo —respondo restando importancia al verdadero motivo.

—Sabes, trabajo con niños, y sé cuándo mienten. —Me observa con detenimiento y luego me señala con el dedo—. Y tú lo estás haciendo. Tienes una cara de que te lleva la fregada. Si no quieres decirme, no hay lío, pero si te quieres desahogar, te escucho.

Es raro tener que hablar con una persona extraña. Me debato un momento en si contarle o no pero ahora más que nunca necesito un consejo y no nos conoce, tal vez pueda ser objetiva. Apenas si la conozco, es una persona completamente extraña, sin embargo, decido hacerlo, al fin de cuentas nunca más la volveré a ver.

—Ok, te contaré, pero después de esta charla, cena, o como sea, olvidamos esto.

—Sí claro, soy toda oídos —dice más animada de lo que ya está. Confirmado: es una cotilla.

Tal vez estoy cometiendo un error, tal vez no, pero ya qué.

Le cuento todo, como Sonia perdió el trabajo, como se refugió en el internet con el pretexto de buscar trabajo y se volvió adicta a las redes sociales. Su descuido personal, cuando fuimos a terapia y la abandonó, las veces que hablé con ella sobre que fuera moderada con eso. Las peleas, su actitud de víctima y ofensiva. Todo... incluso que ya teníamos cuatro meses que nada de nada de sexo. Que su familia ha tenido que intervenir en varias ocasiones porque nunca sale de casa si no es en extremo necesario.

Las caras de Sam van desde la sorpresa hasta molestia, incluso se rio de mí y me dijo que debería estar orgulloso por tener una mujer de la generación millennial, obviamente lo dijo con sarcasmo.

Se siente bien desahogarse. Cuando le cuento mi desesperación por encontrar una solución a nuestra situación, Sam se queda algo pensativa y después de unos minutos me dice:

—Deberías raptarla. Llevártela lejos. Donde no encuentre señal de redes o quizás un lugar alejado de la mano de Dios. Apenas así tu mujer no tendrá nada que hacer, salvo hablar contigo cara a cara.

Tiene razón, aunque lo diga de broma. Si lo pienso eso es una estupenda idea, una forma de desintoxicación para Sonia.

Tendría que intervenir de una forma drástica. Situaciones extremas requieren medidas extremas, ¿no? Me quedo meditando en ello, incluso mientras terminamos de cenar, ella me cuenta de su novio, su madre y su trabajo en el hospital pediátrico. Al terminar me despido de ella dándole un beso en la mejilla y me voy de ahí. En agradecimiento pago nuestras cenas al salir, convencido que tal vez nunca más la vuelva a ver.

 

Una semana después tengo todo organizado. Sonia sigue huraña y antisocial. Esta mujer mía no tiene vida. Le mentí diciendo que iríamos en helicóptero a ver un nuevo terreno de la empresa de mi padre que queda alejado de la ciudad y que de ahí iríamos a comprar el nuevo Samsung para ella. Hasta cree que lo voy a hacer.

Puse a la familia al tanto para que no se preocupen e incluso mi suegra y cuñado ayudaron. Todos esperamos que después de esto ella pueda ver la realidad de las cosas.

Al ir hacia el coche, Sonia llevaba el móvil en una mano y el cargador en la otra. Fingí que las cajas que traía para reciclaje eran pesadas así que le planté una en las manos así sin más.

—¡Adri! Se va a caer mi móvil, espera.

—No te preocupes, cariño. Ya te ayudo. —Le retiro el móvil de las manos mientras ella sostiene la caja.

—Mételo a mi bolsa, no lo vayas a olvidar. Sino, te cuelgo de las pelotas.

—Ok, ok. Ya lo hago —digo en son de paz. Pero en realidad solo finjo que lo meto y lo hecho al bolsillo trasero de mi pantalón—. Pon la caja en el asiento trasero, voy por lo demás —digo y me regreso a cerrar la casa.

—Vale, date prisa, que quiero regresar temprano. Estoy cansada —dice sin ánimos de nada.

Y pienso, ¿cansada de qué?

Entro por dos cajas más y dejo nuestros móviles en el cajón de la cocina. Marco del teléfono de casa a mi hermano y le digo que ya estamos de salida, que por favor le avise a la familia de Sonia.

—Sale, Bro. Cuídense y no olvides tener mucho cuidado con las gotas —me recuerda una vez más.

Meses atrás el médico le recetó a Sonia gotas para dormir ya que pasaba noches sin poder hacerlo. Según dijo era producto de la depresión, pero el médico alegó que era resultado de una adicción a la tecnología; algo que llamó nomofobia

Hoy para poder llevar a cabo mi plan sin contratiempos ni dramas a causa del móvil, le daré unas pocas gotas para que duerma el tiempo necesario y podamos llegar a nuestro destino sin retrasos. Vierto tres gotas en su termo de café y lo cierro, luego tomo ambos y salgo.

Después de cerrar la casa emprendemos rumbo a la carretera. Le ofrezco el termo con café caliente y ella comienza a beber. Mientras sus manos se mueven sin parar haciéndome notar que se encuentra ansiosa.

Revisa el bolso y no encuentra el móvil.

—Adri, mi móvil no está —dice llena de pánico—. Adri, ¡contesta!.

—Y yo qué voy a saber, lo eché al bolso —afirmo como si nada. Dios, que mentiroso soy.

—Adri, regresa, tal vez se cayó cuando puse la caja atrás —Su tono es desesperado—, por favor, regresa ya. Será rápido.

—No puedo, Sonia, es por tu bien. —Me decido por la verdad. Ella vuelve a beber del café.

—¿Por mi bien? ¿A qué te refieres? —Su voz suena adormilada. Ya está haciendo efecto la sustancia.

Después de media hora llegamos al helipuerto, hago el traslado y Henry, mi cuñado, me ayuda con ello. Subimos todo a la avioneta y nos llevan a la isla. En realidad las cajas de reciclaje traían unas pequeñas maletas con ropa y provisiones.

Henry me ayuda con Sonia, la cual sigue dormida, la metemos a la cabaña y la recostamos en la cama. Termino de instalarme mientras Henry y el piloto regresan a la ciudad dejándome solo con mi esposa.

Dos horas más tarde Sonia despierta.

—¿Dónde estamos? Adri, ¿qué es todo esto? —pregunta confundida y algo molesta al ver a su alrededor.

—Bien, cariño, siéntate, te puedes marear —le aconsejo por su bien.

—Estoy bien. Dime dónde estamos, Adriel, si no...

—¿Si no, qué? —la interrumpí. Esta mujer no tiene límites, es hora de afrontar la verdad.

Había pensado en hacerlo de una forma más tranquila pero el que ella siempre esté a la defensiva poniéndome en la línea de "tienes que aguantar todo porque me amas" me está cansando.

—¿Sabes qué? ya basta. Me largo de aquí —grita y se va echa la furia.

Me da risa la actitud de Sonia, parece que la mujer madura y centrada se perdió y dio paso a una adolescente en época de rebeldía.

Me recuesto en la hamaca de afuera y como los cacahuetes que traje. Sonia dará vueltas en la pequeña isla antes de darse cuenta de que es desierta.

El dolor de un golpe en mi cara me despierta y sus gritos me espabilan.

¿Acaso me cacheteó? Sí lo hizo.

—¡Eres un maldito desgraciado! —Levanta su mano para volver a abofetearme y la detengo.

Creo que está loca.

—Aquí la maldita desgraciada eres tú, Sonia. Mira que abofetearme dormido —espeto mientras me levanto a cómo puedo de la hamaca sin soltarle la mano.

—Suéltame, Adriel. Me lastimas —dice iracunda.

—Más de lo que tú me has lastimado estos meses, no lo creo —le respondo con la verdad. Me ha dañado y se lo he permitido pero ya no más.

—¡Estás loco! Yo no te he lastimado. —No baja la guardia y está a punto de empezar a llorar. 

Esos pucheros ya no se los creo, en realidad nunca lo he hecho pero le daba el beneficio de la duda.

La subo en mi hombro y la llevo a la cabaña. La bajo sin ningún cuidado, ya mucha delicadeza tuve con ella estos años.

—Sí, lo has hecho, Sonia, y ahora me vas a oír. Vas a cerrar esa gran boca que tienes y que solo utilizas para decir barbaridades. Oirás cada puta palabra que salga de mis labios. —Mi voz sonaba más gruesa, más molesta; cada vez más sin paciencia.

Cerré la puerta con seguros y me guardé las llaves en el pantalón. De ésta no se escapaba.

—Perdiste la cabeza, Adriel, tengo que regresar, no me siento bien, además revisé las maletas, bolso y todo, no tenemos móviles. Por favor, regresemos. —A esto le llamo chantaje emocional.

Sus manos comienzan a temblar y se talla la cara de manera desesperada, temo que le dé un ataque de ansiedad o algo.

—Dije que te callaras, Sonia. Estoy harto de ésta situación. ¿Ya te viste en el puto espejo? Estas del asco, mujer. En serio. Y sí, no tenemos móviles. Yo los dejé —anuncio de manera triunfal.

Uno, cero, cariño.

—¡¿Qué hiciste qué?! —A esto llamo etapa de negación—. No, no puede ser, es imposible, ¿pero por qué? Eres un maldito, Adriel.

Ahora está llorando.

—Sí, soy un maldito, Sonia, un maldito que te ama y ha hecho de todo por ti, porque cuando uno ama hace hasta lo imposible y si eso incluye recluirte de la tecnología, no me arrepiento. Has estado ausente durante meses, eres un como un tonto zombi.

—No es cierto, mientes, tienes envidia de que yo sea más social y popular que tú.

Me lo tira en la cara como si fuera veneno, pero sus palabras no me afectan, aquello solo me causa risa. Me comienzo a burlar de mi bella esposa, es muy ilusa en este momento, perdió completamente la realidad de la situación.

—¿Envidia de tus likes? —Me divierto con su obstinación— Reacciona, Sonia, en el mundo real, los likes, votos, comentarios, twits o como sea que se llamen ¡no importan! ¿Acaso crees que por tanta foto se acabará la contaminación ambiental? ¿O qué se puede sanar a un enfermo? ¡No! ¡No es así! La vida real es muy diferente a la retocada por tanto filtro.

»Incluso has perdido tu amor propio, la dignidad y la coherencia. Llegaste tan bajo que hasta te tomaste fotos semi desnuda. ¿Creíste que no me di cuenta? Eres mi esposa y te cuido. —La cara de Sonia era un poema de desconcierto al oir la verdad de mis palabras—. Yo las puse en secreto mientras dormías. Sabía que si las quitaba te darías cuenta y quise respetar tu privacidad, a pesar de que ya perdiste mi admiración y respeto.

»Pero aún eso expusiste. ¡Te comportas como una estúpida adolescente y eres una mujer adulta, Sonia! Una abogada talentosa e inteligente. Pero ya me cansé. Cada noche te esperé en la cama, pero te acostabas de madrugada. Cada día estaba con la esperanza de que reaccionaras, que te dieras cuenta de que las personas que realmente te aman están a tu lado y no detrás de una pantalla. Te tuve paciencia, mucha más de la que creí tener pero esto ya fue el colmo.

»Te busqué en el azul del cielo de tu mirada y no te encontré. Ya no eres ni serás la Sonia que conocí.

Sonia está llorando a mares parada frente a mí. Sé que le dolió lo último que dije, eran los versos de mis votos de matrimonio, pero en verdad ya me cansé. Pensé que ella reaccionaría, que se daría cuenta que no era sano para ella estar tanto tiempo en el internet, pero no fue así.

Incluso si en este viaje ella hubiera dado un poco de avance yo me habría dado por bien pagado y no me rendiría. Pero me ha lastimado de todas las formas posibles.

Abro la puerta de la cabaña y le dejo las llaves en la mesa de entrada. Tomo mi equipaje y me largo de ahí. De algún modo sabía que necesitaríamos espacio así que me voy a la otra cabaña del otro lado de la isla.

La noche llegó más pronto de lo que debería, prendo una fogata y me siento frente a ella. El mar está en calma, o eso parece. A lo lejos se divisa una tormenta, muy a lo lejos.

Aún no puedo creer que Sonia me golpeó, ella nunca fue agresiva, era la mujer más tierna que había conocido. Sí, tiene carácter, por algo era una de las abogadas más prestigiosas de la ciudad, pero, aun así tenía un hermoso corazón. Su mirada azul me hipnotizaba, lo hacía, pero hace mucho que se perdió el brillo de sus ojos. Me dejó de amar y se dejó de amar a ella misma. Intenté amarnos por los dos, rescatar lo nuestro, ser fuerte por ambos, pero ya no.

En una ocasión que la acompañé a terapia y nos explicaron que lo que tenía no era causa de una depresión, si no producto de su adicción a las redes y que su mecanismo de defensa era la negación. Negarse a aceptar lo que sucede a su alrededor, excluyéndose para no enfrentar la realidad, y aquello por ende la llevó a un estado depresivo. No al revés como ella alegaba.

El terapeuta fue claro, no es depresión es adicción. Pero nadie la ha hecho entender, puesto que ella no quiere cooperar, no quiere salir del hoyo en el que se encuentra. Yo le he tenido paciencia, la he cuidado, he hablado con ella, le he dado el apoyo y la comprensión que nadie más le ha dado y lo único que ha hecho es engañarme jugando con lo que teníamos.

Lo he decidido, este viaje me ha abierto los ojos, ella no puede dar algo que no tiene, se ha perdido y debe reencontrarse. Pero debe hacerlo sola si no, solo nos lastimaremos, por más que yo la ame.

Decido dormir, ya mañana o pasado hablaré con ella.

 

—Adri, Adri. —Una voz dulce me despierta, la reconozco, es la misma voz que hace cuando tiene miedo, como la vez que abortó a nuestro primer hijo. Finjo que duermo, no quiero hablar.

—Adri, despierta. Nos va a pegar una tormenta, sal, mira. —Esta vez reacciono.

Salgo de mi cabaña y veo hacia el mar, afuera hace viento y hay muchos rayos cayendo.

Es una tormenta eléctrica.

—Ven, Sonia, vamos a la cabaña grande. Tengo ahí una radio escondida —confieso mientras tomo mis pertenencias.

La cabaña grande está en una colina más alta, tal vez eso ayude si se inunda la isla.

La lluvia ha comenzado mientras avanzamos hacia el otro extremo del lugar. Sonia y yo no hemos dicho palabra. Sería innecesario.

Nada más al llegar me dirijo a los muebles de la cocina y saco la radio debajo del fregadero. Sonia observa, pero sigue sin decir nada.

Sintonizo el canal de frecuencia de Henry y hablo.

—Henry, Henry, aquí Adri, responde.

Nada, no se oye nada.

—Henry, aquí Adri.

Silencio. No hay respuesta por su lado.

—Henry, Henry. Responde.

No hay ningún sonido del otro lado.

—Henry, Henry, responde.

Nada.

Intento al menos unas diez veces más y nada. Pasa media hora y el sonido de los truenos es mucho más fuerte. Y Henry sigue sin responder.

—Ya para, Adri. Henry no va a responder. Seguro lo hace mañana, sabes que duerme como bebé.

—Tal vez —digo sin ganas.

Veo por la ventana y la lluvia está arreciando. El viento es más fuerte y yo sigo aquí atrapado con Sonia en la misma cabaña donde alguna vez años atrás pasamos un fin de semana lleno de amor.

La noche avanza y temo por nuestra seguridad, intento varias veces contactar con Henry pero es imposible. De pronto un llanto me saca de mis pensamientos. Es Sonia.

—Por favor, perdóname. —Su voz apenas es un susurro entre el llanto, que crece al igual que la lluvia—. Sé que me equivoqué y fui egoísta pensando solo en mí y lo que quería. Perdóname, Adri.

De alguna forma sus palabras me hacen sentir culpable. Pero, no siento nada más ante ello. Tal vez alivio de que ella reconozca su error, tal vez satisfacción de saber que encontrará la salida a esa obsesión por así decirlo.

—Todo saldrá bien, Sonia —respondo más para mí que para ella—. Todo estará bien.

—Nada está bien. Sé que has tratado de ayudarme, lo sé. Muchas veces intenté no estar tanto en el móvil o el ordenador, e incluso la tableta. Pero no podía. —Solloza con ambas manos sobre su rostro a unos pasos de mí—. Tú no entiendes. Nunca lo hiciste. Tenías tu trabajo soñado y yo nada. Perdí el trabajo, he tenido dos abortos y te perdía a ti. Trabajas más por los dos para poder pagar la hipoteca, apenas si te veía en casa y solo estabas cansado y yo aburrida. Quería salir y divertirme contigo como antes, pero tú solo querías tener a la esposa perfecta nada más llegar a casa y descansar. Y no pude con eso. No así.

Sonia no dejó de llorar en ningún momento. Sentía impotencia, quizá tenía razón, tal vez yo también fui egoísta al no darme cuenta de ello.

—¿Y por qué esperar tanto tiempo para decirlo? Fuimos tres veces a terapia y nunca quisiste hablar o ni volver. Me tachaste de loco, manipulador y posesivo cuando lo único que quiero es tu bien, que dejaras el maldito celular y me pusieras atención —le reproché con molestia y enfado, con el coraje acumulado de tantos meses de paciencia.

—Porque... No sé, creí. Ellos dijeron que eras posesivo y me querías controlar. Que por eso me convenciste para ir a terapia, por que querías a la esposa perfecta —dice entre llantos y sorbetes. Y yo solo me pregunto una cosa.

—¿Quiénes ellos? —cuestiono extrañado, airado y confundido.

Los truenos son muy fuertes y nos estremecemos al sonar de algunos.

—Ellos, mis amigos —lo dice como si yo supiera de quiénes habla concretamente.

—¿Estás diciendo que "tus amigos" te aconsejan? —cuestiono con incredulidad—. Los mismos que no conoces, que quizá nunca lo hagas y que no saben absolutamente nada real de tu vida. ¿Esos amigos? ¡Por Dios que te has vuelto patética! —Lanzó los brazos al aire con suma molestia.

—¡No soy patética! No los conoces, ellos hablan más conmigo de lo que tú lo harás durante toda tu vida.

—¡Exacto! Te has olvidado de las personas reales de carne y hueso que están a tu alrededor —vociferé—. Te has olvidado incluso de ti misma. ¡Joder! Ignoraste el ramo de rosas que te envié. Olvidaste nuestro aniversario porque tenías que ver un directo de sabe Dios quién.

»Has dejado lo realmente importante, creíste que no me daría cuenta de que no aceptaste dos propuestas de unos buenos despachos. —La cara de Sonia palideció. Me ha engañado en cientos de formas.

—Eres patética, Sonia. No llores, no tienes derecho a llorar. Me has mentido. Te has excusado miles de veces en que no encontrabas trabajo. Trataste de chantajearme con tu "depresión" te convertiste en la peor versión de ti misma.

»El amor que yo sentía por ti desapareció junto con lo que solías ser frente a esa cámara. Junto a cada foto en la que sonreías pero que al terminar de tomarla, te transformabas en un ogro andante. Cada que intenté hablarte me ignorabas por estar chateando. Y no te escudes a unas cuantas veces que no quise salir porque doblar turnos. Por dios, ¡eran turnos de treinta y seis horas! ¿Crees que no duermo? Eres egoísta, cruel, mentirosa e infiel —lo dije, juré que no le echaría en cara lo de su coqueteo con un tipo en Facebook, pero lo hice—. Me has subestimado, querida Sonia.

—Pero, de qué hablas, yo no... —la interrumpí no puedo soportar una mentira más de su boca.

—Calla ya, Sonia. ¡Deja de actuar, deja de mentir! ¡Tus hermanos lo saben, yo lo sé, medio mundo lo sabe! ¿Creíste que no me daría cuenta de ese otro perfil que te creaste? —le reproché con coraje. Me había visto la cara durante meses.

—Perdón, por favor, perdóname, por favor. —Sonia llegó hasta donde estaba yo parado, la lluvia no ha dejado de caer. Me toma por la playera mientras llora y pide perdón—. Me equivoqué, perdóname, por favor, Adri. Te amo, por favor.

Ese te amo, se oyó tan falso y desesperado que terminó de romper el poco amor que me quedaba por ella.

—¡Ya cállate! —Me quito sus manos de encima y me alejo de ella

—Por favor, no me dejes. —Le veo de reojo y está de rodillas. A pesar de todo el dolor que me ha causado, a pesar de sus reproches injustificados, de sus mentiras y desvaríos. No puedo dejar que se humille a sí misma.

—Venga, Sonia, levántate. —Le tomo de las manos y le ayudo a ponerse de pie—. No tienes que humillarte. Lo hecho, hecho está. Debes reconocer tus errores y salir de esto.

Ella me rodea con sus brazos y la dejo.

—Dime que no me vas a dejar, por favor, no me dejes. Haré lo que sea necesario, no usaré las redes, ni el móvil si quieres, iremos a terapia. Por favor, quédate conmigo. Perdóname, me equivoqué, perdóname.

Sonia lloraba en mi pecho y me abrazaba con fuerza, tal vez esté arrepentida. Pero, tuve que decirle todo lo que sabía de ella para que lo admitiera y para mí eso no cuenta. Llevar a una persona al límite solo para que confíe en ti solo confirma que es por obligación y no por gusto.

—Sonia. —Trato de que me vea a los ojos—. Mírame. —Ella alza la vista, pero no me suelta demasiado—. Tenemos que hablar.

—No, no, no. Por favor, no. Sé lo que vas a decir, te lastimé, lo sé, pero perdóname. —Sus ojos gritaban desesperación. Esos hermosos orbes azules que una vez tanto amé.

—Tranquila, Sonia. Tranquila. Todo estará bien. Todo irá bien. —Sé que en el fondo de mi corazón algo siento por ella, pero la traición ha opacado todo sentimiento.

—No es así, me vas a dejar.

—Solo será un tiempo, quizá mucho o poco. Quizás sea permanente, aún no lo puedo saber. —La abrazo. Ella está voluble y sé que aún hoy, aunque yo me sienta destrozado ella me necesita.

—Sonia, quiero que sepas, que siempre esperé que te dieras cuenta de la realidad de las cosas. Que esperé que me eligieras a mí, tu marido por encima de tus amigos virtuales. No tengo nada en contra de ellos. Pero todo tiene un balance y una prioridad. Te apoyé cuando lo necesitaste, pero te perdí ante la tecnología. Debes reencontrarte a ti misma, debes ir a terapia y dejar esa obsesión que tienes. —Su rostro descansa en mi pecho. A esto llamo resignación.

Ella suspira.

—Yo pagaré todo, pero también necesito tiempo para sanar. No sé qué tan lejos llegaste con ese tal Jamie, no sé cuánto se instaló en tu corazón.

Me callo porque se me quiebra la voz. El dolor de su engaño me causa gran desolación por dentro. A pesar de que todo era por redes sociales y que yo trataba de estar al tanto de todo, muchas veces ella eliminaba las conversaciones.

—No, Adri, no. Él no fue nada. Nunca fue en serio, todo terminó hace tiempo, estaba confundida... —dice más tranquila, pero no me ve a la cara. Eso me dice que me miente. Una vez más.

—Está bien, Sonia, ya no importa, el daño ya está hecho. Pensé que te perdía, pero ahora veo que te perdí hace mucho. Creí que este viaje nos ayudaría, pero en realidad solo es para poner las cartas en la mesa y decir adiós. —La abrazo más a mi cuerpo. La noche está iluminada por los rayos. La ventana resuena de tantos truenos, posiblemente se quiebre, al igual que yo.

—Te amo, Adriel, te amo. Te prometo que voy a cambiar.

—Tienes siete meses que no decías te amo. Se siente bien oírlo. Más yo ya no puedo decir lo mismo. Lo siento, Sonia.

La suelto con delicadeza y la aparto de mí. Camino hacia la chimenea intentando encenderla para que caliente la cabaña. Ha refrescado mucho con la tormenta.

Sonia se queda parada sin decir nada. Ya no llora, ya no grita, ya no reclama. A eso le llamo asimilación. Minutos después entra a la alcoba y se acuesta, después de un tiempo comienza a llorar.

Sé que es difícil no tener a alguien que crees que estará ahí para ti todo el tiempo. Pero eso no significa que debes pisotear la dignidad de dicha persona.

 

Media hora más tarde la tormenta ha cesado, al menos la lluvia. Tomo la lámpara y salgo a la orilla del mar, me paro sobre las piedras en la orilla de un risco y diviso la noche azulada entre goteos inminentes, truenos y centellas lejanas, adornando un infinito mar sin calma.

Ahí está el cielo resquebrajándose, al igual que mi corazón en este momento. Era el momento, a solas y en sintonía con el universo; lloro por todo lo que no había llorado. Por la decepción, la tristeza, la frustración y por el final que tal vez se acerca. Porque creí en un vano intento de esperanza que todo tendría solución, que todo iba mejorar un día y no fue así. Incluso llegué a pensar que un día me levantaría y ella estaría dispuesta a conquistar el mundo como alguna vez lo quiso, que aceptaría nuestra ayuda, no solo la mía si no también de su familia. Pero nunca pasó, nunca llegó ese día. Solo quedó en un triste pensamiento albergado en mis frustradas esperanzas.

Inclino la lámpara hacía el cielo, tratando de buscar a Dios en él y preguntarle ¿por qué? ¿Por qué das todo por alguien que no valora absolutamente nada? ¿Por qué no recibe la ayuda que uno le brinda? y ¿Por qué esperar hasta el último momento para decir: voy a cambiar?

Hay cosas que no están en nuestras manos saber. Pero eso no significa que no nos lo preguntemos. Así que me desahogo hablándole a ese ser misterioso, o tal vez a la nada. Pero aun así lo hago, me rompo y lloro.

Dejo en la orilla de este inmenso mar todo lo que traía: mis preocupaciones, mis sueños de formar una hermosa familia a lado de Sonia. Los planes que tuvimos juntos y el rencor que se llegó a formar dentro de mí.

Sin esperar respuesta dejo todo ahí deseando que desaparezca con el viento y regreso a la cabaña con la que es aún mi mujer, a intentar de dormir lo que resta de esta cruel noche. Noche de dolor, noche de confesión, noche de perdón.

—Sonia, ¿estás despierta? —pregunto mientras me arrodillo a un lado de la cama, junto a ella.

—Sí, aún. Solo me duelen los ojos de tanto llorar. —Intenta reírse de ella misma y me alegra que lo haga. Lo que más deseo es que recupere su buen humor, que sea feliz.

—Lo lamento, te daré unas pastillas, pero antes quiero decirte algo.

—Sí, dime. —Piensa que oirá lo que quiere. No es así.

—Estaba afuera, hablando con Dios o algún ser divino que se dignara en oírme. Les preguntaba ¿por qué esto? ¿Por qué el otro? Por qué, por qué... Nadie respondió. Pero eso no significa que no me oyeran.

»El silencio a veces dice más que mil palabras. En el silencio nos oímos a nosotros mismos, oímos lo que tenemos dentro. Encontramos las respuestas que necesitamos.

»Yo encontré la respuesta que necesitaba. Y, quiero pedirte perdón porque también fallé. Te fallé a ti y a mí. Dejé que hicieras con mi dignidad lo que quisiste. Y no te reprocho. No. Yo te lo permití. Y también te perdono. Por todo. —Hago énfasis en esto pues quiero que lo entienda—. Te perdono a ti y a mí mismo, porque si no lo hago no podremos avanzar, ya sea juntos o separados —digo esto último con un nudo en la garganta.

—Yo también, Adri, también te perdono y me perdono. —Me abraza por el cuello y llora junto conmigo— Esto es el adiós, ¿cierto? —dice en mi cuello.

No respondo solo nos abrazamos. De alguna forma sabemos que lo nuestro ha terminado, al menos por ahora. Que tenemos que sanar y salir de este bache. Ya no juntos, pero sí unidos. Porque eso es el amor también, hacer lo imposible.

Y a veces lo imposible es dejar ir a la persona que amas, aunque duela.

 

Dos años después.

—Corre, cariño, corre, duele mucho, por favor, apúrate.

—¡Espera¡ No encuentro el móvil. ¡Respira, ya voy! Sube al auto, ya subí todo lo demás. Tú tranquila yo nervioso.

—Adri, cariño, el móvil lo traes en la mano. —Ella se ríe de mí.

—Es cierto, bueno vámonos, es todo lo que faltaba, si no, cómo vamos a mandar el vídeo a la familia.

—Huy si, ahora resulta que te quieres hacer youtuber.

Con todo y dolores su buen ánimo no decae y se sigue burlando de mí. Pero no me molesta, al contrario, calma un poco mi nerviosismo.

—Voy voy, no es para tanto. Solo quiero guardarlo para la posteridad. —respondo mientras subo al auto y lo pongo en marcha.

El camino al hospital se hace rápido, sin premuras ni contratiempos. Justo como lo esperábamos.

A su llegada nos recibe la jefa de pediatría y la ginecóloga; todo estaba pasando conforme al plan, gracias al cielo.

—Sam, ¿cómo estás?

—¿Bien y tú? —responde ella.

—Con nervios —digo lo más sincero y calmado que puedo, ella solo se ríe de mí.

—Supongo que eso es bueno. Pasemos. El lugar ya está listo —nos dice la ginecóloga.

Pasamos todos a la sala y la preparan para cirugía. El nerviosismo y preocupación se apoderan de mí y comienzo a caminar de un lado a otro mientras me muerdo lo poco que me quedan de uñas.

—Adri, tranquilo, todo va a estar bien —me asegura Sam.

—Lo sé, pero eso no me quita los nervios.

—¿Traes el móvil para grabar?

—Sí claro, no me perdería este momento por nada

—Bien, es tu momento, Adri.

—Nuestro momento, Sam, nuestro.

Sam y yo entramos a la sala del quirófano donde nos esperan los demás.

Tras ultimar detalles comienza el proceso de parto.

—¿Lista para pujar cariño? ­—le pregunta la ginecóloga a mi amada esposa.

—Lista —confirma ella con la voz desgarrada.

—Listo. Cariño, tú puedes, puja —digo animándola mientras grabo el nacimiento de mi primogénita.

Al cabo de unos minutos, unas contracciones y más maldiciones, por fín llega el momento esperado.

—Es una niña —nos anuncia la doctora.

—Es una niña, cariño —repito con una alegría y devoción que no me caben en el corazón.

Sam toma a la bebé entre sus brazos y la envuelve en una sábana caliente.

—Conoce a tu mamá, princesa —le digo a mi hija sin dejar de llorar de la emoción.

Al ver la cara de mi esposa encuentro lo mismo que en la mía: Devoción. Ver a nuestra pequeña tan sana, hermosa, llena de vida y recordar ese momento para la posteridad es algo que nadie nos podrá quitar.

—¿Cómo le vas a llamar? —pregunta Sam.

—Le pondremos Sam —respondo.

—¿Sam? ¿No es nombre de chico? —cuestiona con cautela.

—Sam, de Samira. En honor a una gran amiga que salvó nuestro matrimonio —confiesa Sonia, quién yace con nuestra hija en los brazos.

La sorpresa en la cara de Sam queda grabada también para nuestras memorias. La tecnología después de todo no es tan mala, siempre y cuando todo se mantenga en un nivel sano.

Estos años nos han enseñado que el amor vence todos los males, afronta las peores circunstancias y repara los corazones más rotos.

Apago la cámara y dejo el móvil. Quiero grabar este momento en mi memoria para siempre. Mi amada Sonia con nuestra primogénita, esa pequeña princesa que se ha vuelto nuestro mundo. La tomo en mis brazo, para mí es perfecta, hermosamente perfecta. En este momento estoy convencido que haría lo que fuera por ella y por su madre.

A esto le llamo, amor eterno. 




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Muchas gracias por pasarte a leer este relato, para muchos (as) de ustedes les parecerá algo extraño o quizás se puedan sentir identificados de algún modo, pero la verdad es esta. En la actualidad muchas personas se ven envueltas por una adicción a la tecnología, a las redes sociales o al internet en general. Estas personas viven tanto en el ciberespacio que se olvidan del espacio tangible en el que viven. 

Durante lo largo de mi vida y mi carrera me ha tocado ver y conversar con madres, hijos, esposos, esposas y demás que se sienten rechazados por las personas que aman por que tienen este tipo de adicción, y ¿saben que es lo peor? que las personas no lo reconocen.

Como dicen, no hay peor ciego que aquel que no quiere ver.

He querido plasmar en este relato un poco de esto:

-La influencia que tienen sobre los cibernautas otras personas que no conocen, al punto de llenar su mente de pensamientos erróneos.

-La dependencia física-emocional que logran tener las personas para con un aparato.

-La pérdida de la verdad y la belleza natural en cuanto a las imágenes que se publican.

-La nomofobia como un trastorno real y no ficticio, que cada vez más está creciendo en nuestra población.

-La ciberdependencia. Como las personas que sufren este síndrome de abstinencia, se aíslan del mundo, dejan sus prioridades como perseguir sus metas personales, su cuidado personal y pasan horas y horas navegando en internet. Como dato extra pueden tener estos sintomas, mareos, depresión, miedos irracionales, comportamiento violento y náuseas. 

-Y por último pero no menos importante, lo extremo que es esto. Muchos no lo creen o no lo quieren ver, pero, la ciberdependencia está teniendo estragos en nuestras relaciones sociales, principalmente en las familiares. Niños que han sufrido graves accidentes solo por que la mamá estaba en Facebook  y no pendientes de ellos. Personas que pierden la vida por ir caminando con el móvil en mano y no ven por donde caminan... esto es solo por dar unos ejemplos pero hay miles de ellos, solo es cuestión de levantar la cabeza y ver a nuestro alrededor.

Espero que este relato te sirva, te ayude, te motive de alguna forma. Si sientes que lo estas viviendo busca ayuda, como dice Adriel arriba:  La tecnología después de todo no es tan mala, siempre y cuando todo se mantenga en un nivel sano.

Una vez más, gracias por leer. Besos.


8 de Febrero de 2018 a las 07:36 2 Reporte Insertar 5
Fin

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Gin Les Ella era el nueve de la suerte, el caos de los archivadores, el oxigeno de los amaneceres. Escritora, Mam� y l�der de embajadores en Espa�ol, Inkspired. Escritora, poeta y amante del invierno.

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Roxana B. Rodriguez Roxana B. Rodriguez
¡Hola! ¡Wow! ¡Cuánto drama! Sí que la he pasado mal con Adri, tantos esfuerzos para revivir el amor y la pasión mientras que su esposa tiene una actitud de adolescente. Un difícil momento muy bien retratado. Me gustó el final feliz <3 ¡Un abrazo!
18 de Marzo de 2018 a las 19:20

  • Gin Les Gin Les
    Jajaja sí, ese era el punto. Por mi trabajo he llegado a conocer a muchas personas que se comportan como adolescentes y más si se trata de las redes. 😂 El final lo merecía Adri, no ella. Jejeje 19 de Marzo de 2018 a las 15:15
~