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Los encuentros que se suscitaron en el más allá


Hemos visto la madriguera de un conejo esta mañana y nos instalamos en ella luego de haber comido a las crías. Los dientes de Calicio aún relucen la carne jugosa y sangre inocente de esos pulcros e indefensos animales. Es una acción con la que nos enorgullecemos el haberlo elegido como recipiente para vivir, para sentir, para morir gracias a su existencia.

Es nuestro animal de cuna y lo llamamos Calicio en nuestra eternidad pero no es más que un joven al que, de vez en cuando, le damos la voluntad de pedir ayuda, que sabemos, jamás llegará. Él es nuestro y vivimos en él de la forma más prodigiosa posible y pese a que su ser y su miembro no aguantan las veces que lo excitamos para que deje su semilla regada en la tierra; sabemos que gime a veces por desesperación.

Lo amamos y engullimos sus recuerdos, porque Paolo, nuestro Reyecito, nuestro Calicio en esta tierra pútrida, que es apenas gobernada por la realeza humana, no hace más que sostenernos desde la gracia de su cabeza engullida en el amor por amor y el relumbrar de su cosmos acallado, donde sabemos que vivimos como sus prodigiosas hermanas.

Ahora nosotras lo vemos descansar dentro de la madriguera como una más de las crías de esos seres que no conocen aún el destino de sus hijos. Quizás cazan o quizás no pero el razonamiento de Calicio, de Paolo apenas y alcanza a evidenciar su conmoción luego del quehacer que le dimos. Él llora y sabemos que gimotea por él y por quiénes han caído ese día por su causa.

Por esto lamemos excitadas sus pestañas, en las que se adhieren la sal de sus lágrimas. Lo arrullamos ya tendidas junto a él conforme le damos a beber la leche que llena nuestros senos; le damos de comer cómo podemos, lo veneramos entre nuestros brazos y lamemos su piel en su duermevela. Lo observamos tendidas como las hembras que somos y allí, y sólo allí, danzamos en su nombre.

Oh nuestro Reyecito, nuestro Calicio, nuestro Paolo, nuestro dios terrenal descansa en medio de la oscuridad, y las sombras que somos lo escudamos para que nada ni nadie nos lo arrebate. Él es un adonis a la usanza de la vida, hecho de plata, luna y estrellas; un títere de nuestros deseos, revelación hecha hombre. Un excremento hermoso venido de la humanidad.

Así, nuestro Calicio, es parte de nosotras y juntas esperamos que componga el mundo de muchos de sus hijos como un dios erigido desde lo más maravilloso de la tierra, el cielo y el mar. Un Reyecito que reposa siendo el uno con nosotras y con la eternidad que nos disfraza de frágiles doncellas.


La vida y alegría tienen el mismo significado para quien vive asediado por el miedo y la guardia. Es una nada frágil y de filo ancho, cada que su nuez de Adán baja, la nada le corta hasta que atraviesa la tráquea. Se ha acostumbrado a vivir así, y así mismo camina detrás de su rey siendo menos que la mujer que camina a su diestra pero un poco más que el guardia que va a su retaguardia.

Hudie, baja la mirada, siente asco cuando el rey y la primer concubina se olvidan de los protocolos y de la presencia de cualquier otro desdichado, que, como él, tiene que aguantarse las ganas de abofetearles el rostro para que dejen de "sufrir" la muerte de la emperatriz; entre besos y risitas la concubina ya presume de su nuevo puesto, llevando las joyas apenas lavadas de la sangre y extraña muerte que rondó tan horrible escena dónde la emperatriz fue encontrada, roída hasta los huesos.

Pero eso no es lo que preocupa a Hudie, más bien lo tiene azorado la idea de que el rey le ha platicado al oído, mientras sus manos le recorren el cuerpo, que lo desea como nunca antes y que ninguna excusa podrá mantenerlo a salvo. Ha cumplido todos sus deberes, ningún papel se ha doblado sin firmar, y los pueblos y guerreros han sido abastecidos como si previeran una guerra. El rey está cansado del jueguito del gato y el ratón, tiene sed por su cuerpo, y Hudie sabe que si llegase a profanarle, el rey se daría cuenta, sin necesidad de lágrimas, que después de eso su vitalidad sería tan diferente y grandiosa como la de un gigante, y tal vez eso le agrade por un tiempo, pero después querrá más y, y.

La respiración de Hudie ha comenzado a volverse ruidosa, por suerte, la charla de la concubina y el rey aún pueden cubrir el sonido.

Toda la madrugada se la ha pasado en vela, intentando pensar en algún modo para que el rey desista de eso, o si quiera encontrar la forma de escapar de ahí. Hablando con su sirvienta y entregándole unas cuantas joyas valiosas ha logrado que está ablande su corazón y decida ayudarlo. Ha entregado una tetera con la suficiente agua para tres y una destilada selección de plantas que con solo algunas gotas ya mezcladas, bastarán para que el rey y la concubina pierdan la consciencia hasta el día siguiente.

En la intimidad de la habitación, el té ha sido servido, y apenas ellos beben, Hudie ha tenido que tirarse el té encima. — Pero que torpe— regaña la primera concubina, a lo que Hudie solo baja la mirada y el rey con un movimiento de mano le resta importancia. Para él, Hudie está ansioso por quitarse la ropa, y por qué habría que detenerlo. Es más, ha sido capaz de "lanzar" fuera de ahí a la casi emperatriz, para cerrarle la puerta en la cara dónde el título le ha sido arrebatado. Hudie no contaba con eso, pero el rey es un león que lo asecha con los ojos rojizos por el deseo que se arremolina en su bajo vientre y desde la entrepierna le ha alzado la túnica. El té aún ocupa de tiempo para surtir efecto, y por más que incentiva a que lo tome todo, el rey solo piensa en tomarlo a él. Tiene que huir, ¿no es así?, Solo tiene que huir.

Sus pasos resuenan en los oscuros senderos del bosque, no se permite gritar, cubre su boca tan fuerte que siente que se ha cortado las encías entre el ajetreo y el esfuerzo. Los guardias tardaron en seguirlo, debido a que la concubina ha caído inconsciente al igual que su rey momentos después. Entre la duda y preocupación, la culpa es solo de él, entonces es que deciden que hay que alcanzarlo. Las ropas son tan incómodas que ha tenido que ir dejando piezas de las mismas así como algo de joyería, llevando lo más costoso en una pequeña bolsa de seda que cuelga de un lado de su cintura. Nuevamente está ahí, huyendo y escondiéndose entre los árboles, temblando como un perro apaleado. Lo detesta, detesta al rey, detesta a los guardias, pero sobre todo, detesta su naturaleza. Por eso, incluso una pequeña rama es tan alentadora para que atraviese su cuello, si tan solo está no se doblará cada que asesta el golpe. Sabe que será atrapado, y también sabe que su suerte podría ser peor que la de solo haber sido profanado por un par de años.



Cuando él duerme salimos a pescar sueños de esos que sueñan despiertos. De esos que sufren despiertos. De esos que bailan, cantan y ríen despiertos. Calicio a veces lo hace, desnudo para nosotras tres; muestra su miembro en éxtasis o flácido conforme nos apareamos con él buscando la potencial cría que nos dará entre sus descendencias. Somos inmortales e inmorales, dulces y agresivas, dignas e indignas. Somos lo que somos y lo que estamos seguras es que aquel que yerra por nuestra causa habrá de ser él, junto con el inmolado amor que provendría de sí mismo.

Escuchamos a Calicio, a Paolo, al Reyecito dormitar. Las pústulas que afean su caparazón cuando lo abandonamos le brindan una considerable protección. Amamos a Calicio desde nuestro pálido e impávido vivir. Lo cuidamos de todo y nada; lo que podría destruirlo sin dañarlo, lo que no se ve. Calicio no se marchita, ni muchas veces hiede, pese a que para otros olería a orina y suciedad.

Volvemos nuestros pares de cabezas al frío y al viento y boqueamos los indicios de que algo se aproxima a nosotras. Escuchamos tímidas el sonido de pisadas y nuestros dientes castañean por la emoción que eso precede. Sonreímos y viajamos con nuestros hábitos danzarines hacía el que caerá, en esa, nuestra red de orquídeas sangrientas; la que mana de nuestro ser inadvertido.

Clamamos una letanía para ahuyentar a quienes lo persiguen recogiendo la basura que cargan los caminos consigo. Vivimos para ese momento y nos fusionamos con el ambiente. Nuestras ocho par de extremidades se aventuran en la hierba de las desventuras de la que pende la cabeza del que brilla con un resplandor de oro y diamantes. Lo olemos y nuestros cuerpos castañean, gritamos excitadas, movemos el suelo en torno al perseguido. Gritamos, gritamos y gritamos y nuestros gritos forman una tenue canción de cuna.

Varios de los que lo persiguen caen muertos tras una intensa agonía mientras a él, al que es poseedor del diamante y del oro, lo atamos a nosotras desde lejos. Y desde esa lejanía inusitada, desde esa lejanía que se acorta gracias a nosotras, lo marcamos y le brindamos la inmortalidad de una canción. Él quiere caer en nuestras redes a nuestro mirar, él y sólo él al que ofrendamos a Calicio, quién no hace más que dormitar entre gemidos. Que no hace más que aplanar y engullir la carne arenosa de la tierra de la madriguera con sus dedos regados por el moho. Calicio lo espera durmiente.

Hemos hurtado al diamante y al oro en una insana cacería y las tres le hablamos al oído con la vastedad de nuestras voces. Adoramos su masculinidad henchida de gozo y lo guiamos hacia nuestro amado; a la flor de su juventud.



El miedo lo agobia y le seca la garganta, aún sigue cubriéndose la boca, pero está se siente como si todo el aire hubiera sido absorbido no dejando más que el sabor de la sangre en ella. Sus bellos ojos avellana son solo dos motas grandes y oscuras, en ellos dejo de reflejarse el sol para pasar a la naturaleza del desasosiego.

Siente que podría llorar, pero no se permite hacerlo, por ello, todo el llanto es tragado y revuelto en su estómago, entre la bilis y los jugos gástricos. En algún momento detiene su paso, no sabe porque decidió parar, pero entonces, si baja el tono de su respiración podrá percatarse de que lo han dejado de seguir. Eso lo hace entrecerrar los ojos, se concentra y afina el oído, definitivamente, no hay más pasos tras de él.

— ¡! — de reojo, ha visto algo moverse entre la tierra, pero al intentar ver, no hay nada. Quizá solo un animal, una araña, o algo más rápido que eso. Cómo sea, da vuelta sobre su eje, mira a la izquierda, a la derecha y algo le dice: "Ven".

No se sorprende, aunque debería, de haber descubierto que esa voz conoce algo más que el "Huye", ni siquiera se percata que es más que una voz, son varias, y sus intenciones son de lo que tanto huye.

Sus pasos son suaves y seguros, sus ojos han vuelto a su tono normal, pero aun así se notan vacíos y atraídos. Cómo si un reloj se meciera frente a ellos y una mano, larguirucha con uñas enormes y afiladas le pidiera la mano. Para él, que siempre está en guardia, es la primera vez que se nota tan relajado, aun así solo sea parte del hechizo. Que tristeza.

De repente pierde el equilibrio y cae de rodillas, algo lo ha hecho tropezar, y cuando despierta y se da cuenta de su alrededor, se vuelve a cubrir la boca mientras ve nuevamente de izquierda a derecha y luego a sus espaldas. La visión es desagradable, ni siquiera sabría cómo describirlo, pero, aquella membrana húmeda, sube y baja lentamente. Solo siente escalofríos, y está decidido a dejar de ver aquello como para reparar en que hay alguien dentro de eso.

Se levanta y calma lentamente, respiraciones largas y profundas, que lo ayudan a volver en sí y pensar en cómo tendrá que salir de ahí, que vida tendrá que llevar ahora, y más aún, tendrá que esconder el rostro por un buen tiempo.


Hemos pescado a un príncipe para nuestro rey. Lo hicimos y nos sentimos orgullosas. Danzamos como las hembras que somos en torno a él. Lo hechizamos y entregamos a nuestro precioso recipiente. Ése que tiene consciencia y cuyas lágrimas ahora mana como riachuelos de sus ojos.

Besamos su boca y pasamos nuestra hediondez a perfume de alcanfor y peste a ése que le teme. Llamamos a Calicio y le acariciamos antes de instar a que aquel, preso por diamantes y oro, lo toque. Besamos al príncipe en los labios y lo acariciamos de arriba a abajo como las amantes de carne masculina que somos. Gritamos y gritamos y gritamos excitadas y llenas de júbilo cuando pronto lo provocamos a tenderse ante las sobras de los cadáveres que antes fueron crías.

Decimos emocionadas:

Aprecia el cuerpo del que será tu consorte desde la beatitud de tu consciencia. Elegido por nosotras y por ti. Bendecido eres, loado seas. Admira su carne sabrosa y cómela. Admírala y engúllela y descubre a tu rey. El rey de tus pecados y tus horizontes, él, Calicio, Paolo, el Reyecito.

Contentas coreamos y provocamos que toque el cuerpo de nuestro niño, nuestro Reyecito. Afianzamos sus manos y las besamos presas de gozo, presas del todo que nos hurta de la realidad en esos momentos. Nuestros labios admiran su carne, nuestros dientes le colman de marcas, nuestros seres se funden con él.



Ha sacudido sus ropas, o lo poco que quedaba de estás, ha afianzado la bolsa con joyas, anillos y piedras hasta que nuevamente, aquella voz le llama..."Prueba". — ¿Qué?— "Míralo" —....— al girar ve entonces a un hombre tras de él, y se asusta y de un respingo se hecha hacia atrás callando nuevamente su boca con sus manos, al bajar la mirada ve el agua y la membrana reventadas y algo más colorido las tiñe suavemente.

Nuevamente las voces lo devuelven al sueño que desean, y aunque en su espalda baja la inseguridad y el miedo le pinchan la columna, el simplemente se acerca, trata de secar las lágrimas ajenas y entre los roces y el placer que avanza hasta unirlos, las siente como suyas. Hasta que las propias caen. Caen por fin, por el dolor que siente, por la entrega involuntaria de la que tanto huía y ahora ha caído obligado. Caen después de setenta y cinco años, al fin, son libres, y se desborda en ellas, el estrés, el horror, la ansiedad, la tristeza, la desolación.

El oro cae, y el pobre y el rico quisieran lamer y comer de aquel néctar que se desperdicia por los lados y ensucia sus cabellos, se mezcla con el lodo, el pus, la sangre y los cadáveres. Incluso los dioses desean ese oro, y más que el oro, la sangre y la carne palpitante que ha sucumbido mientras se aprieta alrededor del miembro que la abre sin cesar a la par que se libera así mismo contra el vientre del que lo embiste. A veces ríe mientras llora y gime y sigue llorando. Recibe besos y los devuelve, sucumbe a las caricias.

Entonces sucede, aquella oscura magia de su raza maldita y castigada empieza a brindar la gracia de la fuerza, la vitalidad, la consciencia, penetra en la piel y en los poros de otro hombre. Brinda todo aquello mientras lucha por ganar la consciencia del otro hombre a esas fuerzas invisibles. Y él no sabe que sucede, ni cuándo volverá en sí, solo sabe debatirse entre el dolor y el placer.


Cuando ocurre, cuando el príncipe se deja penetrar por nuestro rey, escuchamos como Calicio susurra palabras dignas y dulces a su oído. Lo ama y se regodea de él, se frota contra él a pesar de que su cuerpo apesta a madreselva o el aroma que lo caracteriza de entre todos. Sus lágrimas son engullidas y engulle las doradas que brotan del doncel que le entrega su cuerpo.

Nunca hemos visto algo como el eso que figura ante nuestros ojos. Calicio está haciendo el amor por primera vez sin que nosotras estemos dentro de él. Es la primera vez que toma a un hombre de ese modo: con rudeza y la tempestad de un lirio en primavera. Pincela y vuelca todo su amor en él y lo libera poco a poco de la presión en la que vive; toca su carne, su todo, mancilla su existir con sólo el amor que puede dar: el de un rey que no porta corona pero si un mundo al que gobernar.

Llamamos a Calicio cuando somos arrebatadas de él; nos adherimos a su cuerpo hecho un precioso hombre como tatuajes que realzan su belleza masculina, y entonces lo sentimos inclinar su cuerpo hacia adelante y justo hacia donde comienzan los rituales amatorios hechos ofrendas. Calicio lo besa sin que nosotras podamos sentir su éxtasis completarse; él se vacía muy en lo profundo del doncel y lo tiende sobre aquel suelo de podredumbre y muerte hecho flores y pasto. Ambos han creado la danza de la descendencia y la simiente del hombre ha creado vida.

No sabemos si quedó preñado de él, después de todo no estamos en su interior y no alcanzamos a percibirlo del todo a nuestras anchas. De lo que estamos seguras es de la palabra que mana de los labios de Paolo cuando observa a su amante desde arriba. Escuchamos que le habla con ternura, con una ternura que puede conmovernos a las tres, nosotras que lo hemos hecho nuestro prisionero durante años; desde que era un crío. Nos hace cuestionarnos en nuestra faena de conquista cuando vemos como acaricia al doncel con la prontitud de un amante sincero.

"Te amo" le dice

"Eres todo lo que esperé que fueras"

"Viviré para ti de ahora en adelante"

"En ti estaré yo desde este día"

Vemos que lo abraza como el niño hombre que es y ahí y sólo allí, vuelve a besarlo y le obsequia el sopor de un sueño sin nombre vestido con sus esencias y ese sentir por el que nos mostramos confundidamente fascinadas.


Bajo de su cabello, el lodo, los cadáveres y la pus se han mezclado con sus lágrimas, y se ha creado una hermosa imagen, la del príncipe recostado entre la vida y la muerte, sobre pasto y flores que apenas nacen.

La lucidez ha sido más lenta para él, pero cuando está vuelve se aferra con sus manos a los brazos del otro, y cuando escucha sus palabras logra comprender que ya no estará solo. O al menos, por fin, siente esa seguridad.

— Tú, ¿me protegerás?, ¿Estarás conmigo, siempre?— pregunta con voz cansada, mientras siente como se deslizan entre sus piernas los rezagos de la unión y la vida, pero está su mente alejándose rápidamente, mientras él se refugia en aquel cuerpo y su abrazo que lejos de atormentarlo solo lo consuelan y le permiten por fin, después de tanto tiempo, descansar.

Ha quedado dormido, por vez primera no hay nada que lo obligue a levantarse con las manos en la boca o los dientes sobre la lengua para que ningún grito resuene. Su cuerpo y belleza propia de los "hueso de mariposa", recrea una imagen de lienzo que debate a los eruditos entre si hay salvación en boca de lobo.

Su cuerpo no rechaza la vida, es una fuente de mana que solo se acaba con la muerte. Pero al ser su primera vez, no puede retener la semilla.

A lo lejos de esos momentos de dicha, lucidez y calma, en la ciudad va escalando el caos, todavía restan horas para que el rey y la aún concubina despierten. Los guardias en silencio esperan a quienes no han llegado de su misión, y las sirvientes y doctores van y vienen con plantas medicinales, té y paños tibios.


Calicio aparta las extremidades que encierran la boca del príncipe durmiente, lo besa con ahínco y decoro como sólo un rey ha de reclamar los montes de un destino cierto y voraz. Ha otorgado así su inmortalidad a ése al que ha amado con ternura, porque la ternura es lo que mana de él; sangre oscura brota como un manantial de sus labios inhiestos, y así y sólo así, lo abruma con su sabor a un dulzor de inciensos y deliciosas cenizas. Lo reclama como suyo.

Nosotras hemos visto milagros, y el que ahora emerge ante nuestros pares de ojos es como, con un deleite y un decoro abrumador, nuestro Reyecito, nuestro cáliz hecho hombre, se derrama una vez más dentro del doncel que ya ha marcado como suyo. Por esto y más nos movemos excitadas en ese hermoso cuerpo al que tanto hemos hecho vibrar de gozo cuando nos separamos de él, y nos regodeamos en los restos de la simiente de ambos danzarines del amor y la pasión.

Calicio observa al doncel que yace aún unido a él; toca su rostro y lo estudia cómo sólo se estudia a algo hermoso. Lame su piel como si se tratara de un animal sumido en la osadía de todo lo que ha cometido en ese instante nupcial. Entonces Calicio, Paolo, el Reyecito habla con esa voz que solo puede provenir de un monstruo sin nombre, contra aquella oreja que roe hasta que dulces gotas de rocío sangriento y por las que se relame con gozo.

Dice:

"Imagíname en este mundo sin sentimientos añorándote. Aún en sueños te añoraba y ahora estás aquí y unido a mí, tú, mi Vheber Oyouloronga".

"Por ti seré más que un guardián"

"Seré la bestia que monte al mundo así como te he poseído en este nupcial encuentro"

"Seré tuyo si me nombras, a mí, a Calicio, el Reyecito con los labios del corazón"

Calicio ya no huele a orina y suciedad en compañía del príncipe durmiente. La madreselva lo posee: su aroma, sus costumbres, sus presagios permutan la venia de una añoranza que mucho antes ha clamado en el deseo de sus sueños.

Y entonces y sólo entonces, nos abrimos paso en la tierra vestida de pasto y flores y los adoramos con nuestras extremidades; le hacemos el amor nuestras manos pero su visión de pájaro, de ruiseñor se posa en el primer caído en la batalla. Vemos como Calcio se tiende en el suelo aún unido a él hasta que, pulcra mente cansado, sueña con esa faz y con la posible revelación de su nombre.


En sus sueños vio a un hombre, una sombra, o una bestia, todas ellas se unían en un mismo ser que terminaba sonriendo mientras le hablaba con tanto amor y protección, pero Xue Hudie aún con duda baja la mirada por qué siente en los pies las cadenas del miedo que lo apresan como al peor de los delincuentes, estás no lo dejan moverse....

El albor atraviesa la espesura de los árboles hasta acariciarle la cara. Cómo manos suaves lo despiertan, un parpadeo lento y dos rápidos. Hudie se siente como si aún estuviera en aquel sueño que estaba dejando de ser agradable. Tarda en moverse mientras el albor continúa entibiando su cara. Su mente empieza a hablar antes que él. "¿Fue acaso un sueño?, ¿Dónde está el rey?, ¿Debe escapar?,¿Calicio?, Su reyecito, Calicio".

Al nombrarlo otra vez en su mente, un ligero pinchazo le hace tocarse la oreja, solo una mancha leve quedó en ella, y está basta para brindar a su dedo más color de lo normal, ante sus ojos el dedo tiembla un poco, con eso ha sido suficiente para que Hudie se sienta nervioso, hasta que se voltea y entra en su visión el Adonis durmiente a su lado quién en ningún momento le ha soltado, incluso, continúan unidos.

— Oh...— es la sorpresa que apenas brota de sus labios. Sus bonitos ojos avellana estudian las facciones del hombre, su hombre que le ha reclamado mucho antes que cualquier otro y por quien toca su vientre con tantas dudas sin respuesta.

En su boca percibe cierto sabor que no reconoce del todo, su lengua acaricia los labios hinchados. —¿Calicio?— le nombra dudoso de poder despertarlo. Pasa su mano, la del dedo más colorido que de costumbre, por el rostro del hombre y peina con dulzura sus cejas.


Las alas que le obsequiamos a Calicio, nuestro Reyecito, están esparcidas como manto en el suelo. Transparentes y terribles. Peinamos sus alas, lo lamemos y brindamos caricias a su ser conforme él se muestra aún sumido en la duermevela. Oh, Reyecito de nubes y plomo, velo ahí junto a ti; tu boca aún saborea la tibieza de su saliva y se regodea en ella cuando sientes que el príncipe se mueve y te toca como sólo se toca a un amante.

Abres los ojos o más bien los entreabres y te sumes en el mar de belleza que yace ante ti. Frotas el rostro de tu amante con tus dedos llenos de sangre, vísceras y tierra y engalanas tus labios con parte de la piel de su hombro de quien has besado con adoración. No sales aún porque ese momento es preciado para ti. De todos modos aun no puedes salir de él. Lo has anudado con tu miembro deseoso de otro encuentro carnal para asegurar tu descendencia; ya falta poco para que la unión acabe. Por eso te quedas quieto junto a tu príncipe y el príncipe de todas nosotras.

Vemos como Calicio escucha su nombre proveniente de tus labios y sus nacarados ojos se entibian con tu figura, tú, venido desde el viento, engendrado desde las entrañas de la vida, la muerte y el pecado. Calicio se mueve otro poco y se empapa de tu belleza mientras nosotras observamos desde nuestros pulcros pedestales. Volcamos sobre él y sobre ti un velo de casamiento y allí y sólo allí escuchamos a Calicio parlar sin que nosotras afrontemos el mundo por él.

"Dame un nombre distinto, para ti tendré los nombres que desees pero no seré Calicio. Calicio no"

Dice al bello hombre al que se une.

"¿Cuál de todos los nombres que existen, en este vasto universo en miniatura, me obsequiarás venido desde los labios de tu corazón?

Calicio guarda silencio y entonces pregunta:

"¿Quién desea dañarte además de ellas, las hermanas de la libertad? ¿Quién desea apoderarse de ti?"

Vuelve a guardar silencio y entonces habla entre susurros. Tenemos que inclinarnos sobre la desnudez de ambos para escuchar a nuestro Reyecito declamar como esposo prometido que es a ese príncipe de sueños. Ese dios supremo entre deidades.

"Ya eres mío y no habrá ser que pueda dañarte mientras yo esté en pie en todos los planos infinitos. Nos pertenecemos el uno al otro en este mundo. Y en todos los demás"


Los ojos del hombre lo sorprenden logrando que sus mejillas se tiñan de un color más oscuro que su dedo.

Cuando los ojos de Hudie se devuelven a los del otro, la confusión empieza a ser tan obvia como la duda que le queda por el pedido de usar otro nombre. Empero no pregunta los porque, el solo atiende el pedido así como lo hacía cuando el Rey le pedía el té o el que le diera de comer en la boca mientras acomodaba su cabeza en su regazo, sin vueltas ni muecas de negación.

Los únicos momentos en que se negaba eran los de la intimidad, pero, ahora, un tanto incómodo y a su vez, estremecido por la sensación del globo que aún lo retiene, cree que esa negación ya no será posible.

En su mente empieza un pequeño caos de su voz con diferentes nombres y tonos para estos, sobre todo si quedan según su pobre juicio, al rostro varonil de,...ese hombre sin nombre.

Entre el silencio y su caos mental, sus oídos entienden que podría estar en peligro a causa de — ¿las hermanas de la libertad? — en eso no puede evitar mostrar su disgusto. — ¿Quiénes son ellas?.— y porque, olvídalo, no preguntará por qué querrían hacerle daño.

Hudie es, cuando lo desea es como un libro abierto, y el hombre aún sin nombre podrá adivinar su pensamiento sin tener que tener o usar la habilidad para escuchar su mente. — Cualquier humano común que conozca de mi clan querrá hacerme daño, los dioses podrán mantenerse a raya, no sé por cuánto tiempo, pero cualquier ser maligno podrá oler más haya de mi sangre. — guarda silencio, de repente el miedo a que el hombre aún sin nombre entienda lo que todo eso significa, le hace sentir inseguro.

Aún recuerda que su madre murió a manos de quién dijo amarla.

Sin embargo no puede no sonreír por las palabras del hombre aún sin nombre y sentir que habla como el más sincero de cualquier otro ser.

— Kral Daor, ¿puedo llamarte, Kral Daor?.— ha tenido la necesidad de moverse un poco sintiendo y sufriendo un ligero picor de placer que lo hace apretar una de sus manos contra el pecho de Daor.


Calicio dice entonces:

"Tus nombres son poesía. Tus miedos canciones. Tu carne perdición y tu corazón una deliciosa pieza que deseo cuidar, tesoro mío".

Calicio vibra y se une más a ti. Lo hace a través de los besos que otorgan sus dedos, de su caballerosidad hecha oración, las caricias que derrama por tu jugosa carne. Quiere abrirte pero no puede y no quiere, porque puede partirte en dos. Él te engulle como sólo puede hacerlo una bestia que ha hurtado al más puro de los vírgenes.

Calicio dice:

"Estás a salvo conmigo. Seré aquello que necesitas en los momentos de tempestad. Tú, mi príncipe de sueños. Hay tanto por aclarar y tanto por vivir que no sé por dónde comenzar".

Intentamos nombrar aquel apelativo que se le ha dado a nuestro Reyecito. Él genuinamente sonríe y su sonrisa ilumina como la luz de la luna; a diferencia del diamante y el oro que es su prisionero consorte.

"¿A qué le temes en realidad?"

Dice él.


La boca de Daor es excesiva y sus palabras son como la miel. Por dónde toca es como herir la piel y curar con la misma intención de que el calor y la necesidad por sufrir del amor tempestuoso lo obliguen a quedarse.

No sabe que ya no podrá hacer más que quedarse.

— Le temo, a cualquiera que ose llamarse el más bueno de los hombres o mujeres sobre la tierra.— sus pies son pequeños y suaves, al igual que sus piernas que aunque firmes y hábiles para huir, apenas y parecen tener algo de grasa en ellas.


Sonríes como lo haría un niño pequeño ante una presa que recién ha adquirido y lucha para escapar sin tener oportunidades.

Besas la piel que está a tu alcance y le transmites a través de un regar de bendiciones a sus labios el rocío de la aurora y la primavera estival, que los regenta en ese momento.

Dices:

"Puedo ser bueno hasta que te canses de mi frágil apariencia y aun así ser tan monstruoso como para protegerte"

Lo hueles, lo estudias con tus ojos nacarados, le transmites lo bonito de la vida porque sientes que es más hermoso a como lo imaginaste alguna vez.

"¿Hay algo que desees preguntarme? Trataré de revelarte lo que esté a mi alcance después de todo".


Niega con su cabeza en un movimiento suave lo suficiente como para que sus largos y negros cabellos se muevan más no le estorben en el rostro, siquiera se atrevan a provocar caricias sobre la piel de, Daor.

— Sigue siendo bueno, solo, no me mientas. — dice con voz calma.

Tras pensar un momento, en su memoria hay fragmentos antes y después de su desesperada huida. — Por qué, ¿por qué llorabas? — hay más dudas, pero recuerda esa con doloroso pinchazo en su corazón.


Sales de él cuando el nudo se distiende en el interior del príncipe. Nosotras te vemos ladear la cabeza por la pregunta que te han formulado y dices entonces como Daor:

Lloraba porque no soy dueño de mí mismo. Hasta que alguien me reclame y me haga suyo por oración y acción, no dejaré de ser el monstruo que soy. La bestia que he sido desde que tengo memoria.

Acaricias el rostro del príncipe con las pulcras pisadas de tus dedos. Él te gobierna ahora porque sonríes otra vez por su causa, pese a que deberías hacerlo por y para nosotras. Amas la ternura que puede despedir ese ser y nos olvidas.

---Deseo vivir en paz y a tu lado, Oyoulorongala.

Nosotras no te olvidamos, pero por causa de él, nos rechazas. No podemos siquiera poseerte otra vez, porque te dio a beber una lluvia de la salvación que siempre has buscado. Entonces besas su frente, sus párpados, sus mejillas y sus labios con ingenua adoración y preguntas entonces:

¿Podrías llegar a amarme por corazonada o por costumbre?

Nos lamentamos de nuevo. El príncipe ha tocado de nuevo a nuestro Reyecito y le ha hablado. Así que tratamos de arrancarlo de él; no podemos, no podemos, no podemos. Ha quedado prendado de su belleza.

No es Calicio sino ahora Daor quien habla y dice:

"Tendremos toda la eternidad para amarnos. Brillaremos aunque la oscuridad nos engulla. Viviremos más que nadie en el mundo; viviremos en paz."

Él vuelve a sonreír y besa a su amado como si fuera la lluvia que riega el prado en la mañana. Lo estrecha entre sus brazos, y para nuestra conmoción, le vuelve a sonreír.

"Yacemos en otro plano. Has venido por una ventana hacia mí. Has de verla con tus ojos que han llorado de placer y por mi causa."

Su mano le muestra el marco que se ve más allá de la madriguera y así mismo vemos que cierra la ventana ante sus ojos. Es un plano lleno de infinita magia, tonos opacos y apariencia lechosa que circundan en un espacio de fantasía; un bosque al que Calicio ahora Daor ha llegado primero gracias a nosotras.

"Nadie te podrá hacer daño ahora"

Gesticula una caricia con esa mano que ha tocado el marco de la ventana pese a que a lo lejos se escucha el resonar de un furioso cuerno animal.


Tal parece que la vida de ambos no ha sido fácil, mientras Hudie se la ha pasado entre ramas y sombras, Daor parece vivir en sombras más oscuras. Tan en común el simple hecho de que ninguno de los dos es libre del todo. Queda en silencio sopesando la idea de enamorarse de Daor.

— El tiempo puede ser cruel, pero también sabio. — alza su mano, en un toque delicado, la concha de sus uñas se deslizan con ternura entre el pómulo y la mejilla de aquel a quien podría llamar su hombre. — solo he amado a una persona de quién ya ni siquiera recuerdo su risa.— es demasiado lo que ha hablado, siente que ya está cansado, pero tan emocionado porque ahora hay quien quiere escucharlo. — lo que más deseo ahora es tener tiempo, y si me lo permites, si el destino o cualquier otro ser lo permite, si, tú lo permites quisiera amarte desde mi corazón por la eternidad. —

— Daor, tú puedes conocer mi nombre, Xue Hudie.—

A lo lejos pero escuchándose tan cerca, un cuerno de animal es tocado para que retumbe con advertencia. El rey continúa con vida, pero no su concubina, su segundo concubino ha escapado antes de ser completamente desposado y es sospechoso de atentar contra su vida.


Se maravilla cuando se percata de aquel plano, tan diferente, tan mágico que solo entre los brazos del ahora Daor es que ha podido ignorarlo.

Por primera vez, desde que se encontraron y han estado juntos, Hudie sonríe con sinceridad y su sonrisa es tan sutil como el brillo del oro bajo el crepitante fuego e igual de hipnotizante que la promesa de aquella vida de paz de la que Daor le habla. Sus ojos brillan.

Dichosos sus oídos que no pueden escuchar la amenaza del cuerno animal. — ¿Podemos quedarnos aquí, para siempre ?— sus ojos se cierran ante los besos y las caricias. Y sus manos, suaves y delgadas se mueven entre caricias en respuesta, casi siempre roces sutiles y temblorosos por la nueva experiencia, por el deseo de transmitir parte de sus nacientes sentimientos.

— Daor — el nombre es hermoso al salir de sus labios. — ¿Qué significa el cómo me has llamado, Oyour...— le cuesta recordar la palabra correcta.


Variadas fueron las ocasiones, dónde los trovadores llenaron sus oídos acerca de un paraíso y el tiempo que parecía eterno. Algunos finalizaban con la paz eterna y otros la iban deteriorando cada que avanzaba.

¿Cuánto duraría ese momento entre ellos y la calma de aquel lugar?

Su suspiro es cálido y aún persiste su aroma propio de aquel té verde de la pasada tarde además del incienso y las dulces cenizas de la sangre de Daor. — Quisiera saber algo más. — es solo una duda, tan común como aquel que debió haber sentido la amenaza entre muchas de las palabras y muestras de afecto en aquel su íntimo momento.

— ¿Quiénes son las hermanas de la libertad ?—


Daor, nuestro Reyecito, nuestro Calicio, nuestro recipiente se tiende sobre el príncipe y lo protege con las alas que le hemos obsequiado. Lo hace como todo un caballero proveniente de un oscuro cuento de hadas. Se ha estremecido por la afrenta hacia su ser; las caricias lo envuelven con adoración y él le transmite la suya con justo proceder.

"Oyoulorongala. Significa 'Embrujo de la Aurora' Un nombre digno que desde este instante adornará tu alma, mi preciado existir".

Suspiramos por las palabras emitidas por Daor, el Reyecito.

"Sí. Puedes presentarte a la vida de forma dichosa porque todos los días te obsequiaré la dicha a ti, mi adoración".

Daor se mueve con lentitud, lo vemos abrir la boca para responder a tu pregunta y nos ve a las tres llorando y arañando las paredes de la madriguera de conejo; el príncipe nos ha separado, quizá para siempre de nuestro Calicio, el Reyecito.
.

Daor habla y dice a su consorte

"Las hermanas de la libertad son espectros venidos del reflejo más amado y amargo que proyectan los seres vivos.

Fueron creadas por el Dios de todos los planos que coexisten para nosotros, para que aprendiéramos una lección: debíamos obrar con devoción o de lo contrario todas las hazañas venideras desde nuestro egoísmo se pondrían en nuestra contra".

Calicio nos revela. ¡No, no, no! Lo arañamos en la cara y logramos extraer sangre de sus mejillas, su frente y boca. Peleamos para poseerlo. ¡No debemos dejar que hable más! Le intentamos partir la cabeza en dos pero él no deja, él no deja de parlotear con aquel hombre niño.

Gemimos de angustia y los sonidos que emitimos se escuchan en esa madriguera con fantasmagórica procedencia. Intentamos luchar contra él, y cuando estamos a punto de ingresar de nuevo en nuestro recipiente, el oro nos detiene.

"Dicen que todos tenemos un trio de hermanas. Depende de tu pureza y de tus acciones. Tus emociones, tus sueños y todo lo que te compone. Ellas son tú hechas pesadillas, reflejo de todo lo que eres y serás, a un grado crudo de consciencia".


La atención es crucial, cree comprender un poco aquel tipo de relato. En solo un parpadeo baja la mirada, y al siguiente, cuando vuelve a ver al par de nácar se da cuenta de la sangre que brota tan de repente.

En jadeo la preocupación brota desde su pecho hasta salir de su boca, y entre más escucha (los espectrales lamentos) y las palabras de su rey, más confundido y temeroso se vuelve. Quiere retirar con sus dedos la sangre de sus mejillas y la frente, y con sus labios la de su boca.

Si bien, es su carne, su sangre y su tristeza la solución y la fuerza a tantos males y venenos, la cura y el poder. Es su cuerpo y sus sentidos tan frágiles como la línea entre el odio y el amor. Y aquellos lamentos retumban en sus oídos amenazando y provocan una terrible confusión en su cabeza. — ¿Por qué, por qué gritan así? — lucha por aguantar, cómo ha luchado siempre.

Y aunque hubiera querido saber más, es obvio que ellas no quieren que lo haga, no se lo permiten con aquellos quejidos y el daño a su rey, entonces se detiene en preguntar más, pero no por ello se detiene en intentar curarlo. Será que es la sensación de antes, aquella seguridad y cariño la que lo ha obligado a preocuparse hasta el punto de que, un pequeño brote de oro que son apenas dos perlas en la punta de sus ojos haya brotado.

Entonces hace lo que jamás ni en sus peores pesadillas creyó lograr. Tembloroso, como hoja al viento, se abraza de Daor (el brote de oro revienta cayendo libremente) — bebe, bebe de mí, no permitas que te hagan más daño. —


Nuestra conmoción crece cuando vemos como el Reyecito engulle las lágrimas de oro que brotan de los ojos del príncipe de sueños. Chillamos, chillamos y chillamos y sacudimos al rey nombrado por la aurora como si fuese un muñeco de trapo; nos pertenece, claro que nos pertenece pero ¿por qué el príncipe nos lo desea arrebatar? No hemos hecho nada malo.

Calicio o el Reyecito se demuestra agitado; lucha y gime revuelto y odiándose a sí mismo. El color gris de sus ojos regresa pero pelea aún con el nacarado que lo recubre sin medida. Nosotras esperamos a que nos llame pero él no lo hace, en cambio se abraza al cuerpo del príncipe. Vemos como el Reyecito se mueve poco a poco; no podemos poseerlo otra vez y flotamos a su alrededor de manera perpetua. Después de todo lo protegemos.

"Gracias, príncipe mío"

Él suspira quedo y besa al príncipe que le ha nombrado en los labios, termina de beber esas lágrimas doradas y se queda muy quieto respirando con una serena agitación. La sangre lo empapa aún pero esto no le impide sonreír como el adonis que es.

"¿Te encuentras bien? Lamento que hayas presenciado eso"

Musita por lo bajo y lo acaricia en el rostro al que ha llamado Oyuolorongala. ¿Por qué no podemos ser él? ¿Por qué el Reyecito no nos ama? ¿Por qué Calicio ya no nos mira? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Gritamos esas palabras hasta que nuestras gargantas revientan.

"Todo lo que necesito ahora es morar con la aurora que me ha salvado de mi mismo"

Entonces boquea y boquea y boquea y se aparta de pronto del príncipe y vomita. Nos vomita, primero como una bola de carne que cae melindrosa en el suelo, y luego en forma de monstruos alados que se retuercen buscando de donde agarrarse.

Hemos sido transformadas en lo que él quiere. Gemimos como los espectros malolientes que somos las tres y aguardamos calladamente lo que él nos advierte desde su propia posición.

"Si lo tocan, no tendrán la oportunidad de ver de nuevo mis corazones latentes y cantores. A él le pertenecen y no se dirá más".

Calicio permanece sentado en un punto de la madriguera y junto al príncipe de sueños; no cubre su desnudez aún pero tiende su mano contra aquel que ya es su dueño y la enlaza de modo un cautivo en libertad.

"Gracias, príncipe mío".


Él, aquel rey de aspecto triste y desorientado obedece a su petición, y bebé del brote de sus ojos. Ah, como es la vida de irónica, algo que tanto temía mostrar, castigo de su raza, signo de debilidad, es (aparentemente) la solución a aquellos seres a las supuestas "hermanas de libertad".

No intenta el estremecer de su cuerpo a querer engañar qué ha sentido el miedo a ser devorado, al fin y acabo es un horror arraigado a su alma en esta y sus futuras vidas (si es que las hay para el). Pero admitirá el júbilo de haber logrado más que solo quedarse viendo. Su sonrisa, aunque pequeña, permanece y si bien sus lágrimas ya no brotan como momentos antes, se puede ver aún, esa delgada línea dorada que se acumula debajo de su ojo.

Ve con cierto desagrado aquella bola de carne, y con perplejidad a los seres que se arrastran como infantes mal formados. Las palabras de Daor le devuelven la calma. — No tienes por qué disculparte — dice acercándose hacia el luego de percatarse en silencio del color de sus ojos; le gustan más así.

Entonces estúpido e ingenuo, se arma de valor.

— Mi, Daor, no necesitas agradecerme. — baja la mirada, entre un suspiro y la pausa decide continuar. — has sido más que un simple testigo de lo que mis lágrimas, castigo de un dios o un demonio, pueden hacer. — mueve sus piernas y juega, sobre el pecho de su rey, al que todavía se le dificulta llamar "su rey", sus manos a causa de los nervios.

— Imagina lo que harían la sangre y la carne. — alza su mirada avellana para atrapar entre ellos a la grisácea. — por eso es, que quienes pudimos sobrevivir a la cacería, seguimos siendo acechados por los mortales. — ve nuevamente a las silentes criaturas. — quienes quieren más de lo que algún día podrán tener. — así han nacido algunos dioses.

— te lo digo por qué confío en ti, a pesar de que fácilmente podrías hacer más que solo beber de mi...dime, ¿He errado en mi criterio?—


Sus dedos sucios limpian el reguero dorado que brota de tus ojos. Calicio te observa luego de que has predicado insanas oraciones y niega con la cabeza antes de declamar:

"No pienso devorarte, eres demasiado hermoso como para condenarte a vivir dentro de mi como una masa de carne que se retorcerá aquí para siempre".

Toca su estómago cuando te ve con esos ojos tan cercanos a la lluvia y a la tristeza.

"Deseo protegerte incluso si es de mí mismo. He visto un mundo que otros no querrían conocer por más locos que estuvieran; ahora que estoy junto a ti puedo olvidar la pesadilla que he vivido y no pienso dejar que vivas ese infierno"

Daor toca el rostro de mirar inocente y dice después con susurros inmolados:

"¿Qué deseas de mí? ¿Qué deseas de mí, además de que sea tu consorte y el mounstro inmortal de tu cuento de hadas? ".



La calma vuelve a su cuerpo, y agradece con el corazón en la mano, que sus lágrimas sean enjugadas sin ningún otra intensión que recurrir a ellas solo cuando él lo permita. Nunca a la fuerza. — Oh Daor, el infierno suele ser tan diferente para cada uno, tanto que no puedo evitar querer rendir mis respetos por tu intensión de evitarlo para mí. —

Alza la mano para alejar de las mejillas de Daor algunos cabellos que por el altercado de hace unos momentos que quedaron dispersos y aún mezclados entre el oro y el rubí. Los acomoda detrás de su oreja.

— Deseo, deseo tantas cosas tan simples y llanas, algunas egoístas, costumbres de las personas comunes que se arraigaron en mí ser. — si un dios podría infectarse con aquel mal, que no sería de alguien como él. — pero ahora, solo deseo que estés tu tranquilo, así, como te ves ahora, no puedo imaginar lo duro que fue para ti, vivir sin vivir, sin...disfrutar de ser solo tú, guiado por tus sueños. — no podrían compararse, antes había tenido la valentía de hacerlo, ahora, simplemente no. — Y estar a tu lado, si me fuera posible para siempre ayudarte a lograrlo, lograr entre ambos más momentos como estos. —

La desnudez dejo de ser solo de su impoluto cuerpo, ahora, solo mancillado por el ferviente deseo de un amor nacido en la inusitada circunstancia de la salvación, la reproducción y la locura. La desnudez es también de su alma, aquella que deseaba escapara en cualquier noche o momento en el que sus ojos se cerrarán por el cansancio y el hambre.

Pero sabía que algo como la paz eterna, jamás podría suceder.

— Dame la seguridad de que siempre estarás bien, que no permitas que tu libertad, sea arrebatada, al menos nunca mientras esté yo contigo. — no podría soportar ver como aquel color de sus ojos se volviera como la luna.

No quería ver qué aquel cuento, que aquel su rey y bestia, acabará.


Calicio ahora Draor abre su boca para replicar los sonidos que ha aprendido de su congénere. De su amante, de su consorte, de su amor, de su todo y de su príncipe de sueños lo ha aprendido todo en un instante en que no razonaba y parecía un animal, gracias a nosotras.

Y lo que mana del interior de Draor, además de sangre y los restos de las vísceras que engulló por parte de la cría de conejos fueron las siguientes palabras:

"Te confío mi vida además de mi corazón. Te confío mi libertad. Esta bestia inmortal te lo confía todo. Hazme tu prisionero en oración y hecho".

Chillamos cuando él lo dice. Se está entregando a ese ser hecho de diamante y oro. Ha renunciado a nosotras pese a que nosotras no dejaremos de protegerlo.

"Vivirás y reinarás en mí. Te doy la seguridad que, mientras esté a tu lado, sabrás siempre que el paraíso existirá para los dos. Tomaré tu mano siempre que haga falta y a tu lado caminaré hasta el confín de los tiempos, sólo por tu causa".

Lloramos ante lo que Daor revela.

"Tú serás mi Niqhnireneia o mi Pilar de Esperanza y así te confiaré mi vida desde los votos que encierran nuestra más amada historia".

Calicio toca la flor que es aquel ser de oro y fuego y besa sus labios con una avasallante ternura. Las tres los estudiamos en ese momento y decidimos decir al unísono.

"Ustedes se pertenecerán por siempre".


La compañía del príncipe dorado es agradable para Calicio; la forma como su cuerpo brilla lo atrae pese a que la desnudez lo recubre como si fuera una piel invisible. Calicio escucha sus órganos andar y funcionar, sobre todo un corazón que no ha dejado de latir desbocado, a causa de su presencia.

Tocamos, con las protuberancias que son nuestras alas, el cuerpo del príncipe de sueños. Estudiamos todo lo que está a nuestro alcance. Deseamos desollarlo para que Calicio lo devore pero en el momento en que estamos a punto de hincarle los dientes, nos aparta de un brutal manotazo y abraza al doncel con apremio y decoro.

Calicio dice:

"Será así, así será, somos iguales ahora después de todo. Tú eres yo y yo soy tú. Y nos tendremos el uno al otro hasta que el nombre de Dios desaparezca de todos los labios que lo veneran".

Besa los dedos del príncipe y articula:

"Ahora retiremos la suciedad que embarga a nuestros cuerpos. Ambos lo necesitamos. Hay una laguna cerca de aquí".


Está conmovido, y aunque ambos continúen desnudos, el cuerpo de Hudie parece brillar con la misma intensidad que el brillo de sus ojos y su sonrisa, como si fuera el más hermoso de los ángeles.

Escucha a las criaturas y aunque estás le siguen provocando escalofríos agradece con un suave movimiento de cabeza sus palabras.

— No, Daor, no puedo aceptar que digas ahora tú tal locura. Tú no serás mi prisionero, ni yo el tuyo, seremos tú y yo, eternos enamorados. Aprenderemos lo que no nos han dejado aprender, conoceremos más de nosotros y del mundo a nuestro alrededor. En paz, o, a veces sin ella, pero siempre con un amor innegable. —

En el bosque, el doncel, segundo concubino y sospechoso de querer dañar al rey y su apenas, nombrada emperatriz. Es busco con gran intensidad, pero no encuentran nada de él, ni siquiera sus ropas. Los guardias que habían ido en su caza la noche anterior, tampoco están. Realmente alarmante, la recién nombrada emperatriz dice a su rey, que ese hombre debe ser ubicado, y mandan más ilustraciones con su imagen a todo pueblo y ciudad cercana.

—Pero, Daor, si es necesario decirlo, entonces, te deseo como mi prisionero, a ti, mi rey y yo tu consorte eterno. —


Tras su asentir, ambos empiezan a caminar a aquel lago del que Daor habla, guiado por este, Hudie no puede evitar mirar con asombro y curiosidad los cambios en colores y aromas que hay en aquel páramo.

Es tan diferente del mundo humano.

— ¿Ellas...podrán quererme? — pregunta acerca de aquellas "Hermanas de la libertad", que Calicio ahora Daor, ha descubierto y alejado con manotazos o otros modos según sea el caso.

No sabe si podría llegar a conciliar un sueño tranquilo con al actitud tan extraña y un tanto caníbal, que muestran aquellas criaturas.


Sigilosas flanqueamos el camino que toma Calicio o Daor al lago que ha mencionado al príncipe de oro. Somos criaturas deformes pero hermosas, del tamaño de un gran can; Calicio nos ha obsequiado alas con las que deambular pero su mismo deseo de proteger a Oyuolorongala nos da un reducido tamaño. No por esto nuestros dientes dejan de castañear como una maraca.

Escuchamos atentas lo que tienen que decirse el uno al otro. Y decimos en respuesta al mismo tiempo:

"Si tú lo amas lo amaremos también; igualmente imaginamos que su carne debe ser deliciosa. Jugosa al retorcerse en plena agonía"

Daor observa al príncipe y toma con firmeza su mano. Suspira y apura el paso arrastrándolo consigo. A la luz Daor es hermoso. Alto y bien formado; es un adonis a la usanza de la vida, un adonis que no rehuye al mirar del dueño de oro y diamante y lo observa con sus ojos de lluvia.

"Ellas no te devoraran. Yo lo haré cada vez que hagamos el ritual de la descendencia. Beberé de ti y tu simiente sembrará pasto y flores donde muchos morarán. Purificarás el mundo y me pertenecerás a mí; evolucionarás y serás digno de alabanza pero cordialmente digno de ti mismo."


No sabe si habría que reír o llorar por las palabras de las "hermanas de la libertad", y aunque sus ruidos cuál animales de carroña lo ponen ansioso, cree que puede llegar a acostumbrarse a ellas (de igual manera afianza su mano al agarre de Daor).

Puede oler el agradable aroma cuál lluvia sobre la tierra y la hierba, en esta caso, del arroyo al que desean entrar.

Las mejillas de Hudie están nuevamente teñidas en un suave carmín que deja entrever un sutil camino de pecas que recorren el centro de su nariz hacia sus lados.

— Jamás creí que llegaría a hablar de descendencia.—

La descendencia era solo para obligar a parirlos y que sus crías fueran comidas, en caso de los varones, y las mujeres o donceles usados ya fuera para tareas domésticas, el alivio de un viejo hombre, la eterna belleza de una Reyna o simple y mundano placer. Pero, debido a los malos tratos y pésimas condiciones de vida, por más que intentarán que la "producción" continuará, en menos de 500 años la raza que alguna vez había vivido en igual número que los humanos comunes, ahora estaba casi extinta.

— Cuáles es tu interés, ¿realmente deseas formar una familia conmigo?— su mirada lleva calma y un brillo de incertidumbre.


Ya al arribar a la orilla del lago, nos detenemos y lamemos el reguero de sangre moribunda que ha caído desde la pulcra piel de Calicio, el Reyecito. Suspiramos y nos convertimos en tres bellas y siniestras adolescentes, que igualmente desnudas, incitan a los amantes a ingresar en la acuosidad plena que sepultarán los restos de viseras y huesos a la nada.

Daor, el Reyecito dice:

"Quiero que des a luz a nuestros hijos cuando sea el momento adecuado. Te quiero repleto de mí.

Nada te faltará. Eres mi consorte ahora, y pretendo desposarte todas las veces que hagan falta para que sepas hasta qué punto estoy dispuesto a arriesgar por ti".

Calicio te alza en brazos y te introduce al lago donde se asearán. A simple vista es un joven valiente y te colma de caricias conforme te enjuga la piel de oro que te reviste. Nosotras acechamos cerca con habilidosas faenas; trazamos los siete círculos de la bendición que alzamos en cada punto de la superficie que conecta al lago.

Así los ataviamos con transparencias iridiscentes y dejamos que reposen en las aguas que no son tan profundas.


El toque del agua le provocan escalofríos. Con brazos largos y firmes rodea desde el cuello hasta los hombros al guapo y paciente hombre que con cada minuto u hora que pasa, lo hace sentir más seguro, tan seguro como nunca antes.

Mientras las "hermanas de la libertad" limpian y crean una atmósfera para los amantes, estos, inmersos en su mundo continúan hablando y conociendo un poco más el uno del otro.

— Entonces, mi Rey, Daor, de igual manera protegeré mi cuerpo y a nuestros hijos. Este, tu fiel consorte será feliz de poder llevar dentro de si todo de ti. — cierra los ojos impidiendo que la lluvia continúe viendo al sol, sin embargo acerca sus labios a los de Calicio su ahora Daor, para iniciar un suave beso.

Su piel, siempre tibia, continúo mana en sus venas de vida y cura, de fuerza y vitalidad, se enfría con el agua y se vuelve nuevamente calidad entre los brazos de su rey.


Los labios del príncipe de sueños pincelan los matices de una sonrisa en nuestro Calicio ahora Daor. Él corresponde con una afrenta abrasiva y delicada, que reluce entre ellos como los hilos de vitalidad que intercambia.

Ahora huele a madreselva y la podredumbre que le cubría y que tanto trabajo nos había costado generar en él para protegerlo, lo ha abandona. Nuestros dientes castañean como quebradizos ramajes al recordarlo.

Oh nuestro amado Calicio te abraza con una endemoniada ternura conforme sus labios carnosos danzan contra ti por cada uno de los puntos más amados que toca. Él se conmueve con tu presencia y te cuida de todo lo que podría mancillarte para evitar que no quede nada de ti.

El cariño que transmite Calicio es enternecedor. Proyecta mil y una hermosas cosas que no alcanzamos a comprender, porque ya no vivimos en su interior; el dueño de diamante y oro así lo quiso. Nosotras sentimos aversión por él además de que lo llegaremos a amar con nuestros oscuros corazones.

Daor te dice, al mismo tiempo que te protege del viento que sopla en ese momento:

"Viviremos sólo en lo más sublime; un rayo de luz, lo suave de las nubes, el calor de una llamarada de fuego, en el viento que sopla y mueve tus cabellos y los míos, en lo más alto de las montañas y lo más profundo de los bosques y en cada uno de esos lugares te amaré"

Entonces y sólo entonces Calicio besa tu cabeza y te arrulla con la canción de cuna con la que muchas veces el silencio lo arrulló antes de dormir. Desea que estés seguro de tu protección como nadie pudo hacértelo saber.

Peina tus largos cabellos con los dedos y los huele cuando los lleva a su nariz de modo precioso y preciso. Inspira con profundidad y te dice:

"¿Deseas vivir así, de un modo parcialmente salvaje, conmigo?".


Los besos de Calicio, su Daor, son suaves y aun así demandantes; su piel es un lienzo de blanco pristino, y se enrojece por dónde avanza el toque y el roce de los labios que lo consumen, para luego volver a ese tierno blanco que invita a la insania. Suspira conmovido.

Su cabello es demasiado largo, y flota sobre el agua, como una mancha oscura que acecha a los pasionales amantes. Cómo tinta se adhieren a los dedos de Calicio, ahora Daor, y se resbalan de ellos suaves, sin maraña.

— Me volvería una mota de polvo si ello significa renacer dónde quiera que tú estés. — acepta aquella vida entre la que pudieran descansar en las nubes o andar por los bosques. Los castañeos de las hermanas de la libertad se vuelven las campanas y el aire el velo que los une, el agua aquel vino de consagré entre que los diamantes, el oro, las nubes y el plomo se unen en uno solo.

La vida está ahí, en espera de ser creada, morada y servida, con la paciencia con la que crece la más hermosa de las flores o la más salvaje y venenosa de las hierbas. No hay paramos de muerte, solo vida y un sol siempre andante con la lluvia de la mano.

Con las palabras que expresa tu príncipe de sueños, ése su deseo, arranca de ti una genuina emoción que se derrama en forma de un torrente de sonrisas. Hemos elegido bien al consorte de los cielos de Calicio, el Reyecito. Él está y se muestra feliz.

Daor dice:

"Vivamos en la hendidura de estos árboles. Y concibamos ése, nuestro nido, en el que aprenderemos a recrearnos y entendernos mutuamente, mi dulce y gentil Phreserial. Mi todo".

Calicio ha nombrado al dueño del sol como su todo, al punto que nos arranca una amarga sonrisa. ¿Tienes idea de lo que significa príncipe de oro? Nos has arrebatado nuestro puesto en su corazón. Ahora en más vivirán juntos, ahora en más nos dejará atrás.

Y entonces en nuestro arrebato, construimos un palacio en el río de savia perfecta e interminable proveniente de uno de los árboles que tan cercano están a de él. Lo colmamos de lujos y dejamos que la magia perdure y lo haga gigante para los dos.

Es un palacio hecho desde la carne del árbol, su interior es lechoso y por eso el palacio es tan blanco como una tormenta de nieve. Un palacio que sin duda alguna pudimos ofrendarle a nuestro niño salvaje.

Decimos al vestirlos a ambos con las pieles de otros seres de dos y cuatro patas:

"Tienen toda la eternidad para conocerse".


Los espíritus de aquella raza maldita por primera vez podían sonreír al igual que el que genuinamente lo hacía. Después de tanto tiempo, uno de los suyos lograba ser feliz sin fingir, amaba y era amado. Ellos pululaban a su alrededor, invisibles a sus ojos, siempre alejados de las hermanas de la libertad, más nunca groseros con ellas.

Las voces que antes escuchaba, las voces de su madre en cada uno de sus estados antes de morir, horror, sufrimiento y agonía, habían cesado desde que ocurrió la íntima unión.

Juntos, admiraron a lado del sol y la lluvia, como erigía aquel hermoso monumento dónde la vida y su estirpe continuarían, y se despidieron entre besos y risas, solo su madre continúo escondida entre las nubes sobre el palacio, el viento que estremece o el trepidar del fuego.

En aquel espacio el tiempo parecía haberse detenido, y aunque el cielo oscurecía invitándolos a soñar entre sus brazos, en el mundo mortal el tiempo era tan lento que desesperaba. Los reyes morían y nacían nuevos, los palacios caían y erigían más, las enfermedades arrasaban con los más desafortunados y después de un tiempo nuevas almas volverían.

La unión de Calicio ahora su Daor, y Xue Hudie, su amado príncipe, empezaba a generar un dulce fruto, todo era hermoso, todo perfecto.

19 de Mayo de 2022 a las 00:38 0 Reporte Insertar Seguir historia
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