marco-antonio-tafur-trigoso54 Marco Antonio Tafur Trigoso

UN encuentro de amigos de hace años y los cambios que han surgido a través de la distancia de tiempo.


Drama Todo público. © Marco Antonio Tafur Trigoso

#cambios
Cuento corto
1
9.0mil VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

CAMBIOS

     En mi grupo de amigos estaba Carlos. Decía ser una loca felicísima de haber nacido mujer. Al principio cuando lo conocimos era muy extraño, pero luego vimos que era buena gente. Se integró pronto a nuestra banda de rock, aunque con los que no conocía aparentaba ser muy tímido y callado. Su recordada frase daba risa: <<soy cabro pero no maricón>>, cada vez que le retábamos a algo o uno de nosotros quería echarse para atrás. Cuando hablábamos de mujeres era demasiado raro no escucharlo intervenir y contradecirnos muchas veces, en especial cuando a alguno del grupo le gustaba una chica y nos pedía ayuda para conquistarla:


— A nosotras nos gusta que nos insistan, manden regalitos, den florcitas. Eso nos vuelve locas — decía haciendo gestos amanerados. Zaz. Sacudía su cabello lacio que lo tenía semilargo, sacaba un espejo para ver si le había quedado bien el delineador negro de las cejas, que eran poco pobladas.


      Ese huevón influenció en nosotros para que inventáramos nuestro saludo propio de la banda. Él quería terminarlo con un choque de nalgas, nosotros nos opusimos. <<Ya mucha huevada>>, dijo El Yalen y Carlos salió con su discursaso de que como hay una mujer en la banda se debería terminarlo así. No estábamos de acuerdo. Al final terminó siendo un juego de manos que lo hacíamos cada que nos encontrábamos.


    Sus consejos eran tan variados y si lo acompañabas con un vinito iba mucho mejor, pero tenías que tener cuidado porque si no ya se pasaba de liso y quería tocarte las bolas. Era momento de llevarlo a su casa y acostarlo en su cama porque su madre era buena gente, hasta nos invitaba cenar cuando esto hacíamos. El pobre era víctima de muchas de nuestras bromas, pero sabía cómo sobrellevarnos. <<Así somos las mujeres pues, los hombres no nos entienden>>, terminaba diciendo. Pero en la calle se mostraba como alguien callado y místico, a las chicas les gustaba eso porque este pendejo hasta pintón era, todo largunsho y flaco como un poste.

    Como en todo grupo no todos nos llevábamos bien; sin embargo, había algo que nos unía: en nuestro caso era la música. El gordo Yalen tocaba el teclado, yo la guitarra; Papa seca cantaba y Carlin tocaba la batería. Nos estábamos haciendo conocidos en el barrio y la municipalidad nos empezaba a tomar en cuenta para el aniversario. Queríamos dedicarnos a la música. Papa seca se puso a estudiar inglés para cantar en ese idioma porque era como un requisito para los músicos, por mi parte inicié mis clases de alemán. Yo no dejaba dormir en mi casa a mis tíos con la guitarra pese a que solo hacía rasgueos y Carlos con la batería, decía su madre: << ¡me va a volver loca!>>. Encontramos muchas objeciones porque ya terminábamos la secundaria y nuestros padres nos condicionaba la existencia: “O estudias o trabajas”. No hacíamos ninguno de los dos: nos dedicábamos a la música.

    Una noche invitaron a nuestra banda para tocar en un bar. Fuimos contentos y vestidos de cualquier manera, pues éramos rockeros. Si venías con ropas negras era mucho mejor. A Yalen la ropa negra le hacía ver flaco (descontaba sus kilitos) y a Carlos le hacía ver como un cadáver: solíamos compararlos, pero entre ellos no se llevaban tan bien que digamos. Papa Seca andaba enamorado de una tal primavera y todas las tardes jodía para que escuchemos el poema de amor que le había escrito, mas cuando le decíamos que estaba hasta el culo se ponía triste. Ese día no había ensayo. Yalen estaba en jodas con una amiga del grupo. Ella solía venir con nosotros, era como nuestra modelo, presentadora, representante y un mate de risa andar con ella porque sus piernecitas flacuchentas la hacían parecer un alambre andante y la bromeábamos con eso. Carlos le tenía algo de envidia y ellos dos se contaban cosas que nosotros no escuchábamos. Yo andaba solo, no me interesaba ninguna chica: andaba de prácticas manuelísticas.

    En la tocada, mientras hacía el rasgueo, Papa Seca, después de cantar su parte, recitó un poema que lo tenía bien caleta. Las chicas le tiraron un ramo de flores. Por ahí me cayó una ropa interior en la cara. La gente se meó de la risa. Carlos se quedó pasmado y por un segundo dejó de tocar la batería. Lo vimos ruborizado y en menos de dos segundos me quitó la ropa interior, lo puso en su bolsillo. ¡¿Para qué?! Ni idea. La fiesta continuaba, seguimos tocando tres temas más. Entre aplausos y gritos nos despedimos del público.

   Salimos de la fiesta y afuera nos esperaban un grupo de pirañas a los que nos enfrentamos. En realidad eran unos chibolos que se fueron corriendo de miedo cuando el Papa seca dijo, para hacer la finta, que saquemos los fierros. No teníamos esas cosas, pero se la creyeron. La amiga del grupo nerviosísima se abrazó a Yalen. Llegamos en el carro del papá de nuestra amiga que vino a recogerla y nosotros todo conchudasos le pedimos que nos diera una jaladita. Llevamos a Carlos a su casa para dejarlo porque vivía justo una casa antes de la amiga del grupo.


    Nuestra temporada de amigos se iba extinguiendo cuando primero el Papa Seca se marchó a Argentina. Las despedidas no me agradan así que no fui al aeropuerto porque verlo meterse por el culo del avión ya era demasiado con solo imaginarlo. Luego se fue nuestro amigo el gordo Yalen quien también era otro de nuestros victimarios en las bromas.


    Con el tiempo nos desintegramos y cada uno se fue por su lado. Carlos se quedó en Lima y yo empecé mi largo camino literario viajando por varias regiones del país, visitando comunidades nativas, teniendo diferentes modos de vida porque en cada lugar casi todo era muy diferente. Aprendía nuevas cosas. Hasta que, interesado en estudiar una lengua amazónica, regresé a Lima, de paso que aprovechaba para estudiar francés e inglés.


     Una tarde cuando salía del teatro luego de una puesta en escena muy buena que se llamaba Tuc Toc, vi a lo lejos que le estaban pegando a alguien y de miedo me quise ir corriendo pero esa voz me parecía conocida, de varón medio mujer, vozarrón, de un tremendo tongor. Era mi amigo Carlos. Lo recordaba con claridad, todas sus bromas me vinieron de la memoria, las salidas con el grupo, su frase de soy cabro pero no maricón. Le estaban sacando la mierda. Fui a defenderlo. Desde lejos grité lo dejaran en paz y cuando estuve cerca cogí un palo. Empecé a gritar ¡Auxilio! ¡Help! ¡Calamidad! ¡Esque-ce moi! Porque eran como cuatro patas los pegalones. Estaban ebrios, pero temía que tuvieran algún arma blanca. Se marcharon. Por suerte no me hicieron nada. Carlos estaba en el suelo con hilo de sangre que le chorreaba desde la boca hasta el piso y sus ojos parecían de japonés. Esperé a que reaccione. Luego me vio detenidamente y me dijo:

— Amiguis, ¿dónde has estado?

— Por ahí. Escuché tus gritos y que te estaban matado — le dije. Quise reírme un poco de las desgracias.

— Tenemos algo en común, como En el Demian — bromeó mi amigo.

— Compartimos un destino en común, quién sabe. Dame esa mano, levántate — le dije.

    Estaba más flaco que antes y tenía una cicatriz en el cuello. Ya no vestía como los varones ni era metalera. Estaba puesto un jeans pegadito rosado con algunas rasgaduras y una blusa verde caña. Parecía una puta. Por unos segundos mi cabeza dio vueltas al verlo así pero luego me acostumbré a la idea.

— Soy una cojuda. Eso me pasa por confiar en los hombres — siguió conversando.
No sabía qué consejo darle.

— Me has salvado, te debo la vida. Esos chicos piensan que una es una vendida y que vamos a atracar con todos los hombres, no señor. Soy una mujer decente — me dijo.


    Yo quería decirle <<Carlos, que mierda tienes. Vamos a tomar un trago>>, pero no podía hablar. Caminamos por unas calles solitarias. Yo lo hacía sin darme cuenta que mis pies se movían y ya me veía en un lugar oscuro.

— Amigo ya que me has salvado la vida yo quiero agradecerte — me dijo y se tiró contra mí. Este huevón olía a trago, a cigarros.
Mi cabeza daba vueltas. Él ya estaba abriendo las bragas de mi pantalón y se ponía de rodillas.

— ¡NO! — reaccioné apenas.

— No seas malito. Quiero agradecerte — siguió.

    Nunca le di permiso. Pensé que lo decía en broma como lo hacía cuando estábamos en la banda. El gran puta ya había abierto las bragas de mi pantalón y ahora estaba a punto de hacer más cosas. Yo no sabía qué opinar. Me vino el recuerdo cuando feliz tocaba la batería, cuando una única vez nos dijo que le gustaba Lucía, nuestra vecina, que era tan linda como lo describiría Martín Adán en la Casa de Cartón, pero que él no podría estar con ella. Ya sabíamos por qué. Levantó la mirada:

— Soy una puta, me siento una puta — habló. Siguió: — ¿No se te para? —se lamentó.


    Yo parecía un muñeco. Él se bajó el pantalón, yo sin hacer ni decir nada. Me sentía un demente.

— ¿Quieres meterme? — Me dijo.

— No, no quiero. ¡Ya vete…! — fue lo único que pude decir. Le hice una llave de judo. 

Quise meterle un puñete pero ya estaba lo suficientemente abollado como para rematarlo. Lo solté.

    No sé si quería llorar, reír o hacer como si nada hubiera pasado. Él se paró y me quiso besar. Le di una patada frontal. Le quise dar en el pecho pero le cayó en la panza.

— No lo vuelvas a hacer, te lo advierto — le dije.

    Yo cerré mi braga y dejé a Carlos allí, mientras se levantaba con dificultar el pantalón. Quiso decirme algo y yo aceleré el paso. Pronto vi un taxi. Lo detuve. Desde la ventana vi que se quedaba llorando y escuché que se lamentaba diciendo <<la cagué>>, y se revolcaba en el piso.


<<Lo lamento cholo, pero con los patas no se juega así>>, me decía mientras llegaba a mi casa.


     Habían pasado algunos años sin que me diera cuenta y estaba investigando sobre el Quechua de Chachapoyas, buscando a algún hablante para que me ayudara a realizar mi proyecto. Alguien me dio la dirección de una señora de apellido Aldebú. Fui a buscarla. Toqué aquella puerta. <<Me abrió la puerta una joven>> que emocionada me saludó al reconocerme.


— ¡Tafurovsky! ¡Amigo! — me abrazó. Era Lucía. No la había reconocido. Estaba muy guapa, más arreglada. Le iba muy bien.


— Vaya, qué sorpresa — respondí y la emoción también me ganó. Me invitó entrar a su casa, pidió que me sentara en su sofá.


— ¿Quieres algo de beber? — Ofreció.


— Si amiga, por favor. Un champán podría ser — bromee.


— Espérame, me dijo. No has cambiado mucho.


    Mientras desapareció empecé a observar las paredes de su casa. Estaba muy arreglado y todo en orden y limpio. En la mesa de centro vi una foto. Estaba la hermana mayor de Lucía con su vestido de novia y un tipo enternado. Era Carlos. La vida giró en torno a mí. Lucía regresó.


— ¿Viste la foto, amigo? Carlitos se casó con mi hermana paterna, hace un mes, pese a la diferencia de edades. Para el amor no hay edad.


— <<Ni género>> — dije con voz bajísima que no se dio cuenta.


     Me bebí con rapidez el champán y dije que tenía algo que hacer urgente. Me despedí, prometí la próxima vez traerle un ramo de flores porque mi visita había sido muy improvisada, que me disculpara. No volveré.

 

FIN


By: Indecente Tafurovsky.

6 de Enero de 2018 a las 16:08 0 Reporte Insertar Seguir historia
0
Fin

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~