Si no te tengo Seguir historia

triznia Triznia Beatriz Jiménez

«Como deshacerme de ti si no te tengo, como alejarme de ti si estás tan lejos» —Ricardo Arjona. Harry y Draco son ya adultos, comenzando la cuarentena. La gran amistad entre sus hijos (Scorpius y Albus) les pone en un lugar comprometido: demasiados sentimientos olvidados y oprimidos. El destino es caprichoso y parece empeñado en que la historia se repita, esta vez entre James y Scorpius.


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#Romance #Harry Potter #Fantasía #Gay #Aventuras #Yaoi #Draco Malfoy #Tercera Generación #Scorpius Malfoy #James Sirius Potter
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Posdata

Draco Malfoy se masajeaba las sienes junto a una botella de Whiskey de Fuego. Tanto la botella, como los codos del rubio como una pira de papeles se encontraban encima de una mesa de madera oscura, cara y perfectamente barnizada. Una pluma se deslizaba sobre el papel, mágicamente, estampando su firma en los documentos que lo requisaban, agregando la fecha y su nombre a otros, etc. Su cabeza estaba lejos de allí.


Se restregó los ojos aun con gesto molesto, un par de cabellos rubios cayeron sobre su rostro y los apartó sin delicadeza, o simplemente con lentitud. Notó un par de arrugas que ya empezaban a acentuarse sobre las cejas, producto de pasarse media vida enfurruñado. Al final su madre había tenido razón «Draco deja el puchero, te saldrán arrugas».


Arrugas con cuarenta y dos años. Maravilloso. Bueno, se las merecía. Y tampoco le quedaban tan mal. Su rostro de crío había durado más de lo deseado, pero los sucesos de su juventud le habían dotado de un semblante serio y casi duro. Finalmente la edad le había mercado más el mentón y la mirada, aportando a su atractivo un toque más viril. Se parecía a su padre, por lo que intentaba que su aspecto los diferenciara bastante: el pelo no lo tenía corto exactamente, pero había decidido eliminar la coleta-aristocrática de su estilo; podía fijarlo para que quedara formalmente recogido (como en sus primeros años en Hogwarts) o dejarlo caer y que perfilaran sus ya de por sí pronunciados pómulos. Vestía elegante, el trabajo se lo pedía, pero sin demasiada parafernalia o “accesorios”, y aun menos pieles.


Pero todo aquello no era lo que le preocupaba (aunque sí se sentía bastante estúpido por estar pensando en su aspecto en aquel crucial —y posiblemente catastrófico— momento), sino su hijo Scorpius. Aun tenía delante la carta que le había llevado la lechuza hacía más de media hora. Tras contarle lo sucedido en el último partido de Quidditch, un problema que tenía con un ejercicio sobre Nottium Argentum y varias cosas más, había decidido dejar lo más importante para la posdata:

«…
PD. Casi se me olvida. Como me dijiste que los abuelos vendrían en Navidad y la La nuit de Noël la pasaríamos los tres solos he decidido invitar a los Potter. Albus me ha confirmado que vendrán los cinco. Espero que no os importe.
PD2 Lily no come carne.

En un par de días estoy en casa,
Scor »


La leyó de nuevo y la volvió a dejar caer sobre la mesa. Maravilloso, sin duda alguna. Maravilloso. Que su hijo y Albus Potter se hubieran convertido en mejores amigos había sido toda una sorpresa, aunque sin duda era algo bueno. Por mucho que ambos críos estuvieran en Slytherin nadie dudaba de sus pensamientos promuggles o de su simpatía. Pese al parecido físico y su apellido-condena (Malfoy) Scorpius se había ganado pronto el corazón del Castillo y del Mundo Mágico. Y gran parte era gracias a Albus Severus Potter.

Así que ese no era el problema.


El elefante de la habitación era reunir a sus padres y llevaban siete años evitándose con amabilidad. Albus había dormido más de una vez en la casa de los Malfoy, en el viñedo y en el chalet junto al mar (ambos en Normandía). Era un joven brillante, astuto y bien educado; el parecido físico era lo que más había heredado de su padre. Curiosamente la mirada le recordaba a Snape: como si supiera mucho más de lo que contara. Aquello era un pensamiento agridulce: eran los ojos de Harry (y por lo tanto de Lily) con la mirada de Snape. Juntos, al fin, de una extraña forma. Y Lily también les acompañó un fin de semana en la costa. Era revoltosa y adorable, la niña que se arrepentía de no haber tenido.


Así que el problema eran sus padres.


Ginevra Weas…Potter. No, siempre sería una Weasley. Y como tal le odiaba a muerte: primero porque nunca se llevaron bien, segundo porque Ron sin duda había dedicado media adolescencia a planear su muerte y tortura con ayuda de sus hermanos, tercero: por Fred. Draco había renunciado a los Mortífagos y hasta ayudado a Potter, aunque tarde; y después de aquello se alejó de los ideales puristas todo lo que pudo. Pero para los Weasley siempre sería un Mortífago, como los que mataron a su hijo Fred.


Un picor le atravesó el antebrazo izquierdo. Era puramente psicológico, lo tenía asumido; pero aun así se desabrochó la manga y dejó la Marca Tenebrosa al desnudo. Ya no tenía la misma intensidad, pero allí estaba, acusatoria. Había sido un mortífago, no podía evitar que le odiaran, no tenía derecho a culparlos.


Y luego, claro, estaba Harry. Archienemigos cuando el juego aun era divertido, cosa de niños; rivales e iguales, años más tarde. Aliados forzados. Ahora, casi desconocidos. Saludos sin tocarse, secos, absurdos, cuando iba a recoger a Scor de casa de los Potter o viceversa; palabras vacías y charlas banales cuando coincidían, antes de buscar instintivamente esquinas opuestas de la habitación. Era una actitud estúpida, casi infantil. Pero ninguno de ellos podía evitarlo.


Quizás Draco y Harry deberían haber aprovechado la amistad de sus hijos para enterrar el hacha de guerra y convertirse en amigos. Habían madurado de tal manera que podrían conectar, llevar a los críos a viajes y comer juntos algunos fines de semana. Habría sido bonito, podría haber limpiado su propio nombre.


Draco se aflojó el nudo de la corbata y guardó la botella (sin abrir, llevaba sobrio casi diez años, pero le ayudaba situarla cerca en los momentos de estrés). La pluma llevaba ya varios minutos sin moverse, levitando suavemente sobre la mesa. La luz entraba anaranjada por la ventana, bañando su oscuro despacho de colores cálidos. Tendría que ir recogiendo para volver a casa. Pero no podía.


No cuando había abierto la peligrosa caja de los recuerdos de Harry Potter. Sí, deberían haber olvidado el pasado y empezado una amistad adulta y franca, pero no era posible. No para ellos. Habían pasado ya veinte años y Draco aun recordaba el sabor de los labios del maldito Harry Potter.

6 de Noviembre de 2017 a las 14:34 0 Reporte Insertar 1
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