potatoe_es Potatoe Es

Una bailarina de baile de salón siente la frustración del tiempo y el fracaso; cada baile le traerá sensaciones desagradables, y las paredes a su lado la harán sentir en un infierno.


Cuento Todo público.

#cuento #baile #corto #abandono #danza #infierno
Cuento corto
0
498 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

I

"Yo había comprendido hace muchos años que no hay cosa en el mundo que no sea germen de un infierno posible; un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra olvidarlos"

Jorge Luis Borges


Cuando la música empezó el mundo se detuvo. Aquellas cuatro paredes surgieron a mí alrededor como siempre y tanto las voces como las miradas de la gente desaparecieron del mundo. Aunque tenía mis sentidos agudizados al extremo, no podía escuchar ni sentir nada que no fuera la música y mi propio cuerpo. Sentía cómo la sangre recorría con rapidez todo mi ser, calentando cada rincón; un calor que subía hasta el pecho. Un ardor tan familiar como mi propio hogar.

En verdad que lo había extrañado. La sensación de usar nuestros cuerpos para pintar la más hermosa expresión de arte. Una emoción tatuada en mi cuerpo desde la juventud.

Hacia doce años que había conocido este mundo, y sin importar cuanto tiempo pase, puedo recordar cada escena con tanta claridad como si hubiera sido ayer; es difícil olvidarlo, en especial cuando cambia tu vida por completo.

Era un domingo y acababa de cumplir 8 años, Mamá me había llevado a buscar un regalo de cumpleaños, en algún momento me separe de ella y termine perdida en lo que para mí era un enorme centro comercial. Caminé de un lado a otro esperando encontrarla, pero era pequeña y me cansé con rapidez; sin energía para seguir me acerqué a una banca para descansar unos momentos. Me senté y apenas subí mi rostro, vi que frente a mí estaba lo que describiría en su momento como la cosa más hermosa del mundo: “Estudio de Danza A.”

Sin darme cuenta mi cuerpo ya se había levantado e iba en camino a entrar por la puerta principal, pero antes que pudiera tocar el pomo Mamá llego corriendo con un rostro de preocupación y angustia que nunca antes le había visto. Ignorando sus regaños y preocupaciones, le rogué una y otra vez para que me dejara entrar; insistí en que si me dejaba entrar nunca le pediría un solo regalo en toda mi vida.

A veces me pregunto qué habría sido de mi vida si no hubiera tomado esa decisión, pero solo a veces. Al final ese calor impide a cualquiera pensar demasiado en estas cosas.

Sentía como me sofocaba y mi piel se quemaba a cada movimiento, pero incluso si los muros me sofocaban eran lo único que me resguardaba del mundo, salvándome de las asquerosas miradas del público. Pero allí estaba ella y su mirada, que atravesaba mis muros, derrumbándolos, exponiéndome al mundo y su juicio.

Cuando los muros cayeron, el mundo continuó. La música de foxtrot se mezcló con el ruido de fondo, arrastrándome sin remedio, y me dejé llevar sin oponer resistencia. Escuchaba a la gente en las tribunas gritar a todo pulmón, apoyando a sus amigos, parejas, hijos, padres; no podía ni imaginar lo que sentían el resto de competidores, debe ser insoportable tener todos esos ojos fijos en sus espaldas. Todos aquí cargábamos con la expectativa en nuestros hombros.

Oír el golpeteo de los zapatos contra el suelo y el roce de las telas no hacía sino animar mi baile, a pesar de que a cada momento podía sentir como era más y más observada. Necesitaba volver a levantar mis muros, pero siempre que estuviera ella presente en la pista no podría hacerlo.

Incluso ante mi asco no podía hacer otra cosa sino sonreír. Tal vez no podía ver mi rostro, pero apostaría lo que fuera a que tengo una enorme sonrisa. ¿En qué momento empecé a sonreír cuando bailaba? ¿Cuándo empecé a disfrutar esto?

Mamá me llevo el lunes a primera hora al estudio de danza, quizá cansada de soportar mis suplicas todo lo que quedó del domingo. Me dijo que solo iríamos a ver, que no sería tan espectacular y que podía pedir otra cosa en lugar de mi infantil capricho. Y no pudo haber estado más equivocada.

Entré y todo cambio. Dentro estaban dos bailarines en práctica cotidiana; para ellos, pero para mí fue lo más espectacular que jamás pude haber visto. Hermoso, no hay otra palabra para describir lo que vi, y lo que sentí es lo que muchos llamarían “amor a primera vista”. Supongo que esa emoción debió notarse en mi rostro, pues Mamá solo me acaricio la cabeza y se dirigió al mostrador para inscribirme.

Ese mismo lunes llego al salón un niño que al igual que yo se había interesado en este arte; él se convirtió en mi primera y única pareja. Un niño de mi edad, apenas un par de centímetros más alto, con una mirada nerviosa y espíritu tímido. Es gracioso recordar lo avergonzados que estábamos cuando tuvimos que tomarnos de las manos en un contacto que nos parecía tan íntimo como prohibido, donde no podíamos confiar la una en el otro.

Tuvimos nuestra primera competencia cuando apenas cumplimos 9 años en un simple evento de caridad. Los vestidos se veían ridículos en una pequeña niña que no sabía nada, con un ánimo escandaloso y una fascinación por cada movimiento, pero aun así no pude evitar los nervios y dar un paso resultaba una tarea imposible pero, a pesar de sus nervios, él me tomo de las manos y me guio en el baile. Continuó conmigo hasta el final, un caso raro de una pareja que se mantiene durante mucho tiempo. Bailamos juntos vertiendo el contenido de nuestro corazón en cada movimiento, los dos amábamos el baile como si se tratara de nuestra razón de vida.

Su agarre seguía siendo igual de firme, pero había cambiado tanto como yo. Su mirada nerviosa y espíritu tímido solo eran recuerdos y ahora era mucho más alto que yo. Lo único que conservaba era la misma cara de cuando la primera vez que bailamos, con una sonrisa de oreja a oreja. No importaba lo tímido que hubiera sido, ni su temor antes de cada competencia, siempre que bailábamos sonreía sin pensar en nada más.

Llevábamos la mitad de la canción y sabía que mi cuerpo ardía a fuego vivo, aunque únicamente podía sentir escalofríos en mi espalda y no pude evitar sonreír ante la ironía. El crujido de mis huesos me recordaba el precio del abandono, un precio que estaba dispuesta a pagar. Los bailarines vivimos con ironía, es cuando nuestros cuerpos arden, cuando nuestras extremidades pesan, que nuestros sentidos se agudizan y alcanzamos nuestro mayor potencial. Sin importar como me sentía, bailaría, bailaría hasta la muerte de ser necesario.

Entonces ya no podía sentir más mi cuerpo, mis piernas se desvanecieron y mis brazos perdieron su pesadez. Confié mi cuerpo a aquel enorme hombre con sonrisa estúpida, dejamos de ser dos personas escuchando una canción al mismo ritmo, para convertirse en una unidad. Siempre que pasa eso siento una sensación de vértigo que me produce náuseas, sin poder distinguir si lo que estoy sintiendo es mi propio cuerpo o es el suyo; una sensación que te hace sentir invencible.

¿Cómo se sentía él? ¿Era igual este tumulto de sensaciones para él? ¿Estaba molesto por mi egoísmo de retirarme para luego volver? ¿O quizá está feliz por regresar al escenario? Supongo que al final, estará en su infierno personal.

Los primeros años fueron el paraíso, nuestros años dorados. Bailar era un gozo como ningún otro. Cada momento era divertido, con la gente animándote y sonriendo sin importar los resultados, bailar por la admiración al baile; una pensaría que todo eso duraría para siempre, aunque solo duro ocho años. En cuanto cumplí diecisiete, las miradas de admiración cambiaron, y se convirtieron en miradas y palabras críticas.

— ¿No crees que el estilo de la pareja S. ha perdido su encanto?, quizá deberían cambiar de entrenador

— Hace mucho que no ganan un primer lugar

— Al menos conservan el estilo clásico y no van por lo competitivo

No necesitaba que alguien me lo dijera para saber que soy una persona promedio. Nunca podré alcanzar a quienes van por delante de mí, y seré superada con el tiempo por quienes son talentosos. Nada más era una gota en el océano, una que sería olvidada si desapareciera de un momento al otro. Pero sin importar que continuaría subiendo a este escenario.

Hablaban de estilos, cuando quienes estaban en el escenario eran hermosos, sin importar su estilo. No quería un premio, no quería ganar, tan solo no quería ser observada con esos detestables ojos. Solo quería bailar. Si solo iban a ver al baile con esos ojos, ¿por qué iban a mirar el baile?

Vivir y morir ante la mirada de alguien más; no hay belleza más apreciada que la efímera.

Solo duro un año más el poco regocijo que me quedaba. Cuando tenía dieciocho las sensaciones desaparecieron. Cuatro muros surgieron a mí alrededor y deje de escuchar a los bailarines; deje de ver a la gente, incluso a mi propio compañero, convirtiendo cada baile en un infierno. Quería dejarlo todo, abandonar lo que tanto ame para escapar de este calvario. Cada día rezaba para morir o que algo me obligara a dejar el baile. Solo necesitaba una excusa, por pequeña que fuera, para abandonarlo todo, pero al final no tenía el coraje para dar un paso y bajar la acera. Me quede hasta que me volví loca, hasta que quise morir. Cuando quise avanzar hacia la salida y rendirme, continuaba como si fuera una adicta.

No recuerdo como abandone finalmente. Solo recuerdo que él se disculpó conmigo por no notar que ya no disfrutaba bailar. Nunca entendí porque se disculpaba, al final es nuestra responsabilidad mantener la cordura. Se disculpó hasta que se quedó casi sin aliento, y luego se retiro. Antes de que me diera cuenta unas palabras salieron de mi boca, sin dejarme razonar lo que decía.

― ¿Seguirás bailando?

― No, no puedo bailar con nadie sino es contigo ― me respondió sin una pizca de enojo.

Poco después me entere que se había vuelto entrenador del mismo salón que nos entrenó durante tanto tiempo, negándose a responder las preguntas sobre nuestra separación y abandono de la escena, incluso si crueles rumores surgían en su contra.

Abandone todo, con el juramento de jamás volver.

Las primeras semanas después fueron de regocijo, finalmente liberada de tan pesada carga, se sentía como si fuera el mismísimo cielo. Y fue el mismo cielo quien se encargó de recordarme que no pertenecía allí. Entrar a mi departamento era deprimente, dentro no había nada más que grabaciones de video de antiguas competiciones y revistas de baile; ni siquiera era un departamento, solo un viejo estudio de danza que renté para poder bailar en cualquier momento. Cuando hablaba con alguien sobre música lo único que conocía era la música para bailar. Me sentía como una extranjera en un sitio que la rechazaba.

Poco antes de un año de abandonar encontré a mi entrenadora en un café. Entre pláticas y lamentos me dijo:

— Si odias algo, ve y abandónalo, conviértete en panadero, maestro, lo que quieras. Pero si eres incapaz de rendirte, si sigues pensando en eso cuando te duermes, entonces aun te queda un poco de amor. Sea la decisión que tomes, al final será lo que hagas con tus consecuencias lo que definirá todo

Se fue sin decir nada más y tan solo una semana después estaba yo de nuevo frente a la puerta que tan ansiosa estaba por abrir cuando era niña, aunque ahora era con nervios y miedo en lugar de emoción y alegría. Volví, volví de donde jure no regresar, justo cuando recién cumplía 19 años. Supongo que incluso Sísifo continuaría llevando su pesada roca hasta la cima aún si fuera liberado. Quizá no por el placer a cargar con tal castigo, ni el de llegar a la cima; quizá Sísifo se encontró con algo hermoso en el camino que aún lo hace deseoso de emprender su viaje una vez más.

La música estaba por terminar, le quedaba un minuto o menos. Siempre me gusto esa canción, fue la primera que bailé en un concurso importante. Y ahora estaba aquí, tras un año de ausencia en el mundo competitivo. Tendría que volver a las viejas rutinas si quería evitar el dolor; aunque no era quien para quejarme. Comparado a ella, quien sufrió todos los días, esto no debía ser nada.

Podía verla por el rabillo de mi ojo, con su suave vestido color amarillo y esa cara de felicidad que me recordaba a la mía cuando era joven. Cuando la conocí la odie, tenía un ánimo juvenil enfermizo, que no hacía sino recordarme mi propia irritación. Y mi odio no hizo sino aumentar cuando sentí su mirada en nuestra primera competición juntas, me daba nauseas el solo pensar que alguien podía atravesar mis muros.

Llego a nuestro estudio de baile una semana después de mi regreso, ella y su pareja habían vuelto tras un año ausentes, pero a diferencia mía no se retiraron por deseo, sino por obligación. Dos años antes mientras conducían de regreso de una competencia un conductor ebrio los choco, ambos terminaron con heridas graves, en especial ella; su pierna derecha fue dañada al punto de requerir cirugía y un año completo de terapia. Sabía que mi odio era irracional, que detestar a alguien porque tuvo motivos para poder escapar y justificar su huida no era correcto. Pero no podía evitarlo.

Una tarde simplemente estalle, le pregunte con ira porque rayos había vuelto a semejante infierno, que cuál era su motivo para regresar a un sitio. En lugar de enojarse o llorar por tan terrible trato, su rostro solo parecía estar avergonzado. Respondió tímidamente.

— Cuando tenía 8 años mis padres me llevaron a un evento de caridad, ese día se iba a presentar un pequeño concurso de baile para niños. No me interesaba en lo absoluto el baile, lo creía una tontería, pero ese día tú bailaste y cuando te vi bailar no pude evitar mirarte, como si mi vida dependiera de ello. Tus vestidos y tus movimientos eran tan hermosos que, quizá suene algo ridículo, pero se sintió como un “amor a primera vista”. Desde ese momento supe que mi lugar debía estar allí, incluso si se volvía un infierno necesitaba estar allí.

Todos tenemos nuestro propio infierno. Un infierno al cual consideramos nuestro propio hogar, sin el cual no podemos vivir. Si escapamos al final regresamos de donde salimos no por deseo, sino por necesidad. Los recuerdos y las sensaciones nos vuelven adictos; aquel calor en nuestras piernas y el escalofrió en nuestras espaldas no se pueden encontrar en ningún otro sitio.

La música termino y el mundo natural volvió. Los suelos reflejando las luces; la gente gritando, bailarines mirándose entre sí, orgullosos de sus logros o temerosos de sus fracasos. La sensación en mi espalda fría y mis manos calientes, cada cosa en este sitio me recordaba algo. Que este era mi infierno, y que estaba de vuelta.

1 de Julio de 2022 a las 15:45 0 Reporte Insertar Seguir historia
0
Fin

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~

Historias relacionadas