masalinascebo Miguel Angel Salinas

¿Qué sería de nuestras vidas sin la publicidad, verdad? Un paraíso, no les quepa la menor duda. Aun así, algo bueno se puede encontrar si escarbamos un poquito. Esto es lo que he entresacado de los escombros.


No-ficción Todo público.

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La publicidad

Soy consciente de que esta sección, Opiniones, pareceres y reflexiones, no me está granjeando amistades ni me reporta más beneficio que el placer de explayarme a mi antojo. También sé que a muchos de ustedes les divierte la vertiente irónica y combativa con la que suelo tratar los variopintos temas que les ofrezco de un modo desinteresado y, sobre todo, sincero.

En esta ocasión, sacaré a la palestra el mundo de la publicidad. Dejar caer que me apasiona no reflejaría con exactitud mi opinión acerca de ella. Si la glosara de aburrida (que no lo voy a hacer, antes muerto), me aproximaría más a lo que ese apasionante sector me sugiere. Lo cierto es que intento evitarla. Es del todo imposible lograrlo, nos invade en las calles, en la radio, en internet, en televisión, en la prensa, en el trabajo, por doquier, pero en el reducido microcosmos en el que me desenvuelvo procuro sortearla fintando con gracilidad y estilo.

Televisión no tengo. Esa bendita realidad elimina un porcentaje muy alto de molestia publicitaria. Radio escucho muy poco. Cuando lo hago, sintonizo RNE, no porque me guie un espíritu patrio, sino porque es la única emisora que no contiene publicidad. Estos dos triunfos compensan los numerosos fracasos inevitables en mi persona. La publicidad de internet es ineludible y la de la calle, a menos que me meta de monje cartujo, también.

¿Qué tengo contra la publicidad? Nada. Es más, yo me he publicitado en más de una ocasión. Y la teoría me la sé de cabo a rabo. Que es una herramienta necesaria (de imprescindible la apostillarían algunos) para darse a conocer, para lanzar nuestros productos al mercado. Pero en la práctica es un auténtico coñazo. No negaré que hay publicidad y publicidad y que alguna es más soportable que otra, pero me irrita leer, ver o escuchar día sí, día también, monsergas que me la traen al pairo. ¿Qué me vaya a vivir a una cueva? Que se vayan allí los publicistas y proyecten sus creaciones en las pareces con sangre de bisonte, no te digo.


Para demostrar a los “creativos” que no les guardo rencor, les voy a sugerir unas improvisadas ideas surgidas de la mente destartalada del que suscribe.


En alguno de mis escritos, no recuerdo en cual, puede que en la primera novela del Detective Pancracio, incluí un medicamento apropiado para las largas y exigentes rutas y excursiones, el maravilloso Petadine (de venta sólo en farmacias y gasolineras autorizadas). ¿A qué es bueno? No comprendo como a ninguna farmacéutica se le ha ocurrido. A buen seguro les sobra dinero y les falta sentido del humor (y acaso imaginación).


La primera vez que oí la palabra estor me hizo mucha gracia. Sí, ya saben, se trata de ese tipo de cortinas de una sola pieza que se recogen verticalmente. Y me hizo gracia porque un servidor, simple como el mecanismo de un chupete, se ríe de lo que sea. Enseguida lo asocie a la grafía store y de aquí a que creara la marca de cortinas Rolling Stores fue cuestión de segundos. Es brillante ya que no hace falta un elevado bagaje musical para adivinar a qué grupo musical hace referencia. Las cortinas Rolling Stores se venderían por millones en todo el mundo.


En cierta ocasión conocí a un tal Benito Iglesias Casares, compañero de trabajo para más señas. Un tipo más bien delgado, con don de gentes, cercano y jovial. Proclamaba ufano su afiliación a Ciudadanos, detalle que nunca menoscabó nuestra cercana relación. Unos meses más tarde, no debió llegar a un año, se incorporó a la plantilla un señor algo mayor que yo y que Benito. Se llamaba Benjamín Ibáñez Castro. Nos llamó poderosamente la atención las gruesas gafas que gastaba. Seguro que sin ellas no encontraría la salida de la oficina. Bonachón y campechano, tampoco me resultó difícil estrechar un vínculo de camaradería muy agradable. Yo, proclive a chanzas y tomaduras de pelo, reparé en un detalle que tarde en descubrir varias semanas, ambos compartían idénticas iniciales, BIC. Ya se imaginan por donde voy, se me ve llegar de lejos (eso decía mi madre). Cierta mañana, mientras tecleaba algún aburrido informe en el ordenador, comencé a canturrear por lo bajini, «♬♪Bic naranja está muy fino, Bic cristal está muy normal. Dos muchachitos a elegir, Bic, Bic, Bic-Bic-Bic♪♫». Los más jóvenes de ustedes no le encontrarán la gracia (puede que tampoco los talluditos). Les remito a la poderosa, omnipresente y omnipotente internet para que consulten el anuncio de Bic naranja, Bic cristal emitido por TVE en los 60’s. Tal fue el éxito de mi cuchufleta que se expandió como un virus por la oficina y no me quedó otra que redimirme y presentar mis disculpas a los afectados por tamaño atrevimiento y quizás impulsiva ida de olla.


Y como decía Porky al finalizar “Looney Tunes”, «Esto es todo amigos».

(Me ha salido sin tarta-ta-ta-tamudear).


A pasarlo bien, que es de lo que se trata. El resto son tonterías.


FIN


Relato perteneciente a la serie «Opiniones, pareceres y reflexiones»

2 de Julio de 2022 a las 06:20 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Miguel Angel Salinas Una de cada y otra de arena

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