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Tranquilidad

No podía creerlo todavía. Ya habían pasado tres años desde que todo había quedado atrás. Ceres se había ido. Aki también. Pero su madre ya estaba mucho mejor y tenía una hermosa nieta que ahora dormía plácidamente la siesta en el regazo de su madre, bajo la sombra del ginko del jardín.


Acarició su suave cabellera, era tan brillante como la de ella justo antes de teñírsela, porque estaba de moda tener ese color de cabello. Había pasado por tanto que el color de cabello había pasado a ser una cosa tan estúpida que ya no se preocupaba por eso. Sentir el sol sobre la piel, ver a su hija dormir o preparar la cena eran las cosas que ella siempre había rechazado por ser tan sosas y normales y había aprendido a amarlas y a anhelarlas cuando ya no las tuvo. Ahora sabía lo importante que eran las pequeñeces de la vida.


¿Papi no vendrá? Preguntó la niña bostezando, frotándose los ojos al sentarse al lado de su madre. Ella, con sus manos, volvió a armar el peinado de su hija contándole que su padre estaría llegando pronto, que debía tener alguna consulta extra en el trabajo y que seguramente, se estaba demorando por ello.


Aun le parecía irreal tener esa charla con su hija, que Tooya estuviera vivo todavía. Sin el maná, ambos sabían que su tiempo de vida era limitado, escaso. Uno, dos años cuanto mucho. Pero al parecer, la vida pensaba sonreírle a Aya, a Tooya y su pequeña. Le rogaba a Ceres que le diera la fuerza para tener muchos años más juntos como familia, que después de haber perdido a la suya, y haber vuelto a armar a su familia, lo que más anhelaba era esa vida tranquila. Había aprendido a anhelar que las novelas, novelas fueran y disfrutaba de una buena historia, pero ya nada era lo mismo después de conocer a la diosa.


Pero todo cobraba sentido al ver a su hija. Correteaba tras los pájaros y a la distancia, vio a su padre sonreírle y no tardó en salir corriendo y tropezar, siendo socorrida rápidamente por sus dos progenitores. Pero ella seguía sonriendo porque papá al fin había llegado.


Se colgó prácticamente del cuello de Tooya, sin estar dispuesta a soltarlo por haberse demorado. Aya los miraba alegre, estaba realmente feliz y escucharla reír, ver aquella mirada verde de su esposo ahora tan radiante. Aquella expresión de tristeza por fin se había ido. Ahora, sólo era su querido Tooya.


Lo tomó del brazo, mientras iban escuchando las aventuras de la pequeña y enumerando todos los lugares que ella quería visitar ese día. Y quería comprar pan para darle de comer a los patos, entre otras de las tantas cosas que enumeró que harían, entre palabras mal pronunciadas y varias risitas, porque un día no alcanzaría para hacer todo lo que su hija quería hacer, por suerte, habia muchos días por delante para cumplir con todo.


Ambos se miraron y sonrieron. Aquel día, sería tan sólo para ellos.
16 de Diciembre de 2017 a las 04:33 0 Reporte Insertar 0
Fin

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Roxana B. Rodriguez Escritora argentina.

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