Ale y Gaby: juntos pero separados Seguir historia

rociocrespillos Rocío Crespillo

Alexandra y Gabriel son dos pequeños inseparables. Ellos iniciaran con la búsqueda de un misterioso tesoro, sin embargo hallarán algo más importante y serio que un par de monedas de oro, algo que amenazará con romper su gran vínculo. Su amistad estará a un amanecer de desaparecer, pero ¿qué podrán hacer dos niños de 6 y 7 años para evitarlo?


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Tesoro


Sus manos tomaron el picaporte jalando de él hacia adentro para abrir la gran puerta blanca de su habitación, encendió la luz dando un salto para llegar al interruptor y cuando dio la vuelta para dirigirse a su pequeña cama violeta quedó estática.

—¿Qué haces acá? —preguntó con gran recelo mientras el niño sentado sobre su colchón le sonreía de oreja a oreja.

—Vine a jugar, ¿a qué más?

En el rostro de la niña se dibujó una radiante sonrisa y corrió hacia el rincón de su cuarto donde guardaba a sus diminutos reclutas. Tomó la caja de madera oscura que se hallaba bajo su ropero y la abrió para empezar a desplegar al pelotón.

—Me toca ser el azul —exigió Gaby sentándose a su lado.

—Siempre sos el azul, hoy vas a ser el rojo —depositó al capitán Rojo en las pequeñas manos de su amigo y comenzaron con la disputa de los jóvenes soldados desde que la madre de Alexandra había hecho caso al capricho de su hija comprándole aquellos hombrecitos de plástico: La lucha por la posesión del castillo dorado.

Al cabo de una hora de jugar, la niña sintió al cansancio apoderándose de su cuerpecito. Así que le arrebató a Gabriel los soldados para colocarlos en su cuadrada prisión de madera guardándolos para la próxima trifulca.

—¡Oye! Quería seguir jugando.

—Estoy cansada, apestoso.

—Pero, yo no.

—Pero, yo sí y punto.

Dicho esto, empujó a Gabriel hasta la puerta de la habitación para cerrarla en su cara. Se acercó perezosamente a su cama y se escondió bajo las sábanas color lila cayendo en un profundo sueño.

***

Unos deditos aprisionaron su nariz provocándole que despertara asustada y ahogada. Al observar a su derecha, vio como el castaño tapaba su boca escondiendo su latente risa y no dudo en darle un golpe con su mano abierta en la cabeza.

—¡Hey! —se quejó el niño.

—Te dije que nunca más hicieras eso.

—Perdón —murmuró con desgano—. Traigo información valiosa —una sonrisa apareció en su regordete rostro.

Ale se sentó rápidamente en su cama y descubrió que aún llevaba puesto el elegante vestido azul. Con la velocidad de un rayo corrió hasta su armario, escogió lo primero que vio y desapareció en el oscuro pasillo que conectaba las habitaciones de la casa.

Gabriel suspiró frustrado.

—Niñas.

Después de unos minutos, la figura de la niña apareció frente a la puerta trayendo en su mano el vestido y en su cuerpo un short color canela y una remera de algún dibujo animado que su madre creía que ella adoraba.

—¿Información valiosa? —preguntó al niño mientras depositaba cuidadosamente el vestido dentro de una bolsa transparente para luego colgarla dentro del armario.

—Se trata de... —se acercó de forma sigilosa a su amiga y le susurró al oído —. Un tesoro.

Ambos se observaron boquiabiertos.

—¿Cómo sabés que es real? —cuestionó con desconfianza.

—Oí a mis papás hablar de algo misterioso, anoté las coordenadas en este papel —sacó de su bolsillo izquierdo una bola de papeles de dulces que habían sido devorados en otra ocasión. Rebuscó entre ellos y halló al indicado entregándoselo a Alexandra para que lo analizara.

—Creo que conozco esta calle, ¿estás seguro? —el niño asintió con fervor—. Está bien, mañana vamos.

—No, vamos ahora.

—Tengo sueño.

—Tenés miedo —aseguró con el ceño fruncido.

No hizo falta que agregara más, la niña tomó su mochila amarilla y la rellenó con todo lo que creyó esencial, y prácticamente arrastró a Gabriel hasta la vereda de su casa.

—¿Hacia dónde, sabelotodo?

—Hacia el sur —sonrió confiado el pequeño. El rostro de Alexandra demostró confusión y miró de reojo a su compañero de travesuras.

—¿Dónde está el sur?

—No lo sé —confesó y revisó el arrugado papel—. Avenida Lars 8900

—8900 —repitió pensativa la niña—. Es hacia allá, porque del otro lado es 5800 y hacia allá es 6000.

Gabriel no preguntó qué tenía que ver aquello con la dirección, pero confió en ella y le siguió los pasos con confianza en aquella madrugada de verano.

***

Pasaron por varios puestos de comida ambulante produciendo que el estómago de Ale rugiera con fiereza, sin embargo en su pequeña mochila no había guardado dinero para alimentarse ni comida.

—No sabés armar un bolso para comenzar una travesía —rodó los ojos y revisó sus bolsillos buscando alguna moneda, y no halló nada más que envoltorios de dulces vacíos.

—Guardé solo lo esencial —se excusó la niña.

—¿Y no es esencial evitar morir de hambre?

—No estamos yendo al desierto, apestoso.

La brisa seca y cálida de verano abrazaba sus diminutos cuerpos ocasionando que el sudor comenzara a rodar por sus frentes. Alexandra frenó de golpe en la esquina de la lavandería de Don Pablo y analizó los cartelitos verdes que anunciaban los nombres de las calles.

—Hacia allá —anunció segura, y como siempre, Gabriel le siguió sin acotar nada al respecto.

—¿Qué pensas de la muerte?

La pregunta golpeó en el pecho de Alexandra quitándole el aliento, giró en sí misma para mirar frente a frente al castaño.

—¿De qué hablás? ¿De cuando murió Dana? —el recuerdo del canario provocó que los ojos de Gabriel se inundaran en lágrimas.

—¿Crees que existe el cielo?

—Por supuesto —afirmó con gran confianza y apartó un oscuro mechón que amenazaba con meterse en su boca colocándolo detrás de su oreja —. Dana está bien, lo prometo.

El niño asintió con su cabeza y prosiguieron la búsqueda.

***

—Estás muy callado, ¿pasa algo? —interrogó Alexandra mirando sobre su hombro.

—Estaba pensando... —la pequeña risa burlona de su amiga lo interrumpió, y frunció el ceño con enojo. Sin embargo, luego se relajó. Al escuchar su risa nadie podía enojarse.

—¿En qué pensas?

—... En mis papás, estaban realmente tristes cuando los escuché hablar sobre el tesoro. Mi mamá no dejaba de llorar —el rostro de la niña se ensombreció por un momento, aunque luego dibujó una gran sonrisa en su rostro.

—Quizás esté embarazada. Mi mamá lloraba por todo cuando tenía a Dave dentro de su panza —rió al rememorar lo sucedido.

—No quiero un hermanito...

—O hermanita.

—... Estoy bien yo solo —aseguró con seriedad.

—Es divertido tener un hermanito —comentó Ale con toda la sinceridad del mundo.

—Te tengo a ti y eres suficiente —confesó.

La pequeña lo observó por un segundo sin dejar de caminar, y pasó su brazo por los hombros del niño. Su estatura le permitía abrazarlo de esa manera sin problemas.

—Algún día yo voy a ser más alto.

Un aura pesada cayó sobre los niños produciendo un gran silencio.

***

En la plaza Blanca, los niños decidieron tomar un merecido descanso, el sol cosquilleaba el horizonte anunciando que pronto el pueblo despertaría. Se recostaron sobre la fresca hierba mientras observaban como el cielo iba tiñéndose de un azul claro. Alexandra observó el reloj negro que ataba a su muñeca un poco preocupada por su madre, quien seguramente despertaría creyendo que ella se hallaba hundida en el gran colchón de su habitación, solo para enterarse que entre las sábanas no había más que almohadas.

—Son las 5 de la mañana. Hemos caminado por una hora.

—Pero, ya estamos cerca, ¿no? —Gabriel la observaba recostado de lado.

—Sí, creo que sí.

—Me siento como un pirata —infló su pecho con orgullo y se levantó de golpe—. Hay que seguir, llegáremos antes del amanecer, grumete.

Un sonido hueco retumbó en su cabeza, buscó al culpable y encontró a sus pies una pequeña piedra.

—No vuelvas a tratarme como tu sirviente, yo soy más grande que vos —refunfuñó claramente ofendida.

—Solo por 3 meses.

—Pero esos 3 meses hacen que yo ya tenga 7 y vos no —chilló.

Gabriel decidió afirmar su teoría para evitar problemas y le preguntó hacia dónde debían seguir. Alexandra releyó los nombres de las calles una y otra vez, hasta que su mano se alzó indicando la dirección.

***

Un gran predio lleno de verde se exhibía ante ellos, los ojos del niño emitían un brillo eufórico mientras que Ale solo miraba la calle.

—¡¡Vamos!! Hay que buscar el tesoro —exigió.

—¿Sabés dónde está?

—No, pero...

—Este lugar es gigantesco, no podemos cavar todo hasta que lo encontremos —la cara del niño pasó de una felicidad extrema a una tenue desilusión.

—Vinimos para nada.

Sin embargo, la niña sabía con exactitud a dónde ir y se abrió paso por el extenso terreno con Gabriel pisándole los talones.

***

—¿Qué hacemos acá? —interrogó confuso.

—Es acá.

—¿Qué cosa?

Las manos de Alexandra se posaron en los hombros de su compañero para girarlo en su lugar y que pudiera observar lo que se hallaba a sus espaldas.

El niño palideció inmediatamente mientras leía en voz alta con dificultad.

—"Gabriel Marco Fuentes. 2009-2016" —no tuvo la suficiente fuerza para seguir leyendo.

Ambos se quedaron en un silencio que les calaba los huesos, la mirada de la niña viajaba de su amigo a la lápida.

—Alguien tiene el mismo nombre —musitó—. Yo estoy acá, a tu lado —buscó en los ojos de la niña que su teoría fuera confirmada aunque solo vio reflejados en ellos una inmensa pena.

Sus pequeños ojos se llenaron de lágrimas y sintió que su pecho era golpeado muchas veces quitándole el aliento. Unos pequeños brazos lo rodearon intentando calmar sus fuertes sollozos, sin embargo esto provocó que llorara con más fuerza.

Su diminuto cuerpo temblaba y la niña no sabía qué hacer.

—Me estás haciendo una broma pesada —sus manos se apoyaron en el pecho de Alexandra y la alejó de él.

—Nunca te haría...

—¡Mentís! ¿Cómo puedo estar acá si estoy muerto? —sus ojos se abrieron esperando una respuesta lógica.

—Yo te vi, ¿no lo recordas? Te vi morir, Gabriel —la sola pronunciación de su nombre le aseguró al niño que estaba siendo sincera.

Alexandra tomó los bordes de su remera y enjuago las lágrimas que comenzaban a deslizarse por su rostro.

—Te dije que no corrieras, que te fijaras antes de cruzar —un sonoro jadeo escapó de su boca y no aguantó más las lágrimas que habían estado amenazando con escapar desde que reconoció la dirección del lugar.

Su amigo quiso abrazarla, pero ella se apartó bruscamente.

—Pero, estoy acá —susurró calmando su llanto.

—Pero, no estás —afirmó con el rostro enrojecido—. Creí que había sido una pesadilla, que todo lo había creado mi cabeza y no habías muerto cuando apareciste en mi cuarto.

—Siempre vamos a estar juntos.

La pequeña meció su cabeza de lado a lado produciendo que su cabello se alborotara.

—Ahora estamos separados para siempre, Gabriel.

El sol asomó sus dorados rayos en el despejado cielo alumbrando a los pequeños que se mantenían inertes uno frente al otro.

La luz se reflejó en el cabello castaño claro de Gabriel y poco a poco le otorgó a su cuerpecito un resplandor amarillo casi blanco.

Alexandra extendió su mano para rozar su regordete rostro, pero esta atravesó al niño provocando que en su pecho se albergara una sensación de vacío.

—Juntos pero separados —pronunció lentamente Gabriel.

—Juntos, por favor, apestoso —pidió antes de que la figura de su compañero se desvaneciera.

Mientras observaba el lugar en el que segundos antes había estado Gabriel, el grito desesperado de su madre llamándole le heló los huesos. Sabía que nada bueno vendría ahora, no desde que él partió la primera vez.

25 de Noviembre de 2017 a las 22:49 0 Reporte Insertar 1
Fin

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