Cuento corto
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Don Marcelo

   Acá en el pueblo, existe un negocio tipo de campo que se encuentra al sur de la ciudad, exactamente frente al cementerio municipal. Tiene un vivero, una florería y contiguo, un almacén de ramos generales con un bar de expendio de bebidas.

   Entre los vecinos que asistían al bodegón, se encontraba Don Marcelo. Dicen que fue empleado municipal. Tiene dos hijos varones que se llevan un año de diferencia. Por esa época, habían terminado el bachillerato y como todos los muchachitos del pueblo, a cada año muchos más de un millar, hacen sus valijas para proseguir estudios universitarios o para conseguir un trabajo en alguna metrópoli.

   Una tarde monótona, dos jóvenes se aparecieron en el bar. Eran amigos de los hijos de Don Marcelo. Ellos también pronto como sus hijos emigrarían para ir a estudiar. En un momento de la charla les preguntó:

   -¿Qué es lo que más temen?

   Uno de ellos respondió:

   -El de extrañar como locos y tener que volver con la cabeza gacha.

    El otro pibe también dijo lo suyo:

   -También el temor a no regresar jamás, o volver a casa de visita y encontrar todo distinto. De olvidarnos como era nuestro barrio, del aroma de las flores de los tilos de la calle 28, por ejemplo. De eso tenemos miedo.

    Don Marcelo, mostró un dejo de tristeza a esas palabras, lo habían tocado en lo más hondo de sus sentimientos. Buscó en su mente una forma para compensar ese gran vacío que dejan los que se van. Los miró y les respondió.

   - ¡Pero! Es la ley de la vida. Sin embargo, puedo hacer algo por ustedes, si me lo permiten. ¡Y escuchen bien he! Yo puedo detener el tiempo, para que cuando ustedes regresen al pueblo, lo encuentren como estaba. Eso sí, no incluye a los animales ni a las personas...


    -El viejo esta chapita, le seguimos la corriente-, habían dicho luego los muchachos. Era una anécdota risueña para contarla en una mesa de asado con amigos. Y así, aconteció con esa historia que reunión tras reunión, en esa tradición oral que tienen los pueblos como el mío, fue de boca en boca. Pero, siempre existen personas, que necesitan creer en algo, aunque sepan que es irreal. Estas son las clases de quimeras que terminan siendo realidad por obra de la sugestión. Algunos, por esa curiosidad en develar la división entre el cuento, la ficción y la verdad, concurrieron a entrevistar al viejo, quien reafirmó su promesa a todo aquel que viniese a solicitarla.

    Luego, con el tiempo, aconteció que toda esa gente del pueblo que se iban a estudiar o trabajar, cuando regresaban de visita, afirmaban que Don Marcelo, había cumplido con lo prometido. Hubo quienes no quisieron creer, pero bastó solo un puñado de personas para que detrás de la anécdota, se proyectara la leyenda. Nunca nadie lo tildó de oscurantista.

    Don Marcelo, todavía vive en la misma casa, pero ya no se le ve tanto por el bar. Yo, que me fui alguna vez para probar suerte y volví, les tengo que decir que sí. Él podía detener el tiempo.

    De sus hijos, en la actualidad, uno reside en Santa Fe y es odontólogo y el otro vive en Buenos Aires y es pediatra. Han formado familia y le dieron tres nietos. No dejan pasar muchos días en que se los pueden ver por estos lados.

   Hoy, transcurridos varios años, el viejo y su esposa tienen siempre la habitación de ellos con sus camas tendidas y aunque sea una vez al mes, pasan una noche en la casa paterna para cumplir con gusto del ritual.

   Él los despierta como cuando iban al colegio primario, les prepara el desayuno. En la mesa de la cocina, siempre se encuentra humeante, el té con leche y galletitas criollitas con manteca azucarada.

    Con ese amor que todo lo puede y que hace que el tiempo se detenga.

5 de Diciembre de 2017 a las 16:51 0 Reporte Insertar 2
Continuará…

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