El Rey arruinado Seguir historia

jorge-barrionuevo215 Jorge Barrionuevo

Un antiguo rey llamado Alarico, no podía dormir por las noches a causa del insomnio... ¿Podrá ver mas allá de lo que cree ver?


Fantasía Todo público.

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Cuento corto
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El Rey arruinado

   Un antiguo rey llamado Alarico, no podía dormir por las noches a causa de un insomnio infundado que lo había sobresaltado hace algún tiempo lejano. Todos en el reino buscaron como ayudarlo, dieron sus ideas pero ninguna acertaba al problema que al rey aquejaba. Estaba desesperado y desconsolado, temía por su vida ¿Quién ha podido vivir sin dormir ni un solo día? Una tarde de tormenta, golpeo la puerta un harapiento anciano que pedía alojamiento y comida, solo eso pedía. Al enterarse del mal que sufría su señoría, el viejo quiso hablar con el señor. En el gran salón lo atendió, el anciano se presentó:

   — Anliel es mi nombre, oh gran rey del agre monte.

   Después de unos flemáticos tosidos el mendigo lo interpelo:

   — ¿Qué fue lo último que soñó? — El rey, algo pasmado, recordó que un gigante lo había pisado. Eso había soñado.

   Al oír esto, el viejo continúo:

   — ¿Cuántos dedos tenía en el pie? — Esta pregunta era aún más desconcertante que la anterior, pero el rey se esforzó y recordó. Eran tres.

   Pensativo el anciano con voz ronca susurro:

   — A tres deberás salvar antes que la muerte te vaya a aplastar.

   Luego de estas palabras, se despidió sin dar tiempo a que el rey preguntase algo más.

   Si antes no dormía sin saber por qué, ahora no lo hacía sabiendo que la muerte iba tras él. Poco a poco el rey desconfió, de todos a su alrededor, ya ni a su sombra veía con tranquilidad y armonía. Si la muerte ha de llegar, será por mano de algún truhán.

   Una noche serena, fría y apática. Alarico recibió la noticia de que su hija, Brigia, frecuentaba afectuosamente a un joven de la corte llamado Samael. Inmediatamente mando apresarlo y su hija rogó por no castigarlo. Caso omiso hizo el rey y decreto muerte al acosador.    Su hija lloro y lloro, hasta que con lágrimas se ahogó.

   Esto destrozo el corazón del ya perturbado rey, que poco a poco dejaba de ser aquel a quien todos solían querer. Almorzando en un gran y descuidado salón estaba, degustando el sazón detecto algo peculiar, a las ostras le faltaban sal. Rápidamente al responsable llamo, Emiliano era un enano, y luego de insultos, del reino lo corrió. Esa misma tarde unos ladrones en el bosque lo hallaron y su cuello degollaron.

   Ya habían pasado cinco días en los que Alarico no podía descansar ni un minuto, sus ojos le ardían como el fuego de un fogón. Su cabeza retumbaba como un sonoro tambor. No contaba con muchas fuerzas, su cuerpo se debilitaba, caminaba lánguidamente, hasta se le habían caído algunos dientes. Su pelo negro y oscuro ahora era como una cumbre nevada y despeinada. No sabía cuánto más podría aguantar, su cordura se estaba por suicidar. Pero aun así el seguía siendo el regente, por lo que mando a unos criados a remodelar el patio, que cambiaran piedras y estatuas. Si él se desmoronaba, por lo menos su castillo debía verse fuerte e imponente. Y fue de repente que la puerta sonó, era un criado que traía un llamado:

   —Lo buscan señor, es el viejo Anliel quien lo quiere ver.

   Había regresado el anciano que de muerte lo había pronosticado. ¿Habría venido a ver el fruto de sus adivinaciones? Alarico se vistió como pudo, salió de sus aposentos, bajo por la escalera caracol de piedra y tambaleándose llego al Gran Salón donde el viejo lo aguardaba.

   — ¡Aún vive! Gran y fuerte señor — dijo vigorosamente el anciano.

   — Si, aunque no se por cuánto tiempo más pueda aguantar esta desdicha sin par que azota mi cuerpo y mi hogar.

   — ¿Qué buscas aquí, mensajero de la muerte? — gruño el rey.

   — Señor, vengo a implorarle su ayuda, envenenado me encuentro y una cura necesita mi cuerpo.

   — ¿Te mofas de mí? Maldita serpiente. Desde que por mi reino has pasado, las desgracias se han multiplicado. ¡Lárgate demonio!

   Luego del cruce de palabras, el rey mando sacar de su vista al anciano. Pero este antes de dejar el salón profirió una última lección:

   — Lo siento mucho, mucho lo siento por usted. Ya no hay nada que hacer. El final nos ha llegado y bien sabe dios que de salvarlo lo he intentado. Adiós mi rey, en poco tiempo nos volveremos a ver.

   Una vez que el viejo se había retirado, el rey sobre su trono desplomado, solicito de beber un poco de aguamiel. Luego de unos sorbos, se levantó, fue al jardín ayudado por sus criados. Respiro hondo y contemplo las frescas flores, aquellas que había plantado y regado su querida hija. Estaban tan bellas, coloridas, vivas. En llanto rompió y al suelo callo, maldecía la hora y el día en que este insomnio lo carcomía. ¿Cómo todo esto sucedió? ¿En qué momento su alma se perdió y la cordura lo abandono? Ya no importaba nada y se le antojaban esas ostras mal saladas. No había terminado de limpiarse algunas lágrimas del rostro, cuando un grito se oyó:

   — ¡Cuidado! ¡Se ha desprendido el andamio!

   En menos de un segundo, el aparejo aplasto al rey arruinado, el polvo se levantó y todo lo cubrió. El rey tosió y los ojos abrió, pudo ver una andrajosa figura que se acercaba, pronto la reconoció. Anliel, el anciano le tomo la mano.

   — Pobre hombre rey, si tan solo hubieses intentado ver que con pensar en los demás, tus problemas se iban a solucionar. Tu insomnio tenía una sola razón y era el profundo temor a terminar, a que este mundo se te pudiera acabar. A todos les llega el final, solo quedara el amor que supieron dar. Ahora vos te vas y nada dejas atrás. Tuviste tu oportunidad de salvar a tres nada más, pero tu egoísmo no te permitió ver el camino a recorrer. Solo vos estabas para vos y nadie existía a tu lado. Esto no es solo muerte, es olvido. Vamos señor que tengo que trabajar y a otras almas recolectar.    

3 de Febrero de 2018 a las 18:23 0 Reporte Insertar 1
Fin

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