La Misión Seguir historia

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Ric Apri


Una vida monótona y sin relieve cuyo curso cambiará por un evento inesperado e inexplicable. Las percepciones, la búsqueda de la verdad y de un propósito son los temas de esta historia.


Cuento No para niños menores de 13.

#cuento #mystery
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Uno

A las siete en punto sonó el despertador. El pie izquierdo encontró la pantufla en el lugar exacto donde se posó, y lo mismo el pie derecho, inmediatamente después. El café recalentado durante dos minutos, del jarro a la taza, seguido por una cucharada de azúcar. La cuchara giró cinco veces dentro de la taza, después salió y fue directo a la pileta. Un sorbo de café para comprobar la temperatura de siempre, el dulzor de siempre, la mediocre calidad de siempre.

Lo que más molesta de la rutina no es tanto la sensación de estar repitiendo lo mismo que ayer, sino la certeza de que se va a repetir mañana. Vestirme, peinarme y salir, treinta y cinco minutos pasadas las siete, caminar los ciento veintisiete pasos hasta la parada del colectivo, esperarlo, junto a la misma gente, siempre en silencio. Subir; arriba del colectivo, las caras de siempre, alguno desconocido, pero ninguna cara demasiado diferente. Los mismos gestos, las miradas cargadas de preocupación, frustración o simple abatimiento.

En el trabajo fue un día más, uno de esos días que con el tiempo pasan a acumularse junto a tantos otros, como si fueran uno. Es extraña la forma en que pasa el tiempo, habré mirado el reloj unas veinte veces y el día me resultó interminable: las tres… las tres y cinco… las tres y doce… las tres y catorce… Así es como pasa el tiempo cada día. Sin embargo, un día llego a casa y caigo en la cuenta de que han pasado veinte años como si nada. A veces parece que ha sido un sueño, incluso miro el calendario para asegurarme de que no me equivoco y sí, son veinte años que se han ido.

Recuerdo que ese día en la oficina se filtraba por entre las cortinas un sol empedernido, que acentuaba el contraste de aquel encierro con la libertad del exterior. Observaba los rayos amarillos y el cielo azul y tenía la sensación de que allá afuera existían todas las posibilidades, entonces odiaba más que nunca la reclusión controlada y previsible de la oficina. Deseaba que aunque sea pasara algo malo. Que de pronto se descubriera que me robaba cajitas de clips, o que nunca había terminado el trabajo en aquel expediente que era tan importante. Me imaginaba la escena: el jefe se acercaba con mirada de preocupación y me decía calma y discretamente que por favor lo acompañara a una reunión. Entonces, me conducía a una oficina donde nunca había estado, en la cual esperaban el Director y el Gerente, ambos con rostro adusto y severo, apenas me saludaban con muecas. Me indicaban que me sentara. No me ofrecían agua, ni nada. Sin preámbulos, el jefe comenzaba a hablar, después de aclararse la garganta. Expresaba su malestar y decepción por tales conductas, que juzgaban inaceptables. Los otros dos no decían nada, se limitaban a asentir, como si ellos le hubiesen pasado el guión al jefe. Este indicaba que debía proceder al despido con causa, que implicaba que no habría indemnización. Pero esto no les parecía suficiente, creían necesario iniciar acciones legales. Un caso de tamaña gravedad no podía quedar impune, aunque se pusiera en juego el buen nombre de la Empresa.

Pero se hacían las seis y nada de eso había ocurrido. Un día más sin novedades. Y a las seis en punto, la misma curiosa urgencia por salir, como cada día. Salir para comprobar que el día ya no era el que había visto por la ventana. Las posibilidades infinitas ya no existían. Con el atardecer, la mayoría de las puertas se habían cerrado, quedaba recorrer el camino hasta la parada del colectivo, esperar en silencio, dejarse llevar por las mismas calles, bajar en el lugar de siempre y caminar hasta casa.

Adentro, el silencio, la semi penumbra del anochecer y todo tal cual lo había dejado.

El rato hasta que se hizo la hora de dormir siempre pasaba rápido. Supo ser copia fiel de la mayoría de los días anteriores.

Me costó dormirme como siempre, rumiando angustias y preocupaciones. A la madrugada me desperté, no sabría decir qué hora era, pero estaba oscuro. Abrí los ojos y me sobresalté, me pareció ver una figura a los pies de la cama. Intenté enfocar mejor, pero estaba oscuro, sin embargo, algo había. Me pregunté si estaría soñando, pero no. El corazón comenzó a dar saltos. Ahora veía claramente una figura oscura a los pies de la cama. No le veía la cara, pero estaba seguro de que me estaba mirando. Intenté moverme, pero no pude. Quise hablar o gritar, pero me era imposible emitir sonido. Sentí terror. Lo que más me asustaba era la imposibilidad de moverme, el cuerpo no respondía, estaba paralizado. La figura no se movía. El corazón me latía muy rápido y me costaba respirar. Pensé en un ataque cardíaco. Me encontrarían varios días después. Los vecinos se darían cuenta por el olor, avisarían a la policía, que tiraría la puerta abajo para encontrar mi cadáver putrefacto. Quizás saldría en los diarios. Tenía que hacer un esfuerzo para respirar. Sentía una presión muy fuerte en el pecho, que me impedía levantarme e incluso moverme. Era como si alguien estuviera sentado sobre mi pecho. De golpe, la figura reveló su rostro. No lo dijo, pero tuve claro que se trataba de una aparición. Era un hombre mayor. Su cara no daba miedo. De alguna forma, sentí cierta tranquilidad. Pero me resultaba desconocido. Quise hablarle, preguntarle quién era, qué quería, pero me fue imposible. Por más fuerza que hacía, no podía hablar, como si careciera por completo de aire.

El hombre se comunicó conmigo sin hablar, fue extraño. Se dirigía a mí con familiaridad, aunque yo quería decirle que no lo conocía. Me habló (perdón por el término, pero no sé cuál otro emplear) de que tenía ciertos asuntos pendientes, por algún motivo asumía que yo estaba al tanto. Dijo que no podría descansar hasta haber resuelto esos asuntos. Dio a entender que necesitaba ayuda. Expresó un deseo de justicia. Los asuntos pendientes tenían que ver con injusticias cometidas contra él y los suyos. Pero él ya no podía accionar en el mundo material, aunque necesitaba hacerlo. Había que poner las cosas en su lugar. Después dijo algunas frases más, todas por el estilo. Y se desvaneció.

Quedé paralizado. Aunque la opresión en el pecho y la sensación de ahogo e inmovilidad se habían ido, fue incapaz de moverme todavía. Estaba anonadado. Sentí mucho miedo, un frío de muerte me recorrió la espalda. Quería gritar, llorar, no podía. Seguía muy agitado. Ahora respiraba, a gran velocidad. Me senté en la cama, tomándome el pecho, respirando por la boca, mirando fijamente el punto donde había aparecido la figura, que ya no estaba. Volví a recordar cada instante, cada palabra, cada sensación, mil veces. Cuando sonó el despertador todavía estaba en eso, y seguí todavía un rato más.

Ese día llegué tarde al trabajo por primera vez.

2 de Enero de 2018 a las 16:54 0 Reporte Insertar 0
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