isambard Mo Leidrac

Parte del universo de Faro Are. Las criaturas pequeñas también tienen su importancia. Angus es un duende elfo bastante peculiar al que la existencia se le va a complicar como no imagina.


Fantasía Épico Todo público.

#fantasia #caballeros #duendes
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En el gran roble - I

La quietud de la noche se rompió, cuando un corcel blanco descendió por la ladera de las colinas y voló sobre el camino, bordeando las sombras del bosque. Su jinete resplandeció un instante iluminado por la luna mientras rodeaba los árboles al galope, siguiendo el sendero, hasta que, de repente, una flecha empenachada de rojo cruzó la oscuridad con la velocidad de una maldición y se clavó en su pecho hasta casi atravesarlo. No era una flecha corriente, demasiado grande y negra. Había sido forjada para atravesar la cota de escamas, que era de hierro blanco, y su punta estaba bañada en un veneno que solo se nombraba en antiguas leyendas. La silueta que sostenía el arco, oculta entre la negrura de los árboles, contempló como el esbelto jinete caía y se estrellaba contra el suelo para quedar inmóvil. Después, desapareció.

Como cada mañana, el bueno de Angus se despertó con el amanecer. Como cada día, gruñó un poco y dio tres vueltas, justamente tres, entre las tibias sábanas, antes de asomar el pie izquierdo para salir de la cama y quedarse luego medio dormido. Cuando el sol anaranjado empezaba a asomar su calva entre las colinas, bostezaba una vez, descubría el bosque dorado por la luz naciente a través de los cristales decorados de su ventana y salía de la cama de un brinco, con el pie izquierdo completamente helado, por cierto. Después se lavaba la cara en la palangana de loza y se dirigía al armario de roble, esculpido con deliciosos relieves que representaban hojas y flores diversas y cabezas sonrientes (aunque Angus no sabía quién había tenido tal disparatada idea) de animales del bosque. Al abrir la puerta chirriante para coger la ropa del día, el olor a lavanda cosquilleaba en su nariz, saliendo de entre sábanas bordadas que nunca usaba y de camisas de algodón que nunca se ponía. Y aquel delicioso perfume siempre le hacía sentirse de un humor excelente.

Tarareando una vivaz tonada, se vestía como era su costumbre: los pantalones zurcidos de franela, la camisola de hilo y el holgado chaleco de rayas, con el reloj de sol en su pequeño bolsillo. Luego se ponía los calcetines de lana roja, que el mismo se había tejido y por ello daban a sus pies un aspecto algo desconsolado, y terminaba calzándose unas enormes botas, que hacía muchas, pero muchas estaciones, le había cambiado a un hombre por una cabra que se había encontrado en el bosque. Aún recordaba cómo, después de haberle quitado las botas al aldeano dormido, había dejado el animal atado al dedo gordo de uno de sus pies. Las botas habían sido rojas, pero ahora (y Angus, contemplándolas, arrugó la nariz), no parecían tener ningún color definido, a pesar de los cariñosos cuidados que les había dispensado. Después de todo eran la joya de su guardarropa.

Vestido y más o menos peinado (Angus lo intentaba con testarudez, pero pocas veces conseguía peinarse adecuadamente), se dirigía a la pequeña cocina de hierro y encendía el fuego. Primero ponía a hervir la tetera, pues oír su alegre silbido era una buena manera de empezar el día, y luego se dedicaba a hacer tortas y pasteles de bayas. Sólo entonces su gato asomaba la nariz desde debajo de la cama, se estiraba, primero la parte de delante y después la de atrás, se lamía, se afilaba las uñas en la pared de madera de roble, husmeaba los rincones, se rascaba las orejas y, por último, se sentaba. Y, justo en ese momento, cuando el gato se sentaba, el desayuno ya estaba preparado. La mesa redonda, con su mantel de puntas bordadas, ya estaba dispuesta. Angus se sentaba también y bebía leche con té, pero el gato prefería la leche sola. Angus comía tortas y el gato, pastel de bayas. Sin embargo ambos terminaban de comer al unísono. Mientras él lavaba los cacharros y hacía la cama, el gato seguía cada uno de sus movimientos con sus ojos verdes. Y le continuaba mirando, cuando Angus tomaba del perchero su sombrero de fieltro, la apedazada pelliza de piel de lobo y la bufanda de lana azul.

Angus abría la puerta, empujando un dragón de bronce que había encontrado en el bosque y le servía de pomo. Seguramente había sido el remate de algún renombrado yelmo de guerra. El duende elfo pensaba con satisfacción que le daba un aire exótico a su confortable hogar y que, de alguna manera, su aspecto amenazador guardaba la entrada. En el umbral se detenía para consultar su reloj de sol, solo si había sol, claro. Así sabía que el día estaba, precisamente, a media mañana, pues su reloj sólo marcaba el amanecer, la mañana, la media mañana, el mediodía, la media tarde, la tarde y el crepúsculo. Guardó su preciado reloj en el bolsillo del chaleco y cerró la puerta tirando de las fauces del dragón. Se tapó bien con la bufanda, hasta la nariz, y se internó en el bosque siguiendo un sendero oculto por las hojas. Se volvió y, como cada media mañana, el gato estaba en el alféizar de la ventana y le veía marchar desde detrás de las cortinas azules. El gigantesco roble fresnal, erguido sobre una montaña de prodigiosas raíces, agitó sus hojas y Angus lo contempló con inmenso cariño.

Era evidente que a media mañana no se podía decir que le hubiesen ocurrido muchas cosas, pero Angus consideraba que ese era el paso adecuado con el que debía avanzar un día corriente.

Se dirigió silbando a sus colinas, porque por ellas discurría un camino. Un camino por el que Angus pocas veces había visto pasar a nadie. Sin embargo cerca de un camino, aunque fuese un camino sin caminantes, siempre había más probabilidades de encontrar algo interesante. Ya hacía años que había recorrido el bosque hasta el último rincón, fisgoneado bajo la última piedra, excavado bajo el último tocón podrido, explorado la más mínima mata de hierba y todo lo que se podía encontrar ya había sido encontrado hacía tiempo: una calabaza vacía, unas piedras curiosas de color granate, un tocón de árbol en forma de hombre narigudo, el remate de un yelmo en forma de dragón, un botón de hueso, una cabra perdida (ese sí que había sido un buen encuentro, se dijo Angus con añoranza), un lobo muerto que se había convertido en pelliza, un trébol de cuatro hojas y una cacerola agujereada.

Pasó bajo el olmo que guardaba el claro y, a sus pies, el viejo carretón que ya no utilizaba, saltó el riachuelo y atravesó la alameda. Con cierta cautela asomó la nariz entre los últimos árboles. Más allá de ellos, la llanura de altas mieses doradas ondulaba con suavidad y, cuando se hundió en ella de un salto, sólo la pluma roja del viejo sombrero señalaba su paso. Trazó unas cuantas eses, porque no veía hacia donde se dirigía, hasta que consiguió llegar al otro bosque, el que se extendía al pie de las suaves lomas

Antes de ir a buscar el camino, se dio una vuelta por el Otro Bosque y recogió tantas nueces y bayas de serval, de las rojas y dulces, higos y espliego y piñones, que, cuando dejó sus sombrías entrañas, los abultados bolsillos de su pelliza le llegaban más abajo de las rodillas y parecían tirar de él hacia el suelo.

Dejando tras de sí un preciso rastro de piñones y moras, llegó a la linde del bosque y salió al camino, donde Angus se detuvo de golpe con la boca abierta. Ante él se erguía el caballo más soberbio y majestuoso que había visto jamás. Cerró por fin la boca y escudriñó a su alrededor con interés, pero no se veía a nadie ni se oía nada. Angus hizo una mueca, porque sabía que los caballos no florecían de forma espontánea en el campo, como si fueran manzanilla, y, menos aún, ensillados y enjaezados de fino cuero. Irguió las orejas y oyó el burbujear del agua de su riachuelo, que se hallaba a un vuelo de perdiz, y el trinar de los pájaros, los que estaban cerca y los que estaban muy lejos, e, incluso, el sutilísimo frotar de las hojas y podía distinguir si eran hojas de álamo o de chopo o agujas de pino. Pero entre aquellos sonidos no se escuchaba nada anormal. Angus se enderezó satisfecho y (con un brillo, quizá, un tanto malévolo en sus ojos oscuros) justipreció el níveo caballo. En un instante pasaron ante él los centenares de botas rojas que se podría regalar, cambiando semejante corcel.

El hermoso animal pastaba con la testa a ras del suelo y Angus se acercó a él con animación y en completa derechura. Cuando ambos se hallaron frente a frente, sus ojos marrones le enfocaron con interés y estaban tan cerca de los de Angus, que sus narices casi se tocaban. Se quedaron inmóviles, contemplándose sorprendidos. En realidad, Angus estaba cavilando la forma de llevarlo a casa, pero el caballo se giró y, contoneando sus redondas ancas de un lado a otro, casi con descaro, se alejó hacia el camino. Angus corrió tras el animal. Las riendas bailaban delante de su cara como si se burlasen de él, hasta que consiguió alcanzarlas de un salto y cogió al caballo. O, mejor dicho, fue el caballo quien le cogió, porque no se ponían de acuerdo en la dirección a seguir y, aunque Angus empujaba con encomiable esfuerzo, el animal le arrastraba en dirección contraria. El caballo se paró no muy lejos, con el duende elfo colgado de las riendas. Mientras todavía daba bandazos de un lado a otro, Angus vio unas magníficas botas de piel clara tiradas al borde del camino. Angus se quedó paralizado. Siguió girando y las vio de nuevo. No se habían movido. Sin hacer el menor ruido, el duende elfo se soltó de las riendas y se acercó a la grupa del animal. Al final de las botas descubrió una capa blanca, que yacía en medio de un charco de sangre seca. Y después la bella cabeza de un humano que asomaba entre sus pliegues.

Una inmensa flecha negra, empenachada de rojo, se erguía sobre el cuerpo caído como una advertencia de peligro. La vocecilla del sentido común le susurró con retintín que de aquello no podía salir nada bueno y ciertamente Angus no se hubiese acercado, pues, según era su costumbre, nunca se mezclaba en asuntos que no le incumbían. Sin embargo, sus ojos se volvían una y otra vez a las botas, presos de una atracción irresistible, pues aquellas superaban a las más suaves, cálidas y maravillosas que había llegado a imaginar en sus sueños más desbocados. Así que se acercó de puntillas y rodeó al hombre inspeccionándolo a conciencia. Dio hasta cuatro vueltas a su alrededor, antes de atreverse a tocarlo con la punta del pie. Por fin le propinó un pequeño golpecito en el hombro y saltó hacia atrás.

—¡Buenos días! —dijo cortésmente.

Pero no pasó nada. Le dio dos golpecitos más en el brazo.

—¡¡¡Buenos días!!! —dijo más fuerte. Y, después de esperar unos momentos, llegó a la sensata y placentera (aunque esto parezca un poco malvado) conclusión de que estaba muerto. Sus ojos pasaron sobre el joven y hermoso rostro, sin detenerse y sin que le causase ninguna pena. Se encogió de hombros y se dirigió a sus pies con una sonrisa de oreja a oreja. Se plantó frente a las delicadas botas y al instante siguiente ya estaba tirando de ellas con hábiles dedos.

Ya tenía una casi en sus manos, cuando el cuerpo se movió y una levísima queja surgió de sus labios. Angus soltó la bota y dio un bote atrás con tanta brusquedad que hasta se le cayó el sombrero. Pasado el estupor inicial, retornó sobre sus pasos y lo señaló con el índice.

—Tú no puedes estar vivo. ¡Tienes que estar muerto! —le dijo. Y había cierto tono de reproche en sus palabras.

Sin embargo, el joven no le hizo caso. Es más, volvió la rubia cabeza hacia el lugar de donde provenía la voz, sin ánimo suficiente para alzarla del suelo.

—¿Quién está ahí? —acertó a preguntar, apenas en un murmullo.

Y cerró los párpados, agotado por el esfuerzo. Angus arrugó el ceño y resolvió que quizá sería mejor dejar la rapiña para el día siguiente, cuando, con seguridad, el viajero ya estaría muerto. Recogió su sombrero y se alejó unos pasos de espaldas, pero el joven abrió los ojos otra vez y le descubrió. Los iris eran dorados, como el sol de otoño, y los ojos de Angus se quedaron clavados en ellos, abiertos como naranjas.

—Yo no soy nadie —le dijo y sonrió a modo de disculpa.

El humano parpadeó y respiró, haciendo un gesto de dolor.

—Arráncame la flecha —le pidió.

Pero Angus no estaba dispuesto a desafiar a aquél que había tensado un arco tan descomunal y permanecía clavado en el suelo, como si fuese de piedra. No se atrevía a marcharse ni a acercarse ni siquiera a quedarse, pero estaba allí, como si el más leve pestañeo hubiera de desencadenar sobre él una maldición. El joven lo contempló un momento. Luego intentó incorporarse. Sin embargo, no tenía fuerzas y se dejó caer en el suelo recuperando el aliento. Sus ojos volvieron a Angus.

—Nunca me meto donde no debo —se excusó Angus, levantando una ceja arisca.

Los labios del humano, tan blancos que apenas tenían color, se curvaron débilmente en una agradable sonrisa, aunque Angus consideraba que era una situación muy poco apropiada para sonreír.

—Si no eres nadie, no puedes meterte en ningún sitio donde no debes —le dijo el joven y volvió a cerrar los ojos—. Hagas lo que hagas.

La cara de Angus se iluminó, pues le gustaban los juegos de palabras.

—Es una respuesta muy buena —le dijo, sacudiendo la cabeza.

—¡Por todos los velos! —musitó el joven.

Angus se sentó en el suelo, a cierta distancia, y lo estudió con animación.

—Eres listo —le dijo.

—Me temo... —la voz del desconocido era menos que un suspiro, sin embargo, Angus tenía muy buen oído y no se le escapaba ni una letra— que pronto dejaré de serlo... Pero gracias por el cumplido.

Angus se rio dándose palmadas en las rodillas, porque cada vez encontraba más placentera la charla con aquel singular joven.

De repente este se incorporó a medias y Angus se levantó de un salto y retrocedió asustado. El humano asió la flecha e intentó arrancársela, pero estaba demasiado profunda y cayó al suelo con un gemido. Angus soltó una exclamación y se acercó unos pasos. El joven parecía más muerto que vivo y donde tenía la flecha clavada vio sangre fresca.

—No debes hacer eso —le indicó Angus, moviendo la cabeza.

Pero el humano no le respondió ni se movió.

—No te irás a morir ahora —gruñó Angus, casi con pesar.

Avanzó un poco más y después otro poco y, cuando llegó al lado del joven, se dio cuenta de que apenas respiraba.

—¡Vaya! Tendré que hacer algo —se dijo Angus, rascándose la cabeza.

Se arrodilló y examinó la herida. Después sus anchas manos recorrieron la flecha de arriba a abajo. Sacó el pequeño cuchillo, pero se detuvo. Volvió a rascarse la cabeza. Nunca había visto una flecha tan singular y estaba tan hondamente clavada que no creía poderla sacar por donde había entrado. Tampoco podía sacarle la cota de escamas sin romper la flecha y si rompía la flecha no podría sacar la punta por la espalda como quería. Angus soltó un bufido, pero, de la misma manera que antes le había sido indiferente la suerte de aquel humano, ahora estaba decidido a salvarlo hasta la máxima expresión de la testarudez y aunque le costase más de un dolor de cabeza y más de un dolor de espalda y, aun, saltarse la comida de mediodía. Rompió la flecha a pesar de estas sesudas consideraciones y le quitó al joven la capa, la cota de escamas y la camisa de algodón. Al quitarle los guantes, descubrió en sus muñecas marcas recientes de quemaduras. Angus no supo imaginar como se las había hecho. Aunque era un joven de formas armoniosas y piel muy suave, como advirtió enseguida, era también alto y fuerte. Angus encontró tantas dificultades para moverlo y desvestirlo (uno solo de sus brazos sobre su hombro ya le pesaba como un árbol), que no cesaba de repetirse a sí mismo: "Lo sabía... Lo sabía. Quien va a buscar leña y se aparta del sendero, vuelve sin leña y con las botas gastadas para nada". Pero en realidad sólo hablaba porque le gustaba escucharse y este era uno de sus proverbios predilectos. No en vano se lo había inventado él y hablaba de botas.

24 de Junio de 2022 a las 20:44 0 Reporte Insertar Seguir historia
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