Sardix, la sardina que quería ser tiburón Seguir historia

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Gonzalo Coronel


Desde chicos la vida nos da a elegir de qué lado del problema estar. Esta sardina eligió el lado correcto.


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Sardix, la sardina que quería ser tiburón.

En algún lugar del Océano Pacífico:

Sardix era un chico listo, ya había sobrevivido a dos ataques contra su cardumen. Los tiburones los tenían en jaque y esa noche las dudas sobre su vida desembocaron en la sola y directa pregunta que dirigió a su padre.

—¿Qué hago para ser un tiburón?—

La respuesta tardó en llegar, la impotencia de no saber no era tan fuerte como el miedo a que esas dudas hicieran que Sardix jamás volviera a moverse con la armonía del cardumen y cayera en la próxima embestida de los tiburones.

—No se —dijo el padre y queriendo justificar su condición y acotó— ¿qué tiene de malo ser una sardina?

—Papá, hay un problema allá afuera y creo que estamos del lado equivocado—dijo el chico.

—No hijo mío, la vida nos puso en este lado del problema y muchos decidimos aceptar nuestro destino y aunque cada cierto tiempo aparezcan individuos como tú que cuestionan su existencia y van en busca de un camino diferente, para el resto la historia sigue igual—dijo el padre.

—Quiere decir que han habido otros que hicieron las mismas preguntas que yo estoy haciendo ahora Padre —preguntó Sardix sorprendido.

—Sí, hubo otros pero no se sabe nada de ellos, sólo hay rumores que la tradiciòn pasa de boca en boca asegurando que viven en los arrecifes del norte cerca de los corales rojos en la zona tempestuosa—dijo el padre tratando con el comentario, de apagar el brillo de los ojos del pequeño.

—Quiero conocerlos padre, quiero ir allá—dijo emocionado Sardix.

—Es peligroso hijo mío, irás sólo sin la protección del cardumen y lo más seguro es que no te vuelva a ver jamás—decía desesperado el padre

Sardix comprendió que lo que quería implicaba un gran sacrificio, se despidió de su Padre y dejó su hogar atrás dirigiéndose al norte hacia la zona tempestuosa, debía encontrar a esas otras sardinas que alguna vez se cansaron de seguir siendo alimento para tiburones y quisieron cambiar su destino. Mientras nadaba se preguntaba ¿Qué había pasado con todas ellas?, ¿Cuál fue el final de su viaje?, ¿Lograron encontrar lo que buscaban? Las respuestas se estaban acercando.

Entró a una cueva que se formaba en el centro de un gran coral rojo. Desde donde estaba podía ver la superficie agitada del mar provocando corrientes sorpresivas en el fondo.

Al final del camino se escuchaban unas voces conversando, Sardix avanzó y repentinamente se vio rodeado por cuatro tiburones que le cerraron el paso ante cualquier intento de escapar.

—Qué es esto que nos trae el gran océano, el alimento caminando hacia nosotros, qué más se puede pedir —exclamó el tiburón blanco mirando a la pequeña sardina.

Sardix saludó tímidamente y trató de explicar el motivo de su visita

—¿Quieres ser un tiburón? —exclamó riendo el tiburón martillo—. Los tiburones son feroces, enormes, rápidos en su embestida y con dentaduras capaces de devorar cientos de sardinas de un solo bocado. ¿En qué te pareces tú a un tiburón?—terminó su dramática exposición.

—Sé que no tengo ninguna de esas características pero si ustedes me enseñan estoy dispuesto a aprender—dijo Sardix agotando sus recursos.

Los tiburones se quedaron en silencio mirándose unos al otros, con sus palabras Sardix los había perturbado. Al cabo de unos minutos el tiburón tigre se dirigió a la pequeña sardina que en ese instante solo pensaba que había llegado su final igual como había sucedido con las otras sardinas que se aventuraron a viajar tan lejos de su hábitat y de su única protección: el cardumen.

—¿Cómo te llamas?—preguntó el tiburón tigre mientras Sardix pensaba en jugarse su última carta.

—Mi nombre es Sardix, maestro —el tiburón tigre sorprendido por la respuesta y con el ego hinchado por haber sido reconocido como maestro, se quedó inmóvil observando al pequeño visitante.

Desde el fondo de la cueva surgió una silueta que al acercarse dejo notar a un gran tiburón peregrino... había un silencio total.

—Sardix, has demostrado valentía al cuestionar tu propia existencia y mucha osadía al venir tan lejos de tu hogar, pero lo que más nos ha sorprendido es tu deseo de aprender lo que se necesita para ser un tiburón. Este tribunal aprueba que se te entrene. Comienzas mañana, por ahora ve a descansar que los siguientes días serán muy duros para ti —dicho eso el gran tiburón se retiró.

Efectivamente en los días siguientes Sardix vivió los entrenamientos más duros de los que se tenga conocimiento. Debía esforzarse, no podía mostrar un gramo de debilidad ante el tribunal, siempre tuvo la idea de que si fracasaba no recibiría precisamente una palmada en el dorso, de despedida, sino una buena mordida del tiburón tigre. Con gran esfuerzo adquirió cada una de las habilidades de un tiburón y poco a poco se fue ganando el respeto del grupo de maestros.

En una ocasión fue llamado a la cueva a comparecer ante el tribunal, Sardix se dirigió a la cita con la duda sobre qué tema que se trataría en la reunión.

Los maestros empezaron elogiando el esfuerzo de la pequeña sardina y fue el tiburón peregrino quien dijo con tono ceremonioso:

—Sardix, este tribunal cree que estás listo para la última prueba, dirígete a la fosa del celacanto y salta en ella—dijo el maestro tiburón peregrino dejando impávido al aprendiz.

Sardix se sorprendió, en el tiempo que había pasado entrenando con los maestros se había enterado que la fosa del celacanto no tenía fondo y sus corrientes arrastraban al fondo todo aquello que pasara por ahí.

—¿Qué clase de tutor te enseña algo tan complicado y después dice que te suicides?—pensaba la sardina.

Avanzaba esperanzado a que en el filo de la fosa al último minuto, el tribunal lo detendría luego de haber comprobado su fe.

Pero no lograba discernir para qué le serviría en estos momentos una prueba de fe.

Seguía nadando, estaba cerca del borde y las corrientes ejercían su fuerza de succión. Miro al tribunal esperando un ¡Detente! pero los maestros sólo dieron una orden: ¡Salta Sardix!

Con todo su valor reunido y con el deseo de no malograr su entrenamiento después de haber pasado todas las otras pruebas, Sardix saltó y su figura se perdió vertiginosamente en la fosa.

Pasaron largos segundos y nada indicaba que la sardina sobreviviría.

Inesperadamente y con gran agilidad surgede la fosa del celacanto un elegante tiburón toro y luego de probar sus aletas en un nado veloz y alegre, se acercó al tribunal.

—¿Qué ha pasado?—preguntó.

El tiburón martillo se dirigió al nuevo colega que acababa de surgir de las profundidades y le dijo:

—Sardix, te has convertido en el tiburón que tanto querías ser. Tu entrenamiento ha terminado—.

Todos los miembros del tribunal tenían en sus manos una foto que en ese momento enseñaron a Sardix

—Ustedes también eran sardinas—exclamó el novato tiburón.

—Así es Sardix y vimos en tí todo aquello que a nosotros nos movió a tomar esta gran decisión. Por eso te entrenamos—concluyó.

El tiburón peregrino continuó diciendo.

—Ahora puedes vivir tu vida de tiburón, puedes ir por los siete mares y devorar tus propios cardúmenes de sardinas. ¡Ve Sardix eres libre!—Le ordenó el maestro.

Sardix se disponía a partir pero volvió sobre sus pasos y pidió ser aceptado en el tribunal... él también quería enseñar.

— ————

Para estar del lado correcto de un problema a veces toca transformarnos totalmente para que nuestro verdadero ser, aquella mejor versión de nosotros mismos, decida estar en el lado correcto de cualquier problema.

29 de Octubre de 2017 a las 04:23 4 Reporte Insertar 2
Fin

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Milagros Borro Milagros Borro
Hola! Soy Milagros, embajadora de Inkspired. He estado revisando tu historia para su verificación, pero antes de hacerlo te recomiendo que revises ciertos errores de puntuación, como la falta de espacios entre guiones de diálogos o algunas comas que faltan. Una vez que lo realices, por favor responde este comentario, así volveré a revisarlo y verificarlo. Esto hará que tu historia tenga mucha más repercusión. Por el momento, está en estado de revisión. ¡Saludos virtuales!
8 de Marzo de 2019 a las 12:48
AB Ana Broca
Me encanto, es muy puntual en sus momentos en que se define el personaje. Felicidades.
30 de Agosto de 2018 a las 04:54
Fran Laviada Fran Laviada
Me gustó. Es muy ingenioso y está muy bien contado. Felicidades. Un saludo.
29 de Octubre de 2017 a las 14:30

~

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