Cuento corto
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  Un día cualquiera bajando por la larga escalera que conecta el cerro Barón con la avenida Portales, un hombre intercambió un saludo y un par de palabras más con un huesudo alemán que subía desatento todos los escalones de la misma escalera. Al llegar a la avenida principal, el hombre advirtió de golpe que minutos atrás había podido comunicarse con ese alemán de una manera que ahora le parecía imposible. En primer lugar, el idioma alemán le era infinitamente más desconocido, por ejemplo, que el inglés, del que al menos reconocía una decena de conceptos entre colores y algunos animales domésticos. En segundo lugar, el alemán nunca dijo provenir de Alemania. –Los alemanes se parecen mucho a los austriacos y también a los brasileños de Rio Grande do Sul-, pensó seguidamente.
  Camino a casa, aún perplejo por el suceso anterior, se cruzó con un perro que circulaba a saltitos por una de las veredas. Para probar que la naturaleza de aquella fugaz primera comunicación no había sido producto de una combinación de universales gestos corporales y nerviosismo, saludó al perro y le preguntó hacía dónde iba con tanta prisa. El perro, para sorpresa suya, contestó al saludo y respondió a su pregunta: -voy camino a la casa que está en aquella esquina, ¿la ves? Ahí, suelen retirar la basura todos los días a esta hora-. En ese mismo instante el hombre supo que había sido dotado de algún tipo de insospechado nuevo idioma universal, que le permitiría ahora comunicarse indistintamente a sus anchas.
Como forma de festejar su feliz nueva condición, el hombre renunció a su trabajo al día siguiente, ubicó al perro que aún estaba en la casa de la esquina, y juntos se dispusieron a viajar por todos los países que el presupuesto les permitiese, comenzando por Alemania.            

30 de Enero de 2018 a las 22:47 1 Reporte Insertar 3
Fin

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Tania A. S. Ferro Tania A. S. Ferro
Linda historia
26 de Julio de 2018 a las 23:35
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