andres_dm Andrés Díaz

Un hombre narra a la policía el encuentro que cambió su vida para siempre: el cruce con un desconocido que tuvo consecuencias inimaginables... TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS ©


#2 en Cuento Todo público.

#terror #miedo #suspenso #psicologico #psicosis #locura #loco #policia #delirio
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Incidente en la Alameda


Cuento publicado en "Anaquel Literario"



...Sí, tuvo que ser él, tuvo que ser en ese momento, ¿de qué otro modo pudo ser? ¡Fue él, ningún otro que ese impostor! ¿Que cómo ocurrió? Déjeme le cuento. Caminaba por la explanada de la Alameda Hidalgo cuando chocamos por accidente. Iba con prisa para alcanzar el autobús y él... creo que solo andaba distraído, me pareció que olía a borracho —anote bien eso, oficial, por favor—. Chocamos de frente, casi sin darnos cuenta hasta tropezar el uno con el otro. Me miró raro, con sospecha o con espanto, no sé, pero antes de poder decirle algo, un reclamo o una disculpa, le vi alejarse entre el resto de la gente, con paso indeciso y mirada nerviosa. Parecía perturbado... Había algo más en sus ojos: me parecieron familiares.

No alcancé a verlo bien porque entonces corrí para tomar el camión a casa. Era muy tarde y quizá ese era el último. Varias personas se amontonaron para subir, terminamos todos apretujados y hubo varios más quienes ya no pudieron abordar. Miré por la ventana al tumulto sobre la acera y creí entonces distinguir al extraño, mirando hacia donde yo me hallaba, dentro del autobús que partía; nos miramos mutuamente, tensos, y seguí viéndolo hasta que nos alejamos y su cara se hizo una mancha difusa que luego desapareció.

Un estremecimiento me acompañó durante todo el viaje y sentí también que los demás pasajeros me veían raro, como si intentaran apartarse de mí. Pronto me distraje imaginando la vida de aquel pobre diablo: ¿tendría vida? ¿Sería un vagabundo, un desahuciado? ¿Habría sido acaso un hombre exitoso hundido en la ruina? ¿Podría eso considerarse vida? ¿Quién era ese tipo?

Hacía mucho calor en el camión por el bochorno de los cuerpos, atiborrados unos sobre otros, como una lata de atún a punto de reventar. Olía a mugre rancia, a orines secos, todos pusimos cara de asco. Miré por todas partes. No vi nada raro. Más adelante la ruta comenzó a vaciarse, primero se bajaron dos personas, luego otra, subieron dos más, bajaron cuatro, y otros tres, y otro, y así, hasta que solo quedamos unos pocos.

Bajé cuando pasamos frente al parque de la colonia. No recordaba bien todas las calles y por poco me metí a la equivocada, muy cerca del templo de una iglesia. Cuando llegué a mi casa me tanteé el bolsillo para buscar las llaves y me di cuenta de que mi pantalón estaba vacío. Las busqué en mi chamarra pero tampoco las hallé —¿había llevado chamarra?—. Comencé a sentirme nervioso, los perros de la vecina ladraban, la luz pálida de un poste eléctrico me encandilaba más de lo usual. Me sentí mareado, como si hubiera bebido demasiado, ¡pero yo no había tomado!

Esa tarde platiqué con mi amigo Alfredo en un café del Centro. Hablamos de nuestras vidas de oficinistas en dependencias de gobierno, me contó de su relación con su nueva novia, una tal Itzel. Se ofreció a darme un aventón en su nuevo Sentra, dije que no y se burló de mí.

—¿Para cuándo te compras un coche?

—Ya tengo uno —respondí yo.

—¿Y dónde está, de qué color es?

—No sé, no me acuerdo —le dije, pero ¿por qué no recordaba el color de mi auto?

Los dos reímos y se despidió mientras se ponía en marcha. Entonces me fui a la Alameda.

No tenía mis llaves, ni mi teléfono, ni mi cartera. Traté de volver mis pasos mentalmente y recordé al tipo raro de la explanada: cuando chocamos por poco caímos el uno encima del otro y quedamos como abrazados durante una fracción de segundo. ¡Fue ahí! ¡Fue en ese instante que él tomó todas mis cosas! Me había bolseado con una agilidad increíble. ¡El maldito me había quitado mis pertenencias! —Anote bien eso, oficial—. Pensé entonces en regresar a buscarlo para exigirle que me devolviera todo, pero entendí que la idea era tan absurda como infortunada: ya casi eran las once de la noche. Quizá nunca más volvería a encontrarlo...

Miré a mi casa, el zaguán era alto, pero podía llegar al balcón si subía por el árbol de mi vecina. Comencé a trepar y el mareó se hizo más agudo —¿por qué estaba tan mareado?—. Los perros ladraban vueltos locos como si hubieran visto al demonio. De pronto las luces se encendieron y alguien empezó a gritar.

—¡Oiga, usted, bájese de ahí! —chilló una mujer—. ¿Qué quiere?, ¿qué anda haciendo?

Todavía me faltaba la mitad del ascenso.

—Buenas noches, vecina —le respondí con un saludo—. Soy yo, no pasa nada, perdí mis llaves, me las robaron en el Centro y no tengo cómo entrar a la casa, por eso me subí al árbol.

No reconocí a la señora, empecé a sentir la vista borrosa.

—¡Bájese de ahí! —me ordenó—. ¿quién es usted, qué quiere en esa casa? ¡Le vamos a hablar a la patrulla!

—Vecina, yo vivo aquí…

—¡No es cierto, esa casa no es suya! —insistió ella.

—¿Cómo no va a ser mi casa?

—¡Hey, háblenle a la patrulla, este se quiere meter a robar! —comenzó a gritar alertando a toda la calle. Se asomaron más personas.

—¡Bájese de ahí, ratero! —decían los vecinos que salieron a sus puertas. Todos se aproximaron al árbol, todos me observaban con curiosidad y algo de espanto. Un hombre se trepó también al tronco, ágil como un gato detrás de una presa, me sujetó tan fuerte del pantalón que casi me lo arranca, y tiró y tiró de mi ropa hasta que me hizo caer. Sentí el golpe seco de la banqueta en la cabeza y en la espada, empecé a ver luces blancas, sentí las miradas de todos a mi alrededor.

—¿Quién eres y qué quieres en esta colonia?

—¡Yo vivo aquí! —intenté explicarles, pero apenas lo dije recibí una patada del hombre que me derribó;

—¡No te hagas güey!, ¿qué quieres aquí?

—¡No me pegue, yo vivo aquí!

La gente murmuraba “¿quién es ese?”, “¿lo conocen?”, “llamen a la policía”, “díganles que esta lacra quería robarle al muchacho que vive aquí”.

—¡Yo vivo aquí!

—¡No es cierto! —me gritó el otro y me volvió a patear.

—No miento, señor, ¡yo vivo en esta casa!

Y él me dijo: ¿cómo se llama? Y yo... no dije nada, ¡no dije nada porque me acordaba! —¿Puede usted creer eso, oficial? Hice un esfuerzo inmenso por recordar mi nombre, pero no pude, ¡le juro que no me acordaba!

—¿Qué cómo te llamas? —insistió aquel pateando mi estómago.

—¡Ya no me pegue, por favor!

Tenía la voz llena de miedo a que me fueran a matar y miedo de no recordar mi nombre.

—De seguro este está borracho, ¿verdad? —preguntó la señora.

—Sí, hasta acá huele —dijo otra persona, ¡pero yo sé que no había tomado!—. Ya viene la policía para que se lo lleven.

—¿Me van a arrestar por intentar entrar a mi propia casa?

—¡Ya le dijimos que usted no vive aquí, señor!

—¿Señor? ¡Pero si tengo veintiocho años!

—¿Está loco? Responda, ¿quién es usted?

Y no me acordaba... ¡Carajo, en serio no podía recordarlo! No recordaba más que mi casa, y miraba a mis vecinos, pero no recordaba sus rostros, ni tampoco sus nombres.

“Ahí viene Esteban”, corearon entre la multitud y luego gritaron “¡Córrele, muchacho! Ven que aquí atrapamos a alguien cerca de tu casa”, y oí a un joven que gritaba preocupado “¿Qué pasó?, ¿qué pasó?” El gentío le abrió paso y apareció él…

Su rostro... ¡su rostro, oficial! ¡Ese tipo tenía puesto mi rostro! ¡llevaba puesta una ropa idéntica a la mía! ¡Él llevaba mi ropa! Y entonces… entonces me di cuenta de que ¡yo traía puestos unos harapos malolientes! Trapos con olor a mugre y a orín.

—¿Quién es este? —preguntó el impostor ¡usando mi voz!

Se lo juro que temblé de horror, oficial, un horror espantoso porque él hablaba con mi voz. Me miraba extrañado, también con miedo, ¡a mí, que antes había sido él pero ya no lo era más! ¡Y eran mis propios ojos los que me veían con tanto temor!

—Esteban, este mugroso quería brincarse a tu balcón pero la señora Julia lo vio y nos avisó a todos —dijo el vecino más agresivo.

¿La señora Julia?, ¿quién era esa mujer?, ¿quiénes eran todas estas personas?, ¿quién era ese hombre con mi cara puesta sobre su cara?

—¡Ya viene la patrulla! —gritaron— ¡allá se ven las luces!

Miré aterrado al impostor, ese extraño con quien había chocado en la Alameda: sus ojos brillaban de enojo e indignación mientras yo lloraba sin entender cómo se había robado mi rostro.

—¡Devuélvemela! —grité—, ¡devuélveme mi cara!, ¡dámela ya, la necesito!

Los demás solo murmuraban “¿qué le pasa a este loco?”, “de seguro está drogado”, “viene todo borracho”. El joven hurgó en su bolsillo y sacó unas llaves que insertó en la puerta de la casa, dio vuelta a la cerradura y dentro pude ver que había un auto estacionado de color verde que yo no reconocía… Entró a la casa y salió acompañado por una mujer; oí que le preguntaba “¿estás bien?, ¿no te pasó nada?” Luego le explicó que volvía del Centro, de una cita con su amigo Alfredo, que mañana revisaría el coche porque no había querido arrancar esa tarde. Mientras lo hacía, todas las casas se pintaron de luces rojas y azules, la multitud empezó a replegarse sobre la acera para dar paso a las unidades. ¿Y sabe qué más le dijo a la mujer? Le dijo:

—Creo que choqué con este tipo en la Alameda y... casi estoy seguro de que lo vi poco antes de que Alfredo y yo entráramos al restaurante. No sé, me da la impresión de que me ha estado siguiendo porque creo que lo vi fuera de la oficina...

¡Pero era él quien me estuvo siguiendo a mí! ¿No lo ve, oficial? ¿No lo entiende? No pudo ser de otra manera: él me robó mi ropa, mi cartera, mi teléfono y mis llaves, y también me robó la cara, la juventud, la vida... ¡Me robó todo! ¡Él me quitó todo lo que tenía! ¡No me dejó nada sino un montón de harapos y una memoria incompleta! Sí... desde el momento en que chocamos, dejé de ser yo y me convertí en él, y él se convirtió en mí. ¡Es la única explicación que le encuentro a todo esto! Pero él y los demás me acusaron cuando ustedes llegaron esa noche, ese sujeto usó mi propia lengua para acusarme de ser algo que no era, algo que él había sido.

¡Yo no hice nada malo esa noche, oficial! Él siempre fue el impostor y está allá afuera todavía, mirando al mundo con mis ojos, riendo con mi risa, conduciendo mi coche, gastando mi dinero, acostándose con mi mujer... Y tal vez siga robándole la vida a las personas con quienes choca, viviendo bajo sus pieles, soñando sueños que no le pertenecen, riendo de la alegría que les arrebata. ¡Él sigue allá afuera, oficial!

Y como le digo, no logro recordar del todo bien cómo fueron las cosas antes de que él apareciera. Quizá se ha robado también todos mis recuerdos... Quizá me implantó los suyos porque, a veces pienso que qué tal si mi vida siempre fue un sueño para él. Sé que es difícil de creer, pero... ¡Hey! ¿A dónde va, oficial? ¿No va a seguir oyéndome? ¡Todavía no acabamos! ¡Vuelva acá! ¡Vuelva acá, le digo! ¡Vuelva ahora, carajo! ¡Oficial! ¡Regrese! ¡No me deje aquí encerrado! ¡Soy inocente! ¡Heeeey! ¡Regrese! ¡Regrese aquí, carajo! ¡Oficiaaaaaaal!...



Cuento escrito en 2020. Última edición: junio de 2022.

3 de Julio de 2022 a las 04:24 3 Reporte Insertar Seguir historia
5
Fin

Conoce al autor

Andrés Díaz ¡Amantes del terror y suspenso, bienvenidos...! Soy psicólogo, escritor y fan de Poe, H.P. Lovecraft, J. Cortázar, M. Enríquez, A. Dávila, quienes nutren mis sueños y pesadillas. Publicado en 3 antologías digitales y diversas revistas literarias.

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UCEDA INIESTA UCEDA INIESTA
Qué bueno Andrés. Pueden pasar años sin darnos cuenta y, de un día para otro, contemplar aterrado que, casi todo, ya pasó... Para volverse loco
EC Emilio Corzo Romero
Me encantó simplemente me iso reflexionar el como todo lo que tengo me lo pueden arrebatar es un cuento muy bueno
Leonardo Nin Leonardo Nin
Excelente relato. En serio me fascinó e impresionó. Para no tener nada violento siendo un horror psicológico muy perturbador. Te quedó muy bien. Felicidades 👏👏👏👏. Espero que también estés preparado para un nuevo cuento que pienso lanzar también.
July 12, 2022, 08:36
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